Necia y divertida como corresponde a su edad (faltaba más), la personaja adolescente seguía creciendo y ya era un poco más alta que su madre, lo que a ambas las encendía de orgullo. Un día tuvo a bien irse de campamento con compañeros y maestros de su escuela, la cual a su vez tuvo a bien organizar un campamento en pleno verano, cuando las nubes del cielo mexicano lloran día y noche (llueve mucho, pues).
Días antes, arrastró a la renegante madre por los cuatro puntos cardinales para suplirse de back pack, botas, brújula, cantimplora y cuanta cosa necesitaría quien se fuera a vivir a la montaña, sin importar que pasaría 72 horas entre árboles (se escucha un «carajo» de la madre). Y ahí va la personaja, con la boca llena de sonrisas, acompañada de sus imberbes amigos y amigas (se espera que ellas permanezcan así; ellos, se espera que no). Poniendo veladoras para que la criatura no muriera de inanición y para que un oso polar no rondara las tiendas de campaña, la madre la pensó mucho. Cuando la personaja volvió, cansadísima pero fascinada y rebosante de anécdotas, la madre la abrazó con todo el cuerpo (primero revisó que no le faltara ninguna pierna). Confirmó que verla feliz era, inexplicablemente, su mayor fuente de felicidad.
(Si al respetable le ocupa conocer los anteriores episodios de esta historia, aquí los links: http://wp.me/p1POGd-xv y http://wp.me/p1POGd-19j)



































