Archivo de la categoría: literatura

Sí, hablo mucho de libros, de autores, de poemas, de novelas.

30 años sin Borges pero con él

Cartón: Lucas Cejas www.lucascejas.blogspot.mx
Cartón: Lucas Cejas
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“—¿Cuál es su mayor ambición literaria?

—Escribir un libro, un capítulo, una página, un párrafo que sea todo para todos los hombres […] que prescinda de mis aversiones, de mis preferencias, de mis costumbres; que ni siquiera aluda a este continuo J. L. Borges; que surja en Buenos Aires como pudo haber surgido en Oxford o en Pérgamo; que no se alimente de mi odio, de mi tiempo, de mi ternura […]”.

(Entrevista a Jorge Luis Borges publicada en la revista Latitud No. 1, Buenos Aires, febrero de 1945, citada por Emir Rodríguez Monegal en Borges por él mismo, Caracas: Monte Ávila Editores, 1981).

Hoy se cumplen 30 años de la muerte ya no del escritor total sino un paso más allá: del hombre total, el que con su escritura aspiró a ser todos, cualquiera. Y en muchas ocasiones lo logró. Por eso sigue por aquí, aunque no esté.

Obsesión por la textura, la música interna y el perfume de cada palabra

 

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“Sensación de estar frente a la literatura, o mejor, de ver funcionar una maravillosa máquina de hacer literatura. Habla lento, con extraños cortes en el interior de la frase. Absurdamente, yo me sentía tentado a arrimarle las palabras, como si él se detuviera porque no las encontraba. Siempre él traía por fin una palabra distinta a la que yo imaginaba, más bella y más exacta que la mía”. Lo dice un muy joven Ricardo Piglia sobre su encuentro con Borges, en Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Anagrama), esos espléndidos cuadernos del alter ego de Piglia.

Claro, la vocación de Borges por la textura, la música y el perfume de cada palabra habrá entintado su manera de hablar, tanto como distingue su obra. Me recuerda aquel cuasimandamiento de Dylan Thomas, “Love the words” y su obsesión, su desquiciamiento por la sonoridad y la multiplicidad de sentidos de las palabras. Da click aquí para ir a la entrada Dylan Thomas: Feroz declaración de amor por las palabras.

Me voy pensando en eso que impresionó al muchacho Piglia: difícilmente se puede crear algo de proporciones como las de Borges o Thomas sin la obsesión por el material con que se crea, como pasará con un escultor que conoce y ama y teme y explora y vibra las posibilidades del mármol.

Acabo de firmar contrato para un nuevo libro (y tengo gusto y susto)

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“El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel […] La obligación del escritor es hacer su obra lo mejor que pueda hacerla; cualquier obligación que le quede después de eso, puede gastarla como le venga en gana […] “. Son palabras de William Faulkner.

Es cierto, el narrador o el poeta tienen ventaja sobre un cineasta o un escultor, que dependen de la confluencia de muchos factores, de grandes recursos, de materiales difíciles de conseguir. En cambio, quien escribe se basta con una hoja y un lápiz. En esos dos elementos sencillos descansa su trabajo, el que le obsesiona, el que alimenta sus neurosis y pudores, el que le da una dirección, aunque muy probablemente nunca viva de esas palabras garabateadas en un papel.

Lo digo cuando acabo de firmar el contrato para publicar un nuevo libro de poesía. Y sí, estoy feliz, emocionada, pero también tengo miedo, todas las inseguridades del mundo.

 

 

Qué difícil, hacer lo que realmente quiero

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“¿Por qué siempre nos enseñan que es fácil y perverso hacer lo que queremos […]? Es lo más difícil del mundo y requiere el máximo coraje. Es decir, hacer lo que realmente queremos […] Implica una enorme responsabilidad“.

Sigo en un viaje desmesurado de ideas con la novela El manantial (The Fountainhead), de Ayn Rand, cuyo fragmento cito arriba y el cual, luego de pensar un rato, abrazo sin dudar. Hacer lo que quiero es lo más endiabladamente difícil del mundo. Nunca me lo había planteado.

El manantial funciona perfectamente bien como novela, los personajes son sólidos, creíbles, complejos. La trama avanza, hay suspenso, es un novela redonda. Pero es más que eso. Es el planteamiento de una filosofía con muchas capas, una fregonería que me sorprende dándole vuelta varias veces al día a sus conceptos. Qué gusto que lo sorprendan a uno libros así, que se vuelvan parte de tu ADN. Me voy con esto en la cabeza.

P.D. De nuevo, la traducción es mía. Dispensen.

 

 

Por qué la jodida necesidad de escribir

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Me encuentro esta cita de Paz que anoté en un cuaderno viejo y me gusta toda, pero en especial esta línea: escribo para detener el instante y para echarlo a volar. Por eso no dejo de escribir, por la jodida y voraz y bendita necesidad de exprimir al máximo cada segundo:

“He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, por deseo de perfección y para desahogarme, para detener al instante y para echarlo a volar. En suma, para vivir y para sobrevivir”. -Octavio Paz, prólogo a La casa de la presencia

 

#MiércolesDePoesía Mis otras vidas, las que no fueron

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Para acompañar las horas del día van estos versos de Borges, del siempre necesario Borges. Contagiada por él, veces yo también me lo pregunto.

Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

-Jorge Luis Borges, “Lo perdido”, El oro de los tigres, en Obras completas. Tomo 2, Buenos Aires: Emecé Editores, 1974

Estar demasiado vivo a veces resulta peligroso

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Un escritor de éxito más bien mediocre publica su nueva novela. De pronto, como si todos los críticos se hubieran puesto de acuerdo en alabarla y como si todos los lectores se hubieran puesto de acuerdo en leerla, de la noche a la mañana se convierte en un fenómeno de ventas y él entra en una vorágine de viajes, entrevistas, ferias de libros, entregas de premios, presentaciones.

El huracán demencial lo absorbe y deja de escribir. Después de un tiempo llega a una conclusión tremenda: “Le perdí respeto a la literatura, que era lo único que hasta entonces había dotado de sentido o de una ilusión de sentido a la realidad. […] Quizá dejé de escribir porque estaba demasiado vivo para escribir, demasiado deseoso de apurar el éxito hasta el último aliento, y sólo se puede escribir cuando se escribe como si se estuviera muerto y la escritura fuera el único modo de evocar la vida, el cordón último que todavía nos une a ella” (Javier Cercas, La velocidad de la luz, DeBolsillo). Uf.

Claro, la gente demasiado feliz no suele crear, para qué. El arte (la escritura) cumple un rol cuando hay una carencia o se busca confrontar algo o el mundo es decididamente perfecto. Entonces surge la urgencia de componer un mundo a partir de palabras: una realidad que no existía y ahora existe. A quienes escribimos nos aplica aquello que dijo Martín Caparrós en otro contexto: “Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo”. Pues eso.