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Este blog respira libros. Es de libros. Sobre libros. En torno a libros.

Estoy huérfana de libro

Foto: www.thewortzone.net
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Tengo muchos títulos a la mano, de autores que ya son parte de mi familia elegida, pero me falta uno. Y ese uno se vuelve todos.

Llevo horas buscando en mi biblioteca Diario de un aspirante a santo, novela de Georges Duhamel publicada por El Equilibrista. La leí hace años y la releí casi de inmediato, fascinada por su humor corrosivo. Trata de un oficinista que un día decide alcanzar la celebridad y calcula que volverse santo es lo más accesible, considerando que no tiene ni dinero ni talento. Un santo pasa a la historia por sacrificarse y practicar formas de la piedad, así sean tan predeciblemente ingenuas como amar mucho y a todos. Suena factible.

Razona que para ser canonizado es preciso practicar la humildad más paradójica: ser el más pobre, el más obediente. Alcanzable. Supone que no importa carecer de fe, al fin y al cabo, quién cree hoy en día. Así empieza una ardua labor de machucarse el dedo con la puerta, para entrenarse en soportar el dolor. De entregar su dinero a los pobres, aunque sean abusivos. De renunciar a las vanidades diarias en pos de la vanidad máximo: consagrarse como santo. Bueno, pues ese libro que destroza con elegancia prejuicios varios no está en mi biblioteca.

Estoy segura de no haberlo prestado, segurísima. No lo perdí en la última mudanza porque recuerdo haberlo acomodado en los anaqueles de narrativa extranjera (así de laxamente los organizo). No está. Busco en las repisas cercanas, un desbarajuste de títulos. Tampoco. En el proceso abro algunos, se me antoja releerlos y con esfuerzo los regreso a su lugar, para seguir hurgando. Enfilándome hacia la paranoia, miro de soslayo a la chica que resuelve mi desastre casero. No parece ocultar ninguna culpa relativa a mi libro. Tampoco mi adolescenta es sujeto de sospecha: la palabra “santo” la hubiera ahuyentado de inmediato.

Literalmente, el Diario de un aspirante a santo parece haberse esfumado. Entiendo cómo se siente el fetichista sin su objeto caro. Su caro objeto. No sé hace cuánto lo perdí pero caigo en una nostalgia retroactiva. En eso estoy cuando mi querido amigo Andrés me manda una columna impecable del escritor colombiano Arturo Guerrero, titulada “Reorganizar una biblioteca”. En ella cuenta lo que pasa cuando se requiere poner orden en los libros. “El primer acto consiste en desocupar los anaqueles. ¡Sorpresa! Una biblioteca está viva y es impredecible. Con los años crece, engorda, se deforma, le nacen tentáculos que duermen acostados sobre el orden erguido de los tomos. Es inevitable que la disposición por temas, autores, países o épocas se reviente. Entonces las tablas destierran volúmenes recién llegados, con destino a estanterías peregrinas donde estos fundan repúblicas independientes. Al cabo, el depósito de la inteligencia entre palos se hace galimatías. Nadie, ni el mismo acumulador, encuentra el libro oportuno y urgente. Un libro siempre es urgente.”.

Sí, mi libro es urgente. Tengo a la mano otros muchos, de autores que ya son parte de mi familia, pero no me consuelan. Sólo quiero ese. Sufro una extraña sensación de orfandad.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

#MiércolesDePoesía La Rabia se multiplica

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¡Fiesta con congo y bocadillos! O, lo que es lo mismo, comparto dos noticias que me ponen feliz de toda felicidad y por las cuales invito el bombo, los platillos y las incontables cervezas:

    1. Mi libro de poesía Rabia de vida/Rabia debida ya está disponible en EBook, para leerse en línea o descargarse. La chulada de edición digital es obra de Javier García-Moreno, para más señas fotógrafo soberbio y caballero andante de las entrañas de este país, director de Ediciones de México y querido amigo mío. Para acceder al libro puedes entrar donde dice EBook, en el extremo derecho del menú superior de esta página o dar click aquí.  ¡Ya tienes resueltos tus regalos de Navidad!
    2. El próximo martes 1 de diciembre lo presento de nuevo dentro de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y junto con Fiasco, de mi querido Rafael Carballo, ambos publicados por Editorial Resistencia. Nos presentará Alma Delia Murillo, escritora que persigue diligente la sorpresa de personajes que vibran y se quedan a vivir con uno, autora de esa novela espléndida que es Las noches habitadas, publicada por Editorial Planeta, y además amiga entrañable. Me dará un gusto de muchas palabras verlos en el Salón C del Área Internacional, el martes 1 a las 7 p.m. Aquí abajo, la invitación. De veras, al terminar yo invito las cervezas.

