Feliz cumpleaños a una aventura

Por estos días celebro un año de vida de este blog, suerte de bitácora personal donde he volcado intereses, emociones, lecturas, claroscuros. Inicié con pasos titubeantes, sin mucha certeza de que me gustara. Temía no contar con tiempo de mantenerlo, deseaba establecer contacto con gente desconocida que compartiera intereses pero no tenía idea cómo arrancar. Borrando sin querer lo escrito, desesperándome pero volviendo a empezar, al paso de los días y meses se fue estableciendo un diálogo delicioso a varias voces, mucho más satisfactorio que guardar en un cajón lo escrito a diario. No sólo me gustó: la experiencia me encantó, de modo que seguiré regando palabras por aquí y por allá, como los pedacitos de pan de Hansel y Gretel. Muchas muchas gracias a quienes con sus comentarios han enriquecido este diálogo (y mi día a día) con sus variados tonos y acentos.

«Sólo se reconoce quien se olvida de sí mismo»

El poeta jerezano José Manuel Caballero Bonald fue nombrado Premio Cervantes 2012. Me da gusto, lo celebro de verdad. Conocí su pluma hace unos 15 años, a través de su poemario Laberinto de Fortuna, de nombre idéntico al largo poema medieval de Juan de Mena sobre el cual hice mi tesis en Letras.

Valga como aplauso a sus letras precisas la transcripción de un texto en prosa (que para acabar de rematar su maestría, es breve). Se titula Demasiadas preguntas: «Algún día no menos improbable que otros, cuando la petulancia ceda su turno a la apatía, podré saber quién soy. Pero tal vez entonces ya no quiera saberlo. Para qué voy a querer saberlo si quizá ese día no haya conmigo nadie que se parezca a mí. ¿En qué espejo que el tiempo habrá estragado se mirará mi semejante? Sólo se reconoce quien se olvidó de pronto de sí mismo. Aún convive el recuerdo enemistado con la historia».

Enamorada de una rama

Una de las cosas que más me seducen de un persona es que sea sensible, que se permita ser cimbrada como una rama por el viento, que cuando descubra su fragilidad en la tormenta esté en paz con ella. Al mismo tiempo admiro a las personas sólidas, de raíz firme y cara al sol. Por eso cómo no agradecer que en una misma mañana pueda disfrutar ambas facetas del hombre que amo.

Vender futuros

«Quien no tiene historia tiene que vender futuro», dice hoy Javier, a mitad de una junta de trabajo. La afirmación nace en referencia a naciones sin pasado y, por tanto, sin entrañas. Lo creo y lo suscribo, no sólo en función de países sino también de personas. A varias horas de distancia sigo encontrándole mil y un acomodos pertinentes a la frase.

Fuerza hecha en México

En estos días tomará la presidencia del país un personaje que me genera hondas suspicacias. Para paliarlas recuerdo una cita de la película Hecho en México, reproducida en la revista-libro del mismo nombre, que me tocó en suerte coordinar:

«La esencia real de la cultura mexicana ha sido la resistencia: a 500 años de conquista, a los políticos, a Estados Unidos. Que México viva al lado de Estados Unidos y siga teniendo su propia cara, su propia vibración, es un logro enorme». -Santiago Pando

Confío en este mi país y en su gente, mucho más fuerte que su clase política.

(To be) In Wonderland…

A manera de regalo de domingo disfruté la exposición In Wonderland: mujeres surrealistas en México y Estados Unidos, en el Museo de Arte Moderno del Distrito Federal. Como dice la mampara introductoria, el surrealismo se suele relacionar con artistas hombres, pero estas cerca de 150 piezas desmienten esa visión parcial. Son pinturas, dibujos, fotografías y esculturas de creadoras que conozco bien, como Leonora Carrington, Frida Kahlo, María Izquierdo, Remedios Varo y la fantástica Katy Horna. Además descubrí a otras que pasan a ser parte de mi bagaje personal, como Ruth Bernhard, Sylvia Fein y Gerri Gutman.

En especial me interesó el manejo del espacio como expresión de rebeldía creadora: dado que el rol femenino exaltado era el de esposa/madre, las artistas (la mayor parte de las cuales no tuvo hijos) compusieron espacios fantásticos y a través de ellos se permitieron cuestionar el corsé social. Además están los autorretratos, con su pluralidad de registros emocionales: el que ilustra este comentario es de Bridget Tichenor (alucinante).

La muestra es buena y llena un gran hueco al ser la primera que reúne a las mujeres que enriquecieron el surrealismo. Vaya que lo merecían. A ratos me hicieron sentir pequeñita y otras enorme, justo como Alicia en el país de las maravillas.

