Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera

Cruda, descarnada, con resabios de viaje iniciático y pinceladas mitológicas: esta breve novela (132 pp) trata la vida en la frontera entre México y Estados Unidos, ese submundo que tiene sus propios códigos, jerga y entrelíneas. La anécdota parece sencilla: una muchacha cruza «al otro lado» para buscar a su hermano. Se superponen primero la frontera, luego la tierra de nadie que es por donde se cruza, al final esos Estados Unidos que no salen en los anuncios, donde «todo es más tieso, todo está numerado… también se hacen fiestas, pero no se baila ni se reza, no se las ofrecen a nadie».

A través de un lenguaje preciso aparecen en instantáneas los «coyotes» que cruzan esperanzados, el itacate que el inmigrante carga con lo necesario pero también lo simbólico («una blusa bordada en colores, por si se atravesaba pachanga»), el cobro de favores, el abuso, la dinámica lealtad/deslealtad, la droga, la prostitución y, de manera privilegiada, la lengua: «no es que sea otra manera de hablar de las cosas: son cosas nuevas. Es el mundo sucediendo nuevamente: prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos». Con esas pinceladas, Herrera se asomarse a ese otro plano de México.

Es una gran novela, impecablemente escrita, que deja sabor agridulce en la boca. Confieso que no conocía el sello Periférica pero desde ya quedo invitada a regresar tanto al autor como a la editorial.

Otoño + el oro de tu boca

Pues sí, ando romántica, qué le voy a hacer…

«Hoy amanecí en crepúsculo/ sacudiendo mi otoño,/ sacudiendo mi vida,/ buscando el oro desierto de tu boca». -Marco Antonio Campos

Nueva (y controvertida) librería

Aprovechando el ímpetu dominical me lanzo al siempre amado Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, a conocer la nueva librería Elena Garro, duramente criticada por los vecinos bajo argumentos de violaciones al uso de suelo y complicaciones viales. No sé si Consuelo Záizar, titular por algunas quincenas más del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, haya transgredido la ley; lo que no creo es que los inconformes logren «la demolición» del inmueble, válgame dios. Lo curioso es que esos mismos vecinos no parecen haber hecho tanto alboroto ante la apertura de incontables bares y cantinas en el perímetro. En fin, desconozco los pormenores pero celebro el nacimiento de una nueva casa para los libros.

El edificio es espacioso, agradable, de techos altos. Dicen que la construcción tiene 1,700 m2. El frente completo de vidrio da a una enorme jardinera. Vi una buena variedad de sellos editoriales, tanto nacionales como extranjeros. Cuenta con una zona dedicada a literatura infantil y juvenil aunque no me parece idónea para los chicos, por aséptica. Tiene también una mesa de literatura en otras lenguas, lo que me entusiasmó de inicio, pero en vez de ofrecer autores extranjeros en sus idiomas originales, parece dedicada a los turistas, pues ofrece escritores mexicanos en inglés, francés e italiano: ahí están Rulfo, Paz, Fuentes, Pitol, Agustín, Esquivel, Soler, Nettel y Fadanelli, entre otros. No está mal, sólo que mi expectativa era otra.

Dos críticas: 1) encontré incómodos los estantes tan altos, pues en vez de autoservirme sin tiempo ni presión, debí pedir ayuda y regresar los ejemplares pronto al dependiente, que esperaba volver a colocarlos en su sitio; 2) en contrasentido de las librerías modernas (en México, la Rosario Castellanos de la Condesa; en Buenos Aires, El Ateneo; en EUA, Barnes&Noble), cuenta con muy poco espacio para sentarse a leer.

En fin, me siento como cuando llega un nuevo bebé a la familia: puede ser feúcho, no parecerse al papá, llorar demasiado, pero se le celebra con entusiasmo. Así yo con la Elena Garro. Además, creo que es un buen homenaje a la autora de ese excelente testimonio Memorias de España 1937 y del imperdible cuento «La culpa es de los tlaxcaltecas».

Nostalgias de estar conmigo

Después de días cargados de voces, adrenalina e intensidad, hoy decido pasar el día a solas conmigo y lo disfruto una enormidad. En silencio, me siento a gusto en mi piel.

