Todo lo mantenían en secreto hasta que un día/
se dio cuenta/
se dio en cuanto/
se dio cuando/
se dio en cuento/
se dio en cruento.
¿Cavafis o Santibáñez?
Constantino Cavafis lo escribió hace muchos años, pero podría haber sido yo, de camino a Ítaca:
«Vuelve a menudo y tómame,
amada sensación, vuelve y tómame—
cuando del cuerpo la memoria se despierta,
y un antiguo deseo vuelve a pasar por la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y las manos sienten como que tocan otra vez.
Vuelve a menudo y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan…»
O también:
«[dejó] a través del tacto de sus manos
un sentimiento en la frente, en los ojos, y en los labios».
Tolerancia a la frustración
Sé que mis millones de lectores en todo el orbe se cuestionan qué tal resultó mi experimento de ayer, así que doy un breve comentario: si tuviera que ponerme calificación creo que en total honestidad no pasaría de 7. Sin embargo, como si se tratara de una clase de yoga, bloqueo la rodilla mental y cuantas veces me caiga vuelvo a intentar que el entorno no determine mi tranquilidad interior, que mi mente se conserve serena a pesar de… Allá voy.
Abdominales para la mente
«Vivir las experiencias que nos ofrece la vida será obligatorio, pero sufrirlas o gozarlas es opcional. No se trata de decidir ver la vida en rosa de un día para otro, sino de trabajar sistemáticamente en debilitar esos músculos de infelicidad que tanto hemos fortalecido creyéndonos víctimas del pasado, de los padres o del entorno y paralelamente comenzar a ejercitar los músculos mentales que nos hacen absoluta y directamente responsables de nuestra felicidad». -Matthieu Ricard
Pues sí, de eso se trata… pero hay días que cómo cuesta. Sospecho que hoy el entorno no será el más propicio para mi bienestar y por eso empecé desde temprano a hacer abdominales mentales. Espero que funcionen. Informaré los resultados.
Saltamontes (más que) inteligente
Piel con forro
Sábado, 7:15 am. Me despierto o me doy cuenta de que estoy despierta, da igual. Un par de pájaros corta el silencio. Todo está en calma, incluso mi mente. Aunque afuera hace frío, las cobijas son muy acogedoras. En un par de horas me alistaré para ir a la yoga y mientras tanto disfruto mi compañía, me gusta habitar mi piel. Medito un poco, saboreo la paz como un caramelo. Luego me estiro a tomar la novela que me tiene alucinada: El sabor de un hombre, de la croata Slavenka Drakulic (Anagrama). Su escritura es elegante, cruda, interiorista. Tras un par de páginas me encuentro con esto: «Por dentro, me sentía totalmente revestida por José. Me sentía como un abrigo forrado, como si el lado interno de mi propia piel estuviera revestido por la suya como un forro».
Pensaba leer bastante más pero me quedo con esas líneas. Cierro el libro y me voy rumiando la poderosa imagen de una piel revestida por dentro. Yo misma adquiero otro rostro este sábado.
Ese cuadro hindú
Ese cuadro hindú/
la novela de Cohen/
el sillón más rojo/
la cara interna de mis muslos/
y lo frío de estos pies/
te llevan tatuado./
También cada mañana/
el mejor de los diciembres/
la voz de Sinatra/
mis mejillas y ganas/
aquel postre en Nueva York/
y los últimos cinco años./
Extrañan tanto tu olor/
que ya no aguantan.//
-Julia Santibáñez
Curiosidades del mundo editorial (notas desde la trinchera)
Quien lo conoce desde dentro sabe que el mundillo de las revistas se cuece aparte (¿aparte de qué? ¿aparte de dónde? ¿de parte de quién?). Así, frases que en la vida cotidiana tienen un sentido, en los pasillos de una editorial adquieren otro significado, sin perder el original. Por ejemplo, decir «pero qué mala cabeza» tendría, al menos, las siguientes acepciones:
