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Video Un año: recordando a Gabo

 

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Hoy, 17 de abril, hace exactamente un año que Gabriel García Márquez decidió salir volando detrás de sus mariposas amarillas. Que se murió, pues. Y en SoHo México quisimos hacer algo especial en torno al colombiano casi mexicano: invitamos a 25 personas a leer un fragmento de ese portento que se llama Cien años de soledad. Está la señora del mercado, el cerrajero, una modelo y el policía, pero también escritores, rockeros, gente del medio cultural y los tres periodistas que conducen el programa de radio El Weso. Así, leyendo, rendimos un mínimo homenaje a Gabo. Porque no se nos olvida.

(Originalmente publicado en el sitio web de la revista SoHo).

Macondo y Comala se asoman en Estambul (Crónicas desde Turquía 9)

Foto: Julia Santibáñez
Así esperan lectores El Aleph, Vivir para contarla y Ensayo sobre la ceguera. Foto: Julia Santibáñez

Entro a una librería en la zona de Beyoglu, centro de Estambul. Busco literatura turca en inglés, pero apenas hay unos títulos para turistas. No encuentro ninguna biografía de Atatürk, nada sobre la “Revolución del alfabeto” que impulsó ese visionario. También quisiera algo de poesía y alguna novela. Nada.

El librero me oye decir algo en español y pregunta de dónde soy. Al responder “México” casi grita: “¡Rulfo! ¡Uan Prekiado!”. En su pobre inglés pregunta cómo se pronuncia el nombre del protagonista de Pedro Páramo y con cierta pena corrijo: “Juan Preciado”. Cuenta que es su novela favorita, que la ha leído varias veces y se las ingenia para comunicar su hipótesis de que Comala influyó en el Macondo de Cien años de soledad, porque se publicó más de 10 años antes. Macondo y Comala se me aparecen a la mitad de Turquía.

Dice llamarse Mahsum y lamenta no tener en ese momento en la librería Hür Basımevi, la edición en turco de Pedro Páramo, pero me presume a Latinoamérica en su tienda: Cien años de soledad y Vivir para contarla de García Márquez, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El Aleph de Borges, más un libro sobre Frida Kahlo. Es un gran lector, lástima que nos comunicamos con dificultad. Le pido me recomiende autores turcos que deba buscar, además de Orhan Pamuk. Me escribe una larga lista con nombres que desconozco, entre ellos Latife Tekin, Ece Ayhan y Nazim Hikmet. Al fin me despido de él como de un amigo con quien tengo amistades en común. Cómo no.

Muero por saber qué tanto le platican Aureliano Buendía y Juan Preciado cuando están solos.

Cien años de soledad. Foto: Julia Santibáñez
Cien años de soledad. Foto: Julia Santibáñez

Escribir es como hipnotizar

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“El reportaje es un cuento que es verdad”, dijo García Márquez a su auditorio. “Tiene el dato humano que le falta a la noticia”. 

Luego añadió que con su libro Noticia de un secuestro, próximo a salir a la venta en aquel 1995, iba a demostrar que el reportaje era “más fantástico que cualquiera de sus novelas”. Lo escuchaban, embebidos, 12 periodistas hispanoamericanos que tomaban un taller sobre crónica, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano creada por el Nobelista. Lo cuenta Andrés Grillo, editor internacional de la revista SoHo, en “Mi taller de periodismo con Gabo”, que forma parte del muy sentido “Adiós a García Márquez” publicado este mes por SoHo México. Grillo cita también estas palabras limpias: “La escritura es una forma de hipnosis. Por eso hay que ir en puntillas, con mucho sigilo, para no despertar del trance a quien tiene agarrado”. Sí, la página/ pantalla en blanco implica un reto descomunal: hay que escribir sobre los truenos, huracanes y terremotos que suceden adentro de la piel, pero hacerlo sin demasiado ruido, sin violentar el proceso hipnótico. Así es como se construyen las historias que realmente significan algo para quien se enfrenta a ellas.

Cómo un ojo ciego impactó al niño García Márquez

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“Mi abuelo es la persona con la que mejor comunicación he tenido jamás”, le dijo Gabriel García Márquez a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, según quedó registrado en el libro de conversaciones El olor de la guayaba (Diana), publicado en mayo de 1982, sin saber que ese diciembre Gabo recibiría el Nobel.

Luego el escritor añadió esto sobre su abuelo, muerto cuando él tenía ocho años y evocado en el personaje del general sin nombre de La hojarasca: “Había perdido un ojo de una manera que siempre me pareció demasiado literaria para ser contada: estaba contemplando desde la ventana de su oficina un hermoso caballo blanco, y de pronto sintió algo en el ojo izquierdo, se lo cubrió con la mano, y perdió la visión sin dolor. Yo no recuerdo el episodio, pero lo oí contar de niño muchas veces, y mi abuela decía siempre al final: ‘Lo único que le quedó en la mano fueron las lágrimas.'”.
Esa imagen se me quedó muy grabada cuando leí El olor de la guayaba, siendo estudiante en la universidad. Ahora que el escritor ha muerto la recuerdo y me parece todavía más sugerente. Y poderosa. Supongo que de eso se trata leer: de quedar marcado por personajes, pasajes, palabras.

