Qué privilegio, meterse en la intimidad de alguien a través de lo que un cristal transparenta. «Las ventanas horadan lo compacto del cemento y, tras ellas, asoma la fragilidad de alguna que otra vida repentinamente descubierta por la fotógrafa», dice una nota de Diana Fernández Irusta para el periodico La Nación, sobre la artista de la foto Gail Albert Halaban. Colaboradora de The Guardian,The New York Times y Le Monde, Gail Albert lleva años dedicada a captar ventanas, en especial de París y Nueva York. La acabo de descubrir y me tiene loca. En su sitio web, donde comparte fotos y videos, cita a Baudelaire: «Lo que podemos ver a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que se percibe tras el vidrio de una ventana». La cita me hace click: el arte encuadra un cacho de realidad y deja fuera todo el resto.
Suerte de ojo con luz interior (como quería Platón), cada hueco intencional en la pared subraya la tensión entre adentro y afuera. La potencia. Alrededor del siglo XV, el humanista Leon Battista Alberti dijo que la pintura debía ser una ventana abierta el mundo. Desde ahí el mundo echó mano de la curiosidad y el morbo para asomarse a la realidad a través de los cristales del arte. De forma literal, la fotógrafa de Washington penetra esos vidrios y muestra pedacitos de historias.
«Verónica Boletta nació un 24 de agosto. Hasta allí llega su coincidencia con Borges.
Ama los contrastes.
Escribe números.
Cuenta letras».
Así se presenta la poeta en la solapa de su libro Chamuyo poético (puro verso), publicado en Buenos Aires por Editorial Peces de Ciudad (encuentro en Internet una mínima explicación: chamuyo es un susurro y, en especial, uno que tiene connotaciones eróticas).
El volumen es de diseño airoso e incluye poemas cortos que se quedan dando vueltas por ahí, como cerillos que se prenden unos segundos y dejan un eco de luz al apagarse. Como ejemplo basten estos: «No quiero que te guste todo de mí/ Sólo lo indispensable/ Sólo lo que te conduzca hasta mi cuerpo/ Carretera/ Ese trastorno».
Dejo aquí uno de mis poemas favoritos del libro. Manifiesta el cuidado equilibrio entre imagen y sonoridad que Boletta domina y que sólo van a entender quienes hayan usado un tornamesa para oír un disco. Sea el #MiércolesDePoesía.
Dice el psicoanalista francés Boris Cyrulnik que la resiliencia radica en ser capaz de mirar hacia atrás en la propia vida y encontrar que cada situación, persona, alegría, dolor y circunstancia tiene un sentido, forma parte de un relato personal. El reto, claro, es encontrar ese sentido.
También aquí se trata de poner sobre la mesa las palabras disponibles y armar con ellas una narrativa. En eso estoy, literal y metafóricamente. Y siento que no tengo mucho tiempo.
El martirio de Santa Águeda, por Sebastián del Piombo, 1520. ¿Cómo se cobrará el agravio esta santita?
Leo sobre el humor que se salta las trancas, que se burla de lo que debería ser cosa seria, y de pronto me topo con este magnífico cuento de Alberto Chimal. Se titula «La venganza» y está incluido en su libro Grey (Ediciones Era/ CONACULTA). Qué perfecto para afinar bien el lunes.
Nota: Gente políticamente correcta, abstenerse.
La venganza por Alberto Chimal
«A santa Govindona se encomendaba la doctora Lorenzana, quien era ciega y tenía mal de Parkinson pero necesitaba (ay, el deber) realizar al menos quince ortodoncias a la semana, a fin de poder pagar las dos hipotecas y las cuentas del hijo universitario imbécil. Rezaba la doctora, pues, con gran devoción, y se humillaba y suplicaba, y luego era salir al consultorio, y en el consultorio hablar a toda velocidad, y usar pelucas de colores escandalosos para distraer y que nadie se diera cuenta de nada, y meter al paciente y sentarlo antes de que hiciera preguntas y entonces su mano, es decir la de la santa, su mano de gracia y de potencia, era la que guiaba a las de la doctora en la inyección, desinfección, zum, crac, crac, bzzzt, clic, clic, shuiiiiiii, clic, bzzzt, crac, crac, crac, plop.
Y nadie gritaba, nadie emitía sonido alguno, pues la santa era poderosa: Govindona, la Señora del Aguante, quien además sabía qué partes apretar del alma para hacer que se tragara hasta el último aullido de dolor, porque así lo había hecho mientras los malditos infieles le extraían a martillazos hasta la última raíz, y desde el siglo XX, en recompensa a su pesar, la habían expulsado del santoral, ¡que porque nunca había existido, perros desgraciados…!».
“Igualito que en las películas”. Así se dice cuando alguien quiere evocar en otro una imagen mental que ambos comparten aunque no se conozcan, una suerte de pasto fresco de libre consumo. Y el recurso funciona, incluso si uno no ha visto la cinta aludida. Ahí está, por ejemplo, la escena icónica en la que una poseída adolescente gira la cabeza 360 grados: “El mezcal de anoche me cayó pésimo. Me siento la chava de El Exorcista”. Se trata de una suerte de esperanto visual, de bagaje de cultura que se vuelve moneda de uso corriente.
Bueno, esta semana los mexicanos podremos sumar un elemento más a nuestra película de identidad y se lo vamos a deber a James Bond-Bond. Resulta que su filme Spectre, que se estrenó en noviembre de 2015, abre con imágenes de un animado desfile del Día de Muertos en la capital mexicana, en algo que deja ver tanto un rabioso sincretismo con Halloween, como un gasto sin medida, del tipo hay-que-tirar-la-casa-por-la-ventana. En las primeras escenas, una inmensa calaca con sombrero camina entre un tumulto de disfraces que refieren a la Huesuda mientras, a la derecha, varios músicos sudan una batucada. En contrasentido viene un difunto vestido de blanco y un hombre en el mismo mood, pero en negativo: lleva máscara de calavera, bombín y traje negro, sobre el cual alguien dibujó soberbiamente esternón, costillas y pelvis. Junto a él camina una mujer Catrina style: antifaz, guantes negros, diadema con flores en la frente, en clara referencia a los grabados de José Guadalupe Posada.
