
Que es el Día de la Niña, dicen. Abrazo desde el tuétano a esta preciosidad, mi niña (que ya no lo es cronológicamente hablando, pero igual) con esto que llevo dentro y que debe ser sangre, porque busca su corazón para sentirse en casa.
Y un poquito más adentro

Que es el Día de la Niña, dicen. Abrazo desde el tuétano a esta preciosidad, mi niña (que ya no lo es cronológicamente hablando, pero igual) con esto que llevo dentro y que debe ser sangre, porque busca su corazón para sentirse en casa.

Este cartón del humorista chileno Olea no merece que lo eche a perder con un comentario vano, de modo que lo dejo por aquí y me voy en silencio, tratando de no despertar a los encantadores bichos hijos de la chingada que hicieron su hogar bajo mi colchón.
Que el lunes no sea tan descaradamente lunes.

«Siempre es fácil mirar atrás y ver lo que fuimos ayer, hace diez años. Es muy difícil ver lo que somos». -Harper Lee, Ve y pon un centinela (Harper Collins)
Añado: normalmente, eso que se nos esconde sobre nosotros mismos le resulta transparente a los demás. Por eso sé que si te vieras a través de mis ojos entenderías algunas cosas. Por ejemplo, cómo el mundo es mejor por ti.

La lujuria no es buen negocio. Lo fue cuando conservaba un toque de transgresión. Ya no. Hoy resulta tan cotidiana como las galletas de animalitos y bastante menos versátil, porque no se le puede sopear en un café cargado. Para que llame la atención debe ofrecer algo retorcidito. Esa parece ser la tesis del artista ruso de performance Mischa Badasyan, quien se planteó un experimento sui géneris. Más bien, con sui géneris, con su género de cuerpito: tener relaciones con 365 hombres a lo largo de 365 días y registrar los encuentros en fotografías, grabaciones de audio y video, para luego crear piezas de performance.
El creador gay, quien lleva años de vivir en Berlín, tituló su proyecto Save The Date. Dijo que a sus 26 años nunca había tenido una relación seria de pareja ni se había enamorado y que su vida sexual consistía en ir de noche a los parques para tener encuentros con desconocidos, de los que regresaba sintiéndose fatal. Entonces se le ocurrió llevar al extremo esa realidad cotidiana de muchos homosexuales, apuntó. El objetivo era comprender la relación entre libertinaje y soledad: averiguar si el sexo indiscriminado (porque no le hizo el feo a ningún color, nacionalidad ni talla) mata la necesidad de afecto en los seres humanos (porque la propuesta no involucraba animales). ¿Masoquista? ¿Original? Habría que ver.
Muchos cuestionaron si su idea era arte o sólo se trataba de darle gusto al cuerpo y además ganar atención de los medios. Él respondió que buscaba explorar la dinámica del contacto humano e incluso dijo basarse en la estética relacional. Ese término, acuñado en los años noventa por el curador francés Nicholas Bourriaud, describe la tendencia de crear arte con base en las relaciones humanas. O sea, el ruso parecía informado, aunque al expresarse lo disimulara muy bien: “El sexo no es la penetración. El sexo es un estado emocional, un sentimiento, un contacto”, afirmó en entrevista con la revista Vice. Algunos se burlaron de él y lo llamaron “un narcisista obsesionado con el sexo”.
