
Parque Nacional Lagunas de Montebello, ejido de Tziscao, orillas de la selva. 1 p.m.
Salir del interior de la reserva nos tomó varias horas en una angosta carretera rodeada de neblina, humedad y vegetación que se quiere comer el asfalto. Al principio, el camino es solitario, con muy pocos pueblos pero, eso sí, cuatro retenes militares. Por kilómetros y kilómetros no hay gasolineras, de modo que los escasos pobladores venden el combustible en garrafones, a un precio mayor al de mercado. Luego, poco a poco, más autos, más gente, hasta el bullicio de aquí, donde por Fortuna los muchos turistas se reparten entre las 59 lagunas, de modo que ni se sienten.
Desde los miradores de las lagunas se ve agua de casi todos los colores: verde bandera, azul claro, azul marino, «azul profundo» (como dice Abenamar, el guía local), en algunas partes incluso cercano al negro. Es increíble cuántos matices puede adquirir un mismo elemento, dependiendo del reflejo del sol, de qué tan hondo esté el lago, de la composición del suelo, de la sombra que proyecte la vegetación de alrededor. Tanta belleza casi marea y sin duda quita el aliento.
Mientras vamos de un lago a otro, para entender un poco más la cultura local preguntamos al guía cómo se maneja la herencia de los ejidos. Responde que el padre de familia, dueño de la tierra y poseedor del documento que lo acredita como tal, escoge entre sus hijos varones al más trabajador, al que más ayuda en las labores del campo, al que «no ande en la pura tomadera» y a él le transfiere en vida la propiedad del ejido. Pregunto si las hijas no son consideradas y responde que no, los dueños de las tierras son «puros hombres». Insisto: ¿por qué excluyen a las mujeres? Contesta: «Porque los hombres tienen más pensamiento». Aprieto la quijada y apresuro el paso hacia el siguiente cuerpo de agua.
















