1. El juicio del interpelado es sumamente cuestionable.
2. El susodicho tiene un fenotipo poco agraciado.
3. El título dado a un artículo no le hace justicia al contenido.
Asimismo, que alguien comente «cambiamos la fuente por orden del jefe» puede leerse como:
1. El Cupido del patio, que escupía un chorro de agua, fue reemplazado en respuesta a la intransigencia del superior.
2. El área de diseño se vio obligada a elegir otra letra para el texto por idéntica razón.
Por otro lado, «volver a hacer la secundaria» es sinónimo de:
1. Revisitar las aulas de la educación media para obtener un certificado.
2. Escribir de nuevo la introducción de un artículo.
O escuchar decir a alguien con un respiro «por fin voy a quemar los discos» puede interpretarse como:
1. Los Cd’s del interfecto serán víctima inmediata de sus aficiones piromaniacas.
2. Se trata de un diseñador en cierre de edición, que ve asomarse el final del túnel pues está por grabar la revista para su envío a la imprenta.
En fin, supongo que esta polisemia contribuye a la conocida falta de cordura de quienes nos movemos gozosamente en este mar de significados.
«Tristeza de amanecer lloviendo»
Un acto de amor/El acto de amor, de Howard Jacobson
Recién terminé esta novela de Howard Jacobson (Miscelánea). Es violenta, iluminadora, fascinante. La anécdota es «simple»: un anticuario de libros desea que su esposa le sea infiel, una y otra vez. Felix Quinn, protagonista, repite una frase a modo de leit motif: «Ningún hombre ha amado a una mujer sin imaginársela en brazos de otro». Y justo porque ama a Marisa se la imagina en brazos de Marius, con lo que envuelve a ambos en su telaraña de deseo. Pero ya lo cuestiona la contraportada del título: «¿cómo se le puede llamar traición a eso, si es exactamente lo que él quiere?».
La sensibilidad de Jacobson permea cada página mientras se pasea por las tripas recónditas de la obsesión sexual, los celos, el amor. Apoyado en un lenguaje sugerente, va mucho más allá de meramente presentar hechos. Como dice el propio Quinn sobre su esposa: «las palabras eran nuestro modo de acariciarnos». Sí, Jacobson me acaricia mientras leo y me seduce hablándome al oído, lo que compensa los ocasionales descensos de ritmo y las reiteraciones en voz de su personaje enloquecido. No conocía al autor y vaya presentación que es este volumen. En alguna medida me sucedió con Quinn lo que hace años con el Humbert Humbert de Lolita: racionalmente me resultan chocantes, pero la magia creada por el autor me los vuelve entrañables. Como Humbert Humbert, Quinn es el narrador «pervertido» que recuerda con nostalgia el deseo totalizador de otro tiempo, con lo que se gana mi complicidad.
Una crítica: la edición en español es una buena traducción de Santiago del Rey, aunque el título pierde frente al original en inglés: Un acto de amor es sólo uno entre muchos, mientras el autor tituló su obra de forma categórica: El acto de amor (The Act of Love), el mayúsculo, el único.
El vaho muda en amnesia
Palabra del día: trabajar
Por alguna razón recuerdo esta etimología, que es una de mis favoritas por el humor que transpira.
El verbo latino original para denotar el hecho de «ocuparse en cualquier actividad física o mental» era «laborare», pero resulta que en Roma existía un instrumento de tortura llamado «tripalium», hecho con tres palos a los que el preso era amarrado para recibir azotes (tengo entendido que el instrumento era similar al de la imagen que ilustra esta entrada). Al ir a trabajar la gente bromeaba, igual que ahora, que iba a sufrir un tormento: «voy al tripalium», es decir, a «tripaliare». Así, poco a poco, la acepción se instaló en la lengua y desplazó al formal «laborare». Esta etimología la consigna Antonio Alatorre en su genial libro Los 1001 años de la lengua española, publicado por el Fondo de Cultura Económica.
Ya decía yo…
El IQ de la lengua
Mi querido amigo Salvador se topó con esta cita de Saramago y ahora me la envía: «Probablemente es la lengua la que va escogiendo los escritores que precisa, se sirve de ellos para que expresen una pequeña parte de lo que es. Cuando la lengua lo haya dicho todo, y callado, a ver cómo vamos a vivir».