Lo cierto es que dio inicio a su obra. Para contactar parejas usó Apps populares entre la comunidad gay, como Grindr y Scruff. Así pactó citas en supermercados, centros comerciales, aeropuertos y demás sitios llamados no-lugares por el antropólogo francés Marc Augé, es decir, espacios impersonales donde no somos individuos, sino seres anónimos. Así metía en la ecuación el presupuesto de fondo (disculpen): a través del sexo indiscriminado, él mismo se convertía en una no-persona, en un número más. En ocasiones lo dejaron plantado. Otras, el prospecto llegó a la cita pero tras cinco minutos huyó, mientras otros rechazaron sus avances. Entonces optó por el método tradicional de conocer gente: caminar por las calles de la ciudad, incluida la zona roja de Berlín, donde se desempeñó como prostituto. Entre los hombres con los que estuvo vinculado (perdón) se contó un periodista de 76 años, un instructor de yoga, una estrella del porno y algunos hombres infectados con VIH. Además se sumó un estudiante de 20 años, heterosexual, que al enterarse del proyecto de Badasyan decidió participar. “Nunca había tenido ningún tipo de relación con un hombre y quise probar”, reconoció. Fueron a cenar, a bailar y durmieron juntos. Apasionado del arte, el chico.
El artista registró en un diario cada encuentro. A nadie debe haber sorprendido (tampoco a él) que en general se trató de relaciones fugaces, rutinarias. Lo que sí resultó revelador fue que para encontrar placer necesitaba ser agresivo. “Sólo disfrutaba si empleaba violencia, así que empecé a golpear a mis parejas”, señaló mientras abría grandes los ojos para subrayar su asombro. Previsiblemente, también fue víctima de brutalidad: un tipo estuvo a punto de arrollarlo con un auto, otro lo golpeó con una botella, un neonazi lo amenazó de muerte y alguien lo roció con gas pimienta. Heroico, meterse en aprietos (ejem) por el arte. Al menos encontró cómo garantizarse adrenalina.
En la página de Facebook de Badasyan se pueden leer artículos sobre él aparecidos en medios de Colombia, Brasil, Estados Unidos, Italia, Francia e Israel, entre otros países. Además, alguien escribió una tesis universitaria de su trabajo y un bailarín de Los Ángeles, Kevin Lopez, creó una pieza de danza tomándolo como inspiración. Luego, para cerrar con broche de oro (ay, albur involuntario), voló a Berlín para pasar la noche con el ruso y apoyar directamente su experimento.
¿A qué conclusiones llegó el artista con Save The Date? Dice que la falta de cercanía emocional le hizo daño, que se sintió una máquina y que ahora de verdad le gustaría estar con un alguien. Conmovedor, el pronombre indefinido. ¿Cómo se ve a un año de haber terminado? Señala que ya no sale con gays y sólo se excita como voyeurista en los baños públicos o cuando interactúa con heterosexuales o bisexuales. “Dormir con tanta gente, ¿no es una locura?”, se autopregunta, en un dechado de ventriloquia. Lo sorprendente es que no menciona para nada las piezas de performance que supuestamente iba a crear. Es decir, hizo todo por el arte pero luego se le olvidó el arte (es un decir).
Retomo las preguntas planteadas al inicio. ¿Mischa Badasyan es un masoquista abnegado? No hay duda. Si los encuentros en el parque lo dejaban sintiéndose vacío, ¿qué esperaba al jugarse el pellejo (dispensen) teniendo sexo volátil con tododios? Sus conclusiones son totalmente previsibles. ¿Es original? En absoluto. Se ha hablado hasta el hartazgo de la soledad contemporánea, de la paradoja de tener miles de amigos en Facebook y sentirse una isla en el universo. Novedoso hubiera sido descubrir, por ejemplo, que el desenfreno es la otra cara de la moralidad beata, que en los pliegues más internos del inmoral se alberga (ejem) un santo en potencia, quien hoy tiene que regodearse en el pecado, para aspirar mañana a los altares. Que con el fin de sentirse realmente solo, como un profeta que alza su voz en el desierto, nada mejor que haber conocido (en el sentido bíblico) a cientos de libertinos. Así, el proyecto de Badasyan resignificaría la incontinencia, le daría un tinte de novedad y, quizá, la volvería de nuevo un negocio. ¿Y eso sería arte? Lo demás es lo de menos.

