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#MiércolesDePoesía Decir este “te amo” es una ofensa

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Descubrí a la italiana Patrizia Cavalli gracias a Fabio Morábito, querido amigo poeta y quien la tradujo al español. Sus versos son cerillos: breves y contundentes, iluminan nuevas regiones del cuarto a oscuras en el que estamos de cotidiano.

Este poema pertenece a su libro Yo casi siempre duermo (Antología poética), traducido por Morábito. Tiene filo, es de una crueldad estupenda, como aquello de Borges: uno sabe que está enamorado cuando piensa que cierta persona es única. Por eso puede resultar afrentoso decir “te amo”: hace pensar al otro que uno lo encuentra único.

Con él va un #MiércolesDePoesía de humor oscurito.

“A veces me finjo enamorada:
¡cómo se inflama la vanidad
de mis víctimas! Un rubor oculto,
cierta apostura, muchos agradecimientos,
una evasión honesta: ‘Te lo agradezco,
pero no puedo y además
¿qué es lo que ves en mí?’. Nada,
en efecto, más que un cuello algo gastado,
cierta curva de los labios o una saliva
por un segundo olvidada entre las comisuras
de la boca y reabsorbida en el acto”.

 

Estos 20 libros me colorearon por dentro en 2016 (Parte 1/1)

De todo lo que leí en este año, algunos pasajes me llevaron a hacer una pausa, a levantar la vista. No eran para leerse de corrido. Básicamente, pintaban el mundo de matices y acentos que no conocía. Y me mostraban distinta en el espejo. A partir de ellos armé un par de entradas, que subiré en estos días.

Si leíste los libros que menciono, quizá coincides conmigo en el gusto por estos fragmentos. Si no, los bocados que incluyo pretenden provocarte algo. No todos son novedades, también hay libros viejos y reediciones: novela, cuento, verso y hasta autobiografía. El hilo que los une es que en todos la forma es prioritaria, independientemente del tema que aborden. Es más, el asunto pasa a segundo plano ante la intención de domar el lenguaje. Y otro punto en común: me dejaron colores nuevos por dentro.

Son mi regalo de Navidad hecho de las palabras de otros, que son las que mejor me dicen. Gracias, lector de Palabrasaflordepiel, por estar, por darle sentido a este blog y a los ejercicios que de él derivan. Salud.

  1. Patrizia Cavalli, Yo casi siempre duermo. Antología poética, traducción de Fabio Morábito, UNAM, 2008

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-10-29Sin hacer gran esfuerzo ni gastar la energía (así parece), la poeta italiana compone versos de una contundencia brutal. De los que se vuelven parte del paisaje, como si nada.

“Como a muchos de mis calcetines
al corazón no lo sujeta ya el elástico,
se afloja y me descubre y tengo frío”. p. 75

 

Encuentra otros versos de Cavalli si das click aquí.

2. Daniel Sada, El lenguaje del juego, Anagrama, 2012

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-11-37En Mágico (México) crecen las amenazas como si fueran humedad, sin freno, voraces. Y el estilo particularísimo del autor de Mexicali hace que, en esta novela, el idioma también cuestione las certidumbres.

“[…] Y este dato infeliz: a Simón y a Emeterio, que se vinieron rápido del lugar en mención para ayudar a… bueno, hay que ver lo siguiente como si viéramos una película de esas de mucha acción y mucho ruido: aquel disparadero en San Gregorio: comodidad sentada, pero la acción en sí: bien alocada, hasta que se frenó lo cruento porque tanto Simón como Emeterio de pronto fueron muertos chorreadores: la sangre: nacimiento que brotaba: lo rojo a hilo yéndose hasta el piso de la maravillosa BMW”. p. 84

En una entrada del blog en el mes de marzo incluí este otro fragmento de la novela de Sada.

3. Óscar Hahn, “Consejo de ancianos”, en No hay amor como esta herida, Tajamar Editores, 2011

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-10-50La pluma del escritor chileno no se cansa de entregar líneas impecables, como este poema:

“Cuídate Adán cuando salgas al mundo
en busca de la costilla perdida

Podrías encontrarla de pronto
podría no caber en tu pecho

Y podría atravesarte el corazón
como un cuchillo de hueso”. p. 53

El amante como una camisa sucia, imagen cortesía de este otro poema de Hahn.

4. D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley, traducción de Andrés Barba y Carmen Cáceres, Sexto Piso, 2016

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-11-16La dama enamorada del guardabosques que es su empleado. El escándalo. Pero también la afirmación del placer como único asidero real. En esta novela británica de principios del siglo XX reeditada con preciosas ilustraciones, Lawrence celebra el cuerpo masculino como muy pocos escritores(as) hayan logrado hacerlo en toda la historia de la literatura.

“[…Ella] fue consciente de la pequeña reticencia y ternura del pene. Y de nuevo se le escapó un pequeño grito maravillado y triste, su corazón de mujer lloraba por aquella cosa tan tierna y frágil que había sido tan poderosa […] El falo erecto se alzaba oscuro y ardiente desde la pequeña nube de pelo rojizo. Ella estaba expectante y temerosa. —¡Qué extraño! —dijo lentamente—. Qué aspecto tan extraño tiene cuando está alzado, tan grande, oscuro y seguro de sí mismo […] ¡Tan orgulloso! —murmuró inquieta—. ¡Tan majestuoso! Ahora sé por qué los hombres son tan dominantes. Es realmente hermoso, de verdad. Es como una criatura distinta y un poco temible, pero realmente hermoso“. pp. 235, 280

Estas otras líneas de la novela de Lawrence son altamente utilizables. Explican el mundo en caso de emergencia de enamoramiento.

5. Tanya Huntington, “Para el caso perdido” (“For the Basket Case”), Docena de sonetos para amantes distintos (A dozen sonnets for different lovers), traducción de Hernán Bravo Varela, Ediciones Acapulco, 2015

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-09-49La forma clásica y la temática que sabe hacer poesía desde el hoy dan forma a estos sonetos de la escritora estadounidense que tiene plena carta de naturalización en las letras mexicanas. Tanto los originales en inglés como su traducción al español son una gozadera de ironía.

“Antes de suicidarte por mi culpa, te pido
que tomes esto en cuenta: no habré de arrepentirme,
rasgar mis vestiduras en tu tumba, llorar
o arrogarme ante todos los que conozco: ‘Soy
la fuente de aquel sordo chillido de agonía’.
Habré de rechazar tu sacrificio entero;
de dejarte plantado en el altar, indigno
de mi estima divina, cueste lo que me cueste.
Toma estos versos. Léelos. O decídete entonces
a escribir una nota final que habrá quedado
en prenda de angustioso amor o herido orgullo
y dejarla a alguien más para que pueda hallarla.
No negaré que tienes todo el derecho de irte.
No negarás que tengo el mío a no dolerme”. p. 22

Cuando recién acababa de descubrir el libro de Tanya subí esta entrada al blog. Incluye el soneto al seductor.

