Madrí de muchos rostros

Fui y vine. Qué ciudad tan intensa, vibrante. Los días estuvieron poblados de trabajo enriquecedor, de ideas y ganas de hacer cosas. Se trató de reflexionar con gente de unos 30 países sobre los retos de las revistas, la relevancia de conectar con los lectores y hacerse un espacio en su intimidad, encontrar nuevas fórmulas. Un gusto ser parte de ello.

Las pocas horas que quedaron libres se fueron en los pasillos iluminadores del Reina Sofía, en las noches madrileñas entre tapas y cañitas, en la hermosa arquitectura del Casino, entre pinchos, vino y más vino en un bar desolado en Huertas pero con el alma sonriente por celebrar la vida de mi entrañable amiga, caminar por la Gran Vía (donde aunque no haya sangría alguien me pondría un piso). Además estuvo el estupendo anfitrión chilango/ madrileño q nos enseñó el sentido de «marcha»: el Museo Chicote, la absoluta maravilla del microteatro en Malasaña, una mueblería-bar y hasta la Boîte, un bar gay de lo más «guay». Y añado un par de instantáneas:  el «Coca L-i-g-h-t» de un mesero, la opinión de un taxista sobre la crisis española y su mensaje a Kirchner por la expropiación de YPF: «Néstor, regresa, olvidaste aquí a Cristina», el hallazgo de la Tizona del Cid que me traje de regreso a casa, sentarme un instante en la Puerta del Sol y oír mariachis a lo lejos, amar la manera castiza de pronunciar «Madrí», el atardecer sobre el Paseo del Prado mientras los pies palpitan de cansancio. Es decir que traigo los ojos llenos de un Madrid de muchos rostros, pintado con colores Prismacolor. Todo un privilegio.

Obsesión por las manos

Tengo obsesión por mis manos. Como el bebé en la cuna que recién las descubre, las observo intrigada: colocadas cerca del rostro me fascina el lento movimiento de los dedos, su articulación perfecta, la elegancia que destilan. Las vuelvo de un lado y otro, las dejo ser, a veces les pregunto y revelan, anuncian. Quienes me conocen dicen que yo no hablo sólo con la voz sino con cada aleteo que matiza mis palabras.

Me seduce también cómo dialogan con otras pieles, su lenguaje propio, poblado de perfumes y sonidos. Cuando acarician, reconocen, palpan, gimen y se estremecen las reconozco como mías pero noto su independencia, su vida propia. Sé que podrían existir sin mí, ser más yo que yo misma. Y cuando miran las envidio: ojos en pleno derecho, incorporan lo que observan, lo recorren de forma literal (como jamás podrá la vista), beben su temperatura, colores y texturas. Luego atesoran lo visto y callan, aunque les ruegue compartirlo.

A esta hora mis manos, enmudecidas, como de piedra, desean mirarte.

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Vivir apenas

Encerrada entre prejuicios, atada a obligaciones y llevando registro de los males para no olvidarlos, aquella mujer vivió apenas, vivió a penas.

Como papel rasgado

 

Como papel rasgado/

de bordes imprecisos/

contigo va mi medio corazón/

(no quiso estar sintigo)./

Doblado y palpitante/

en tu maleta,/

cómplice de zapatos,/

hilo dental, camisas/

y algún libro/

decidió vivir en tu buró/

besarte por la noche/

dormirse junto a ti./

El problema es que la otra mitad,/

aquí conmigo,/

no me alcanza.//

-Julia Santibáñez

Ser sagrada

Versos pa’l fin de semana:

«Cuando recibí tus primeras palabras de amor había en mi cuarto mucha claridad. Me precipité sobre las puertas y las cerré. Yo era sagrada, sagrada. Nada, nadie, ni la luz, debía tocarme».

-Alfonsina Storni

Sigo al amor

«Sigo al amor

allá adonde conduzcan sus caravanas».