Este poema del chileno Gonzalo Rojas me gusta. Me lo imagino publicado en un periódico cualquiera, entre el anuncio de una enfermera experta en cuidar ancianos, ofertas de un refrigerador viejo, masajistas a domicilio, autos de oportunidad.
Me imagino los versos haciéndonos el día a más de uno. Sea el #MiércolesDePoesía.
Enigma de la deseosa
«Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus».

«Dos miradas se cruzaron como los arcos de una bóveda diseñada tiempo atrás […] Cuando volvieron a tener la sensación del tiempo, los dedos pálidos de Fatma y los muy obscuros de Kadiya había hecho crecer entre las dos un tupido boque de ramas negras y blancas, entetejidas como ilegible caligrafía. Se habían conocido en silencio y se amaron en la ausencia de palabras: hablaban la luz y la humedad de sus cuerpos. Decían lo que con muchas palabras se llega poco a decir. En otra de las terrazas, una mujer cantaba con voz muy aguda, adolorida, una muy antigua canción de Ibn Zaydún: ‘Cuando tus ojos vean lo que ya no se ve y tus manos toquen lo que ya no se toca, tus ojos no serán ya tus ojos y tu cuerpo no será ya el tuyo, pobre posesiva poseída’.
Fatma quiso guardar el sabor de ese silencio en su memoria y cerró los ojos como si así lograra comerse definitivamente la presencia de Kadiya e hiciera de ella una tonada que sola vuelve y vuelve a la boca. Y pronto descubriría que hacía muy bien en querer conservar esos instantes porque aunque la memoria es frágil y escurridiza, lo es tal vez menos que la piel y los sentimientos: al abrir los ojos, Fatma descubrió que Kadiya no estaba ya a su lado».
Es un fragmento de la novela Los nombres del aire, de Alberto Ruy Sánchez, narrador, poeta y director de Artes de México, que el propio Alberto me regaló, con el corazón en el mano, como él suele ir por la vida. Acaba de ser publicada en México como parte de la rica antología Quinteto de Mogador (Alfaguara), una exploración del deseo en sus varios gestos, olores, honduras y temperaturas. En el pasaje que cito, de una belleza que recuerda los cantos eróticos árabes, la adolescente Fatma se enfrenta al deslumbramiento del cuerpo de la hermosa Kadiya. Sin prisa, se tiñe de él. Y le cambian los ojos para ver el mundo.
La ilustración, que me fascina, es de la talentosísima colombiana Luisa Fernanda Penagos.
Ante la amenaza y el sinsentido, el deseo sigue siendo el asidero que nos afirma a partir del cuerpo, única certeza, subrayan tanto Ruy Sánchez como Penagos. Bravo.

Ayer Colombia votó por el «No» a la paz. Tengo muy queridos amigos colombianos y me lastima su dolor hondo. El mundo está de veras de cabeza, así que no dudo que en unos meses el discurso lacerante de Trump gane las elecciones en EUA. ¿Cómo alimentar el optimismo en un mundo tan desquiciado? Carajo, ¿dónde se consiguen las muletas que pedía la Mafalda del imprescindible Quino?
Perdón por lo negro de este #LunesDeMonos. Si alguien puede documentar mi optimismo se lo voy a agradecer de veras.

La música, con su capacidad evocadora, se vuelve compañera de momentos de todas las texturas. A veces incluso le pone palabras a lo que no sabíamos cómo nombrar. Es el tema de la Playlist colectiva de hoy. Mi selección es Creo en ti, de Miguel Bosé, canción que le gustaba mucho a una persona entrañable y que en esos momentos no creía en sí misma. Se volvió no sólo bastión, sino también himno: creo en ti porque veo lo que tú no ves de ti misma.
Si quieres añadir tu canción escríbela en los comentarios y, de preferencia, anota el momento que te recuerda. Muchos de los participantes en esta lista quisieron compartir brevemente su recuerdo; otros no, pero igual aquí quedan las canciones.
Buen #SábadodeMúsica y, como siempre, gracias por regalarme una Playlist que acompaña lo que voy viviendo.
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52. Carlo Coccioli Que pude ser, de Almara. Como dice Tolstoi: Nos arrepentimos más de lo que no hicimos, que de los errores hechos.