6. Javier Cercas, La velocidad de la luz, DeBolsillo, 2013

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-10-11Un escritor alcanza inesperadamente la fama, el dinero, la celebridad. Y se mete en la licuadora de entrevistas y viajes, así que deja la escritura de lado. Ya para qué. Es espléndida la reflexión del autor español en torno al oficio.


“[…] Quizá dejé de escribir porque estaba demasiado vivo para escribir, demasiado deseoso de apurar el éxito hasta el último aliento, y sólo se puede escribir cuando se escribe como si se estuviera muerto y la escritura fuera el único modo de evocar la vida, el cordón último que todavía nos une a ella”.

Algo más sobre la novela de Cercas y los dolores lancinantes, aquí.

7. Laura Restrepo, “Pelo de elefante”, en Pecado, Alfaguara, 2016

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-13-12-01En este conjunto de relatos de la novelista colombiana que se asoma a la venganza, al deseo, a las ganas de todo cuño, me gusta en particular el que se llama “Pelo de elefante”. Un joven sicario habla de El Cardo, un lugar a espaldas del Palacio Presidencial, “reino de basuriegos entre gases de inmundicia y detonaciones de arma de fuego”. Incluye esta imagen, tremebunda.
“[…] El Cardo es un moridero. Un roquedal infestado de alacranes que copulan y se multiplican alevosamente, prendiéndose los unos de los otros hasta formar esculturas inquietas, arrecifes vivos que el viento descuelga en racimos de los muros de piedra”. p. 212

El escorpión hembra del que también habla Restrepo en su novela me llevó a escribir esta entrada.

Escribir es estar obsesionada por las puertas

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“Una tarde pudo comprender una poesía; era como si alguien, sin querer, hubiera dejado una puerta abierta y en ese instante ella hubiera aprovechado para ver un interior“. Lo dice Felisberto Hernández en el cuento “Las Hortensias”, incluido en Las Hortensias y otros relatos (El Cuenco de Plata, 2011). Aunque me disgusta el uso de “poesía” como sinónimo de “poema”, la imagen es precisa. Preciosa.

Me recuerda lo que señala Patrizia Cavalli, la poeta italiana, citada por Fabio Morábito en El idioma materno (Sexto Piso): el escritor (en especial, el de poesía) es una especie de cerrajero entrenado en abrir candados. Posee la conciencia de que los versos entrañan una dificultad real, similar a la de ser incapaz de abrir una chapa. Igualmente exacto, el concepto.

Coincido con ambas metáforas, cercanas entre sí. Me obsesionan las puertas. A diario, al escribir me enfrento a una de ellas, cerrada. Algunos días consigo abrirla.

Traigo bronca de siglos y se la cobro al de junto

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“La luna acaba de asomar por encima de los árboles y Rudy Alatorre tiene la sensación de que no está corriendo en un óvalo de tartán, sino cruzando un bosque durante una incursión nocturna en territorio enemigo. Nunca ha corrido tan olvidado de sus vértebras lumbares y cuando escucha el impacto y la caída de otro corredor, exclama en voz baja y lleno de júbilo: ‘¡Para que aprendan, pendejos!'”.

Un tipo suele correr de tarde en la pista de atletismo cerca de su casa. Hoy se han olvidado de encender el alumbrado de la pista, de modo que se mueve en la penumbra, mezclando sus jadeos con los de los otros corredores cuyos nombres no conoce. Siente que algo atávico aflora entre todos, le parece que “no corre solo, sino en manada”. De pronto, uno se cae. Y el grupo lo celebra. Luego, otro. Él sigue avanzando, tratando de abrirse paso entre codazos, rasguños, gemidos. Como en lo más hondo del inconsciente. En el más más antiguo coraje que llevamos dentro.

Es el cuento “En la pista”, de Fabio Morábito, incluido en su reciente libro Madres y perros (Sexto Piso). La narración es ágil y, al mismo tiempo, está perfectamente apuntalada. Por alguna razón me recuerda el cuento “Las Ménades”, de Julio Cortázar. Acaso por lo ancestral que se nos cuela cuando nos sabemos anónimos en grupo. O sea, cuando nos ponemos a dar madrazos impunemente, porque traemos en el sustrato bronca de siglos. Y el de junto tiene que pagar.

Qué cuento más chingón.

Da click aquí para comprar el libro de Morábito.

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Sin miedo a besos desiguales

Constantin Brancusi, El beso
Constantin Brancusi, El beso

Es #MiércolesDePoesía y este blog lo sabe (bien entrenado, saliva como perro de Pavlov).

Aquí va, pues, un poema de la italiana Patrizia Cavalli, en traducción de Fabio Morábito. Con su humor negrito es espléndido para bienvenir la mañana.

“Si ahora tú tocaras a mi puerta
y te quitaras los lentes
y yo me quitara los míos que son iguales
y luego entraras dentro de mi boca
sin miedo a besos desiguales
y dijeras: “Pero amor mío,
¿cuál es cuál?”, sería una pieza
de teatro sin igual”.

-Patrizia Cavalli, Yo casi siempre duermo. Antología poética, Fabio Morábito (Trad.), México: UNAM, 2008.

 

#MiércolesDePoesía Reencontrarte con tu cuerpo tras dar a luz

Imagen: Darkman
Imagen: Darkman

Mi muy querido Fabio Morábito me comparte poemas de Sharon Olds, autora norteamericana de quien yo conocía apenas un par de textos. Bueno, pues la Olds me tiene muy cimbrada y retemblada. Se acerca a la vida diaria sin grandilocuencia ni grandes palabras, pero con un bisturí que corta por el medio las emociones y muestra la pulpa.

Para este #MiércolesDePoesía va su poema “New Mother” en el original en inglés y también “Madre primeriza”, su traducción, sobre lo que pasa cuando una mujer quiere reencontrarse con su cuerpo sexual luego de dar a luz, mezcla de miedo, deseo, sorpresa, sobre todo si se tiene la suerte de tener un buen colega de cama. Es un texto impresionante.