Para no dejar ir el #MiércolesDePoesía sin su ídem, aquí dejo un poema justamente de Rabia, nomás por no dejar:

Arrancar el amor

como se arranca un fruto del árbol

con la misma vehemencia

y un golpe de muñeca.

Sentir su peso

en el hueco de la mano.

Salivar su aroma

sin permiso.

Convencida de que es mío

hincarle el diente

llenarme la boca de su jugo

dejar que escurra

serpentee.

 

Con la boca hinchada de su pulpa

irme andando la rubia avenida.

 

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Rodrigo Fresán: “Celebro que mis libros no puedan ser adaptados para TV”

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Conversé con el escritor argentino sobre su más reciente novela, La parte inventada, en la que a puro estilo literario se planta de cara a las modas (y los medios).

Navega a contracorriente, como todo lo que hace Fresán. Demandante, de estructura fragmentada y lenguaje torrencial, La parte inventada rebasa las 600 páginas sobre un tema difícil: la mente de un escritor, la vocación literaria. Pero al mismo tiempo derrocha estilo, igual que el trapecista que hace piruetas descabelladas y cae en el banquito al redoble del tambor, como si nada. Así. Ambiciosa en esta época de literatura light, trata sobre un autor, rabiosamente antielectrónico, que tuvo éxito en el pasado pero ya no puede escribir.

Estamos en la Feria del Libro de Guadalajara. Mientras saludo a Martín Caparrós, su amigo y también argentino, aparece Fresán. Es altísimo. Trae un libro en la mano: Galápagos, de Kurt Vonnegut. “Lo estoy releyendo. No tenía esta edición”, dice. Le pregunto qué leyó en el vuelo desde su casa en Barcelona. Contesta que en los viajes sólo relee, no le gusta empezar algo en el avión y terminarlo en casa. Entonces carga libros que casi sabe de memoria, para interrumpirlos sin problema. “Ahora traje los cuentos de Salinger y Música para camaleones, de Truman Capote, uno de los libros más estremecedores que hay”. Nos sentamos a platicar.

LEER Y ESCRIBIR TANTO… EN TWITTER. La parte inventada destroza las redes sociales, pero es una postura exagerada. Aunque no la comparto, sí creo que contribuyen a destruir narradores. El momento top de mi infancia eran las vacaciones: tres meses de no ver a tus amigos y luego contarles lo que habías hecho, volverlo fascinante. Ahora, en 140 caracteres todos saben a dónde fuiste. Me irrita que se lea y escriba tanto y que el resultado sea eso. Tuitear El Quijote no lo entiendo como vanguardia. En cuanto a la lectura, el gesto vanguardista insuperable es que unos caracteres negros se te metan por los ojos. ¿Qué más?

DEFENDER LA SOLEDAD. Mi literatura es retaguardista, se ocupa de la retaguardia de las cosas. La vanguardia de este oficio son ferias, festivales, premios, pero a mí me preocupa el momento de la escritura: ahí se libra la verdadera batalla. Uno se hace escritor porque le gusta estar solo, es una de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Hasta el siglo XIX era algo noble. Hoy, si dices: “Quiero estar solo”, todos se preocupan, pero si dices “Quiero estar solo porque tengo que escribir” todavía te lo dejan pasar.

SIGUIENTES 14 PORTADAS. La novela tenía siete partes inconexas y no encontraba cómo unirlas, estaba bloqueado. Un día, llevando a mi hijo al colegio pasamos por una tienda en cuyo aparador había un muñequito de cuerda. Mi hijo lo vio y dijo: “Es la portada de tu libro, el protagonista”. Lo compramos y de vuelta en casa encontré que era la solución: terminó de unir el libro. De hecho, la portada lleva el crédito de mi hijo y él cobró lo correspondiente. Ahora, claro, ya tiene las de mis próximos 14 libros.

DISFRUTAR SIN INTERFERENCIAS. Los odontólogos y los panaderos se desconectan al llegar a casa, pero el escritor no, porque todo es escribible, literalizable. Nabokov decía que la realidad no es más que información más especialización: hay una realidad neutral que habitamos todos, del tipo “esto es una silla”, y luego un carpintero se detiene en su estructura carpenterística, mientras un escritor piensa qué hacer narrativamente con ella. Cuando estoy de vacaciones me gustaría disfrutar y sufrir plenamente las cosas, sin interferencias literarias. Y además está el respeto: no puedes estar en el funeral de tu amigo y decir “mmm, esto que escuché me interesa”.