Algunas posibilidades del silencio

Silencio gris que se hurga el ombligo/

Silencio como un mueble, pesado y sólido/

Silencio-mariposa que se agita, sale volando/

Silencio ensangrentado, con muertos en el camino/

Silencio pequeñito, castigado de cara a la pared/

Silencio-eructo, fétido y caliente/

Silencio que no se aguanta a sí mismo/

Silencio-veda, en espera de tiempos mejores/

Silencio que llueve tormenta de verano/

Silencio vasto como un desierto/

Silencio-muñeco de trapo, descoyuntado/

Silencio reseco, de mirada torva/

Silencio que precede una hecatombe/

Silencio-música, sombras e incienso/

Silencio-esquina entre uno y otro derrotero/

Silencio como de estar haciendo otra cosa/

Silencio-eco que calca la tarde/

Silencio de ojos brillantes, de mundo recién pintado//

 

-Julia Santibáñez

Homenaje a los caídos (¿cuáles?)

Ayer, en el contexto del Día de la Revolución Mexicana, el presidente Felipe Calderón inauguró un memorial en homenaje a los soldados muertos en la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico. Bien hasta ahí pero… ¿y el monumento para las 60,000 víctimas de este conflicto mal planeado y peor ejecutado? ¿Para cuándo un memorial a los niños, jóvenes, mujeres y hombres que no decidieron entrar en esta guerra pero fueron «daños colaterales» de ella?

Dedicar una plaza a las fuerzas armadas porque tienen poder/armas y olvidar a los deudos anónimos que se muerden su dolor es el símbolo más acabado de un gobierno mediático lamentable, que nunca encontró la brújula.

Lo anterior, de Cristina Rivera Garza y El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel

Acabo de terminar Lo anterior, novela de Cristina Rivera Garza (Tusquets), e inmediatamente antes El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel (Anagrama). Ambas escritoras mexicanas, las conocía por sus artículos en periódicos y revistas, pero no como narradoras.

La novela de Nettel, intimista, de tono autobiográfico y ubicada en los años setenta, me dejó con ganas de algo más (¿qué?). Cumple pero no acabé de darle el golpe. La de Rivera Garza, situada en la frontera norte de México, me gustó más. A partir de una anécdota que no resulta central explora reflexiones sobre el amor como pasado, como construcción ex-profeso montada sobre palabras, como diálogo roto o quizá nunca establecido. Con un estilo pulido, en ella la pluralidad de personajes y tonos se expresa a través de cambios tipográficos y pequeños símbolos en la parte superior de la página, pero aun así de pronto me resultaba confusa. Debo carecer del chip que permite entender la multiplicidad de voces narrativas, porque en general me enreda (con frecuencia me sucede con autores mexicanos: ver en este blog «Efectos secundarios, de Rosa Beltrán», entrada del 12 de diciembre de 2011). ¿Será que soy poco posmoderna y prefiero lo unívoco, lo que parte del centro? Probablemente, aunque no me guste aceptarlo.

Total, que sin que se me hayan convertido en escritoras fundamentales, quedo invitada a regresar a ambas. De hecho tengo ya en mi librero, como pendiente de lectura, El mal de la taiga, también de Rivera Garza (Tusquets), y se me antoja mucho Nadie me verá llorar (también Tusquets), su primera y muy premiada novela.

Fijar en líneas el estertor

Me escribo a través del deseo de fijar en líneas el estertor, quedarme en los dedos esa gota de instante y gemido, desprenderme del cuerpo, multiplicarlo en el momento del estallido. Después, silencio.

 

–Julia Santibáñez

¿Quién viene a cenar hoy?

A veces he invitado a cenar al temor: en la mesa un plato desabrido, masticado sin ganas, que he hecho a un lado. A veces he invitado a casa a la soledad, el desamparo que entre bocados secos hace apretar los ojos, tragar una mueca. Otras veces he convidado un plato frío a la nostalgia y una migaja ha quedado colgando de los labios. Hoy enciendo todas las velas, saco el mejor mantel, pulo los cubiertos y preparo un manjar: vienen a cenar los abrazos, la risa, el calor del alma.

Lo que realmente es «dar la hora»

En la sala de espera, ella se acercó: «No traigo reloj. ¿Me das tu hora?» y él le dio todas y cada una del resto de su vida.

¿Por qué respiro?

Hoy, 12 de noviembre, se celebra en México el Día Nacional del Libro, así que aprovecho para responder: ¿por qué los libros? Tomo prestado lo que dijo Carlos Fuentes, a quien hoy se recuerda en varios eventos, cuando le preguntaron: «¿Por qué escribe?». Dijo: «¿Por qué respiro?». Así yo, al cuestionamiento ¿por qué leo libros? contesto: porque me son necesarios (como respirar), porque me dan placer (como respirar), porque me hacen ser quien soy (como respirar).