New Mother

A week after our child was born,
you cornered me in the spare room
and we sank down on the bed.
You kissed me and kissed me, my milk undid its
burning slip-knot through my nipples,
soaking my shirt. All week I had smelled of milk,
fresh milk, sour. I began to throb:
my sex had been torn easily as cloth by the
crown of her head, I’d been cut with a knife and
sewn, the stitches pulling at my skin—
and the first time you’re broken, you don’t know
you’ll be healed again, better than before.
I lay in fear and blood and milk
while you kissed and kissed me, your lips hot and swollen
as a teen-age boy’s, your sex dry and big,
all of you so tender, you hung over me,
over the nest of the stitches, over the
splitting and tearing, with the patience of someone who
finds a wounded animal in the woods
and stays with it, not leaving its side
until it is whole, until it can run again

 

Madre primeriza

Una semana después de que naciera nuestra hija,
me arrinconaste en la habitación de huéspedes
y nos hundimos en la cama.
Me besaste y me besaste, mi leche desató su
nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,
empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,
leche fresca, agria. Empecé a latir:
mi sexo había sido desgarrado como un trapo
por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo
y cosido, los puntos tiraban de la piel—
y la primera vez que te rompen, no sabes
que vas a cicatrizar, mejor que antes.
Me acosté con miedo y sangre y leche
mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,
hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,
todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,
sobre el nido de puntadas, sobre
lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que
encuentra un animal herido en el bosque
y se queda con él, a su lado
hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.

(Sharon Olds, La materia de este mundo, traducción de Inés Garland e Ignacio Di Tullio, Gog & Magog, Buenos Aires, 2016).

#MiércolesDePoesía La humanidad en tres versos

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Fabio Morábito, narrador y poeta de los mejores en lengua hispana y además querido amigo mío, me invitó hace unos días a participar en el intercambio colectivo de un poema que me hubiera ayudado en un momento difícil. 

Yo envié la “Elegía” de Miguel Hernández, que le puso palabras al dolor de haber perdido a mi papá siendo adolescente. Luego he ido recibiendo poemas y versos de todo tipo, algunos conocidos (como “Ítaca” de Constantino Cavafis, “El tigre” de Eduardo Lizalde o “1964” de Jorge Luis Borges”), otros que resultaron novedades para mí (como “Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra” de Álvaro de Campos, heterónimo de Pessoa, y “Elegía” de Gonzalo Rojas). Bueno, pues en esa inundación poética me llegaron estos versos del italiano Salvatore Quasimodo:

“Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol,
y de pronto anochece”.

Yo conocía el poema en traducción de Hugo Gutiérrez Vega (cambia el último verso: “Pronto la noche llega”), pero me gusta más esta versión que me compartió mi tocayo Julio Trujillo, poeta y escritor, además de querido amigo. Es una traducción del inmenso Guillermo Fernández. Aquí lo dejo, para iluminar el #MiércolesDePoesía.

En esos versos aparentemente inocuos caben todas las vidas que han pasado por la tierra. Es meter a la humanidad en tres renglones. Eso es poesía, carajo.

#MiércolesDePoesía Tú, jodido muñeco de hule

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Luego de un día estremecido y remecido de apapachos varios es de nuevo #MiércolesDePoesía. Dejo esto de la italiana Patrizia Cavalli, descubrimiento reciente para mí y al que no dejo de volver por su manera de hacer poemas como si fuera la cosa más fácil del mundo. Éste es delicioso, tejido en torno a una imagen poderosa: la figura del amado ausente como un obstinado muñeco de hule que no pierde su forma, que violentamente emerge siempre. La traducción de Fabio Morábito, espléndida, tiene el tino de elegir ese entrañable “aunque se apachurre” para ofrecer un poema enorme hecho con piedritas del camino.

En el calor babeante y casi hindú

de un julio urbano exagerado

los residuos habitantes se sientan

con cautela largamente en los cafés

buscando ilusos el aire que les falta.

Encerrada en mi casa y sin tareas

yo me atareo en torno de tu cara que impasible

entra en la turba de mis pensamientos

y sale de ellos siempre intacta,

como si fuera un muñeco de hule

que aunque se tuerza y se apachurre,

vuelve siempre a la forma del principio,

el inerte flotador de la mente

que más lo hundes más violentamente emerge.

-Patrizia Cavalli, Yo casi siempre duermo. Antología poética, Selección, traducción y prólogo de Fabio Morábito, UNAM, 2008.

Otra vez: Rabia de vida, entre los mejores libros del año

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Todo indica que 2016 viene prendido. Ayer, 3 de enero, mi Rabia de vida fue incluido en la lista de los mejores libros de poesía del año, misma que Sergio González Rodríguez publica en el periódico mexicano Reforma. Aparece junto con títulos de maestros en el oficio, como Eduardo Milán, Rocío Cerón, Luigi Amara, Jorge Esquinca, Feli Dávalos. La compañía no podía ser más motivadora y retadora. Además, Palabrasaflordepiel fue el blog recomendado en el suplemento Forma y Fondo, también de Reforma. Y hace pocos días, el 30 de diciembre, Rabia de vida figuró en la lista de los 10 libros de poesía de 2015 que Mónica Maristáin publica en Sin Embargo (da clic aquí para ir a esa nota). Se trata de las listas más reconocidas en el medio editorial, de modo que estoy abrumada de emoción.

Agradezco en todos los colores a Sergio, a Mónica y al anónimo recomendador de Forma y Fondo este espaldarazo a mi trabajo y, sobre todo, celebro que encuentren en mis letras un eco. Rubén Bonifaz Nuño decía que la poesía es eso que pone chinita la piel. A seguir respirando poesía, que de otro modo nada vale la pena. 

PD Si quieres comprar Rabia de vida en versión digital puedes hacerlo en la esquina superior derecha de este blog, donde dice EBook, o en versión física en librerías de México: Gandhi, El Sótano, Fondo de Cultura Económica y El Péndulo, además de Amazon.com y Amazon.es.

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Mis 25+1 libros de 2015

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Este año debo haber leído unos 65 títulos, sobre todo novela y poesía, además de cuento, diarios, humor gráfico, ensayo, crónica, cartas. El número no es lo importante, sino lo que me pasó con algunos, como dijo Proust (cito de memoria): “Al leer, cada lector se vuelve lector de sí mismo. El libro es el instrumento que le permite ver lo que, sin esas páginas, no hubiera visto de sí mismo”. Hoy caigo redondita en la tentación de compartir esta lista de los 25+1 que más disfruté, los libros que me hicieron el año, que me hicieron en el año. En otros casos me interesó el riesgo formal de su autor, su búsqueda fuera de la zona de confort. Al final, para qué escribir si no se busca ensanchar las fronteras de lo ya dicho.

Aunque no necesariamente fueron publicados en 2015, sí pasaron en estos 12 meses al anaquel de mis afectos cercanos.

CUENTO

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.36.241. Cavernas, de Luis Jorge Boone (Era). Lo leí por recomendación insistente de mi querido escritor Carlos Velázquez, así que de entrada ya sabía que me iba a topar con algo bueno. Y sí, es harto disfrutable la densidad narrativa de Boone, los inquietantes paisajes internos y externos que levanta con palabras echando mano de su vocación de (también) poeta, en los que vi reflejadas paranoias, alucinaciones. En especial tuve que detenerme varias veces para saborear “El jardín interior” y “Soñé que ayer era la bruma”.