Cuánta belleza, hondura y nostalgia en unas pocas palabras. Coincido totalmente con Salvador: qué bien que el traductor conservó «los escritores que precisa» en vez de optar por el muy cercano «los escritores que necesita». La musicalidad del portugués colándose por las entretelas del español: inteligencia de la(s) lengua(s).
Libertad interior según Sforza
«Nuestra libertad interior no conoce otros límites que los que nos imponemos o los que aceptamos que nos impongan. Y esa libertad proporciona un gran poder».
-Luca Cavalli-Sforza
¿Así o más claro?
Escapar por una letra
Reencontrar a un amigo
Tarde de domingo, la más nostálgica de la semana. Me recuerda un año difícil de infancia escolar: tras el fin de semana arropada, el domingo anunciaba el peor de los tormentos. Desde entonces busco algo de azúcar para tragar estas horas. Hoy me reencuentro con un viejo amigo, Quim Monzó, que integra mi paisaje personal hace años. Me lo presentó un librero en El Prat, aeropuerto catalán. Volaba de regreso a México y había agotado mis lecturas. De boca seca y como quien no tolera imaginar el vuelo sin gua, le pedí me recomendara a algún autor catalán indispensable. Me extendió los Mil cretinos (Anagrama). Nos hicimos muy cercanos.
Esta tarde, en Gandhi, me topé de nuevo con Monzó: El porqué de las cosas (Anagrama). Por supuesto, le ofrecí un café. Es lo menos que amerita un amigo así.
15
Corrida puertas adentro
En el encierro brama el toro de Miura./
Se le eriza el lomo ante tu olor,/
anticipo de sangre que espumea./
Retumban los cascos irritados,/
la cornamenta hiere el aire/
y busca el traje de tus ansias.//
Hembra elegida, te plantas en el ruedo:/
comienza la faena./
Bufando, te evalúa y te provoca,/
persigue el ángulo fatal./
Cada lance aumenta su deseo./
Hilos de saliva, salpicando sudor/
te rasga el costado:/
saborea tu carne imaginada.//
En un giro le hundes la espada,/
hasta la empuñadura la encajas./
Con júbilo vencido,/
entornando los ojos,/
el Miura celebra tu victoria/
que es la suya.//
-Julia Santibáñez
Príncipe azul
La extraña, de Sándor Márai
Recién terminé de leer La extraña, novela de Sándor Márai (Narrativa Salamandra). Para variar, una verdadera maravilla. Desde que me topé con La mujer justa me volví seguidora irredenta del autor húngaro y con esta historia de Viktor Askenasi reconfirmo mi devoción. La anécdota es sorprendente, me descolocó y sin embargo me conectó con la insatisfacción vital que Márai describe como (casi) nadie.
A ratos el protagonista, Askenasi, me trajo recuerdos del Aschenbach de Muerte en Venecia: ambos están fuera de lugar, entre veraneantes que les son ajenos, en un viaje que significará un viraje definitivo, conectando con partes oscuras/ luminosas de sí mismos, incomprendidos y patéticos, siempre profundamente humanos. Los dos son entrañables en su fragilidad, en su ímpetu de búsqueda, como el narrador cuenta sobre alguien más: «[…] se conformaba plenamente con las pequeñas excursiones que hacía dentro de sí misma, a cualquier hora del día o de la noche, preparándose minuciosamente para las sorpresas que le deparara aquella selva». Así, la selva interior de Askenasi esconde más de un sobresalto que él enfrenta con gusto y, casi, con un sentido de liberación.
También aquí aparece, como sello de Márai, la fe inquebrantable en las palabras. Askenasi señala: «‘Un día de estos pueden matarme o puedo volverme loco’. De todas formas, lo tranquilizó pensar que las palabras sobrevivirían, independientemente de lo que a él le ocurriera». Márai se suicidó en 1989 pero sus palabras le sobreviven y me alcanzan hoy, para fortuna mía.
