No «por qué» sino «para qué»

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Lo he oído muchas veces, yo misma lo he dicho a otros, pero ahora me toca aplicarlo en carne propia y reconozco que me está costando. El reto de este día, de la semana, del mes y del tiempo que sea necesario hasta lograrlo es no preguntar «por qué» está ocurriendo esta crisis dolorosa, sino «para qué», para aprender qué, para cambiar qué. Con amor me abrazo y empiezo ahora mismo a preguntarlo, queriendo de verdad hallar respuestas.

«Empatía» en idioma armenio

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La fuerza expresiva del arte, su capacidad de comunicación y empatía no conocen fronteras. Conectan con lo más íntimo y esencial del ser humano, que es similar en todas las culturas. Estas imágenes del artista armenio Tigran Tsitoghdzyan, de la serie Espejo, son un sublime ejemplo de ello.

Tigran Tsitoghdzyan

http://tigran.ch

Un minuto para buscar el centro

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«Cuando los pensamientos oscurecedores se desvanecen, la mente reposa, vasta y serena, en su propia naturaleza». -Khyentsé Rimpoché citado por Matthieu Ricard, En defensa de la felicidad (Urano)

A veces, como hoy, necesito paz, la necesito en lo más hondo. Trato de detener el caótico fluir de mis pensamientos, de las historias que hago en mi cabeza y me lastiman, me esfuerzo por mantener la mente en calma, por recuperar la armonía. Me ayuda meditar y hacer yoga pero también he encontrado útil este sencillo ejercicio, que se puede practicar en cualquier sitio. Lo comparto por si a alguien más también le vendría bien un poco de serenidad:

http://www.psicopedagogiaactiva.com/2012/05/relajacion-en-un-minuto.html

Cuarto de lluvia (literal)

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La frase «ver llover y no mojarse» por fin puede ser realidad gracias al arte. En la instalación Rain Room, actualmente montada en el Barbican Centre de Londres, uno puede caminar entre lluvia sin empaparse. Sensores colocados en el techo detectan el movimiento y suspenden la «lluvia» sobre uno, mientras ésta sigue cayendo alrededor, en un espacio de 100 metros cuadrados. Además de divertida, imagino que debe ser una experiencia sensorial interesantísima. Las cosas que hace el arte para sacarnos de nuestra zona de confort…

http://www.culturainquieta.com/es/instalaciones/item/1672-rain-room.html

Más sucio que de costumbre

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«No puedes saber lo que no tienes palabras para nombrar»
-Rosa Montero

Son días de tormenta. Está crecido el río, más sucio que de costumbre. En su fuerza revuelca ovejas de miedo, troncos dolidos, chivos de culpa, toros de ira. Llevados por la corriente golpean las piedras. Con ojos desorbitados sacan la cabeza y gimen. La arena los calla, el agua que ruge se impone. El pequeño caporal logra evitar la corriente, pone a salvo a sus pollitos. Espera que el sol vuelva a salir, que el río encuentre su cauce.

Apología de los pechos no operados

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(Sé de antemano que este post no contará con el favor de varios lectores, sobre todo masculinos. Lo siento pero eso no matiza mi opinión).
Evito irme por las ramas, lo digo y punto: los pechos operados me parecen lamentables. Claro, me refiero a los que pasaron por el bisturí en un afán de crecer más allá de su proporción natural, de endurecerse cual toronjas verdes y permanecer impertérritos incluso si su propietaria está acostada, no a los que entraron al quirófano por otras razones.

No necesito ser hombre para encontrar profundamente erótico el cuerpo femenino. A contrapelo de la vox populi que dicta «cuanto más grande, mejor», me parece mucho más hermoso e invitador al placer un busto intocado, como el de esta bella foto de Andrea Tomás Prato. El consuelo es que como todas las modas son cíclicas, tarde o temprano los implantes quedarán en el olvido y todas las mujeres podremos sentirnos sensuales sin ellos.

«Asesina a sus hijos y se suicida»: lo que dice la literatura


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Esta mañana leo en las noticias que una mujer en Denver, Estados Unidos, mató a tiros a sus hijos (de seis y dos años), hirió de gravedad a otro y se suicidó. Me pregunto cuántas cosas tienen que pasar por la mente y las emociones de una persona para llegar a algo tan brutal.

