De regreso de Oaxaca, habiendo disfrutado con cada uno de los cinco sentidos y con otros tantos que allá descubrí, quiero que mis palabras huelan al copal de un altar de muertos en Jalatlaco, a buen humor repartido a granel, al estofado istmeño que reconcilia con la noche, al corral de chivos de una casa sencilla en Tlacochahuaya. Busco que mis palabras tengan sabor a mezcal tepeztate con risas de amigos, que sepan a tlayuda y quesillo, a chile con ceviche en salsa de maracuyá, que dejen un regusto a sorpresa compartida en Santo Domingo y al dulzor de un pan sopeado en chocolate de agua. Deseo que comuniquen la pesadez de un huipil tehuano y lo colorido de una pulsera que fue hilada con el alma de quien la regala, que sean tan suaves como un bordado de telar de cintura, tan alucinantes como el diablo de una comparsa. Aspiro a que jueguen en el escenario del Macedonio Alcalá, que iluminen como veladoras del cementerio y que inviten al silencio como Monte Albán al anochecer. Pretendo que den un abrazo hondo en el mercado central, que acendren el ingenio, que generen la complicidad de una narración en un trayecto o en torno a la cena, que compendien las posibilidades infinitas de pasarla bien con gente cada vez más preferida. Lo necesito porque no quiero que el tiempo evapore esta magia.



