LITERATURA Y TELEVISIÓN. Vivimos en un momento tan crítico para la literatura que, paradójicamente, te permite arriesgar más: si nada vende, por qué no intentar lo que quieras. Yo trato de escribir libros parecidos a los que me gustan, con cierta complejidad, cierto juego. Ante el bombardeo audiovisual, la única batalla que puedo ganar es la del estilo. Me interesa que la literatura sea diferente a la televisión. Para mí es un logro que ninguno de mis libros pueda ser filmado o adaptado para una serie.

VIDA Y FICCIÓN, INEXACTAS. Mi metáfora favorita sobre escribir es la frase de John Updike que cito en La parte inventada: el artista trae al mundo algo que no existía y lo hace sin destruir nada a cambio, “en una especie de refutación de la conservación de la materia”. Me gusta esa referencia químico-física, disciplinas sobre las que no tengo idea, porque tanto la realidad como la literatura son ciencias inexactas.

BIOY, POR SOBRE BORGES. El estilo de Borges acaba comiéndoselo, sus últimos libros parecen escritos por un admirador suyo. Bioy, en cambio, se sostiene. Me parece un mejor escritor, ahora lo estuve leyendo en la Antología de la literatura fantástica. Me deja alucinado lo bien que escribe, con sus toques de rareza, como esquirlas destellando en una aparente normalidad.

DEVORADOS POR LA LITERATURA. Desde niño quise ser escritor. No conozco otra cosa, nunca pensé que la vida podía ser de otra manera. La mayoría de mis amigos son escritores, estamos en lo mismo, así que el único antídoto que me puede sacar de cierto solipsismo es que estoy muy enamorado de mi mujer y de mi hijo, me llevo muy bien con ellos. Yo tengo esa suerte, pero entiendo a los escritores que tienen situaciones familiares complicadas y son devorados por la literatura.

¿ARGENTINO? Disfruto mucho la amplitud temática de la literatura argentina, pero en otros temas no me envuelvo en la bandera de mi país. No me interesa el futbol, no pienso que Gardel cante mejor cada día, estoy seguro de que Dios no es argentino, no me psicoanalicé nunca.

LO QUE VIENE. Para 2015 quiero escribir una novela y en tándem hacer un cuento por mes. Todos mis libros de cuentos están imbricados, unidos al final, pero ahora me apetece hacer cuentos sueltos: uno sobre el verano, otro sobre Marte, otro sobre no levantarte de la cama, aunque no sé si podré, porque me pierde la idea de ensamblar estructuras.

(Originalmente publicado en la revista SoHo).

Durante la entrevsita
Durante la entrevista

 

Leer no sirve para nada

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Algunas actividades son realmente inútiles. Mejor dicho: uno es un inútil improductivo cuando las practica. Como tener sexo. O pasar los ojos por las páginas de un libro.  

Son tareas ociosas porque no pagan cuentas ni resuelven problemas. Es más, muchas veces los generan: broncas de cama y miopía son consecuencias asociadas a cada una. Y si uno le suma que cada vez que las practica le quedan millones de veces pendientes, la cosa pinta mal. Además, sobre leer hay un inconveniente adicional: “Si uno leyera un libro diario estaría dejando de leer cuatro mil, publicados el mismo día […]”. Entonces, ¿para qué perderse entre renglones? Aquí va una probable respuesta: “Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? nada. Decir: yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes. […] Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan. ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales”. -Gabriel Zaid, Los demasiados libros, Océano

Ayer, 12 de noviembre, se celebró en México el Día Nacional del Libro. En 1979, el gobierno de José López Portillo lo decretó en homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en un día como éste y quien dijo: “No escribo por saber más, sino por ignorar menos”. Valga esta cita de Gabriel Zaid, ese notable vicioso de los libros, para hablar del tema. El asunto es así de clarito: leer no sirve de nada, pero como da una cierta aura de intelectualidad conviene hacerlo de vez en cuando. Ahora, algunos que practican a diario la lectura como si fueran al gimnasio dicen que lo interesante no es cuánto uno lea, ni si atraviesa cientos de títulos como una obligación penosa, fatigante. Dicen que lo rico es asuntarse con ellos como aliados necesarios, como la posibilidad de vibrar en vidas alternas y enriquecer la ignorancia. Eso dicen y añaden: aunque no sirva de nada. Como el sexo.