A los cinco minutos de la proyección, el tema se vuelve redundante, cacofónico: rodeado de miles de esqueletos, con la flema y las explosiones de rigor, Bond manda a varios a la banqueta de enfrente. Y es que Sam Mendes, director de la más reciente entrega del espía británico, seguro quiso inscribir en el inconsciente universal un espectáculo mexicano como el que le gustaría que hubiera en torno al 2 de noviembre, una representación paradigmática, tipo parade de Disneylandia.
DE CÓMO CREAR DE GOLPE UNA TRADICIÓN
El problema radica en que la gala del 007 no existe, es decir, no existía el año pasado, cuando se estrenó la cinta. Era un mero alu-cine de director de ídem. Pero alguien con una inagotable de creatividad tuvo la idea de hacer uno idéntico, “igualito que en la película”, y convertirlo en la mayor verbena oficial del país. Así que este sábado 29 de octubre, a partir de las 3 de la tarde una megacaravana saldrá del Ángel de la Independencia para llegar a la ofrenda monumental del Zócalo. Habrá, dicen, marionetas gigantes, alebrijes, música y carros alegóricos. Además seguro van a aprovechar la utilería empleada en el filme, sobre todo porque, según reportó en su momento El Universal, el gobierno local dio a la productora 14 millones de dólares en incentivos para que San Sam (qué tino de nombre) modificara el guion y filmara los primeros minutos de Spectre en la capital mexicana. Hay que desquitar, pues.
Retomo el concepto con el que arranca este texto: para 2026, en la cabeza de miles (¿millones?) de personas que vieron la cinta de Bond, quizá el Día de Muertos esté asociado a una fiesta popular vistosísima. Y para subrayar esa imagen habrá en Internet un número casi infinito de fotos y videos de la procesión mientras recorre el centro de la ciudad. Si tengo voz de profeta de probeta, de golpe se habrá construido una tradición que tal vez nos acompañe por décadas. Si en general las costumbres culturales dependen del largo aliento, ésta se habría ido por el fast track, propio de los tiempos que corren. Por qué no.
Visto de cerca, el seudocarnaval evidenciará muchas cosas, entre ellas, la síntesis mexicana entre la celebración tradicional de difuntos y el Halloween. En otras palabras, va a brindar un nuevo ángulo del pueblo mestizo que en su momento incorporó dos culturas y fue ni una cosa ni otra, sino una tercera, más rica. Hasta hace no muchas décadas, nuestro corazón sumaba la doble herencia que nos da forma: prehispánica e hispánica, más un acentito francés medio chueco, aunque digno de presumir. Ahora pareciera que nuestra alma es más que nunca tricolor: al rojo y el verde, sobre fondo blanco incorpora el vibrante azul, además de una que otra estrella. ¡A rasgarse las vestiduras! ¡Se contamina nuestra esencia más nítida, la tradición más inmarcesible! ¿De veras?
DE CUANDO LA CALACA NO ERA COOL
Conviene analizar el asunto por partes. En 2003, la fiesta indígena del Día de Muertos fue proclamada por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero no siempre los mexicanos-hijos-de-la-Conquista, por decirlo bonito, nos llevamos tan bien con los finados, no siempre fueron #LoNuestroLoNuestro. El antropólogo José Eric Mendoza Luján analiza la historia del tema en el artículo “Que viva el Día de Muertos. Rituales que hay que vivir en torno a la muerte”, incluido en el libro La festividad indígena dedicada a los muertos en México, editado por CONACULTA. Ahí señala que, originalmente, el ritual prehispánico que hoy asociamos con el 1 y 2 de noviembre anticipaba la cosecha del maíz, tras meses de verlo crecer. Se trataba de una celebración importante, que incluía comida y bebida (¿se puede brincar sin brindar?). También ofrecía una buena excusa para “compartir” los primeros frutos de la tierra con los familiares ya fallecidos que pasaban de visita, aunque la idea que se tenía entonces de la defunción no se parecía al concepto contemporáneo: ya Octavio Paz señalaba en El laberinto de la soledad que “para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no eran tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa”.
En fin, con la llegada de los españoles y la imposición del catolicismo, la fiesta indígena se fusionó con la de Todos los Santos y la de los Fieles Difuntos, que arrastraban varios siglos de tradición europea. Las comunidades autóctonas fingieron que dejaban de lado sus rituales para adoptar los católicos y hallar, ¡oh, hados!, que en el centro del cristianismo está una muerte: la crucifixión. Entre los resquicios de ambas culturas se gestó la bonita mezcolanza que somos los mexicanos de hoy. Por mencionar un botón de muestra: las culturas mesoamericanas que levantaban el altar llamado tzompantli con cráneos verdaderos tuvieron que buscar otros materiales para elaborarlo. La técnica de las calaveritas de azúcar es de origen europeo, de modo que el dulce tan típico de estas fechas es muestra palpable del híbrido que resultamos ser.
El asunto es que tanto a lo largo de la Colonia, como en los primeros cien años siendo país independiente y durante la mayor parte del siglo XX, la celebración de muertos se mantuvo viva en México pero no era chic, porque se asociaba con la superstición, con la ignorancia. Es decir, carecía del glamour que desde los años ochenta acompañó al Halloween, por lo que entonces ningún clasemediero la reclamaba como territorio propio. Luego algo cambió.
Si en aquel entonces no era cool, en este entonces, sí lo es. En entrevista, el historiador y escritor Alejandro Rosas señala que en la década de 1990, como resultado de la globalización acelerada, muchos rasgos tradicionales mexicanos fueron revalorados por la clase media, en una especie de vindicación natural de lo propio frente a lo ajeno. Así, de pronto se puso de moda el tequila, que antes era bebida de los estratos sociales bajos (luego ocurrió lo mismo con el mezcal). Entonces todo el mundo se apropió de la lucha libre. Y de las cantinas. Y de la imagen de Frida. Y, claro, del Día de Muertos. Los difuntos dejaron Pátzcuaro para lanzarse a la capital, donde la festividad rebasó los panteones. Las ofrendas con papel picado, comida, veladoras y alcohol, que no formaron parte de la infancia de quienes crecimos en los años setenta y ochenta, en un corto periodo tomaron escuelas, hospitales, hoteles, Ciudad Universitaria, vaya, hasta el Zócalo. La fecha se volvió afirmación nacional.