Ayer llovió fuerte. Llovió como para lavar el mundo a cubetazos, con locura y con urgencia. Lluvia enojada.
Hoy amanece con sol, mínimas nubes. El cielo no se acuerda de quién fue anoche pero, al menos de momento, la luz es luz. Y cómo hace bien.

Minúscula, lo más pequeño que existe, soy apenas un punto que lleva en hombros historias de plomo y, sin embargo, soy todo lo que tengo.
Escribí este pequeño poema en prosa hace unos días, tras ver la película La teoría de todo. No me explico cómo la insignificancia interior, la nadería, puede ser tan gris y tan pesada. Sea el #MiércolesDePoesía.
PERSPECTIVA
Pertenezco a una raza de primates en un planeta menor, que orbita en torno a una estrella menor, en una galaxia como cientos de miles de millones.
Qué más da que tenga el corazón lleno de polvo.
-Julia Santibáñez

Y no poco. Mucho muy. Y también García Márquez. Y Lispector. Quien esté libre de melcocha que tire la primera piedra. Es que por más afanes invertidos en pulir la prosa, en lustrar el verso, a los grandes se les colaron líneas infames. Borges, por ejemplo, escribió esta vergüencita: “Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos puede brindarte toda la felicidad”, mientras Cortázar firmó este pequeño engendro: “Tu pecho me parece el paraíso”.
1.
“Todavía no lo leo. Pero es mi favorito”. Así piensan miles que aunque jamás posaron los ojos en un cuento de Jorge Luis Borges, lo consideran su autor “preferidisísimo”. Que no entendieron la Rayuela de Julio Cortázar y mejor dicen que es malísima. Desean ser admirados por las hondas circunvoluciones de su cerebro, ah, pero la vida es tan cuestarriba que mejor se compran Cómo hablar de los libros que no se han leído: pagan 150 pesos y se ahorran miles.
Para ellos, la amorosa Madre Natura engendró un SerDePro. A través de las redes sociales, él les acerca las plumas celebradas por medio de poemas y “pensamientos”. Son textos baldíos que parecen escritos por cualquiera, pero cuyo nombre al calce añade prestigio al Facebook. Y las masas se derriten.
Hace años, la mano del prócer de la imputación decidió que el poema “Instantes” fuera de Borges, por qué no:
“Si pudiera vivir nuevamente mi vida
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico […]”.
Seguramente lo posteó en un blog y de ahí en adelante todo fue reproducirlo. Hoy, al teclear en Google “Jorge Luis Borges Instantes”, la búsqueda arroja 253 mil resultados.
Me imagino al gladiador de la creatividad como un tipo de peluquín elegante, traje verde botella, orgullosamente miope, rasgo que da cuenta de las horas gastadas en buscar líneas atribuibles. Su innegable talento pasó incluso el filtro de la revista Plural, fundada por Octavio Paz. Según apunta Iván Almeida en el sitio del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh, “Instantes” fue atribuido al escritor argentino en la edición de mayo de 1989 de Plural, junto con un comentario de Mauricio Ciechanower, quien subrayaba: “Pieza preñada de un poder de síntesis magistral, ‘Instantes’ refleja los pensamientos más íntimos del gestor de Elogio de la sombra a propósito del trayecto de vida que le tocara en suerte recorrer […]”. Ay.
Luego, el prócer de las letras secundarias confundió a funcionarios de la Secretaría de Cultura de Córdoba, en Argentina. En 2008, en un evento en homenaje a Leopoldo Lugones y a Borges, alguien leyó “Instantes”: el corazón se les desbordaba a todos recordando al querido ciego, al centro de su laberinto. Pero en la ceremonia estaba presente María Kodama, viuda de Borges, quien aclaró destemplada que los versos de marras no los había escrito su marido.