PD El escritor mexicano Fernando del Paso es nombrado Premio Cervantes 2015. Me alegro muy mucho. Merecidisímo. Da click aquí para ir a uno de sus Sonetos con lugares comunes.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios del sitio web de SoHo).

 

John Fante and me

He, himself.
He, himself.

“Me senté ante la máquina y escribí sobre ello, lo escupí tal y como habría tenido que suceder, lo vomité con tanta violencia que la máquina portátil retrocedía, resbalaba en la superficie de la mesa y se alejaba de mí […] Genial. Fantástico. Pero al leerlo de corrido se me antojó insulso y chapucero. Rompí los folios y lo tiré.” –John Fante, Pregúntale al polvo, Anagrama

Pues sí, pasa. Es más, me pasó ayer.

Me vacié sin pudor, dejé las tripas en el teclado para crear un poema defendible, pero luego tiré lo escrito como se desecha una venda vieja. Y expuse de nuevo la herida.

Me esforcé tratando de decir lo que quería, como quería. El resultado fueron líneas abigarradas, de las que me avergoncé como la madre de un hijo idiota.

Me pasó que, al menos en eso, me sentí cercana a John Fante. O, mejor, al personaje de John Fante.

A ver qué pasa hoy.

PD Mañana es #SábadoDeMúsica y la pregunta para armar la Playlist colectiva es: ¿con qué canción celebras el fallo de la Suprema Corte sobre la mariguana? Pon tu sugerencia en los comentarios y la añado. Aunque esta vez el tema es muy mexicano, si vives en otro país y quieres participar diría que propongas una canción con la que festejarías la despenalización del cannabis en tu país.

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#LunesDeHumor Encontré la dedicatoria de un libro

Cartón: Agustina Guerrero
Cartón: Agustina Guerrero

Abro un libro de hace tiempo y encuentro la dedicatoria de quien en su momento me lo regaló y a quien amé eternamente durante unos años. Entre las hojas está la nota amarillenta de una cena que compartimos. Es como si el aserrín de esa historia se hubiera sedimentado entre las páginas, como si instantáneas de quienes fuimos bailaran entre renglones. Es una más de las razones por las que amo los libros, como bien lo plantea Agustina Guerrero en este cartón: “Descubrir dedicatorias… Encontrar cosas (además de historias)”. Congelan los mejores y los peores días.

Buen #LunesDeHumor.

Martín Caparrós: “Hay placer en lo que choca o repugna”

Foto: http://planetadelibrosmexico.com/el-hambre-el-nuevo-libro-de-martin-caparros/
Foto: http://planetadelibrosmexico.com/el-hambre-el-nuevo-libro-de-martin-caparros/

Siempre en movimiento, insatisfecho y curioso, el reconocido escritor argentino hizo un viaje de meses para abrazar y luego contar la esencia de su nacionalidad. Aquí, mi conversación con él sobre su libro El Interior.

Siendo niño tuvo dos gatitos y les llamó Livingstone y Stanley, “porque cuando sea grande quiero ser explorador”, dijo entonces. Hoy afirma que no, no es ningún explorador, “más que, acaso, de ciertas formas de contar las cosas”. En efecto, mientras observa el mundo desconfía de lo que tiene una sola lectura, indaga debajo de lo aparente y busca palabras para narrar lo que ve. Y además intenta que esas palabras evoquen ambientes, aromas, porque en sus libros subyace, sí, una idea de belleza. Pero también es un poco explorador: nacido en Buenos Aires y radicado en España, ha escrito ficción y no-ficción desde infinidad de sitios y ahora reitera esa vocación en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México. Se trata del viaje de veintitantos mil kilómetros que hizo por la provincia de su país para “contar” su esencia, si la hubiera. Durante meses recorriendo pueblos y caseríos vio que “argentino” podía significar mucho más de lo que creía: “Busco una unidad y veo cada vez más las diferencias”, anotó. En el intento compuso una Road Movie literaria en la que se entrecruzan crónica, relato, diálogos y hasta chistes que la pluma de Caparrós, polifónica, rica en matices y acentos, logra que en México se disfrute a pesar de la distancia geográfica y temporal (el libro se publicó en Argentina hace nueve años). Aquí, extractos de lo que dijo en entrevista con SoHo.