DE CUANDO LO AJENO ES SOSPECHOSO
Hasta ahí todo muy bien, afirman los adalides de la más pura mexicanidad. Pero, ¡¿que James Bond nos coma el mandado?! ¡¿Que nos apantalle un güerito ojiazul?! Nos duele la dignidad. A los defensores de la raza de bronce les nace en el pecho un canto indígena (da igual si es en náhuatl o en español) y pregonan, estridentes: “Todos contra la verbena de Sam. Defendamos la tradición más auténtica”. Perdón, sólo por tenerlo claro conviene preguntar: ¿la raíz prehispánica? ¿O la española? ¿O la mestiza de la Colonia? ¿O la que se ha ido entreverando con el Halloween? ¿O cuál?
Sí, lástima que a nadie se le haya ocurrido antes hacer un carnaval de esqueletos, con lo lucidor que va a resultar. Tenía que venir el espía de ficción a darnos la idea pero, ya que estamos en ésas, sin duda va a generar un considerable (y vistoso) ingreso para la ciudad. El dinero vendrá, por una parte, del bolsillo de mexicanos sólo interesados en el desmadrito y de turistas que se mueren (ja) por confirmar que México es el vecino tétrico, troglodítico, el que se burla de la huesa y encima juega con ella (o se pone debajo, no seamos exquisitos). Pero otro porcentaje importante saldrá de la cartera de extranjeros fascinados por nuestro país y de mexicanos que se pondrán pintorescos porque ahora sí es nice, pero también porque no se trata de mera superficie, sino de una fiesta parecida a un enorme ahuehuete cultural, con raíces hundidas en varios siglos. ¿Que esta vez la inspiración vino del 007? Qué más da.
En estos días he oído lamentaciones y furias varias contra el romance que sostienen el Día de Muertos y Halloween, algo así como el alegato de la esposa celosa: “Si no es conmigo, es contra mí”. Aunque acredito la noble intención de defender los humores patrios, de veras no veo motivo para sacar el látigo ante los Hombres Lobo que seguro le echarán los perros a las Catrinas y Lloronas del desfile, quizá incluso a ritmo de reguetón. En serio, pregunto: ¿se pone en riesgo nuestra solidez cultural por disfrazarnos de Drácula? ¿De veras amenaza nuestra identidad que los zombies convivan con las calaveritas? ¿Que los alebrijes se lleven bien con los fantasmas? ¿Por qué ser más papistas que el Papa (perdón, pero queda rebién)?
Veo dos posturas contrapuestas, que no sólo aplican a las fiestas de muertos. Una dice que el contacto cultural, sobre todo con el país del norte, es nocivo. Que “el otro” siempre es menos que uno, más sospechoso. Que le debemos una fidelidad monógama a “la tradición”. Que haríamos bien en construir un muro que nos aísle de toda influencia ajena (ay), con el fin de conservarnos castos. No sé, me suena patéticamente actual. El otro punto de vista señala que una cultura revela su vigor cuando recibe y cuando da.Quela diferencia suele enriquecer. Que las facciones más oscuras que nos han configurado como nación son las que temen las ideas que no son propias. Que mantener la tradición no es encerrarla en un mueble de anticuario, sino vestirla de presente. Sin duda me inclino por ésta, sea que hoy comprenda fantasmitas y mañana, quizá, un dragón chino en Paseo de la Reforma. Aunque sea por experiencia curricular.
La mexicanidad no “es”. Más bien “va siendo” de quien se la adueña como un traje que se ajusta al cuerpo con seguritos, con pespuntes y, por lo mismo, es más que nunca propio. Las tradiciones no están escritas en piedra. Por eso sugiero que nadie se rasgue las vestiduras por el nuevo ancestral Día de Muertos. Aunque sea igualito que en la película de Bond.
«[…] Mientras uno espera a que los sueños se cumplan, llega la enfermedad, o un accidente, y uno se muere. La vida está colgada de un hilito, y en el aire hay tijeras que vuelan con el viento». -Héctor Abad Faciolince, La Oculta, Alfaguara.
No me suele pasar pero hoy ando de víctima: me parece injusto, muy muy injusto lo que me pasa, lo que me ha pasado. Y aunque sea políticamente incorrecto y se espere de mí una actitud madura, conciliadora, me da la gana encabronarme mucho, azotarme, no controlar un rato el panal de abejas que traigo en la cabeza.
PD Por si queda duda, va un sutil mensaje al protagonista de mi sueño de anoche: no agradezco que nadie me asfixie ni me invada ni quiera imponerse en mi vida a fuerza de «cariño».
Salió a la venta hace un par de días. Y sí, me hizo la semana.
El nuevo disco de Leonard Cohen es una pinche genialidad. Es sarcástico pero no se queda ahí. También baja a las profundidades del dolor y anda un rato descalzo, entre vidrios. Y la música y los coros, con ese dejo de liturgia alejada de la iglesia, subrayan la voz murmurada de quien no necesita más para ponera temblar las telas interiores.
Hace un rato terminé de oírlo y de veras no tiene madre. Descreído, frontal, a ratos penado y otras, burlón de sí, es muy Cohen. Esta rolita, «On The Level», aborda las decisiones demasiado sensatas, las que son todo lo maduras que deben ser e implican huir del diablo pero, al mismo tiempo, le dan la espalda también al ángel. Ay.
Que me digan que esto no es poesía. De la mejor.
«[…] I was fighting with temptation
But I didn’t want to win. A man like me don’t like to see Temptation caving in.
Your crazy fragrance all around
Your secrets in my view. My lost, my lost was saying found My don’t was saying do […]».