 

Deseo como un niño pequeño

Como un niño pequeño, el deseo no deja de crecernos. Territorial, el día que llegó se hizo espacio en nuestra casa, la pobló de sus cosas y nos puso a su merced.

A meses de distancia, sigue siendo él pero es otro, de ojos asombrados. Cada rincón luce sus colores, no hay ámbito libre, espacio del clóset que no invada. Por las noches, oculto a todo, se estira un poco y a la mañana sorprende con una nueva altura, pómulos más marcados, capaz de otras hazañas. Se lanza a correr y nos lleva detrás, lengua de fuera. A veces nos cosquillea, otras nos maravilla o asusta. Pensamos que nosotros lo engendramos pero es él quien nos dio a luz.

 

-Julia Santibáñez

Cómo los libros cambian con la edad (de uno)

Irán

“Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención, leyendo solamente ésos, echándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años, le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta años, o viceversa».

-Doris Lessing, El cuaderno dorado (Punto de Lectura)

Sí, acercarme a libros leídos en la temprana juventud ha sido para mí como reencontrar al novio de secundaria… que ahora está más guapo.

Libros, más vivos que la gente

Para esta mañana de sábado, aquí otra cita explosiva sobre el arte de leer:

«Los libros a veces están más vivos que la gente, ‘pueden estar cargados de dinamita’. Algunos de ellos son capaces de generar encuentros tan intensos que pueden mutilar la existencia o inyectar una fortaleza diez veces mayor a todo lo concebido.” –José Gordon, El novelista miope y la poeta hindú (Difusión Cultural UNAM).

 

Cortázar me calla la boca

: http://www.literatura.us/cortazar/index.html

Hace unos días escribí algo sobre la palabra «gentes» y subrayé que me parece lamentable (ver Septiembre 11, entrada: «Palabra del día: ‘gente’ (no ‘gentes’)». Pues resulta que anoche empecé a leer una edición argentina de Las Hortensias y otros relatos, de Felisberto Hernández (El cuenco de plata). El volúmen incluye un prólogo que Cortázar hizo de la primera edición y en él encontré esta joya (¿?): «Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía), te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran GENTES incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así […]».

Aunque sigue chocándome, asumo que el lenguaje es de quien lo utiliza: se la «paso» a Cortázar.

Fecundar/secundar

http://profesorviaweb.com/tag/palabras-claves/

Se me ocurren algunas rientes confusiones a las que se prestan en una oficina estas cuasihomófonas:

  • En una junta, ante la propuesta de un ejecutivo su jefa responde entusiasta: «te secundo» (todos entienden «te fecundo»).
  • Un gris empleado quiere convencer a sus colegas de tomar tal línea de acción y pide: «Necesito que me secunden» (sin comentarios).
  • «Se trata de elegir en consenso una idea y secundarla» dijo la autoridad (y la idea escogida se multiplicó).

 

 

 

 

 

Para todo mal, mezcal…

Y para todo bien, también, dice la sabiduría popular mexicana. Por supuesto no pretendo adjudicarme la autoría de esa enorme frase, sólo la tomo prestada para un día pesado como hoy (con olor a lejanías). La buena noticia es que rematará con amigos, justamente, en torno a un buen jugo de agave. Acepto mansamente mi destino y sólo pido la necesaria sal de gusano y los gajos de naranja. Sea, pues.

¿Bodas = pornografía?

http://trendland.com/wp-content/uploads/2007/11/soft-porn.jpg

Lo había pensado: las bodas clasemedieras son el clímax del exhibicionismo, del ansia por mostrar sin pudor las entretelas, de manera más grandilocuente (incluso) que en Facebook. En algunos casos son también materialización de lo kitsch: desde las poses tiesas solicitadas por fotógrafos que «saben cómo» captar a los amantes, hasta los intolerables recuerditos que son, sin falta, inútiles.

Por ello no resulta descabellado pensar que puedan ser parientas cercanas del porno  comercial, dominio de la exhibición y, sin duda, de lo kitsch. Y entonces leendo Vanity Fair me encuentro este gran concepto de A. A. Gill: «A wedding is like pornography in that it promises far more than it’s ever going to deliver; unlike pornography, we witness this scene with our grandparents and our kids». Sí, también en eso se parecen: bodas y porno ofrecen más de lo que pueden cumplir. Y en cuanto a las diferencias, la principal para mí es que el porno resulta más divertido que las hiperglucémicas fiestas.