Vivir o ser vivida
«¿Ha vivido su vida o ha sido vivido por ella? ¿La ha elegido o ella lo eligió a usted? ¿Ama su vida o se arrepiente de ella?».
-Irvin Yalom
Hoy empieza el año nuevo chino (nadamás el 4709) y me dio por recordar esta cita dicha por el personaje de Nietzsche en El día que Nietzsche lloró. En cualquier caso, con total honestidad debo responder que en algunos casos la he vivido y en otros he sido vivida por ella, a ratos la he elegido y otros ella me ha elegido a mí, algunos días la amo y otros… no, tengo la fortuna de no arrepentirme de ella en su conjunto, aunque sí de algunos momentos oscuros. En fin, no está mal empezar este 4709 pensándolo.
10,220 días después
Todo fue escribir la fecha, 19 de enero, y detener la pluma en el aire. En mi historia personal no marca un día más sino el aniversario 28 del más brutal vuelco de mi vida, el del ingreso de mi papá al hospital tras un «accidente», mismo que le provocaría un coma profundo del cual no despertó y que desembocó en su muerte, 40 días después.
Digo vuelco brutal porque me quitó el piso de debajo de los pies y me dejó suspensa en el aire a edad temprana, significó la recomposición de mi familia, se tradujo en un antes y un después en todos sentidos, me hizo conocer el miedo a no volver a reírme jamás, se convirtió en el primer paso en un camino de introspección que sigue vigente hoy y que agradezco. Y aunque 10,220 días después estoy acostumbrada a vivir sin él, sigo extrañando a mi papá desde lo más hondo, lo necesito, me falta, pienso en él, lo admiro. Sin embargo, sin su presencia en mis años de infancia y su posterior carencia no sé explicarme quien soy hoy y quien me gusta ser. Esa cicatriz invisible que muy pocos conocen en parte me define. A ese manchón inexplicable le encontré un sentido. Por eso aunque quizá suene mal, no cuestiono la fecha ni lo que representa, no me quejo por el hueco de su abrazo: reconozco que la vida es más inteligente que yo y que así tenía que ser (pero sí, te extraño mucho, papi).
Tu ausencia, silencio esférico
Imanes en el cuerpo
5:10 am: Por qué voy a práctica de yoga
Hace poco me encontré esto y lo recuerdo cuando suena el despertador a las 5:00:
«La práctica de yoga no consiste únicamente en la repetición de movimientos aprendidos a partir de instrucciones autoritarias, sino en vivir diariamente este encuentro con nosotros mismos como un ritual alquímico de renovación constante, donde los sentidos se despiertan y se mantiene viva nuestra capacidad de asombro».
-Lunananda
Ni lo pienso: me levanto y me visto. A ver si hoy sí me sale la postura de la foto… ¿Y si no? Es lo de menos. El asunto de fondo es el encuentro.
Palabra del día: agnosia
El Diccionario de la Real Academia (DRAE) lo define como: «Alteración de la percepción que incapacita a alguien para reconocer personas, objetos o sensaciones que antes le eran familiares». Es decir, de pronto uno mira un jabón y no sabe si es alimento, cosmético o artículo de oficina. O a mitad de la comida se queda observando el tenedor que descansa junto a la mano y se siente totalmente perdido: ¿para qué es? ¿Para peinarse? ¿Para inmovilizar a una mariposa? O va a la cocina por un vaso de agua y encuentra en bata a un hombre desconocido… que le dice que es su pareja. O a mediodía siente algo incómodo en el vientre y no entiende de qué se trata, no puede nombrarlo «hambre» porque no tiene palabras para ello.
Se me ocurren pocas situaciones tan aterradoras como ésa: perder toda referencia, ser incapaz de leer el mundo, desconocer las letras que forman el propio nombre. Como ese sueño que tuve hace al menos 15 años pero resultó tan angustiante que no se me olvida: de pronto mi mano derecha no era mía pero no sabía de quién era y por qué estaba pegada a mi cuerpo.
