Tratando de entender recuerdo Satanás, novela del colombiano Mario Mendoza (Seix Barral). En ella, un hombre narra su historia: se queda sin trabajo, busca y busca pero pasan los meses sin que encuentre ni un puesto temporal, nada. Pierde el departamento, los muebles, la ropa, los electrodomésticos. Con sus hijas y esposa se va a vivir con los padres de la mujer pero al poco ambos suegros mueren «porque ya no nos aguantaba(n)». Viene el hambre, la anemia, la desnutrición, la falta de sueño. La esposa dice que no quiere que sus hijas mueran de hambre y se va a mendigar, «a recoger del suelo frutas podridas». Luego el personaje confiesa: «He llegado al límite […] Quiero liberar a mi mujer y a mis hijas del sufrimiento, no quiero más dolor para ellas […] Quiero matarlas. Las veo todo el tiempo manchadas de sangre, acuchilladas por mi mano. He llegado a pasearme en las horas de la noche por la casa, temblando, afiebrado, invadido por las ganas de matar […] Quiero asesinarlas, pero por amor, porque no quiero que sigan sufriendo de esta manera. Necesito ayudarlas, liberarlas de este horror».

Más adelante dice el narrador: «Hay dos posiciones frente a esto: una es decir que el tipo está loco, que es un psicópata, que tiene problemas mentales y resentimientos que lo convierten en un trastornado con tendencias homicidas. Si uno piensa así, queda tranquilo, con la conciencia en paz, y señala con el dedo al individuo y dice: ‘Esta persona no es como nosotros, los normales, pobrecito’. Esa posición me parece cómoda y fácil, no hay que hacer un gran esfuerzo ni pensar mucho […] La otra posición es aceptar que gente común y corriente es lanzada a situaciones extremas y delirantes como consecuencia del ritmo de vida que estamos viviendo […]  Si pensamos de esta manera, la responsabilidad de esos delitos es nuestra, de todos, pues estamos construyendo un monstruo que va a terminar tragándonos y destruyéndonos».

Coincido: es fácil alzar el dedo flamígero y condenar sin más a la homicida/suicida, pero la literatura ayuda a poner en perspectiva las visiones simplistas. ¿Qué parte de responsabilidad comparte la sociedad/compartimos todos en un desenlace así? No tengo la respuesta. Y aunque también desconozco el contexto, estoy segura de que esa mujer vivió su infierno muy particular antes de entrar al infierno oficial.

http://www.eluniversal.com.mx/internacional/81289.html

Los «verdaderos» personajes de la cinta Amour, de Haneke

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Hace unos días fui a ver Amour, película de Michael Haneke nominada al Oscar. No revelaré detalles para quien no la haya visto, sólo diré que trata sobre una pareja de ancianos que se enfrenta a la enfermedad y consiguiente decrepitud de ella. El marido la cuida, la procura, está a su lado en una verdadera actitud de amor vuelto hechos cotidianos.

Mientras la veía recordé una historia muy similar, de la vida real, que me hizo un nudo en la garganta. El año pasado, en la exposición de la World Press Photo en el Museo Franz Mayer, me llamó la atención esta foto del argentino Alejandro Kirchuk, ganadora en la categoría Vida cotidiana. Me impactó tanto que tomé con mi celular tanto la imagen como la cédula: muestra a un anciano dándole de comer a una mujer postrada en una cama, con la mirada de un animalito desvalido. Se trata de Marcos y Mónica, pareja que llevaba unida 65 años cuando a ella le diagnosticaron Alzheimer. Los cuatro años siguientes, Marcos se dedicó a cuidarla, alimentarla, hacerle puré cuando ya no podía tragar, cambiarle los pañales. Mónica escasamente podía reconocerlo pero él se mantuvo firme en su idea de cuidarla él mismo, en casa: «Dónde va a estar mejor que aquí. La trato como a una princesa, aquí tiene todo», decía. Finalmente, en 2011 la enferma falleció.

Historias como esas llenan de esperanza el diario caminar. Ignoro si Haneke conoce esta historia pero sin duda gira felizmente en la misma órbita que su cinta.