Y Elena, nuestra Elenita Poniatowska, también le rindió honores al héroe anónimo. En 2012, la editorial Random House tuvo que retirar de circulación el tiro completo del libro Borges y México, porque en él aparecía un texto de la periodista, en el que aseguraba haberle recitado al argentino el conspicuo “Instantes”. Luego refería la reacción del escritor ante “su” texto: “–¿Qué puede importarme ser desdichado o ser feliz? Eso pasó hace ya tanto tiempo… Estos poemas son demasiado inmediatos, autobiográficos, son remordimientos”. De nuevo María Kodama, como viuda en celo, exigió que el libro no se vendiera. Y Elena pidió disculpas.
La misma mente sagaz dispuso que García Márquez escribió el ¿poema? “La marioneta”:
“Si por un instante Dios se olvidara
de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida,
posiblemente no diría todo lo que pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo […]”.
El Nobel de Literatura dijo al respecto en el 2000 que lo mataba la vergüenza de que alguien creyera que él había escrito algo tan cursi.
Otro caso. La Fundación Pablo Neruda ha contratado personal para aclarar en redes que el poema “Muere lentamente” no es del escritor chileno.
“Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo”,
empieza. Resulta tan conmovedor que en 2008 el político italiano Clemente Mastella leyó en el Senado de su país el poema entero “de Neruda”. La prensa aclaró luego que la verdadera autora es la brasileña Martha Medeiros. Al buscar el tema en Google hoy aparecen 80,800 resultados.
Luego, el paladín del trasvase quiso que Clarice Lispector “escribiera”: “Sueña con aquello que tú quieres. Sé lo que quieras ser, porque tú posees apenas una vida y en ella sólo se tiene una chance (sic) de hacer aquello que se quiere”. Y que José Saramago signara: “Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos”.
Como se ve, la mano incógnita es experta en crear Frankensteins literarios, en hilvanar la cabeza de un genio como Borges o Lispector y el cuerpo de un enano de circo. O un tronco promedio con una encantadora cabecita de alfiler. Mejor dicho, es algo así como el gurú de aquel juego de mesa “¿Quién es el asesino?”. Allá había que adivinar quién mató al millonario y apostar por una respuesta del tipo: el mayordomo con el cuchillo en la sala. Algo así, pero en poesía: Borges con “Instantes” en el libro de Elenita.
A los enemigos del paladín sensiblero hay que hacerles notar que no lo mueve el afán de lucro. Su interés es sólo estético, poético: nada gana al unir la frase vacía con la firma incandescente. Más bien brinda una pequeña lección de democracia creativa: si Gabo fue tan irrefrenablemente ñoño, si Cortázar escribió algo tan malo, qué tienen ellos que no tenga yo. Así dignifica el trabajo de los poetas que perpetran rimas atroces, de los narradores fallidos: hace que el mundo los venere porque los rubrica un grande.
Borges, quien (sí) escribió “Ser cursi inmortalmente es una manera de sobrevivir como las demás», quizá le aplaudiría.
(Originalmente publicado en www.thinktankmedia.mx el 6 de septiembre de 2016 con el título Frankensteins literarios: la triste costumbre de atribuir citas erróneas).

Ayer estuve trabajando toda la mañana y la llegada de este lunes me resultó menos terrorífica, de modo que doy fe de que es como lo señala Laura, el personaje de Montt que sospechosamente guarda parecido con su hija (la sonrisa de la hija arroja más watts de luz, ver abajo). Por cierto que el ilustrador anunció en Instagram, con hija incluida, la salida del nuevo libro de estos dos: Laura y Dino. La noticia hizo que el sol hoy saliera un poco más temprano.
Buen #LunesDeMonos.



May it be so with you, sweet dear of my mine.