Palabra del día: festinar

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define como sinónimo de «malversar» y como una forma en desuso de «apresurar, precipitar, activar». Como no me gustan esos significados y la lengua es un bien común, he aquí que invento el que me funciona el día de hoy:

«Festinar (Del lat. festinare) 1. Celebrar, festejar. 2. Disfrutar un festín esperado. 3. Hacer alboroto a quien viene de fuera. 4. Divertirse, recrearse con el ídem».

En este solemne día la inscribo en el Diccionario Daniosko de la Lengua. Faltaba más.

Marea de amor alto

 

Marea de amor alto/

Perpetua pleamar/

Amor que marea/

Marejada de amor/

Amor marea alta/

Mareo/

Amor/

Marea//

 

-Julia Santibáñez

Leer es un estimulante

http://www.legalizace.cz/wp-content/gallery/prispevky-pics/lsd_alexgrey03.jpg

Continuando con lo iniciado ayer (postear reflexiones/citas en torno al arte de leer), aquí un fragmento de Auster: leer es parecido a una droga, a un estimulante poderosísimo. Lo suscribo.

“Leer era mi válvula de escape, mi desahogo y mi consuelo, mi estimulante preferido: leer por puro placer, por la hermosa quietud que te envuelve cuando resuenan en la cabeza las palabras de un autor”.

Paul Auster, Brooklyn Follies, Anagrama

Sobre el (galano) arte de leer

Dado que la personaja autora de este blog no concibe el mundo sin leer, se dará a la tarea de reunir aquí citas sobre este arte/placer siempre inacabado (por fortuna), no sin antes mencionar que cuando asistía a la escuela recuerda haber tenido en sus manos un libro que se llamaba justo así: El galano arte de leer. Y aunque en su momento el título le pareció ridículo, hoy le despierta nostalgia. Y aunque seguramente tampoco era ésta la portada, la incluye como testimonio de que el susodicho libro en efecto existe, todavía.

En fin, aquí la primera referencia, enviada hoy por un amigo que en un chiste local se hace llamar Juan de Mena, igual que el poeta cortesano del siglo XV:

«Raras veces leo en playas o jardines. No se puede leer con dos luces al mismo tiempo, la luz del día y la del libro. Hay que leer con luz eléctrica, la habitación en sombras, sólo la página iluminada.»

Marguerite Duras citada por Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Almadía

Las primas, de Aurora Venturini

En 2007, los integrantes del jurado del Premio Nueva Novela en Argentina (entre los cuales figuraba Rodrigo Fresán) eligieron como ganador un texto que se distinguía por «su originalidad y por la fuerza de su escritura», según dicta la contratapa del libro. Menuda sorpresa se llevaron cuando al abrir la pleca encontraron que la autora tenía sólo 85 años.

Confieso que ese fue el gancho (¿morbo?) que me hizo comprar en el Ateneo de Buenos Aires el volumen de Mondadori. Ahora que recién terminé de leer la novela confieso mi pasmo. No sólo es excelente sino también mordaz, cruda, irónica. Ni en mis sueños más salvajes me podía imaginar a una venerable anciana escribiendo páginas como éstas.

La voz narrativa, Yuna, define los hechos contados como una «tragicomedia inmunda». Ella es «diferente», lo que quiere decir que tiene problemas de lenguaje y (quizá) de entendimiento, pero a fuerza de beberse el diccionario termina dominando las palabras y la puntuación que al principio del libro se le rebelan. Muy pronto descubre que pintando se expresa, aprehende, comunica, lo que la acerca a la ansiada «normalidad». Su hermana Betina es idiota: siendo adolescente tiene la edad mental de una niña de cuatro. Come en una silla que lleva añadido un agujero para que defeque y orine, pues a mitad de las comidas le dan ganas. Yuna se pregunta: «cómo podía haber alguien tan feo y horrible, cabeza de búfalo, olor de trapo húmedo». Por otro lado, la prima Petra es «liliputiense», o sea, enana, mientras la otra prima, Carina, tendrá un destino adverso.