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.37.562. Cuentos. Varia invención. Tomo I. Obras completas, de Francisco Tario. Edición y prólogo de Alejandro Toledo (FCE). Regalo de mi amigo José Luis Enciso, este libro del autor mexicano es de mis más grandes hallazgos literarios no sólo del año, sino de la década. Es un maldito loco. Un fantasma que hace guiños a Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Max Aub y hasta Kafka y Borges, sin palidecer. Un master de las esdrújulas. Un demente del lenguaje preciso, puntual y rico (de riqueza y de suculencia).

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.40.233. Los atacantes, de Alberto Chimal (Páginas de espuma). En siete cuentos, el narrador mexicano ofrece un paseo por el frío de miedo que entra a través de la pantalla de la computadora o el celular, que pinta cada paso. Y los relatos también tienen humor. Negro, pero humor al fin. Me gusta la pluma de Chimal y sus no-ganas de quedarse quieto.

 

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 21.45.514. Sam’s Confession, de Dania Castañón Santibáñez (Uranito). Una chica se planta ante los compañeros de escuela de su hermana para hablar con voz fuerte de palabras incómodas, como congruencia y aceptación. No sólo es un texto vibrante y bien escrito, hecho de emociones acendradas, sino que es el primer libro de mi adolescenta. Francamente, no me la acabo.

 

 

NOVELA

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.44.095. Cómo se hace una chica, de Caitlin Moran (Anagrama). Una adolescente inglesa aprende a construirse, ácida y lúdica, riéndose de sí misma y de los otros, con la valentía y la inconsciencia que dan los pocos años. Encuentra así la mejor defensa ante la realidad jodida. Moran escribe espléndidamente bien y logra eso que no es fácil: hacer reír desde la complicidad.

 

 

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6. El complot mongol, de Rafael Bernal (Joaquín Mortiz). Desde hace años tenía la deuda de leer este clásico de la novela negra mexicana, aparecida en 1969 y de extraordinario humor negro. Ahora no puedo ver igual la calle de Dolores, mientras el personaje de Filiberto García va conmigo a todas partes murmurando “¡Pinche tráfico!”, “¡Pinche gente!”.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.46.047. El mundo deslumbrante, de Siri Hustvedt (Anagrama). Recibido como regalo de mi entrañable Alma Delia, este libro de la autora norteamericana es una lupa de aumento aplicada sobre el arte, el amor, la diferencia de sexos, los celos, la familia, todo al mismo tiempo y sí, algo deformada. Una artista plástica, viuda de un magnate del arte, busca proyectar su obra. Como a nadie le interesa lo que haga una sesentona ella pacta con tres artistas jóvenes, Alter Egos que dan a conocer su trabajo. A ratos es de veras demoledora.

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.49.378. El pudor del pornógrafo, de Alan Pauls (Anagrama). Ésta, la primera novela del escritor argentino, cuenta una pasión amorosa que se deja ir en el desgarramiento (perdón por la redundancia). En segundo plano aborda la impotencia de quien escribe, quien quiere explicarse la vida con palabras y las encuentra pálidas, quien al volcarse en esa obsesión termina por desintegrarlo todo.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.52.469. Las noches habitadas, de Alma Delia Murillo (Planeta). Cuatro mujeres se hurgan las entrañas en esas horas en las que la luna todavía no se separa del amanecer. Rotas pero enteras, demenciales y tremendamente cotidianas se van haciendo en el camino, van descubriendo que la vida se arma a paso lento, con cadencia de prueba-error. Desde entonces me las he ido encontrando en muchos lugares y a veces en el espejo, siempre voraces, peligrosas fantásticas.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.28.0910. Lo que dijo Harriet, de Beryl Bainbridge (Impedimenta). Dos adolescentes se reencuentran en el verano de una localidad costera inglesa. En la exacta frontera inocencia-perversión se entretienen tratando de seducir al Zar, un hombre casado e inmoral que no imagina el poder destructivo de las niñas. Disfruté tanto la prosa tensa de Bainbridge, que al terminar el libro tuve que empezarlo de nuevo. Me mata su manera de dominar el lenguaje.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.55.0711. Pregúntale al polvo, de John Fante (Anagrama). El autor, quien fue para Bukowski “como un dios”, expone la historia de un aspirante a escritor que se regodea entre el deseo de grandeza, la violencia y el amor que incendia. Publicado en 1939, este libro llegó a mí como regalo de Roberto Jauregui, mi cómplice necesario. Es lo primero que conozco de Fante y ya me he dicho varias veces: ¿cómo podía andar por ahí sin haberlo leído?

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.57.2112. The Professor of Desire, de Philip Roth (Vintage Books). A partir de la historia amorosa de David Kapesh, Roth explora los resortes del deseo, contradictorios e inmanejables. ¿Por qué uno quiere estar con X y no con Y? ¿Por qué fantasea con la persona que no es la mejor opción, sino con quien tiene todo en contra? El hedonismo de Roth es “herido, irónico”, dice Kundera, y coincido. Es de lo poco que leí este año en inglés, pero me llenó la cabeza.

 

OTROS GÉNEROS 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.59.1613. Cartas, de Dylan Thomas (Ediciones de La Flor). Leo el libro (en edición inconseguible, por cierto) gracias al préstamo de mi entrañable Jaime. Me alucina la reflexión de Thomas sobre su trabajo poético, la claridad pasmosa con la que a los 20 años ya sabía que quería ser un escritor de los que trabajan en dirección a las palabras, no hacia afuera de ellas.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 20.01.1714. Diarios amorosos, de Anaïs Nin (Siruela). Los cuadernos de Anaïs me acompañaron durante varios meses, no por las casi 800 páginas del libro, sino por la trepidante densidad que a veces obliga a pedir una tregua de sus amores, la soledad urgente, el cuestionamiento vital, la creación. En muchos momentos me dice mejor de lo que puedo hacerlo yo misma.

 

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 20.02.1915. El interior, de Martín Caparrós (Malpaso Ediciones). Durante ocho meses Caparrós recorrió la provincia argentina para poner en renglones la esencia de su tierra, si la hubiera. En el intento compuso esta road movie literaria que disfruté muchísimo por su combo de crónica, relato, poesía narrada, diálogos y monólogos pero, sobre todo, por su netez y por la indagación de nuevas formas de contar las cosas.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 20.04.2416. La ciudad que nos inventa. Crónicas de seis siglos, de Héctor de Mauleón (Cal y Arena). Textos breves de una ciudad, esta ciudad de México, poblada de caras y tiempos que se superponen, como un palimpsesto siempre en marcha. Riquísimo balance entre erudición e historia platicadita, vuelta cercana.