-Bin Arabi, erudito sufí, siglo XII

Así arranca la novela El secreto del calígrafo, de Rafik Schami (Salamandra), regalo muy querido de quien me quiere. Saboreo estas palabras y mientras tanto me pierdo en los recovecos de la caligrafía árabe que ilustra el libro, sensual como ninguna.

We need to talk about Kevin, de Lionel Shriver

Ésta es la novela más cruda y chocante a la que me haya enfrentado en muchos, muchos años. Debo haber tardado mes y medio en acabar sus 400 páginas porque varias veces necesité salir por aire y la dejé de lado algunos días. Y por esta «salida a tomar aire» me refiero tanto al tema (Eva, madre de Kevin, un adolescente sin mayores problemas que asesinó a compañeros de escuela y maestros, trata de entender «por qué» lo hizo) como a lo asfixiante que a veces resulta la voz narrativa (a través de cartas dirigidas a su esposo y padre de Kevin, ella narra toda la acción en retrospectiva).

Sin embargo, para mi gusto todo se ve compensado por la riqueza del personaje de Eva, la profundidad de su introspección, su asumida debilidad ante el rol materno, los instantes de humor, sus contradicciones, lo desesperante de su lamento/falta de acción ante las señales de alarma de un sociópata en desarrollo, su honestidad a ratos y su deseo de librarse de la culpa en otros. Ella es el verdadero centro de la trama aunque siempre en referencia a Kevin y es que, como ella misma dice, desde que su hijo nació ella dejó de ser «su propia creación» y se convirtió primero que nada en mamá. Del otro lado de la banqueta, por supuesto, está el propio Kevin: siniestro, crudo, atormentado pero lineal, con pocos matices. El personaje se hace odioso desde las primeras páginas y mantiene el ritmo in crescendo, con lo que la angustia del lector se suma a la angustia de Eva ante un ser esencialmente malo. Es tal la perversión del niño/muchacho que por momentos es inverosímil, pero esta aparente falla puede explicarse por el sesgo de la madre, quien en aras de abonar a ese retrato de un criminal en formación se deleita en recordar todo lo malo que hizo, sin dar tregua. Los otros personajes funcionan como contrapeso a estos dos. Franklin, esposo-padre, es títere de sus expectativas: ciego de amor ante las atrocidades de su hijo, incapaz de ver lo evidente, amante de lo «americano» y de sus valores, vive y es capaz de morir por mantener un ideal de familia. Celia, la otra hija del matrimonio, es poco creíble y sólo parece existir como elemento de contraste ante Kevin, sin vida propia.

Si bien literariamente la novela funciona, el éxito tanto de la misma como de la reciente película también evidencia que la reflexión a la que obliga resulta urgente: ¿de quién es la «culpa» de los asesinatos adolescentes estilo Columbine? ¿Se pueden evitar? ¿Cómo se forma un chico así? ¿Qué rol juegan los padres? ¿Y la sociedad, que se lava las manos y deja toda la responsabilidad en el hogar? Además, el texto lleva a cuestionar el instinto materno y el amor «natural» que une a una madre con su hijo. Desde las primeras horas con el recién nacido Eva, aparentemente funcional como esposa enamorada y empresaria pujante, se revela como una madre egoísta, fría, a quien no le gusta su hijo y más bien la decepciona. Este peso crecerá día a día conforme su vida, su relación de pareja y su trabajo se vean radicalmente trastocados por la maternidad. ¿Por qué cuesta tanto aceptar que ésta pueda ser la realidad de más de una familia? Y el ideal paterno también es totalmente cuestionado, incluso caricaturizado: el hombre que «ama» a su hijo y así justifica lo que hace, que se pone sus lentes del mundo perfecto para no ver nada mal = tener que actuar, que no asume responsabilidad por nada pero culpa a la madre por todo.

Es una gran novela, deliciosamente escrita, pero de lectura dolorosa, difícil (eso sí, no estoy segura de ver la película).