Aquí, en link al sitio de la World Press Photo 2012:

http://www.worldpressphoto.org/photo/2012-alejandro-kirchuk-dls1-el

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¿Justicia para un personaje de Shakespeare?

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«A horse! A horse! My kingdom for a horse!» es el archiconocido grito de Ricardo III en la obra epónima de Shakespeare. Asesino, traidor, alevoso de la peor calaña, desleal e infame, tan torcido de alma como de cuerpo, cuando ve que será derrotado en la batalla de Bosworth (1485) suplica un caballo para huir, pero el conde de Richmond lo mata y se convierte en el rey Enrique VII, lo que da fin a la Guerra de las Rosas.

Hoy amanecemos con la noticia de que los huesos hallados el año pasado bajo un estacionamiento en Leicester, Reino Unido, corresponden al auténtico Ricardo III. Lo confirma la Universidad de Leicester, que estudió la osamenta. Diez heridas en el cuerpo (ocho de ellas en la cabeza), la deformidad de la columna y pruebas comparativas de ADN a descendientes de la familia contribuyeron a confirmar que se trata de los restos del rey muerto en batalla. Si pensamos en el abyecto asesino dibujado por Shakespeare en 1593, pareciera justicia divina que en vez de estar sepultado en la grandiosa Abadía de Westminster o en el Castillo de Windsor como los otros soberanos ingleses, sus huesos hubieran descansado anónimamente por siglos. Pero viene lo interesante: el hallazgo permitirá estudiar de nuevo al personaje y verlo bajo una luz fresca.

Shakespeare escribió bajo el reinado de Isabel I, nieta de Enrique VII. Como todo poeta cortesano, sir William debe haberse visto en la necesidad de justificar/ensalzar a los antepasados de su monarca. Para ello, nada mejor que exagerar la maldad de Ricardo III y plantear la necesidad de borrarlo del mapa, hazaña lograda por Enrique VII, abuelo de la reina que daba de comer al dramaturgo. La pluma del cisne de Avon inmortalizó en la mente de todos la increíble maldad de uno y la justicia del otro. Ahora, quizá el hallazgo de estos huesos lleve a una revisión sobre el verdadero peso histórico de ambos personajes, más de 400 años después de que Shakespeare los plasmara en su obra.

http://goo.gl/7Y9GL

Cornell Woolrich o la pasión por un escritor

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Ayer, mientras mi hija y yo esperábamos una mesa en el restaurante donde comeríamos, entré unos minutos a la cercanísima librería de viejo. Como siempre en esos locales, busqué algo de Cornell Woolrich (1903-1968). Ahí estaba este volumen de pasta roja, que lleva en el lomo el seudónimo con el que fue conocido: William Irish. Novelas escogidas (Aguilar). La emoción que me produjo es directamente proporcional a la cantidad de cosas que representa para mí. Me explico.

Cornell fue el primer autor cuyo nombre atesoré en la primaria cuando no conocía el concepto «tener un escritor favorito», cuyas páginas me atraparon muchas noches, el primero de quien quise leer cada línea, a quien lamenté no haber conocido, por quien supe que la gente se podía dedicar a escribir y vivir de ello (lo que me pareció fascinante). La razón de mi cercanía con él es sencilla: se trata de mi tío segundo. Mi papá, de apellidos Santibáñez Woolrich, se sentía muy orgulloso de tener un escritor como primo. En cuanto notó que me gustaba leer y escribir cuentitos me regaló un par de libros suyos, enfatizando la conexión familiar. Conforme fui creciendo y encontrando más placer en escribir solía decirme «eres la Cornell Woolrich de esta familia», lo que me hinchaba el alma y me hacía salir volando por la ventana.

Y luego, si se quiere, también puedo hablar de cómo es considerado reinventor del suspense y el «Hitchcock de la palabra escrita», de la buenísima The Bride Wore Black (hecha cine por François Truffaut), de su genial Rear Window (convertida en película por el propio Hitchcock) y de muchas otras novelas llevadas a la pantalla (entre ellas Waltz Into Darkness, I Married a Dead Man, Manhattan Love Song y la excelente The Black Curtain). También están sus notables cuentos «If I Should Die Before I Wake», «I Wouldn’t be in Your Shoes», «Momentum», aunque es cierto que otra parte de su obra es de calidad regular.