 

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 21.02.0217. Contra los poetas, de Witold Gombrowicz (Tumbona Ediciones). En 1947, el autor polaco residente en Buenos Aires dictó ahí la conferencia titulada “Contra los poetas”. En ella se burlaba de sus colegas solemnes, del lenguaje demasiado profundo, grandioso, elevado. Por supuesto, la provocación sacó ámpulas. Es grandiosa su comparación del poema y el azúcar: en estado puro (“en exceso”) ninguna se soporta.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 20.07.2618. Solsticio de infarto, de Jorge F. Hernández (Almadía). Compendio de las mejores columnas de Hernández, quien a su vez es de las mejores plumas de México, más una selección de dibujos de sus libretas. Adoro su lucidez e ironía.

 

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 20.08.4719. Uncle Bill, de BEF (Sexto Piso). Desde su doble trinchera de ilustrador y novelista, el enorme BEF entreteje la estancia de William S. Burroughs en México con su propia obsesión con el personaje. No es un libro de monos, es una novela gráfica ambiciosa que no se conforma. Y eso cómo se agradece.

 

 

POESÍA

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.23.0820. Contratono, de María Gómez Lara (Visor de poesía). La escritora colombiana malabarea el desconcierto diario y la sensación de estar perdida, juega a buscar el Norte y mientras tanto explora maneras de plantarse de nuevo en el mundo a través de la poesía. Es cierto que el libro, ganador del Premio Loewe a la Creación Joven, incluye algunos poemas flojos, pero otros son realmente espléndidos.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.26.3921. Japanese Death Poems. Written By Zen Monks And Haiku Poets on the Verge of Death, compilado por Yoel Hoffmann (Tuttle Publishing). Esta antología incluye perlas escogidas de esa tradición japonesa milenaria de escribir poemas en el lecho de muerte. Delicadísimos, casi un suspiro, muchos son de una belleza insuperable en su concreción.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.22.3422. La canción de la bolsa para el mareo, de Nick Cave (Sexto Piso). Mientras andaba de gira con su grupo The Bad Seeds, el cantante australiano dialogó con el amor que exhala azufre, platicó con sus vampiros más oscuros y escribió de ello en las bolsas para mareo de los aviones. El libro es una suerte de largo poema narrativo armado de impresiones, pesadillas, recuerdos, letras de canciones, estribillos. “En toda historia de amor encontrarás un dragón asesinado”, dice en alguna página. Ay.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.27.1923. Me llamo Hokusai, de Christian Peña (INBA/Instituto de Cultura de Aguascalientes/Fondo de Cultura Económica). Es un libro multitonal, armado de cinco poemas extensos donde predomina el agua. La voz del poeta se ahoga, flota, jadea, hace como que va a resucitar y luego empieza de nuevo. Ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2014, a sus 30 años Peña transpira riesgo. Carajo, qué gusto da.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.26.5924. Nu)n(ca, de Luigi Amara (Sexto Piso). A partir de la foto de una mujer de espaldas, tomada en 1892, el poeta mexicano arma un largo poema detectivesco compuesto por varios textos breves, que se sostienen de manera autónoma. Así va tejiendo pistas de quién pudo ser la modelo, por qué aparece de espaldas, qué esconde el gesto. Bastardo de la poesía, el ensayo y la novela negra, el libro es una especie de largo “pie de foto”.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 20.16.1325. Pizca de sal, de Alejandra Díaz-Ortiz (Trama editorial). La escritora mexicana radicada en España se mueve a caballo entre el poema en prosa y la prosa poética, entre el epigrama y el destello de humor. Así retrata los muchos tonos de la experiencia amorosa. Encontré el libro por casualidad en una librería de Bogotá, lo traje a casa y ya me ha acompañado en varios insomnios.

 

Captura de pantalla 2015-12-28 a las 19.27.34+1. Yo casi siempre duermo. Antología poética, de Patrizia Cavalli. Selección, traducción y prólogo de Fabio Morábito (UNAM). No sé cómo lo logra, pero la autora italiana pone a convivir las más rutinarias de las palabras con la inestabilidad que raya en el delirio. Sus poemas parten de la pereza que es natural a la poesía: “el poeta omite, recorta, deshidrata y oculta, dejando el lenguaje en su hueso”, dice Morábito en el prólogo. Y sí. La pluma de Cavalli, luminosa tan como sin esfuerzo, ya es de mis favoritas.

La paciencia de construir una ciudad con palabras: Fabio Morábito

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Andar una ciudad para narrarla. O narrarla primero y confirmarla con los pasos que se dan. O desandarla a golpe de ficción. O erigirla con palabras, aunque no exista, pero ya existe desde que el escritor le hizo un edificio verbal. Me encantan las muchas posibilidades narrativas de las ciudades. Y también amo la literatura de viajes, entendida como aquella que ocurre en un territorio fuera de casa, real o imaginario: un mar poblado de monstruos, los pueblos argentinos que Martín Caparrós recorrió para narrar “la entelequia que es un país” en su libro El interior, la llegada a México contada por la marquesa Calderón de la Barca o el asombro de una de las Ciudades invisibles de Italo Calvino. Me apasiona que ponga a dialogar el mundo interior con el exterior, lo refleje, lo cuestione.

Fabio Morábito también parece disfrutar tanto las ciudades como la literatura de viajes. Paciente contador de historias, está a gusto en la frontera porosa donde se tocan el recuerdo, la crónica, la ficción. De modo que construye ciudades/ viajes con palabras que son todo, menos inofensivas, porque también es poeta. Y además sabe de extranjerías. De desarraigos. Aprendió a hablar en italiano, pero cuando a los 15 años llegó a vivir al D.F. adoptó el español como lengua de escritura. Es decir que temprano tuvo la inquietud de encontrar el tono preciso entre todos los posibles, de saber quién es uno en un idioma y quién, en otro.

Con ese bagaje, cuando hace tiempo vivió un año en Berlín se puso a narrar no la ciudad, sino su ciudad. Con paciencia armó los 13 cuentos del libro También Berlín se olvida como si los inscribiera en el amplio registro de la literatura de viajes. A partir de la memoria y la ficción, comunican el clima mental de recorrer calles extrañas que se vuelven un poco propias, de “calentar la pluma” sin dejar de sentirse descolocado. Con frecuencia, sus personajes no saben qué decir o hacer. Llevan a cuestas una cierta vergüenza. Como el narrador que cada madrugada llega a comprar el pan y encuentra al mismo hombre que come un croissant mientras lee el periódico. El tipo no voltea a verlo y le hace cuestionarse como escritor: “¿Qué posibilidades tenía de que alguna vez mis palabras llegaran hasta él? Ninguna, prácticamente. Tenía ahí a un lector inalcanzable, que me daría la espalda toda la vida. Me pregunto si todo lo que escribí en Berlín lo escribí para él, para conmover a esa roca impasible, y si he seguido escribiendo desde entonces para ese hombre sin rostro, ajustando cada línea con la esperanza de distraerlo de su periódico”.