Me pongo mal cuando las damitas respetables dicen que es antiestético, horrible. Yo más bien he confesado muchas veces mi devoción por el falo. Lo digo porque estoy leyendo la nueva traducción al español de El amante de lady Chatterley, novela de D. H. Lawrence que acaba de publicar Sexto Piso, con impecables ilustraciones de Romana Romanyshyn y Adnriy Lesiv. Años atrás había leído el original en inglés y lo recordaba como uno de los libros que más lúcida e impecablemente hablan sobre el pene, así que con gusto le hinqué el diente a la versión en español. De ahí extraigo estos tres pasajes en los que Lawrence, maestro de maestros, levanta un templo a la verga a través de la visión de la protagonista, Connie:
“[Ella] fue consciente de la pequeña reticencia y ternura del pene. Y de nuevo se le escapó un pequeño grito maravillado y triste, su corazón de mujer lloraba por aquella cosa tan tierna y frágil que había sido tan poderosa […] El falo erecto se alzaba oscuro y ardiente desde la pequeña nube de pelo rojizo. Ella estaba expectante y temerosa. —¡Qué extraño! —dijo lentamente—. Qué aspecto tan extraño tiene cuando está alzado, tan grande, oscuro y seguro de sí mismo […] ¡Tan orgulloso! —murmuró inquieta—. ¡Tan majestuoso! Ahora sé por qué los hombres son tan dominantes. Es realmente hermoso, de verdad. Es como una criatura distinta y un poco temible, pero realmente hermoso. ¡Y viene hacia mí! […] Y ahora es pequeño y suave como un capullo lleno de vida —dijo tomando aquel pene empequeñecido entre las manos—; en cierto modo, es encantador, pero independiente y extraño. Y también inocente. Y ha entrado tan dentro de mí… Nunca lo insultes. Ya no es sólo tuyo, ahora también me pertenece«. (pp. 235, 280, 281).
Carajo, no he leído nunca un homenaje más chingón a ese obscuro y al mismo tiempo tremendamente luminoso objeto del deseo.


Acaba de arrancar el ciclo literario Vértice en el tiempo, Reunión de poetas en la Ciudad de México. Organizado por El Golem Editores y la Secretaría de Cultura, consta de cuatro lecturas de autores de distintos estilos, temáticas y generaciones: el más joven tiene 22 años y el mayor, 70. Las reuniones son de entrada libre y se celebran los sábados a las cinco de la tarde en el Museo de la Ciudad de México (Pino Suárez 30, Centro Histórico). Abajo está el programa de las cuatro sesiones.
Para antojar la siguiente reunión y de paso acompañar el #MiércolesDePoesía, aquí van unos versos de Fernando Salazar Torres, quien leerá textos suyos este sábado 24. Porque sí, el amor suele traer aparejada la mirada imprecisa.
Visiones de otro reino
¿De qué otra forma se puede amenazar
que no sea de muerte? Lo interesante,
lo original, sería que alguien lo amenace
a uno con la inmortalidad.
–Jorge Luis Borges
Presencia para olvidar
(fragmento)
Ahora eres eclipse. Eres mi ceguera: Esta inesperada catarata trastorna mi visión y se olvida y regresa y se olvida. Soy el ciego nublado por tu figura disipada en mi suspiro. El cosmos es un mapa impreciso, me concede los caminos de resignación, y mis decisiones cambian el orden en las líneas astrológicas de mis manos. Ya es momento de romper el sortilegio.