P.D. No me deja pegar la canción ni desde Spotify ni el audio de YouTube (seguramente es cuestión de derechos) pero está en ambas plataformas, por si quieres oírla.
«[…] había tomado en préstamo las cuatrocientas voces de un cenzontle; era un mago […] cuya mejor suerte consistía en aparecer y ocultar mundos con el mero instrumento de su voz«. -Rosa Beltrán, La corte de los ilusos, Alfaguara.
Conozco una voz como la que menciona la magnífica novela de Betrán, un cenzontle metido en la garganta a ratos oscuro, la angustia de un grito contenido, otras terso, tibio, casi un temblor de tan inseguro. En todos los casos, capaz de armar y desarmar universos a golpe de sonidos.
Qué hago con esa voz, cómo la resisto si en ella no caben todos los silencios.
Ayer presenté mi libro Ser azar en el Foro Móvil La Chula, de Hostería La Bota, dentro de la Feria del Libro del Zócalo. Estuvo el poetaGerardo Grande para presentarnos y me acompañaron en la mesa el también escritor Rafa Carballo y Sidharta Ochoa, directora de Editorial Abismos, casa que publicó el libro.
Hablamos de versos, de heridas, de humor. Cayeron algunos amigos queridos, además de varios lectores y otros curiosos, entre ellos una ella y un él que están de visita desde Costa Rica y que al final se llevaron cada uno Ser azar. O sea, hubo público y hasta se vendieron libros, cosa notoriamente de subrayar. En un arranque de sincericidio egocentrista debo decir que me la pasé muy bien.
Confirmé una vez más que esta frase de Cien años de soledadconstituye una de las principales razones por las cuales escribo: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Es decir, neciamente voy por ahí buscando cómo nombrar a las cosas, para no tener que señalarlas con el dedo. Es decir, intento encontrar «su preciso y verdadero y no sabido nombre», en palabras de Borges.
Ingenua y necia, creo que voy a dar con él.
PD Se hizo un Periscope pero no logro pegarlo aquí. Seguiré informando.
Recientemente se publicó Poemas para ablandar a las rocas, libro de Guillermo Vega Zaragoza (Editorial Abismos) que recomiendo pa’l #MiércolesDePoesía. El título me gusta de entrada, pero en sus páginas encuentro versos que de veras resuenan, como estos:
«Escribir aunque sea un poco,
donde sea, cuando sea, como sea,
como si te estuvieras desangrando,
como si de veras te doliera,
como si se te fuera la vida,
como respirar un aire enrarecido, como si fuera lo único importante […]».
El volumen incluye poemas que revelan oficio y están cuajados de metáforas vueltas palabras, como éste que aborda el beso mordelón, es decir, todos, porque beso que no muerde no es beso. Espero este fragmento del poema antoje al Respetable en dos sentidos:
1) Para ir y plantar un beso-beso, un beso caníbal antes de que pasen 15 minutos;
No bromea aquel que confiesa:
“Me la comería a besos”.
Si pudiera, la engulliría toda
como la boa del diminuto príncipe,
como la tierra ávida
absorbe la lluvia en el desierto.
El beso es una mordida extraviada,
un tímido devoramiento
en una danza de lenguas excitadas.
El beso es una cópula perversa,
hermafrodita,
donde ambos se penetran
y se preñan de hijos minúsculos
que nacen y mueren y resucitan
cada vez que los labios se aproximan.
El beso es la ilusión del caníbal,
deseo prohibido de la carne prójima,
aliento vital desesperado,
agonía infinita del instante […]»
Un equipo de especialistas de DeepMind, la empresa británica de Inteligencia Artificial (IA) que es propiedad de Google, desarrolló durante años un programa computacional secreto, basado en redes neuronales. Éstas son complicados circuitos creados por el hombre, que imitan la operación del cerebro humano: muchas capas de neuronas virtuales procesan información, la analizan y al final toman decisiones como las personas, además de tener la capacidad de aprender de sus aciertos y errores. Aunque suene a ciencia ficción, todos los días convivimos con estos sistemas inteligentes: entran en operación en el momento en el que buscamos una foto en Google o cuando etiquetamos amigos en Facebook.
El asunto es que nadie supo del trabajo encubierto que llevaban a cabo 20 expertos ingleses en este tipo de software. Por fin, en enero de 2016un artículo en la muy reconocida revista científica Nature dio a conocer la existencia de AlphaGo, el programa de IA desarrollado en DeepMind. Según se explicaba, los científicos emplearon redes neuronales para enseñar a una computadora el rebuscado juego de mesa Go que, a decir de los entendidos, comprende un número mayor de movimientos y posibilidades que el número de átomos que hay en el universo. El artículo de Nature señalaba que, recientemente, AlphaGo se había enfrentado a Fan Hui, el campeón europeo de Go, y lo había vencido de forma apabullante: 5 a 0. Se trataba de todo un suceso. Pero venían más sorpresas.
Antes de seguir conviene explicar de qué trata este juego estratégico. Aunque quizá no sea muy conocido en México, lo cierto es que el Go nació en China hace unos 2,500 años. En él, los contrincantes tienen fichas (llamadas “piedras”) blancas y negras, respectivamente, que van poniendo por turnos sobre las intersecciones de un tablero de 19 por 19 cuadrículas. Una vez colocadas, las piezas no se pueden mover. El objetivo es rodear por completo las fichas del contrincante, con el fin de capturarlas y así obtener ese territorio. Gana quien al final posea más porción del tablero.
De acuerdo con Demis Hassabis, cofundador de DeepMind, una partida de ajedrez tiene un promedio de 20 posibles movimientos por turno, mientras en Go se trata de unos 200 movimientos por turno,en promedio. Además, según el científico Christof Koch, quien escribió un artículo al respecto en la prestigiada revista Scientific American, el número total de átomos en el universo observable es de 1080:esto incluye todas las galaxias, estrellas, planetas, personas, perros y árboles. En contraste, un juego de ajedrez permite un estimado de 10120 movimientos, pero uno de Go maneja un número muy superior: 10360. Eso explica lo complejo que es y la virtual imposibilidad de capturar en algoritmos sus posibilidades. De ahí que para los científicos en informática represente un reto mayor el hecho de lograr que una máquina le gane a un humano en este juego. Muchos especialistas han trabajado por años en distintos proyectos con el fin de alcanzar este objetivo y cuando en enero de este año se anunció que AlphaGo había derrotado al campeón europeo de Go, nadie dudó que la cosa era de atenderse.