Es decir que Cornell me remite a mi infancia feliz rodeada de libros, a muchas horas en compañía de sus palabras, al propio apellido de mi papá (eje de mi vida) y a su figura como primer creyente en mi pluma, al sueño adolescente de «ser escritora». Supongo que eso explica en parte el indecible placer que me produjo encontrar este volumen suyo, para sumarlo a la zona de mi biblioteca que lleva su nombre.

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A veces los poetas se mueren

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Aunque no deberían, a veces los poetas se mueren (qué falta de empatía con sus lectores, que los necesitan). Ayer se fue sin despedirse el autor mexicano Rubén Bonifaz Nuño, de 89 años. Me produce una gran tristeza que se murieran también sus dedos. Escribían versos llenitos de aire, de música, de perfumes, como estos:

«Centímetro a centímetro

—piel, cabello, ternura, olor, palabras—

mi amor te va tocando.

 

Voy descubriendo a diario, convenciéndome

de que estás junto a mí; de que es posible

y cierto; que no eres,

ya, la felicidad imaginada,

sino la dicha permanente,

hallada, concretísima; el abierto

aire total en que me pierdo y gano.

 

Y después, qué delicia

la de ponerme lejos nuevamente.

Mirarte como antes

y llamarte ‘de usted’, para que sientas

que no es verdad que te haya conseguido;

que sigues siendo tú, la inalcanzada;

que hay muchas cosas tuyas

que no puedo tener […]».

-Rubén Bonifaz Nuño, «Centímetro a centímetro», Antología general de la poesía mexicana (Océano)

«Está cañón»: eufemismo hecho en México

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En este país, la gente bien y las niñas nice, es decir, de nivel socioeconómico alto y familia que sueña codearse con la realeza española, no dicen groserías… o casi no. A nivel informal, sin duda usan expresiones como:

«El examen estuvo cabrón» (según el Diccionario del Español de México, DEM: «intenso, violento, malo o difícil»);

«Es una pésima excusa, no mames» (DEM: «No decir o hacer cosas imprudentes o absurdas»);

«Me robaron la cartera, ¡qué pinche suerte!» (DEM: «que es despreciable o muy mezquino»).

Sin embargo, si se trata de un contexto en el que hay que «quedar bien»,  acuden a eufemismos que dicen-sin-decir:

«El examen estuvo cañón«.

«Es una pésima excusa, no manches«.

«Me robaron la cartera, ¡qué pinki suerte!».

Con la habilidad propia del hablante nativo de una lengua mantienen «el olor» de la palabra original pero le dan un giro, conservan la carga sonora de la grosería pero la suavizan (cabrón-cañón; no mames-no manches; pinche-pinki). Sin razonarlo esperan que, seres verbales como somos, entendamos lo que quieren decir y la carga emocional que desean añadir pero al mismo tiempo notemos que no usan las expresiones vulgares.

Ocurre entonces lo que señala Álex Grijelmo en La seducción de las palabras (Taurus): «Las palabras llegan a nuestro intelecto mediante el sonido […] el cerebro identifica las unidades léxicas y morfológicas, y acude, a velocidad superior a la de la luz, hasta su diccionario mental completo donde busca, con esa rapidez que resulta incomprensible para nuestros sentidos, el significado que se adapta a los fonemas escuchados». Por eso en cuanto un hablante mexicano escucha: «el examen estuvo ca…» de inmediato completa la segunda sílaba en su mente: «cabrón». Si a ello se suma la similitud «cabrón-cañón», se cumple el objetivo de comprender pero notar el eufemismo.

Así, de manera intuitiva, los mexicanos nice (con el gurú Yordi Rosado a la cabeza) van inventando expresiones para dar forma a su pensamiento y a su rol social, algo que todos los hablantes de una lengua hacemos de una u otra manera: qué fascinante apropiación de las palabras. Ahora, que me parezca una mamada esa corrección política ya es otra cosa…

Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio

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Por cortesía de Eugenio Montale, una poderosa cátedra de dinamita en pocas líneas:

«Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio,
árido, al volverme veré cumplirse el milagro:
la nada a mis espaldas, el vacío detrás
de mí, con un terror de borracho.