Ahí está, también, el turco que se dedica a ver traseros en el lago Krumme Lanke mientras otros toman el sol y se fascina con una nudista acostada en su toalla. Entonces el narrador se vuelve cómplice: “Supe que, de vivir permanentemente en Berlín, nunca sería de aquellos que se tuestan en el verano el Krumme Lanke. Sería más bien, como el turco, un solitario fauno que espía las nalgas de las mujeres. Su conducta me pareció la más digna de todo el lago. Para él la desnudez no era, como para los nudistas de fin de semana, un segundo traje más cómodo, sino todavía algo perturbador que reseca la boca y acelera los latidos. Acechaba a su presa y cuando de regreso lo vi dormido sentí piedad por él, la piedad que me inspiran los sátiros, peludos y acalorados en la espesura, siempre solos en alguna orilla y siempre burlados por las ninfas”.

Al leer los cuentos de También Berlín se olvida me parece que algunos días el autor caminó descalzo las strasses alemanas sintiendo la vibración de cada una, y otros días las anduvo casi flotando, presintiendo. Sólo así me explico la variedad de registros. El libro fue publicado por Tusquets en 2004 y acaba de ser reeditado por Sexto Piso. En especial disfruto los cinco relatos agrupados bajo el nombre “El muro”. Con elementos de ensayo pero sin sacrificar fuerza narrativa, teje pasajes así, de “Cómo el muro nunca existió”: “En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia”.

Morábito, una de las plumas más pulidas de la literatura mexicana y quien tras 45 años de vivir aquí no pierde el suave acento italiano en la voz, es comentador asiduo de hoteles y destinos en el sitio web TripAdvisor. Quizá porque ese ejercicio conjunta algunas de sus obsesiones: las ciudades que se construyen con palabras, la extranjería, los viajes que ponen a resonar el mundo interior y el exterior.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Piden poemas inéditos (aunque no leen poesía)

Fabio Morábito            Foto: Herbert Camacho
Fabio Morábito (Foto: Herbert Camacho)

Hoy recibo de visita la pluma de Fabio Morábito, poeta y narrador nacido en Egipto, de padres italianos y avecindado en México hace muchos años. En su antología Ventanas encendidas (Visor de poesía), que abarca textos de 1984 a 2011, encuentro estos versos entreverados de humor ácido. Me encantan. Buen #MiércolesDePoesía.

“Siempre me piden poemas inéditos.

Nadie lee poesía

pero me piden poemas inéditos.

Para la revista, el periódico, el performance,

el encuentro, el homenaje, la velada:

un poema, por favor, pero inédito.

Como si supieran de memoria lo que he escrito.

Como si estuvieran colmados de mi poesía

y ahora necesitaran algo inédito.

La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,

pero ellos lo ignoran porque no leen poesía,

sólo piden poemas inéditos”.

Da click aquí para ir a la entrevista que le hice recientemente a Morábito

 

Mis mejores libros 2014

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Entre los demasiados libros de los que hablaba Gabriel Zaid, todo lector desaforado (como yo) escoge unos y deja fuera otros, muchísimos. Como uno sólo puede hablar de los pocos que leyó, hoy propongo mencionar los títulos que me marcaron en este 2014. Hay novela, cuento, ensayo, poesía. Figuran autores hispanoamericanos pero también de otras latitudes, como Polonia y Reino Unido. Algunos son novedades y otros tienen años de haber sido publicados. El único criterio de selección fue que los leí este año y que, en cada caso, tuve que interrumpir varias veces la lectura para paladear un pasaje lleno de verde y gorjeos.

Más que dar mi opinión sobre ellos preferí mencionar brevemente qué me gustó y luego dejarlos hablar, o sea, citar un fragmento luminoso, en el que se cuele entre letras la luz fresca de cada uno. Como dice el genial Liniers sobre los libros que ama: más que acompañarme, estos “ya se esconden adentro de mí”.

  1. Alan Pauls, La historia del pornógrafo (Anagrama). Novela intimista con varias capas, hondas y llenas de ecos. “¿Con qué cara me enfrentaré a ti? Me miro al espejo y lo que allí veo es un fantasma; no, peor que eso: la sombra de un fantasma que fue un hombre, un hombre al que tú amaste casi sin conocerlo”.
  2. Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso). Colección de pequeños ensayos sobre la lectura y la vocación de escribir, en los que cada palabra se saborea. “El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables”.
  3. Idea Vilariño, Poesía completa (Cal y Canto). La escritora uruguaya ofrece versos de amor y desamor como quien regala una combustión que quema los dedos, pero se disfruta. “Buscamos/ cada noche/ con esfuerzo/ entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido”.
  4. Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso (Conaculta). Deslumbrante novela-reto polaca sobre la Cruzada de los niños fue traducida al español por Sergio Pitol. De veras vale la pena. “La satisfacción de los sentidos no sacia el deseo, de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros, la necesidad de violencia y de crueldad trastorna la naturaleza del hombre”.
  5. Eduardo Galeano, Bocas del tiempo(Siglo XXI). Compendia la hondura de Galeano en relatos y pequeñas cápsulas, como pildoritas que ayudan a andar. “[…] el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”.
  6. Rodrigo Fresán, Trabajos manuales(Planeta Biblioteca del Sur). La pluma precisa del escritor argentino propone cuentos lúcidos, con cara y cuerpo de ensayos. “El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar”.
  7. Valeria Luiselli, La historia de mis dientes(Sexto Piso). Esta novela singular se avienta al vacío y se pone de pie como si nada, con todos los huesos intactos. Trata sobre un cantador de subastas. “Se sentía tan disminuido que intentó suicidarse colgándose de una rama de aquel árbol pequeñísimo. Fracasó por poco”.
  8. Julian Barnes, Niveles de vida (Anagrama). Tres relatos aparentemente inconexos, el tercero de los cuales cohesiona el libro y sacude: es la expresión acendrada del dolor de perder al ser amado. “En un acto social al que mi mujer y yo solíamos asistir juntos, un conocido se me acercó y dijo simplemente: ‘Aquí falta alguien’. Me pareció correcto, en ambos sentidos”.
  9. Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets). Novela demoledora sobre la violencia, colombianamente mexicana. “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.
  10. Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa(Sexto Piso). Cuentos marcados a fuego por una de las mejores plumas del escenario mexicano actual. “Una cerdita jamás olvida al macho que la desvirgó. Sin embargo, me pedía hombres, perdón, cerdos. Me exigía cerdos. Montones de cerdos. Era insaciable. No podía parar. Mientras otras acumulaban abrigos, zapatos, vajillas, Leonorcita recorría kilómetros y kilómetros de miembro de marrano”.
  11. (o, lo que es lo mismo, 10 + 1) Juan Gelman, Pesar todo. Antología (FCE). Cascada de poemasque hacen cada día más ancho y mucho más pleno. “Habítame, penétrame./ Sea tusangre una como mi sangre./ Tu boca entre a mi boca./ Tu corazón agrandeel mío hasta estallar./ Desgárrame./ Caigas entera en mis entrañas./Anden tus manos en mis manos./ Tus pies caminen en mis pies, tus pies./Árdeme, árdeme […]”.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