Estoy leyendo la Biblia de lo que ahora se conoce como standup, pero en los 50 era comedia escénica y, más aún, sátira social de primera: las memorias de Lenny Bruce, tituladas Cómo ser grosero e influir en los demás, recién publicadas en español por Malpaso Ediciones.
Apenas conozco a Bruce y me tiene hipnotizada. De tono ácido y punzante, fue un auténtico humorista sin autocensura y conste que eso no era poca cosa en el Estados Unidos de posguerra, macartista, asustado de la indecencia de su sombra. Bueno, pues en el libro cuenta su vida e intercala opiniones sobre la hipocresía norteamericana de entonces (¿de ahora?), que se asustaba de las malas palabras y ante los demás barría bajo la alfombra sus pecados, para al día siguiente volver a ellos gozosamente mientras señalaba, escandalizada, los ajenos. Extraigo este pasaje relativo a escotes y pezones, ligero en apariencia pero con doble filo, que da una idea del tono del libro. Sólo añado, para el récord del martirologio: Bruce escribió sus memorias entre 1963 y 1965 y fueron publicadas por entregas en Playboy. Luego de ser arrestado varias veces por gravísimas faltas a la moral (como decir públicamente mamada) y esperar una condena de ir a la cárcel, en 1966 fue encontrado muerto de una sobredosis de morfina. Iba a cumplir 41 años. Póstumamente fue declarado inocente. No añado moraleja. El chiste se cuenta solo. Aquí, su voz:
«Honey y yo nos casamos… ¡Me había casado con una stripper! Las strippers estaban sólo un nivel por encima de las putas, incluso en 1951. El primer paso (o traspiés) para arremeter contra la ‘culpa por asociación’ entre desnudo y lascivia fue el ya famoso calendario de Marilyn Monroe. La respetabilidad de Marilyn cuando murió se basaba principalmente en su posición económica, que es, en último término, lo único que goza de verdadero respeto en la sociedad. […] Otras damiselas bien dotadas comenzaron a desnudar sus pechos en busca de una franca y honesta evaluación de sus cualidades espirituales interiores. Tengo en mente esa foto de Sophia Loren sentada en un restaurante público, enseñando bastante con su delicado décolleté pero con la vista puesta en el pezón desnudo de Jayne Mansfield, que asoma de su escotado vestido de tubo, como diciendo: ‘¿Cómo no se me ocurrió a mí?'».


Así, con esta profundidad del argentino Tute, arranca la semana.
Nota de la redacción: Si no te hace sonreír es que no le entendiste.

A veces hace falta una dosis de creatividad para motivarse, sobre todo cuando los entusiasmos se encuentran en punto de congelación, en novamás. Es el tema de la Playlist de hoy, para tenerla a la mano cuando se ofrezca: son canciones que traen la playa integrada.
Mi elección es de 1957: Cocoanut Woman, del excelso Harry Belafonte (con esa ortografía aparece en el disco). Me pone a bailar aunque no quiera. Más abajo están las propuestas a través de mi Facebook personal y del Twitter @danioska. Hay de todo, como para cuadrar con cualquier necesidad y estado del tiempo interior.
Buen #SábadoDeMúsica. Sea.
YOUTUBE
58. Lorena Elizabeth Hernández La fórmula, de Isaac Delgado
59. Jesús Ramón Ibarra Pass The Wine (Sophia Loren), de The Rolling Stones
60. Israel Spriu Sostente de pie, de José Cruz

Un concepto que me impresionó hace años y me sigue rondando la cabeza es que la persona más valiente del mundo es aquella que, aunque se muere de miedo, de todas formas hace las cosas. Sólo añadiría: y pide ayuda si la necesita.
Yo conozco a esa persona. Una vez más admiro su enorme fuerza interior.