SER UN PAÍS El libro está hecho de verbos como mirar, mirarse, contar, contarse. Por un lado porque se dirige a nosotros, los argentinos, sobre lo que supuestamente somos. Y luego porque trata de pensar qué es ser un país, qué es ser compatriotas.

MARADONA El gran adalid del esencialismo nacional es Diego Armando Maradona, que dijo: “Estamos como estamos porque somos como somos”. Igual que toda definición de nacionalidad, ésta conlleva la idea de que nada puede modificarse porque hay una inevitabilidad absoluta: las cosas pasan porque somos de equis manera. Yo en el libro digo qué es lo que no somos, pero estoy en contra de decir “somos esto o aquello”. La única certeza es que no hay tal frase como “ser argentino es tal o cual”. Y eso aplica igual a ser mexicano o a ser spaghetti o una lechuga. Como cada uno es una combinación azarosa de factores, no hay definición posible.

NO ABURRIRME Así como me interesa tratar de entender lo que cuento, quiero tratar de entender cómo contarlo. Situaciones distintas convocan distintas maneras de narrar. Además, cuando iba a empezar el libro dije: “Quiero experimentar con formas distintas para que me interese en términos literarios y no me aburra”. Por eso, además de los relatos hay personas escritas en forma poemática. O paisajes que se describen con un haikú. Y es que me aburro si escribo siempre igual.

EL SOUNDTRACK Una banda sonora de El Interior sería el silencio. Me obligué a no poner la radio en el coche, quería que el silencio me obligara a pensar. Fue un ejercicio casi zen de concentración. Ya afuera del auto, el soundtrack sería la cumbia villera. Es una música sin el menor prestigio, paupérrima, con una sofisticación tendiente a cero, pero que se oye en la mayor parte de la Argentina. Me pareció interesante constatar que aunque no la asumimos como nuestra, se oye casi todo el tiempo.

DESPILFARRO No pensaba incluir en el libro las Cataratas de Iguazú. Es un sitio tan de postal que quería esquivarlo, pero pasé muy cerca y me detuve. Cuando caminé por ahí, me dio una especie de arrebato místico. Me parece el lugar donde la naturaleza pone en escena el máximo despilfarro de poder. Es impresionante esa avalancha de energía que se desploma en un lugar perdido y no sé si haya muchas situaciones donde la naturaleza se manifieste con tanta barbarie.

COMPARTIR CON UNA BESTIA Mi auto, al que en el libro llamo Erre, fue el único que estuvo conmigo todos esos meses. Ahora se me ocurre algo que no había pensado: la “erre” es la inicial de Rocinante. Siempre tengo un poco de nostalgia por esa época en la que andábamos a caballo, aunque no la viví. Eso de compartir tus viajes con una bestia, con algo vivo, debía tener un punto muy fuerte. Supongo que de algún modo convertí a Erre en un caballo, para palmearle el cuello y darle un terroncito de azúcar.

DESMELENADO En los meses de viaje me sorprendió el placer de dejarme ir, de estar solo y no cambiarme la sudadera por días. Aunque estaba en contacto constante con gente, siempre escuchando cosas que pudiera contar, al mismo tiempo eran personas ajenas, así que me fui haciendo cada vez más ermitaño y desmelenado, si fuera posible. La sensación de no peinarme en días me daba cierto orgullo, claro, porque es algo que me resulta difícil concebir.

PLACER EN LO QUE CHOCA En el libro hablo de muchos sitios que no son agradables de mirar, pero aun en esos casos mirar es un placer, siempre lo es. Es hipócrita pensar que sólo lo agradable se disfruta. Hay mucho placer en lo que te choca, te repugna o te inmoviliza, te inquieta o te asusta.

SER BUENA PERSONA Está por ahí algo que dijo Kapuscinski sobre que para ser buen periodista hay que ser buena persona, intentar comprender a los demás. Eso querría decir que quien busca comprender a los demás es buena persona, pero se puede querer hacerlo por las razones más canallas, para utilizarlos. Aunque le tengo cariño a Kapuscinski, esa reflexión me parece un poco ñoña.

LOS RIESGOS He dicho que si me viera como futbolista sería el portero, el que mira las cosas a la distancia. Pero los riesgos que él corre son visibles. Él sabe que le duele la costilla porque se tiró al suelo. En cambio, el escritor enfrenta peligros más imperceptibles, no sabe dónde se golpea. A veces cree que no le pasa nada y después descubre que se abrió la cabeza.

(Originalmente publicado en la revista SoHo, septiembre, 2015).