La historia de máquinas inteligentes que son superiores a los humanos no es nueva. En 1996 Gary Kasparov, campeón mundial de ajedrez, se enfrentó a una supercomputadora desarrollada por IBM. El pesado dispositivo, de nombre Deep Blue, era capaz de evaluar 200 millones de posiciones de piezas por segundo. El encuentro constó de seis juegos: Kasparov ganó tres, empató dos y perdió uno. Sin embargo, al año siguiente el ruso perdió frente a una versión mejorada de Deep Blue (más bien, Kasparov abandonó la partida). El jugador dijo en su momento que la computadora había hecho un movimiento tan sorprendente, tan poco propio de una máquina, que lo sacó por completo de balance y no pudo seguir con la partida. Y, por supuesto, las máquinas ya nos aventajan en varios campos, por ejemplo:
pueden memorizar más dígitos pi que una persona: 13 billones, comparados con el récord humano, de apenas 70 mil;
multiplican más rápido números de ocho dígitos: 858 billones, mientras el más rápido de los humanos logra en el mismo tiempo sólo 10;
son más hábiles jugando ajedrez: en promedio, una computadora es capaz de vencer a un campeón humano 76% de los partidos;
En este contexto, la hazaña de AlphaGo supera por mucho todo lo conseguido anteriormente. Luego de vencer a Fan Hui, el campeón europeo de Go por 5 a 0, en marzo de este año la máquina se enfrentó en Seúl al coreano Lee Se-dol, campeón mundial en esa disciplina. ¿El resultado? 4 a 1, a favor de la computadora. Así, AlphaGo marcó un parteaguas importante en la historia de la convivencia entre humanos y máquinas: varios desarrolladores de software especializado lo reconocieron como el mayor logro en el campo de la Inteligencia Artificial hasta el momento. El resultado causó enorme revuelo en el mundo de la informática, porque recientemente expertos involucrados en el desarrollo de programas computacionales para vencer a humanos en Go habían calculado que tardarían otros 10 años en lograr que las máquinas triunfaran.
Claro, si quizá para algunos no es relevante que una computadora le ganara al jugador, sí lo es el hecho de que representa un avance exponencial en la comprensión y el uso de las redes neuronales, lo que tendrá aplicaciones inmediatas en otras esferas, como la salud, las comunicaciones, la política y (ay) la guerra. Y es que si la IBM que derrotó a Kasparov en 1997 pronto cayó en desuso, una historia distinta parece esperar a AlphaGo. Los desarrolladores de software se dicen fascinados por el principal rasgo que distingue a la “hija” de DeepMind:su capacidad para dividirse en dos, jugar contra sí misma y así mejorar su desempeño.Esa bien pudiera ser la característica que a partir de ahora señale los productos de IA, aumentando de forma exponencial su poder y flexibilidad.
Al combinar el diseño del cerebro humano con rasgos propios de la IA cabe esperar muchas novedades, mucho más allá de ver a un software ganarle a una persona. Y cabe no perder de vista que, al final, como señaló John Kelly, de IBM, no se trata de máquinas contra humanos: el triunfo de una computadora es el triunfo del ser humano.
Amanecí asquerosa, repulsivamente optimista: hoy nadie me quita la convicción de que las cosas van a mejorar.
Como señala Quino en el cartón, asumo el masoquismo que implica, porque demanda mantenerme al pie de la trinchera. Sería más fácil bajar los brazos y abandonarme a la derrota pero gracias, no lo quiero.
Así que hoy no cuenten con mi derrotismo ni con mi mal genio. Andaré todo el día con sonrisa estúpida, aunque sea lunes.
Este texto mío, sobre la delgadísima línea entre danza y sexo, acaba de salir publicado en el fanzín de danza El lago de los chismes, el mismo que presume: «plagiamos la tipografía de publicaciones importantes, plagiamos los derechos de licitud, plagiamos el copyright y la marca registrada». Me invitó a participar José Eugenio Sánchez, poeta que sabe como nadie hacer de las palabras algo nuevo y antisolemne, es decir, chingón.
Aquí va. Lo subtitulé «Historia en cinco alientos con ensayito intercambiable».
Uno
Tenía 15 años. Era una intelectual que amaba la foto de Korda que amaba al Che Guevara y que tomaba clases de danza seis días de la semana en Jitanjáfora, poética y esdrújula escuela de técnica rusa. Estos tres apuntes basten para decir que, en un afán de congruencia, quería bailar revolucionariamente. Mi fervor me proyectaba como un ingrávido cuerpo despechado (nunca mejor dicho) que se movía rutilante por el escenario, comunicando un mensaje muy de izquierdas. Estaba decidida a resolver en mis extremidades vicarias, vibrantes de compromiso, la polaridad entre ideal estético y político. En mis mallas de marca Capezio compradas en Aurrerá sería la bailarina lumpen que proyectara a pie descalzo una arenga del tipo “Hasta siempre, comandante”.
Pero el imperativo guevarista no pasó de ser una broma, porque ni mi torso adolescente fue modelado tan sin rubicundeces ni la revolución Made in Cuba me hizo justicia. Para ser franca, tampoco bailaba gran cosa. Tal vez por eso, aunque me presenté en una veintena de funciones, mi nombre nunca salió en el Granmaen el periódico. Y la causa me perdió pronto: a los 19 años dejé la danza porque me jodí las rodillas porque mis afanes agitadores querían trascender el escenario. Necesitaba cambiar el mundo, al menos, el mío. Así que colgué las zapatillas y decidí cobrar venganza. Y que me vengo.