Volver

Regreso a este espacio como quien vuelve de un viaje con el cabello enredado, la piel un poco más sensible, entrecerrando los ojos para retener lo visto en otras tierras. Llego sintiéndome vivida, abrazando las sombras con torpeza, no encontrando mi lugar porque quizá los otros aires cambiaron un poco mi forma y de nuevo debo dialogar con los objetos, las temperaturas, las palabras que se dicen fuera del cuerpo. Vuelvo sorprendida de lo que una caricia puede lograr y lo celebro.

Voy a buscar material de inspiración…

Estimados lectores/comentadores de este blog: Tengo a bien informarles que ya que Amor me pone la mesa, el vino y el banquete, tomaré unos pocos días de descanso de este espacio para dar refrigerio a la mente y gozoso trabajo al cuerpo. Por supuesto, mi única intención es encontrar material de inspiración para versos, cuentuitos, textos varios. Yo siempre tan profesional…

Negar un verso o un beso

Dijo el poeta: «Es más castigo negar a un amante un verso que un beso, porque en un verso caben todos los besos».

«Hacer algo grande»

Ayer encontré en la librería dueña de mis quincenas este librito de la argentina Alfonsina Storni (la misma cuya automuerte inspiró «Alfonsina y el mar»). Lo compré porque me di con este texto muy breve y hasta poco pulido, seductorsísimo por su mezcla de ingenuidad/fuerza:

«Amo y siento deseos de hacer algo extraordinario. No sé lo que es. Pero es un deseo incontenible de hacer algo extraordinario. ¿Para qué amo, me pregunto, si no es para hacer algo grande, nuevo, desconocido?».

A veces me siento así y no había tenido palabras para expresarlo. Lo confieso, me hizo el día.

De cara a la pared

De cara a la pared

encerrada en mi cuerpo

apenas recuerdo la confianza que tenía

en mis piernas

mi rostro

antes de tu nombre.

Ahora no sé

ando temblorosa

con un hueco en el vientre

a desagusto en mi piel

como un adicto que sin droga no se conoce.

De cara a la pared

tengo abstinencia de ti.

Algo sobre la luz…

Empieza a morir la luz de este viernes, me seduce su carácter huidizo. Recuerdo a propósito algo leído hace poco, garabateado en mi cuaderno de notas. Busco la cita y ahí está, esperando ser citada: «Me preguntan por qué estoy aquí. Y yo respondo: Por mis compromisos con la luz… la luz, ¡qué cosa tan seria es la luz! ¿Cómo podemos conquistarla? Yo lo he intentado. Y ésa ha sido mi lucha» (pintor Armando Reverón citado por Carmen Boullosa, «El pintor salvaje», El Universal, 22 marzo 2012).

Esta tarde no busco conquistarla, me basta con bebérmela.

El Buda dijo

«Como la estrella fugaz, el espejismo, la llama, la ilusión mágica, la gota de rocío, la burbuja en el agua, como el sueño, el relámpago o la nube: considera así todas las cosas». -Buda Sakyamuni

Así exactamente: igual de ligeras, de evanescentes (incluida yo misma). Y está bien.

A veces

A veces la noche es más oscura entre los brazos. A veces la banda sonora del alma es el lamento de un tango. A veces el cuerpo que fue arado por los labios se siente pequeño, indefenso. A veces, sólo a veces, el aire pierde transparencia y la garganta se llena de arena. A veces.

Palabra del día: fragilear

Condición de quien normalmente se erige en poste de concreto, torre, monumento, y un día amanece tosco potro, de patas que no soportan su peso.

Algo así como yo. Hoy.

Letanía

Con la fe de una devota/

que no ve a su dios pero lo invoca/

repito mi cansada letanía:/

«Eco de tu cuerpo/

regusto de tu vientre/

sombra de tus manos/

ceniza de tu aliento/

no me desampares./

Eco de tu cuerpo/

regusto de tu vientre/

sombra de tus manos/

ceniza de tu aliento/

ten piedad de mí.//

 

-Julia Santibáñez

Catulo a Lesbia

Para iluminar el lunes va esta joya del siglo primero antes de Cristo:

Carmen V
Vivamos, querida Lesbia 

«Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos». 