 

¿Escribir? No, más bien corregir

 

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Estoy de vuelta de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, luego de tres días intensos, cargados de actividad y emociones en torno a los libros, las palabras. La parte que más disfruté fue escuchar a autores que admiro hablar sobre su escritura, las dudas que conlleva y lo inevitable de ejercerla, las perplejidades que implica. Me llamó la atención la insistencia de varios de ellos sobre el mismo tema: la corrección, la poda de los textos. Aquí, algunos comentarios que se me grabaron:

Fabio Morábito: “Cuando termino la primera versión de un cuento o un poema, el primer borrador, entonces empieza el trabajo de pulir, en una lucha con el lenguaje que muchas veces fracasa […] Escribir poesía es escribir 10 poemas para que, al final, resulte uno”.

Isabel Mellado: “El cuento era más inteligente que yo, tuve que darle tiempo para entenderlo y poder aterrizarlo”.

Andrés Neuman: “Escritor no es el que escribe, sino el que corrige sus textos. Para mí, escribir es sinónimo de tachar”.

Y lo conecto con las palabras de Truman Capote en Música para cocodrilos (Anagrama), que estoy leyendo y abona al mismo concepto: “Al principio [escribir] fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal”.

Nunca he vivido la escritura como algo fácil, pero me gusta que plumas grandes me confirmen que estoy en lo correcto.

Confieso mi necesidad de grietas

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A veces, leyendo sin mayor expectativa de pronto aparece un fragmento que me explica algo que sabía sin saber que lo sabía. Suele pasarme con poemas, menos con narrativa pero aún así. Es el caso de este concepto de Fabio Morábito, sobre construir a partir del vacío y no de la presencia:

“[…] En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia. La llamada Arquitectura Negativa descansa en este simple principio […] Por eso se le conoce también como Arquitectura Evocativa”. -Fabio Morábito, “El Muro”, También Berlín se olvida (Tusquets)

Cuántas veces he levantado un muro, un entramado sólido de causas y efectos para vestir la grieta que necesitaba.

“El escritor no puede ir por el carril central de la carretera”: Fabio Morábito

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Fabio Morábito es autor de cuatro libros de poesía, tres de cuento, dos de prosa, uno de ensayo y dos novelas. Doce en total. Con ese bagaje, algo sabe sobre el oficio de escribir. Su pluma, rica en matices, ha creado un grupo fiel de seguidores en México y el extranjero (yo, entre ellos). Esta vez conversamos sobre su nuevo título, El idioma materno, publicado por Sexto Piso, compilación de textos breves sobre libros y el vicio de tomar la pluma. Estos cinco extractos son continuación de la plática que inició aquí.

1. Empezar imitando. Si alguien quiere escribir de forma más o menos seria sólo necesita papel y lápiz. Ésa es una ventaja, a diferencia de quien busca pintar o hacer cine. Además, claro, debe tener una mínima costumbre de lector, no concibo autores que no lean. Uno siempre empieza imitando las plumas que lo impresionan.

2. Transgresión. Hoy se abusa de esa palabra para definir el supuesto aporte de un artista: si transgrede, vale; si no, es un pobre idiota. El concepto se ha banalizado. Creo en apostar por la normalidad: si lo eres de verdad, ahí está tu transgresión. Paz decía que no hay autores más importantes que otros. Claro, Shakespeare es mejor que Vargas Llosa, pero Vargas Llosa subraya aspectos de la vida que nadie más ha destacado. Las plumas extraordinarias rozan muchas fibras, pero el resto toca alguna que los demás ignoran. Esa particularidad es la que te hace escritor. Y te vuelve imprescindible.

3. El lector. No creo en esos autores que dicen escribir sólo para sí o para dialogar con la posteridad. Quien se sienta a hacer un texto siempre está preguntándose para quién lo hace, aunque cuando lo tiene demasiado claro puede resultar dañino. Funciona mejor cuando el lector es una especie de entelequia brumosa.

4. Ignorar gozosamente. Desconozco algunos aspectos de mi historia familiar donde sospecho turbiedades, pero sin una cierta ignorancia feliz, uno no escribiría. En El idioma materno hay un texto que me gusta en especial, porque fue un descubrimiento. Se llama “Carril de acotamiento” y plantea que si quieres escribir no puedes ir por el centro de la carretera, tienes que deslizarte al borde. Es decir, el autor que busca expresarse genuinamente se equivoca: al tomar la pluma uno se pone una máscara y asume que los textos no lo reflejan, acepta ese personaje creado. Y si uno quiere conocerse, vale más dedicarse a otra cosa. El escritor es el ser que menos se conoce, con tantas palabras es imposible encontrarse el alma.

5. Palabras y chistes. Todo el tiempo usamos las de otros y eso es lo padre del lenguaje, nadie tiene propiedad privada sobre él. Los chistes, por ejemplo, ¿quién los inventa? No vienen con crédito y, sin embargo, a alguien se le ocurrió cada uno. Son como cuentos o incluso poemas, similares en la emoción que producen, en esa vuelta de tuerca que muchas veces descansa en un juego de lenguaje.

Así piensa este autor que escribe de madrugada y se concibe al mismo tiempo como un centinela y un ladrón. El idioma materno ya se consigue en todas las librerías.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

La masturbación y la literatura se parecen, dice Fabio Morábito

Foto: Pradip J. Phanse
Foto: Pradip J. Phanse

Estamos en su sala. Nos acompaña una planta enorme, que estira el cuello para atrapar el sol. Conversamos sobre El idioma materno, publicado por Sexto Piso: comprende textos breves sobre la lectura, la escritura, el lenguaje. Siendo adicta a las tres actividades, lo disfruté como enana (dicen que son voraces). Mientras Fabio habla con las manos lo siento relajado. No se apura a contestar mis preguntas y a veces me formula alguna, pero retoma el hilo, conversador delicioso. Aquí, cinco momentos de la plática que también disfruté como enana. 