Dos
A los 10 había empezado a hacer ballet. Claro, es un decir, porque pasaban los meses de chongo-bien-peinado-zapatillas-limpias y yo seguía en la barra, primera, segunda, pliés, relevés. Luego, tontas vueltas alrededor del salón simulando ser mariposa. ¿A qué hora iba a cruzar el proscenio en brazos de un hermoso Baryshnikov de la musa? ¿A qué hora meterme en las tripas de la música?
Entonces nos pusieron una pequeña coreografía y me gustó sentir que, poquiteada pero con ganas, que mi talento avasallante podía decir algo sin palabras. Subrayar. Poner puntos suspensivos. Así se despertó la adicción por hablar a cuerpo entero, que tres años después desembocó en clases tanto con el Taller Coreográfico de la UNAM como con Vera Larrosa, bailarina y escritora infrarrealista que entre arabesques nos recitaba poemas y nos enseñaba a res-pi-rar-los. Yo, que me tomaba muy en serio lo de ser adolescente la mayor parte del tiempo, mientras borroneaba versos y ensayaba pasos encontraba hermanadas dos disciplinas que amaba: danza + poesía. Y ambas partían de la inhalación.
Tres
Tenía 17 años. Seguía haciendo piruetas y escribiendo. Faltaban más de 15 años muchísimos para que se estrenara en México en 2001 Billy Elliot, película sobre el niño-irlandés-devenido-bailarín, y todavía más para que apareciera la obra de teatro, con canciones de Elton John y Lee Hall. Pero sin duda yo habría querido cantar como el protagonistito o, mejor, escribir: “¿Qué siento al bailar? No sé explicarlo. Es olvidarme de quién soy, pero sentirme completa. Es un fuego por dentro, electricidad en cada miembro”.
Lo cierto es que tanto para Billy Elliot como para mí la experiencia se parecía bastante a un orgasmo de cuerpo completo, uno muy largo, aspirado, rumor y estallido, capaz de dar volumen al aire. Mejor que mi tórrida relación con el cepillo de pelo. Cómo no hacerse junkie de la seducción aceptada.
Cuatro
Acabo de cumplir 44 años y lo mío sigue siendo el intenseo. Aunque el contexto merecería mejor pretexto estoy en poca ropa, frente a un espejo de piso a techo, sudando a cubetadas mientras las piernas me tiemblan y el corazón, algo más. Pero no, si bien soy cliente distinguida de hoteles decadentes, hoy no me estoy entrenando en la lujosa lujuria. Más bien estoy comenzando a aprender yoga con los mismos muslos con los que hace años intentaba grand jetés. Es decir, sigo intentando deletrear a boca cerrada.
Una de las revelaciones que se volvieron eje de mi escritura y que más celebré en mis veinte, mientras cogía desaforadamente mientras me curaba la cruda de no bailar, fue entender que mi cuerpo no perdía el papel central.Que el sexo y la danza se parecen porque en ambos se dice con el gesto. Porque soy yo misma vuelta vapor y, más que nunca, carne. Porque trascienden los límites. Porque en los dos bailo al son que me toquen, pero cómo agradezco que me lo toquen bien. Porque son cuestión de cadencia. Porque le dan sentido a los sentidos y goce a las junturas. Porque implican salir de mí para mirarme en otro. Porque ambos, sin duda, se aprenden.
Cinco
Si la adolescenta que dejó el baile hubiera sabido que unos 30 años después seguiría fascinada por hablar con los músculos, seguro habría pensado: «Qué viejita tan atascada»“Qué sublime fue su vocación”.
MINIENSAYO DE IDEAS INTERCAMBIABLES
En la danza, el cuerpo es la obsesión. O, mejor, el foco de latensión (latención). Sin él, no hay yo ni tú ni (nos)otros ni magias ni h(n)adas. A partir de él construyo la relación de mí, conmigo, y la mía, contigo.
En la danza, el cuerpo se mete en las entretelas de una música interior y (re)cobra su soplo antiguo, el que no pasa por la voz. O la trasciende. Porque si algo se puede expresar con tinta (tanta) palabra, para qué lo demás.
En la danza, el cuerpo requiere una mínima técnica, porque sin ella sólo hay (tarta)mudez. Así genera una memoria de aciertos y descalabros, a partir de la cual articula frases en movimiento.
En la danza, el cuerpo establece una narrativa a partir de (contr)acciones, relajaciones e insistencias. Estiramientos y (genu)flexiones. Signos e(x)ternos del alma desparramada por los miembros.
En la danza, el cuerpo es (t)urgencia que entre tambores y temblores se busca en el (escalo)frío del otro, el que no es suyo, pero lo es. Se empeña en dar y tomar aliento porque sin ese intercambio de adentros, todo es nada.
Nota a(l) pie Si le da la gana, el lector puede sustituir las palabras “En la danza” por “En el sexo”. Si no le da la gana, no.
Me parece estupendo que el Nobel de Literatura salgo del ámbito literario. Aunque así lo quieran algunos, la literatura no tiene copyright de los Escritores ni es su territorio exclusivo. De hecho, la literatura fue, primero que nada, música, y Dylan, entre una sarta de genialidades, regresa la poesía a la gente, le quita su aura de hermetismo. Eso lo celebro como si el mundo se fuera a acabar.
Hace años leí Tarántula, la única novela de Bob Dylan, y la terminé nomás por disciplina personal. No me dijo casi nada y escribí sobre ella: «En torrente se mueve la única novela de Dylan […] suerte de escritura automática con cachos afortunados de prosa y verso […] requiere leerse lentamente, en pequeñas dosis».
Se le ha alabado y criticado por igual su época panfletaria, pero quien esté libre de panfletos que tire la primera piedra, anuncia San Julio Cortázar desde el más allá.
Lo vi en el Auditorio Nacional en 2008, cantando «It Ain’t Me, Babe», la mítica «Highway 61 Revisited», «Like a Rolling Stone» y, evidentemente, «Blowin’ In the Wind». Salí con dos convicciones: 1) el tipo es un genio; 2) el tipo es insoportable, instalado en la pose de «me caga ser estrella, sí. Cobro como tal y me vendo como tal».