Y si alguien demanda más razones, añado otras: porque cuando a los ocho años enfrenté la soledad honda producto de la violencia estuvieron siempre ahí, porque me acompañaron más de un recreo en mi colina a solas, porque llenaron mi mente de imágenes divertidas, porque me llevaron a dar la vuelta al mundo en 80 días y un poco más, porque a muchos años de distancia y con largo tramo recorrido, los libros siguen siendo parte fundamental de mi vida diaria (sí, como respirar).

Diálogo con mi columna

6 am, lista en el salón para clase de Bikram yoga. Mi amigo Carlos diría que a esas horas nonsantas nada bueno puede pasar pero apuesto a que sí. Hora y media después termina la clase y yo me muero: el corazón me late enloquecido, me falta el aliento, las piernas no me responden. En realidad, morí y resucité unas 10 veces. Debo ser perversamente masoquista porque 15 minutos después estoy contenta, animosa. Por primera vez logré pulir una postura que implica estirar la columna «como un collar de perlas». Más allá del reto que en sí implica, me emociona lo que leo entre líneas: cada vez conozco más mi cuerpo, fluyo con él, lo entiendo, me maravillo de su potencial. En el proceso me he lastimado, me he frustrado y me he enojado pero, seducida por el diálogo con mi columna (que al principio era de piedra), he seguido adelante. Soy mucho más fuerte y flexible de lo esperado. Vaya noticia.

Todas las historias de amor en una

Cuando se estaba enamorando, ella decía: «Es el hombre más completo». Cuando lo suyo terminó afirmaba: «Es el hombre más complejo».

Tu bocaverna

En ésta/

mi edad más frágil/

debo anochecer en ti/

esconderme en tu bocaverna/

a vaciar los colores, el día/

desvestirme las cosas del mundo/

sosegarme y oírme respirar./

No reconciliada con mi sombra/

perder las horas en tu oquedad/

encontrar el camino hacia mi cuerpo/

para dormir de ojos abiertos/

a resguardo de tormentas/

de las bestias, el espanto/

del vómito y el frío.//

 

-Julia Santibáñez

Regalar renglones a la gente

Este post se compone de tres partes interrelacionadas:

1. Ayer, mi querido amigo Salvador (lector irredento como yo) me envió esta foto de una cabina de lectura en Heidelberg, Alemania, donde estudia un posgrado. Me dice que se trata de casetas públicas llamadas «Leselust» = «Ganas de leer» y esta es su descripción: «Tienen muchísimos libros para que vayas y tomes uno y lo leas, te lo lleves, lo regreses, pongas otro, etc.». Lo más hermoso es la propuesta de Salvador de poner cabinas similares en México, lo que me emociona una enormidad, aunque no sé de dónde sacar tiempo para ello.

2. Entonces recuerdo este artículo de Gabriel Zaid, «Bibliotecas sin libros», publicado en Letras Libres (agosto 2012). En él hace un análisis interesante sobre el estado de las bibliotecas mexicanas y lo deplorable que resulta tener casi el mismo número que en EUA (aprox. 7,296 en México vs. 9,225 en EUA) pero con 5 mil libros en promedio cada una aquí, contra 88 mil promedio allá.

Como parte de su reflexión, Zaid propone empujar un programa de bibliotecas «caseras» donde las señoras que venden productos de belleza por catálogo puedan contar con libros en comodato, así como poner bibliotecas en las estéticas y, por otro lado, crear bibliotecas digitales. Como alguien que ama también las revistas, creo que en todos los casos puede pensarse igualmente en hemerotecas.

Aquí el link al artículo de Zaid: http://www.letraslibres.com/blogs/articulos-recientes/bibliotecas-sin-libros?page=0,0

3. Hace un par de semanas mi amiga Vivian Abenshushan, escritora reconocida, posteó en FB una invitación a donar libros para formar la biblioteca de una comunidad en Oaxaca. Doné unos 40 títulos y todo mi entusiasmo. Llamada por la curiosidad, hace poco llamé a Llunué, parte del comité organizador, quien me dijo que han recolectado más de 1,200 libros y los entregarán en los próximos días. La idea es seguir con estas colectas y por supuesto ya me anoté para contribuir.

Hay tantas ideas, tanto por hacer en el fomento a la lectura. No basta escribir y publicar: falta llevar lo publicado a la gente, servirle el manjar para que a su ritmo lo paladee y quiera volver. Muchos millones de mexicanos conciben la lectura como una obligación aburrida o hasta un castigo de infancia: «Como te portaste mal, te vas a tu cuarto a leer media hora». Como fiel creyente en la lectura veo necesario ayudarles a cambiar ese prejuicio, que descubran el placer ilimitado que implica perderse entre las páginas y salir renovado, con una visión más rica de uno mismo y del mundo. En el escenario de crisis económica y humana que enfrenta México resulta urgente regalar renglones.