Así, el universo familiar en el que transcurre la novela es asfixiante, cargado de hedores, muerte, podredumbre, locura, castraciones, venganzas, abusos, tristeza «que desbarranca». En un giro interesante, Yuna se afirma como la lucidez a pesar de la minusvalía. Dice: «yo quería percibirme nueva recién venida al mundo (sic) como si naciera de un gran huevo, quería ser un ave diferente» y justo cuando parece conseguirlo termina la narración. En cualquier caso, la novela se regodea en lo asqueroso, lo torcido y deforme, lo monstruoso, lo indecente, lo abyecto y ruin como sinónimos absolutos, en la línea clásica que asocia fealdad externa con fealdad del alma. Y a pesar de ser chocante y quizá políticamente incorrecta esa relación, la novela es redonda, puntual, precisa, altamente recomendable, pues.

Si un mujer de 85 años fue capaz de escribir estas páginas, sin duda hoy me trago mis prejuicios sobre su generación.

Lo que enamora a esta mujer

Pocos días tan complicados como hoy. Siento que cargo suficiente presión como para tres personas. Y sobra. En medio de todo, sin demandar respuesta recibo mensajes de texto interesados en lo que me pasa. Luego, una llamada remojada en ternura y dos besos suaves por el auricular aceitan mi sonrisa. Supongo que eso explica por qué estoy enamorada.

¿Dónde se van los abrazos no dados?

Por esas cosas raras, hoy desperté con una pregunta clavada entre los ojos: ¿dónde se van los abrazos no dados? ¿Los que se quedan suspendidos en la punta de los dedos?

Palabra del día: gente (no gentes)

Acabo de tener una conversación telefónica que a la letra reproduzco: «¿entonces cuántas gentes van a acudir?». Aunque me apeteció contestar: «Lamento decir que no van a acudir ‘gentes’, sino unos mil invitados», opté por reformular la pregunta. Debo haber parecido odiosa pero algunas palabras van contra mi religión.

Resulta que ese es un sustantivo colectivo que quiere decir «pluralidad de personas», con lo que si viene «gente» queda implícito que serán «muchas personas». Aunque en México solemos usarlo como sustantivo individual («Fulano es buena gente») y en ese contexto hace sentido hablar de «gentes» (=»personas»), la palabrita me despedaza el oído, así que está vetada del Diccionario Daniosko de la Lengua. Es una de esas licencias que no incluirá durante al menos los próximos 30 años.

Estoy a merced de las palabras

 

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En mi mente, selva profusa, crecen palabras que nadie poda. Primero tímidas, en un susurro aparecieron como hierbas, respetaron alguna jerarquía. Poco a poco fueron creciendo, desmesurando, se hicieron altaneras, pintaron de verde el espacio. Hoy en voz alta cubren el suelo, se multiplican, les crecen manos. Excesivas, un día desfallecen. Se fragmentan, se fagocitan, se secan. Creo que las vencí. Luego renacen, giran sobre sí, erguidas, asfixian la poca mesura que restaba. Estoy a su merced, incluso para contar lo sucedido.

Abarcar/acabar

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Él dijo: A veces quiero abarcarte en un abrazo.

Ella entendió: A veces quiero acabarte en un abrazo.

Arrancar el amor

Arrancar el amor/

como se arranca un fruto del árbol/

con la misma vehemencia/

en un golpe de calor./

Codiciante, sentir su peso/

en el hueco de la mano/

salivar su aroma./

Convencida de que es mío/

hincarle el diente/

llenarme la boca de su jugo/

dejar que escurra, serpentee./

La boca hinchada de su pulpa/

irme andando la rubia avenida.//

 

-Julia Santibáñez

Ser inmortal por un día

Desde el piso 16 del Olimpo que se ubica en Buenos Aires me asumo inmortal y recuerdo vagamente que abajo existen algunos, menos afortunados. Otro beso interrumpe mis pensamientos. A disfrutar el elíxir de vida.

Breve biografía de un beso

Una emoción sube como pequeña burbuja desde el fondo del cuerpo, asciende hacia la superficie moviendo entretelas, afectos, inquietudes. Arrastra consigo trocitos de luz, que al final estallan en los labios y hacen fluorescer el mundo.