No tengo ánimo. Había decidido no postear nada hoy, pero mi querido amigo Andrés Grillo me compartió este texto de Leila Guerriero, publicado en El País, y estuve de acuerdo con lo que plantea: yo no debería leer poesía, sobre todo porque quiero dejar de preguntarme «¿todo esto para qué?», sobre todo porque no tengo respuestas.
Poesía, no
«Me preguntan, a veces: “¿Es necesario que un periodista lea poesía?”. Siempre digo que sí, expongo mis razones. Pero ahora me arrepiento. No. Leer poesía no es necesario. Para nadie. De hecho, leer poesía puede hacer que uno tenga una vida mucho peor de la que tendría si no la leyera. Conocen el poema de Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre (…) Otra no busques —no la hay (…) / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra”. ¿Qué es eso sino daño intencional, deliberado? Mi padre me lo leyó cuando ni él ni yo sabíamos quién era el tal Kavafis. Pero entendí el concepto. Y desde entonces no he dejado de vivir bajo el horrible influjo de esa lucidez espantosa: no hay escape, allí donde vayamos nos persigue todo lo que somos. Una vez traté: me fui lejos para arrancarme del cuerpo aquella cosa. Y no hubo alivio: no hubo otra ciudad más que la maldita ciudad interior por la que me arrastraba babeando como un feto sin cáscara. Leer poesía no es necesario. Si uno puede vivir sin preguntarse “¿todo esto para qué?”, mejor seguir así, confortablemente adormecido.
El poeta chileno Matías Rivas acaba de publicar Tragedias oportunas. Los poemas del libro hablan de sexo, de amor, de hastío, de la tele, de los hijos. De sexo cansado, de amor cansado, del hastío de la tele y de los hijos. Son el registro de un ojo insomne, lúcido, impiadoso: “La orilla café de la taza no sale con agua caliente. / El borde tiene grabados mis labios, lo que te molesta. / No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones. / Lo cierto es que gotea bajo el colchón toda la noche. / Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha”. Cuando me preguntan por qué leo poesía digo que sirve, por ejemplo, para aprender economía de recursos. Si yo fuera menos mentirosa diría que leo poesía para que me haga daño: para que me despierte».
-por Leila Guerriero

Estoy escribiendo (y disfrutando estrepitosamente) un libro sobre artistas plásticos en México, entre los cuales se cuenta el británico Brian Nissen, desde 1963 avecindado en nuestro país.
Investigando sobre él encuentro que refiere esta pequeña anécdota sobre el escritor ruso Victor Serge, muchas veces preso por anarquista, bolchevique y, luego, opositor a Lenin. En suma, a lo largo de su vida pasó más de diez años en cautiverio el novelista y poeta muerto en México en 1947. Cuenta Nissen que, en alguna de sus estancias en la cárcel, Serge se salvó de enloquecer gracias a que llevaba en el bolsillo un papel rojo. En el mundo monocromático que le imponían a través de los cinco sentidos, ese reducto de rebeldía le mantuvo cuerdo.
Ese poder liberador del símbolo me parece de una belleza sin nombre.

El ilustrador francés Voutch es de mis moneros favoritos. Hace años tuve que tratar con él y el tipo es realmente difícil a nivel personal, pero sobresaliente cuando se pone a dibujar y condensa en una o dos frases una situación sensible, como ésta: un tratamiento totalmente igualitario entre dos suele ser un exceso o muy poco, sobre todo en lo que toca a las relaciones de pareja.
Le viene bien ese enunciado iluminador tan mexicano: «qué tanto es tantito», que quiere decir juguetonamente algo así como todo es absolutamente relativo. O quizá, con Voutch, habría que decir: «combien es tantito».
Ahí está, para que el lunes deje de serlo tanto y se convierta en #LunesDeMonos.

Se llama Paloma Faith, es británica y tiene una voz que literalmente me pone fuera de mí, sin ganas de regresar. Además es guapa, con una actitud medio desvalida medio perversona y mirada inteligente, pero sobre todo por esa voz y por esta canción, «Only Love Can Hurt Like This», le declaro mi amor incondicional:
I tell myself you don’t mean a thing,
And what we got, got no hold on me
But when you’re not there I just crumble
I tell myself I don’t care that much,
But I feel like I die ‘til I feel your touch […]
Your kisses burn into my skin,
Only love can hurt like this
But it’s the sweetest pain,
Burning hot through my veins,
Love is torture makes me more sure
Only love can hurt like this

No digo nada porque la cita es suficiente, es más que suficiente para callarme la boca. Hoy me pesan en particular los 32 años de ausencia de la cara de mi padre.