Luego, como en una pantalla, acamparán de pronto
árboles, casas y cerros para el consabido engaño.
Pero será muy tarde, y me iré silencioso
entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto».

Eugenio Montale. Poesía Moderna 165, Material de Lectura, UNAM (traducción de Guillermo Fernández)

Lo peor y lo mejor de México (según corresponsales)

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«Lo peor de México es la corrupción. Está en todos lados, es como una enfermedad. Lo mejor, lo que más me ha sorprendido como corresponsal desde los años 80 ha sido el coraje y el valor de la gente en este país, su capacidad de recuperación (resilience). A los mexicanos los madrean, los hacen pedazos, pero ahí están, y eso es algo que muchos países no tienen».

Así responde la pregunta «¿Qué es lo peor y lo mejor de México?» Alfredo Corchado, quien desde hace años reporta desde este país para el diario The Dallas Morning News. El fragmento forma parte del excelente artículo «Cinco corresponsales extranjeros» publicado en la revista Gente (enero 2013). Otros periodistas avecindados aquí coinciden. Tracy Wilkinson, corresponsal de Los Angeles Times, dice: «Lo peor de México es la impunidad, la falta de rendición de cuentas. Sin eso no puede haber la más mínima (sic) esperanza de justicia… [Lo mejor] es la resistencia de la gente, que sigue luchando siempre pese a todo. Y lo trabajadores que son los mexicanos. Me llama mucho la atención que haya gente que viaje dos o tres horas para llegar a su trabajo, un trabajo muy modesto, muy humilde, y después viaje dos o tres horas para volver a casa. Eso para mí es increíble». Por su parte Dudley Althaus, de The Houston Chronicle, señala: «Lo peor es la violencia. Y lo mejor, la capacidad de aguantar que tienen los mexicanos. Pocos pueden sobrevivir a los retos y a las crisis como los mexicanos».

Por lo que se ve son casi proverbiales la resistencia y la corrupción/impunidad en este país, dos caras de una misma gente. Interesante cómo nos ven desde fuera.

La soledad del lector, de David Markson

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Acabo de terminar uno de los libros más experimentales y arriesgados que haya leído hasta ahora: Reader’s Block (1996), según el título original en inglés que le dio David Markson. Un momento: son los escritores los que suelen tener bloqueos, no los lectores, ¿verdad? Pues desde el nombre empieza el genial juego en el que el autor cuestiona muchas convenciones: se trata de una novela sin novela, no tiene personajes, ni trama ni desarrollo a la manera convencional. Acudiendo a la autorreferencia, la propia voz narrativa se pregunta en un punto: «¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decirlo, pero casi sin novela?». Sí, algo similar… pero «algo similar» que es considerado una de las máximas cimas de la ficción experimental estadounidense, a decir de David Foster Wallace.

¿Entonces qué es? Un compendio de aforismos sobre vida, fracasos, hábitos, anécdotas y muerte de escritores y artistas de todas las épocas. Por ejemplo, nos enteramos de que Boccaccio fue hijo ilegítimo, que Newton murió virgen y que Matisse, consultado sobre la piel verde, dijo: «No estoy pintando una mujer. Estoy pintando un cuadro». En medio de todo ello van apareciendo frases que refieren a un Lector (en mayúsculas), el cual piensa escribir una novela y se va preguntando cómo quiere construir a su Protagonista (también, mayúsculas). Así lo que en un principio no cuadra adquiere cierto sentido conforme avanza la lectura y se va revelando el interesantísimo juego de planos. Por ejemplo, mientras el Lector reflexiona sobre cómo será la novela que piensa escribir parece referirse a ésta, novela de la cual es personaje. Dice:

«No lineal. Discontinuo. En forma de collage. Un assemblage.
¿O de un género no descriptible?

¿Una semificción seminoficcional? ¿Cubista?».

Pues sí, así también. El resultado es un volumen novedoso, rompedor, sorprendente, muy recomendable.