Disfruto la perpetua provocación de su personaje, que lo mismo se burla de sí que de quienes lo idolatran.
Lo que más me gusta de Robert Allen Zimmerman es el homenaje que rinde en su seudónimo al maestro de maestros: el galés Dylan Thomas, quien tocó las raíces de la poesía y cambió para siempre los frutos. Fue el Thomas que escribió: «Los escritores trabajan hacia las palabras o hacia afuera de ellas. Cualquier poeta o novelista que elijas, o bien trabaja para afuera de las palabras o en dirección a ellas. El novelista realista ve cosas, oye cosas, imagina cosas (y todas esas del mundo material o del mundo materialmente cerebral) y luego va hacia las palabras como el medio más adecuado a través del cual expresar esa experiencia».
Dylan es un enormísimo lector, que digiere obras, las procesa y las regresa en otra forma, con algún dejo escatológico pero casi siempre luminoso. Se le puede leer tan bien como escuchar y eso no es poca cosa. Domina el arte de robar creativamente, es decir, fusiona influencias totalmente ajenas entre sí y crea algo nuevo.
Su voz no me gusta nada, perdón, pero igual me devoro una y mil veces el monumento que es «Like A Rolling Stone».
Me dijo algo con los ojos y temblé. Me dijo algo con los ojos y temblé porque entendí exactamente de lo que hablaba. Me dijo algo con los ojos y temblé porque entendí exactamente de lo que hablaba y no supe arrimarme palabras para agradecerle, desde lo más hondo, que me amara en lo más quebradizo de mí.
Eso que me dijo con los ojos es de lo más conmovedor que me han dicho jamás. Y se quedó como certeza en el cristal que llevo por dentro.
Estos versos de Andrés Neuman, narrador y poeta (además de amigo entrañable), me recuerdan esa mañana hace unos meses. Me la recuerdan y por eso lo comparto, porque ahora mismo amo la fragilidad de las paredes de una persona y espero que ese amor la fortalezca.
Buen #MiércolesDePoesía.
Casa fugaz
Somos iguales: tienes
la exacta fortaleza
que me hace en parte débil.
Sigue siendo difícil
en la casa terrena desnudarse.
¿Trascender? Eso intentan los solemnes,
como si dominasen el misterio
de habitar hasta el fondo este lugar
sin cederle terreno a las alturas.
Si te toco, artesana,
¿querrás estar aquí enteramente?
Durando en lo fugaz,
así transcurriría nuestra entrega.
Desconociendo cómo,
así nos buscaríamos.
Iguales en la duda. Enamorados
de la fragilidad de estas paredes.
Que es el Día de la Niña, dicen. Abrazo desde el tuétano a esta preciosidad, mi niña (que ya no lo es cronológicamente hablando, pero igual) con esto que llevo dentro y que debe ser sangre, porque busca su corazón para sentirse en casa.
Este cartón del humorista chileno Olea no merece que lo eche a perder con un comentario vano, de modo que lo dejo por aquí y me voy en silencio, tratando de no despertar a los encantadores bichos hijos de la chingada que hicieron su hogar bajo mi colchón.
«Siempre es fácil mirar atrás y ver lo que fuimos ayer, hace diez años. Es muy difícil ver lo que somos». -Harper Lee, Ve y pon un centinela (Harper Collins)
Añado: normalmente, eso que se nos esconde sobre nosotros mismos le resulta transparente a los demás. Por eso sé que si te vieras a través de mis ojos entenderías algunas cosas. Por ejemplo, cómo el mundo es mejor por ti.
El creador gay, quien lleva años de vivir en Berlín, tituló su proyecto Save The Date. Dijo que a sus 26 años nunca había tenido una relación seria de pareja ni se había enamorado y que su vida sexual consistía en ir de noche a los parques para tener encuentros con desconocidos, de los que regresaba sintiéndose fatal. Entonces se le ocurrió llevar al extremo esa realidad cotidiana de muchos homosexuales, apuntó. El objetivo era comprender la relación entre libertinaje y soledad: averiguar si el sexo indiscriminado (porque no le hizo el feo a ningún color, nacionalidad ni talla) mata la necesidad de afecto en los seres humanos (porque la propuesta no involucraba animales). ¿Masoquista? ¿Original? Habría que ver.
Muchos cuestionaron si su idea era arte o sólo se trataba de darle gusto al cuerpo y además ganar atención de los medios. Él respondió que buscaba explorar la dinámica del contacto humano e incluso dijo basarse en la estética relacional. Ese término, acuñado en los años noventa por el curador francés Nicholas Bourriaud, describe la tendencia de crear arte con base en las relaciones humanas. O sea, el ruso parecía informado, aunque al expresarse lo disimulara muy bien: “El sexo no es la penetración. El sexo es un estado emocional, un sentimiento, un contacto”,afirmó en entrevista con la revista Vice. Algunos se burlaron de él y lo llamaron “un narcisista obsesionado con el sexo”.
Lo cierto es que dio inicio a su obra. Para contactar parejas usó Apps populares entre la comunidad gay, como Grindr y Scruff. Así pactó citas en supermercados, centros comerciales, aeropuertos y demás sitios llamados no-lugares por el antropólogo francés Marc Augé, es decir, espacios impersonales donde no somos individuos, sino seres anónimos. Así metía en la ecuación el presupuesto de fondo (disculpen): a través del sexo indiscriminado, él mismo se convertía en una no-persona, en un número más. En ocasiones lo dejaron plantado. Otras, el prospecto llegó a la cita pero tras cinco minutos huyó, mientras otros rechazaron sus avances. Entonces optó por el método tradicional de conocer gente: caminar por las calles de la ciudad, incluida la zona roja de Berlín, donde se desempeñó como prostituto. Entre los hombres con los que estuvo vinculado (perdón) se contó un periodista de 76 años, un instructor de yoga, una estrella del porno y algunos hombres infectados con VIH. Además se sumó un estudiante de 20 años, heterosexual, que al enterarse del proyecto de Badasyan decidió participar. “Nunca había tenido ningún tipo de relación con un hombre y quise probar”, reconoció. Fueron a cenar, a bailar y durmieron juntos. Apasionado del arte, el chico.