Palabras para evitar la evaporación

 

De regreso de Oaxaca, habiendo disfrutado con cada uno de los cinco sentidos y con otros tantos que allá descubrí, quiero que mis palabras huelan al copal de un altar de muertos en Jalatlaco, a buen humor repartido a granel, al estofado istmeño que reconcilia con la noche, al corral de chivos de una casa sencilla en Tlacochahuaya. Busco que mis palabras tengan sabor a mezcal tepeztate con risas de amigos, que sepan a tlayuda y quesillo, a chile con ceviche en salsa de maracuyá, que dejen un regusto a sorpresa compartida en Santo Domingo y al dulzor de un pan sopeado en chocolate de agua. Deseo que comuniquen la pesadez de un huipil tehuano y lo colorido de una pulsera que fue hilada con el alma de quien la regala, que sean tan suaves como un bordado de telar de cintura, tan alucinantes como el diablo de una comparsa. Aspiro a que jueguen en el escenario del Macedonio Alcalá, que iluminen como veladoras del cementerio y que inviten al silencio como Monte Albán al anochecer. Pretendo que den un abrazo hondo en el mercado central, que acendren el ingenio, que generen la complicidad de una narración en un trayecto o en torno a la cena, que compendien las posibilidades infinitas de pasarla bien con gente cada vez más preferida. Lo necesito porque no quiero que el tiempo evapore esta magia.

Contar historias en piedra

Oaxaca, cementerio, noche de muertos. Hoy ellos tienen más historias que contar que muchos vivos y las narran entre veladoras, flores de cempasúchitl y luna llena. Basta guardar silencio un rato para oír sus voces quedas, con ecos de tiempo y acentos de mármol blanco.

Un privilegio: pasar los Días de muertos en Oaxaca

Pasar los Días de Muertos aquí es un regalo envuelto en papel de colores. No sólo porque la fiesta me fascina por su mezcla de humor, ternura, tradición, sincretismo, sino porque Oaxaca de por sí seduce y más en estas fechas. Además, aquí nacieron mis padres y abuelos, tengo tíos y primos oaxaqueños, de modo que también me une un vínculo emocional fuerte con estos aires que desde niña respiraba cada año en visitas familiares. Encima, ahora que busco con qué ilustrar esta nota me encuentro en Internet con esta imagen de un altar de muertos, mismo que hace años montó mi tía Marti en Oaxaca: la mujer de la foto del centro, a quien está dedicado el altar, es mi guapa abuela Martina.

Los días siguientes los pasaré en este suelo entre amigos queridos, familia entrañable, mezcales, tlayudas, cecina enchilada (la única carne que soy capaz de comer con gusto), quesillo, totopos, música y fiesta. Que alguien me diga que no es un absoluto privilegio.

Leer nos hace físicamente más reales

Ayer, en una conversación en este blog con Borgeano, comentábamos sobre la dificultad de mantenernos al día con lo que cada día se publica: no hay forma de abarcar siquiera una mínima parte de las muchas letras vaciadas en impresos y en digital, en todos los formatos imaginables. Entonces recordé esto, escrito por el enorme Gabriel Zaid y recopilado en ese volumen delicioso llamado Los demasiados libros (Océano):

«¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales».

Coincido con Zaid (vaya soberbia la mía. Mejor: «aplaudo a Zaid»).

Lo que rescataría de un incendio

Tenía unos seis o siete años. Mi papá era el ídolo de mi pequeño mundo (a 28 años de su muerte creo que sigue siéndolo). Yo esperaba despierta por la noche para verlo llegar y compartir un poco antes de dormir. De mañana no coincidíamos, así que esos minutos eran «mi tiempo» con él.

Esa noche no logré verlo: no sé si el sueño me venció o si él llegó tarde, pero a la mañana siguiente encontré sobre mi mesa de noche el diamante más grande del mundo, camuflado en esta esfera de cristal con una nota: «Para mi reinita».

Pesada, azul, con burbujas de aire, me pareció el objeto más lindo que había visto en mi vida, el más valioso. A lo largo de los años me ha acompañado en recuerdo de esa niña que se sintió reina del cosmos.

Si en un incendio tuviera que elegir entre la esfera, un portafolio con miles de dólares y todas las piedras preciosas que la Tierra posee no lo pensaría un segundo: salvaría este pequeño universo azul.

Voz de triple fondo

urgencia de contar/
esta ausencia que ensordece/
ansia de explicar/
el hueco del ruido de tu cuerpo/
hacerlo en una palabra/
poderosa/
no una retahíla sucesiva/
de voces/
de lamentos/
pero no la encuentro/
en los idiomas que conozco/
debo buscar en otros/
en ecos de lenguas antiguas/
en las no creadas/
una sola palabra que nombre/
esta querencia por tu acento/
que entienda este silencio de tu pecho/
que orden el caos sin tu voz de triple fondo//

 

-Julia Santibáñez