Recordé esa otra obra maestra experimental, Me acuerdo o I Remember, de Joe Brainard (1970), novela tejida en torno a frases con las que un personaje evoca su infancia y adolescencia, siempre empezando por el mantra del título:

«Me acuerdo de hacer una cruz con dos palos para algo que enterramos mi hermano y yo. Debió ser un gato, aunque yo diría que fue un insecto o algo así.

Me acuerdo de arrepentirme de no haber hecho cosas.

Me acuerdo de desear haber sabido antes lo que sé ahora.

Me acuerdo de los crepúsculos color melocotón justo antes del anochecer».

Encuentro enormemente disfrutable acercarme a obras así, incómodas, transgresoras, que me demandan el cien por ciento de participación. Tenía razón el librero de Buenos Aires al cual le pedí me recomendara una novela que «no puedo morirme sin haber leído». Me trajo La soledad del lector. 

Palabra del día: jubilarse


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Amo las librerías de los museos, son altamente adictivas. Hace rato me asomé a la del Museo Tamayo (fui a conocer la remodelación del recinto, que la verdad me dejó sin mayor entusiasmo) y cuál va siendo mi emoción al encontrar esta chulada de libro. Incluye etimologías de palabras y está lindamente ilustrado; es de Ediciones Tecolote. Ni modo de dejarlo solo en el estante: me lo traje a casa conmigo. En agradecimiento ya me ofreció esta palabrita de significado feliz:

«Jubilarse: retirarse del trabajo con derecho a recibir una pensión, del latín jubilare, gritar de alegría. Es de esperarse que quien reciba una pensión grite de alegría, siempre y cuando esa pensión sea suficiente para vivir».

Por qué volvería a escoger mi cuerpo

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Mi cuerpo soy yo, yo soy mi cuerpo. Es mi única realidad física, a través de la cual me conecto con el mundo y los otros al oír, ver, sentir, oler, gustar. Nada de lo que he vivido es ajeno a él. A pesar de lo que diga la alopatía y sus muchas especialidades, no es un rompecabezas ni está formado por piezas separadas. Es una unidad, funciona como el más fino engranaje, tiene una inteligencia propia. Y aunque quizá para alguien suene mal, lo diré: me gusta mi cuerpo, lo amo, lo cuido, lo respeto.

Esto viene a cuento porque a principios de la semana tuve un resfriado fuerte (como casi todos ellos fue producto de un desajuste emocional) y más de un amigo me insistió con cariño en tomar medicina o al menos un antihistamínico. Como siempre, me rehusé: preferí dejar que solo reencontrara su equilibrio. Me esforcé en procesar las emociones atoradas y me «receté» yoga, ajo, cítricos, jitomate, mucha agua, sueño adicional. Esas son mis medicinas probadas, que me tratan integralmente, ayudan a mi sistema inmune a autocurarse, no me violentan ni curan una parte mientras dañan otra. Con esa ayuda, una vez más mi cuerpo hizo lo que sabe hacer tan bien: el malestar duró tres días y estoy de nuevo sana, eso sí, un poquito más agradecida con él, más segura de que si volviera a nacer lo elegiría de nuevo.

Qué rara soy

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De que soy un bicho raro, ni quién lo dude (yo menos que nadie, claro). Lo sé desde que a los ocho años me gustaba calcar para mi papá las fotos de las constelaciones que venían en la Enciclopedia de Life o desde que a los diez me gustaba recitar en las comidas familiares: «Muy cerca de mi ocaso/ yo te bendigo, vida/ porque nunca me diste/ ni esperanza fallida ni trabajos injustos/ ni pena inmerecida», poema de Amado Nervo. Habráse visto. Con esto quiero decir que no necesito pruebas adicionales que documenten mi rareza, pero ayer la vida me aportó una más. Buscando entre papeles algo que me piden en la oficina encuentro este poema escrito en mis veintes y publicado en una revista universitaria. Lo raro no es eso, sino la temática del texto: temor/fobia a la vejez. No creo que sea común que alguien lejos de los 30 se agobie al imaginarse con «anatomía temblorosa» y «dientes en nones». No tengo opción, debo tomar prestada una expresión de mi hija: «qué rara soy».