(texto originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

#AdiosGabo

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“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Éstas, las primeras palabras de Cien años de soledad, están entre los inicios más conocidos de la literatura hispanoamericana. La muerte de su autor cala hondo y se suma a las dolorosas también de Juan Gelman y José Emilio Pacheco, este mismo 2014, que parece decidido a subrayarnos la orfandad. Y como Gelman y Pacheco, muere en México, tierra que ya no sabe cómo llorar a sus sombras.
A unas cuatro horas del anuncio de su derrota ante el cáncer, en redes sociales hay varios Trending Topics relacionados con él, entre ellos #GabrielGarciaMarquez, #GraciasGabo, #AdiosGabo, #DescansaEnPazGabo, #CienAñosdeSoledad y #Macondo, que suman al momento más de 400 mil menciones y lamentos. Apenas suficiente para su tamaño y así, sin acentos, como quizá le hubiera gustado.
PD Dicen que sus personajes están inconsolables, como todos.

Parejas de escritores: la mano detrás del creador

José Saramago y Pilar del Río
José Saramago y Pilar del Río

Según un artículo publicado hoy en The Guardian, el escritor John Steinbeck no encontraba título para su novela, cuyos 75 años de publicación se celebran estos días. Entonces su esposa, Carol, le propuso llamarla The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira), retomando una línea de la canción de guerra “The Battle Hymn of the Republic. La novela que luego ganaría el Premio Pulitzer, del autor que años después recibiría el Nobel, tenía nombre. A partir de ese caso John Dugdale, autor de la nota, subraya la importancia de los “esposos literarios”, es decir, parejas de creadores que influyeron de una u otra manera en la obra de plumas célebres. Entre los ejemplos que aporta están:

Frankenstein (1818)
A principios del siglo XIX, los escritores británicos Percy Shelley y Lord Byron se retaron mutuamente a escribir historias de fantasmas. En el juego participó también Mary Shelley, niña-esposa del primero (se casó con él a los 18). A Percy le pareció tan bueno el personaje monstruoso creado por ella, que la empujó a convertir el cuento en una novela, que se volvió un suceso.

Sonetos del portugués (1850)
Las cartas en verso que la poeta Elizabeth Barrett Browning le mandaba a su esposo, Robert Browning, eran eso, cartas privadas. Sin embargo, él la animó a publicarlas: fueron leídas como auténticos poemas de amor que afirmaron su prestigio literario.

Lolita (1955)
Vera Nabokov impidió varias veces que Vladimir quemara su obra cumbre, mientras la estaba gestando. Según un biógrafo de Vera, el autor la encontraba demasiado escandalosa. Además, añado yo, la mujer pasaba en limpio las cuartillas del escritor, tanto que él decía: “La máquina de escribir no funciona sin Vera”.

Carrie (1974)
En su casa rodante, un muy joven Stephen King escribía el primer capítulo de su novela debut. Lo consideró tan malo que arrojó el manuscrito a la basura, de donde lo rescató su esposa, Tabitha. King siguió trabajando en él hasta crear Carrie.

Se me ocurren otros casos de parejas fundamentales, como el de Sonia Tolstoi (que a pesar de que León la maltrataba bestialmente, copiaba en limpio todo lo que él escribía y luego peleó por conservar su obra) y el de Carol Dunlop, pareja de Julio Cortázar y coautora de Los autonautas de la cosmopista. Añado otros dos:

Cien años de soledad (1967)
Durante los largos meses en los que Gabriel García Márquez escribía su ambiciosa primera novela, Mercedes conseguía dinero para comer, para papel y para los cigarros que el autor necesitaba. Se quedaron sin auto y ella incluso vendió los aparatos electrodomésticos… pero nació el portento del Boom latinoamericano.

Todos los nombres (1987)
Pilar del Río era una periodista conocida en España. Luego de leer Memorial del convento, quedó tan tocada por la pluma de José Saramago que buscó conocerlo. Platicaron, se entendieron, empezaron a frecuentarse y se enamoraron, a pesar de los 28 años de diferencia entre ellos. No se separaron más, hasta la muerte de él. Ella se convirtió en traductora al español de toda la obra del Nobel portugués.

Que nadie se sorprenda. Ya lo dice la Biblia, esa gran obra literaria: “Mejores son dos que uno”. Ante las inseguridades de escribir ayuda contar con la fe ciega de alguien querido.

 

García Márquez y lo que ve en el hospital

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Voy a evitar el lugar común de llamarlo Gabo, con esa familiaridad que pretende que es mi amigo, aunque sus letras lo sean. De García Márquez, pues, dicen que está enfermo, que lo atienden en un nosocomio mexicano de una infección pulmonar. La noticia me hace pensar cómo vive su encierro hospitalario, qué imágenes le asedian en ese blanco monótono.

En El olor de la guayaba, libro de conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, contaba que las imágenes visuales le disparaba historias. Mencionaba que El coronel no tiene quien le escriba nació de la imagen de un hombre esperanzado que aguardaba un lancha y que “La siesta del martes” (“que considero mi mejor cuento”) lo disparó la visión de “una mujer y de una niña vestidas todas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto”. Así, me intriga qué instantáneas podrían convertirse en novelas o cuentos si el escritor hoy tomara la pluma. ¿La mirada cómplice que intercambian dos médicos al salir de un cuarto? ¿El viejo que parece no esperar nada mientras espera? ¿Una enfermera de blanco que llora en un salón igualmente blanco?

Mientras me imagino cosas le pido quedito a la muerte, que este año ya golpeó mucho las letras hispanoamericanas, que se distraiga y lo deje un rato más por aquí.