La palabra calipigio es una voz griega formada por kallos ‘bello’ y pyge ‘nalgas’, de manera que ya se empieza a entender por qué es una palabra entrañable: nombra unas nalgas «gloriosas, redondas y firmes», como de estatua griega, apunta Ricardo Soca en La fascinante historia de las palabras (Interzona). El periodista uruguayo aporta más datos: «Calipigio, palabra que, inexplicablemente, no figura en los diccionarios más comunes de español, proviene del griego kalipygos, voz usada para designar la famosa estatua de Afrodita, conocida en castellano como Venus Calipigia […]» (imagen de abajo).
Cómo no celebrar palabra tan contundente y necesaria en toda lengua. Y si hay «días internacionales» de cuanto tema inocuo se pueda imaginar, propongo celebrar los días 3 de cada mes como Día de las personas calipigias (al fin que ese 3 resulta un número claramente calipigio). En realidad, se merecen un monumento.










Esta semana, el artista plástico Ferrari murió en la misma Buenos Aires que lo vio nacer hace 92 años. Con él se fue una expresión artística única y una voz crítica aplaudible, además de un acercamiento particular a la poesía. A éste me quiero referir.


«Escribió Walt Whitman en el prólogo de Hojas de hierba: ‘El que toca este libro toca a un hombre’. Muchos años después, en una redacción de Buenos Aires, un grupo de periodistas se reunió para urdir un libro acerca de un hacedor de maravillas, viejo y ciego, que a los 77 años ha conseguido algo casi milagroso: ser un ídolo de la literatura. El hombre se llama Jorge Luis Borges». Así arranca esta edición especial de la revista argentina Gente, titulada Todo Borges y publicada en enero de 1977, es decir, nueve años antes de la muerte del escritor. Por azares y amores que no me cansaré en narrar, el volumen me llega en préstamo. Las manos me pican de emoción.
