(Traducción de A. Ramírez de Verger, tomada del sitio http://www.catulo.com)

 

El día es enorme

 

Afuera el día es enorme,/

lleno de pregones/

bocinas y ladridos./

En la penumbra se beben los amantes,/

murmullo de párpados que caen,/

roce de lenguas,/

con los dedos hablan/

(rumor blando)./

La sangre se oye hervir,/

es un estruendo la desnudez,/

gran alharaca.//

 

-Julia Santibáñez

En honor de Emma Bovary

Cuando el caballero empezó a desabrochar el botín de la dama comprendió que el supremo botín era suyo.

Definición kunderiana de amor

«El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer)».

-Milan Kundera

N. del E. El lector puede cambiar «mujer» por «hombre» sin afectar el sentido.

Palabras en propiedad

 

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Yo y mi obsesión por ellas… no tengo remedio. Me da por pensar que algunos autores se han vuelto dueños absolutos de ciertas voces, tanto que es imposible decirlas sin aludir a sus «creadores». Por supuesto, el vínculo está dado por su obra, después de leer la cual no he podido librarme de sus fantasmas. Ya sé que mi lista es incompleta, por demás subjetiva y ecléctica (incorpora algunas en otros idiomas), pero no busca más que ser un recuento de voces «propiedad» de autores admirados.

Sólo los últimos dos casos son palabras inventadas, las demás se encuentran en cualquier diccionario. A propósito dejo fuera (por esta ocasión) los nombres propios, porque sería demasiado fácil acudir a Romeos, Funes, Dulcineas, señoritas Julias, Aschenbachs, Fuenteovejunas o Werthers, que en muchos casos tienen para mí una existencia más interesante que muchas personas que conozco… En fin, ahí van mis primeras 10:

  1. Tártaros: Dino Buzzati, El desierto de los tártaros.
  2. Laberinto + espejo: Jorge Luis Borges, Poesía completa.
  3. Bruno: «umbrío por la pena, casi bruno», Miguel Hernández.
  4. Bottine/botín: Gustave Flaubert, Madame Bovary.
  5. Amorosos: «Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos», Jaime Sabines.
  6. Hérisson/erizo: Muriel Barbery, L’élégance du hérisson.
  7. Nevermore/nunca más: «Quoth the raven, ‘Nevermore'», Edgar Allan Poe.
  8. Madeleine/magdalena: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.
  9. Nymphet/nínfula: Vladimir Nabokov, Lolita.
  10. Trilce: César Vallejo, Trilce.

Son tantas que seguro me darán para varias listas más.

El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic

«[El cuerpo] era el único instrumento del que disponíamos, el único instrumento para entendernos, el lenguaje del cuerpo que llega detrás, delante, al margen de las palabras, al margen del habla, que pronto nos resultó insuficiente. El cuerpo suplía nuestra carencia de lenguaje, ese algo que se nos escapaba desde el principio. El cuerpo era la única forma en la que se me abría un camino directo hasta él, hasta su oscuro interior».

Leer El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic (Anagrama), alteró mis días, lo reconozco. Pocas veces me he encontrado («me ha golpeado», debería decir) una novela tan nítida, tan incisiva, tan temblorosamente sensible y escrita con la poesía de las entrañas. El cuerpo como protagonista absoluto de una historia de amor devorador, como un lenguaje pleno y suficiente, como la memoria más certera, el «hambre divina» por el amado llevada hasta sus últimas consecuencias, un hilo tenso resuelto de la manera más lógica… según la lógica del erotismo más extremo. La contratapa cita a un crítico de The Guardian, según el cual «la prosa de Slavenka Drakulic tiene la intensa, descarnada poesía de Marguerite Duras». Nunca mejor dicho.