El artista registró en un diario cada encuentro. A nadie debe haber sorprendido (tampoco a él) que en general se trató de relaciones fugaces, rutinarias. Lo que sí resultó revelador fue que para encontrar placer necesitaba ser agresivo. “Sólo disfrutaba si empleaba violencia, así que empecé a golpear a mis parejas”, señaló mientras abría grandes los ojos para subrayar su asombro. Previsiblemente, también fue víctima de brutalidad: un tipo estuvo a punto de arrollarlo con un auto, otro lo golpeó con una botella, un neonazi lo amenazó de muerte y alguien lo roció con gas pimienta. Heroico, meterse en aprietos (ejem) por el arte. Al menos encontró cómo garantizarse adrenalina.
En la página de Facebook de Badasyan se pueden leer artículos sobre él aparecidos en medios de Colombia, Brasil, Estados Unidos, Italia, Francia e Israel, entre otros países. Además, alguien escribió una tesis universitaria de su trabajo y un bailarín de Los Ángeles, Kevin Lopez, creó una pieza de danza tomándolo como inspiración. Luego, para cerrar con broche de oro (ay, albur involuntario), voló a Berlín para pasar la noche con el ruso y apoyar directamente su experimento.
¿A qué conclusiones llegó el artista con Save The Date? Dice que la falta de cercanía emocional le hizo daño, que se sintió una máquina y que ahora de verdad le gustaría estar con un alguien.Conmovedor, el pronombre indefinido. ¿Cómo se ve a un año de haber terminado? Señala que ya no sale con gays y sólo se excita como voyeurista en los baños públicos o cuando interactúa con heterosexuales o bisexuales. “Dormir con tanta gente, ¿no es una locura?”, se autopregunta, en un dechado de ventriloquia. Lo sorprendente es que no menciona para nada las piezas de performance que supuestamente iba a crear. Es decir, hizo todo por el arte pero luego se le olvidó el arte (es un decir).
Retomo las preguntas planteadas al inicio. ¿Mischa Badasyan es un masoquista abnegado? No hay duda. Si los encuentros en el parque lo dejaban sintiéndose vacío, ¿qué esperaba al jugarse el pellejo (dispensen) teniendo sexo volátil con tododios? Sus conclusiones son totalmente previsibles. ¿Es original? En absoluto. Se ha hablado hasta el hartazgo de la soledad contemporánea, de la paradoja de tener miles de amigos en Facebook y sentirse una isla en el universo. Novedoso hubiera sido descubrir, por ejemplo, que el desenfreno es la otra cara de la moralidad beata, que en los pliegues más internos del inmoral se alberga (ejem) un santo en potencia, quien hoy tiene que regodearse en el pecado, para aspirar mañana a los altares. Que con el fin de sentirse realmente solo, como un profeta que alza su voz en el desierto, nada mejor que haber conocido (en el sentido bíblico) a cientos de libertinos. Así, el proyecto de Badasyan resignificaría la incontinencia, le daría un tinte de novedad y, quizá, la volvería de nuevo un negocio. ¿Y eso sería arte? Lo demás es lo de menos.
Este poema del chileno Gonzalo Rojas me gusta. Me lo imagino publicado en un periódico cualquiera, entre el anuncio de una enfermera experta en cuidar ancianos, ofertas de un refrigerador viejo, masajistas a domicilio, autos de oportunidad.
Me imagino los versos haciéndonos el día a más de uno. Sea el #MiércolesDePoesía.
Enigma de la deseosa
«Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta imantación por pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus».
«Dos miradas se cruzaron como los arcos de una bóveda diseñada tiempo atrás […] Cuando volvieron a tener la sensación del tiempo, los dedos pálidos de Fatma y los muy obscuros de Kadiya había hecho crecer entre las dos untupido boque de ramas negras y blancas, entetejidas como ilegible caligrafía. Se habían conocido en silencio y se amaron en la ausencia de palabras: hablaban la luz y la humedad de sus cuerpos. Decían lo que con muchas palabras se llega poco a decir. En otra de las terrazas, una mujer cantaba con voz muy aguda, adolorida, una muy antigua canción de Ibn Zaydún: ‘Cuando tus ojos vean lo que ya no se ve y tus manos toquen lo que ya no se toca, tus ojos no serán ya tus ojos y tu cuerpo no será ya el tuyo, pobre posesiva poseída’.
Fatma quiso guardar el sabor de ese silencio en su memoria y cerró los ojos como si así lograra comerse definitivamente la presencia de Kadiya e hiciera de ella una tonada que sola vuelve y vuelve a la boca. Y pronto descubriría que hacía muy bien en querer conservar esos instantes porque aunque la memoria es frágil y escurridiza, lo es tal vez menos que la piel y los sentimientos: al abrir los ojos, Fatma descubrió que Kadiya no estaba ya a su lado».
Es un fragmento de la novela Los nombres del aire, de Alberto Ruy Sánchez, narrador, poeta y director de Artes de México, que el propio Alberto me regaló, con el corazón en el mano, como él suele ir por la vida. Acaba de ser publicada en México como parte de la rica antología Quinteto de Mogador (Alfaguara), una exploración del deseo en sus varios gestos, olores, honduras y temperaturas. En el pasaje que cito, de una belleza que recuerda los cantos eróticos árabes, la adolescente Fatma se enfrenta al deslumbramiento del cuerpo de la hermosa Kadiya. Sin prisa, se tiñe de él. Y le cambian los ojos para ver el mundo.
La ilustración, que me fascina, es de la talentosísima colombiana Luisa Fernanda Penagos.
Ante la amenaza y el sinsentido, el deseo sigue siendo el asidero que nos afirma a partir del cuerpo, única certeza, subrayan tanto Ruy Sánchez como Penagos. Bravo.