1. Autodefinición. Cada vez es más común encontrar gente que se presenta como “poeta”, pero ésa no es una profesión. Uno sólo hace poemas. Aunque cuando digo “soy escritor” ya me parece exagerado, no he encontrado otra palabra, una que englobe lo que hago. Quizá podría ser una frase, algo como “operador verbal”.

2. Escritor y traidor. La oralidad es colectiva pero la escritura es solitaria, pone una barrera. Los niños no entienden por qué no deben interrumpir a quien está reclinado sobre un papel. Y luego están esos signos que parecen sustituir la vida, que de hecho la sustituyen. Por eso, la vergüenza del escritor descansa en que traiciona, sacrifica la comunicación. Además, su trabajo tiene prestigio, como si fuera una especie de sacerdote que sabe cosas ocultas. Este oficio también se vive con culpa por cargar esa mentira.

3. Hábitos de lectura. En general señalo lo que me llama la atención en un libro, una frase que yo tenía a medias pero que ese autor cuajó como había que hacerlo. Es como apropiarme sus palabras, porque el subrayador se vuelve un segundo autor del texto. En El idioma materno narro que, estando en una biblioteca, tomé un libro mío para verificar un dato. Estaba todo rayado, pero no estuve de acuerdo con quien lo hizo. Pensé: ¿por qué destacó eso sin importancia y dejó de lado esto otro, que funciona bien? Éste es un tema sobre el que todo el mundo tiene una opinión, porque todos subrayamos. O queremos ser subrayados.

4. Imaginación. La literatura y la masturbación tienen un punto en común: ambas implican fantasear. Han sufrido épocas de gran condena pero su peligro no radica en el desahogo orgásmico ni en la obra literaria, sino en el hecho de que abren la puerta a la imaginación. Y, según algunos, quien la practica puede enloquecer cualquier día.

5. Libro deseado. En general, cuando leo un libro que me apasiona pienso “pude haberlo escrito yo”, siento como si alguien se me hubiera adelantado. Por ejemplo: De ratas y hombres, de John Steinbeck, me ha marcado mucho y me gusta decirme que si él no lo hubiera creado, tarde o temprano lo hubiera hecho yo, aunque por supuesto sé que no es verdad.

Aquí puedes leer un adelanto de El idioma materno

(originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Esto pasa cuando uno choca con la luna

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Ayer platiqué con Fabio Morábito, poeta, narrador y traductor a quien admiro desde hace años. De hecho, en Caja de herramientas, primer libro suyo que leí, escribí la fecha: “1996”.

En la sala de su casa, amable desde las entrañas y con una sonrisa que sabe auténtica, me ofreció el regalo de una charla afable sobre libros y el vicio de escribir. En la plática mencionó un poemita del mexicano Carlos Pellicer, cuya luz no puedo dejar de compartir en este #MiércolesDePoesía:

El buque ha chocado con la luna./
Nuestros equipajes, de pronto se iluminaron./
Todos hablábamos en verso/
y nos referíamos los hechos más ocultados./
Pero la luna se fue a pique/
a pesar de nuestros esfuerzos.//

(De Exágonos)

 

El escritor es un cerrajero inhábil

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Cuenta Fabio Morábito que la poeta italiana Patrizia Cavalli poseía de niña la facilidad de abrir cualquier cerradura sin tener la llave, apenas con ayuda de unos alambres. Los introducía y, entrecerrando los ojos, se concentraba en escuchar el gatillo del mecanismo.

Esa habilidad le sirvió después para escribir poesía, señala Morábito en El idioma materno (Sexto Piso) y luego borda exquisitamente sobre el concepto: “Leer a Cavalli sería muy saludable para aquellos poetas a quienes nunca les ha pasado por la cabeza que la hechura de un poema puede entrañar una dificultad real, de esas que a menudo nos vencen y nos obligan a retirarnos sin haber conseguido nada, como puede ser el abrir una cerradura sin llave. Muchos de los poemas que se escriben actualmente carecen de una mínima sensación de dificultad, como si a su autor no lo hubiera rozado ni por un instante la duda de no poder escribirlos […] Sería bueno que en los talleres de poesía se les diera a los alumnos unos fierros retorcidos para entrenarlos a abrir cerraduras. Aprenderían a oír, a entrecerrar los ojos, a aguardar con devoción, a calibrar el pulso y, sobre todo, a fracasar”.

La metáfora es precisa y preciosa. Escribir es como estar ante una puerta con candado: del otro lado hay un prado con flores y quiero asomarme pero no tengo la llave, soy inhábil con las manos, no sé de cerrajería. A fuerza de paciencia, con instrumentos precarios intento que ceda. Muchas veces no lo logro y me siento en el piso, temblorosa. A veces consigo abrir el candado. Entonces disfruto el jardín, la belleza del paisaje, los perfumes, hasta que descubro al fondo otra puerta cerrada.

(Da click aquí para ir a otra entrada sobre Fabio Morábito)

Fabio Morábito y su pluma (otra vez) nueva

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“[…] Se sacó ella misma los senos, que quedaron fuera del sostén, pesados como dos animales marinos varados en una playa”. En línea y media, Fabio Morábito detiene el tiempo de nuevo. Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama) es la primera novela del autor nacido en Alejandría y avecindado en México, poseedor de mis afectos desde sus poemas en De lunes todo el año y Caja de herramientas, sus cuentos en La lenta furia y sus ensayos en Los pastores sin ovejas. Lo conocí cuando estudié en la Facultad de Filosofía y Letras, lo he leído mucho pero su pluma me parece nuevecita. Más aún cuando aborda una novela de crecimiento y me parece que es la primera que leo.

El tema es: Emilio, de 12 años, se relaciona con Eurídice, mujer de 40 que acaba de perder a su hijo. Además de la prosa cuidada y sugerente de Morábito, disfruté la novela por su paciencia para desgranar una historia de deseo, de despertar sexual, de adolescencia y adultez, de la dificultad de tocar al otro. Me quedo con esto: “¿Qué importa la edad que se tiene? Todos respiramos el mismo oxígeno y la vida es corta […]”. Sí, qué importa.

Lo que le pasa a mi mesa

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Los poetas parecen saberlo todo, estar en todas partes, hablar con todas las personas y cosas. Por ejemplo, hace rato crujió mi mesa de madera. Juraría que Fabio Morábito, poeta, estaba aquí a mi lado y la oyó quejarse, porque radiografió lo sucedido:

A veces la madera
de mi mesa
tiene un crujido oscuro,
un desgarrón
difuso de tormenta.

Una periódica migraña
la tortura.

Sus fibras ceden,
se descruzan,
buscan un acomodo
más humano.

Es la madera
que recuerda
viejos brazos.

Y que recuerda
que reverdecían.

Fabio Morábito, “La mesa”, De lunes todo el año (Joaquín Mortiz)