Definición de privilegio

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8:00 pm. Ballet Nôtre-Dame de París, Teatro Alla Scala, Milán. Se abre el telón y la magia comienza. El vestuario de Yves Saint-Laurent es una explosión de color sobre los cuerpos de ligereza imposible. La coreografía basada en Victor Hugo, mezcla de ballet clásico con acentos contemporáneos, es impresionantemente estética. Hace mucho no disfrutaba una función de danza así que estoy feliz de venir. Además ésta, vista desde un palco central, es regalo de quien mucho me quiere y está conmigo para unos días de cargar pilas. Mientras Quasimodo y Esmeralda empiezan a tejer su historia de amor me doy cuenta del absoluto privilegio de estar aquí sentada, con las manos y el alma calientitas, mientras Milán se cubre de nieve. No se puede pedir más.

Vivir en italiano

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En esta lengua la vida es bella. Llenan la vista sus iglesias, su arte, incluso el pasto con restos de nieve, alegran el oído palabras sonoras como bollicine (burbujas pequeñas, como las de la champaña), cacciatore (cazador) y basilico (albahaca). Y hoy, encima, hace sonreír el alma un abrazo apretado, necesitado. Mañana, tras un día de trabajo, a La Scala a ver Nôtre-Dame en ballet. Grazie tante…

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El viaje (o la extrañeza de lo que no eres)

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Les cuento: la línea aérea se enteró de mi dificultad emocional para tomar ayer el avión y tuvo a bien cancelar mi vuelo, de manera que salgo hoy, 24 horas después de lo previsto. Y para seguir en la tónica de los periplos, aquí este delicioso texto de Calvino, sobre lo que vive quien emprende un viaje:

«…aquello que buscaba era siempre algo que estaba delante de él, y aunque se tratara del pasado era un pasado que cambiaba a medida que él avanzaba en su viaje, porque el pasado del viajero cambia según el itinerario cumplido, no digamos ya el pasado próximo al que cada día que pasa añade un día, sino el pasado más remoto. Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos».

Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Siruela)

Viaje exterior/ viaje interior

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 «Le véritable voyage de découverte ne consiste pas
à chercher de nouveaux paysages,
mais à avoir de nouveaux yeux».
-Marcel Proust

En algunas horas salgo de viaje de trabajo por varios días y asumo que nunca me había costado tanto subirme al avión. No estoy en mi mejor momento, siento la piel delicada, los brazos agotados, el alma vulnerable. Una enorme parte de mí hubiera preferido quedarse en casa, pero otra asume que el mundo sigue andando, que hay que fluir y no querer controlarlo todo (enorme lección que un día he de aprender).

En general adoro viajar. Me encanta la posibilidad de estirar mi capacidad de asombro, probar sabores distintos, ver todo desde un ángulo nuevo, enriquecerme con cosas que no sabía de mí y de otros. Claro que también está el frío de los aviones, la incomodidad de los aeropuertos, el cambio de huso horario, el temor a que algo salga mal. Me doy cuenta de que estoy justo a la mitad de un viaje interior, en condiciones similares: no estoy cómoda, las noches parecen eternas, siento temor y cansancio, tengo frío. Quiero pensar que, cuando llegue al destino, también me encantará lo que veré, sabré algo más de mí y de otros, habré ganado en experiencia, caminaré más sorprendida.

Tatiana Parcero o el cuerpo como hoja en blanco

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La descubrí por azar hace unas semanas, hurgando entre las mesas de una librería. Me encanta la fotografía, de modo que cuando veo libros del tema me acerco en automático. Ahí estaba: con imágenes suyas y texto de José Luis Trueba, de título Cartografías (Artes de México), en la portada un enorme ojo.

Traigo el volumen a casa y quedo fascinada con la propuesta visual de esta artista mexicana. Centrada en el autorretrato, se caracteriza por la técnica creada por ella misma, la cual consiste en «yuxtaponer fotos en blanco y negro impresas en acetatos sobre fotos a color». Su tratamiento del cuerpo fragmentado pero absoluto en sí mismo no sólo es hermoso, sino conceptualmente profundo, alineado con la tradición medieval de concebir al ser humano como un microcosmos pleno. Llevando más allá el concepto, invita a ver los miembros como una hoja en blanco sobre la cual cada quien traza historias, tatúa voces, pone «palabrasaflordepiel». Y aquí la historia se conecta con este blog: quiero poner una imagen de Parcero en la cabecera. Busco forma de contactarla, mando correos pero no recibo respuesta. Mientras espero, una bellísima foto suya ilustra hoy este espacio.

http://tatianaparcero.com/blog/

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Hacer la cochinada

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Mamá, escribo para advertirte:/

no vayas a hacer la cochinada/

que dijiste ayer,/

de tan mal gusto,/

tan indecente./

Aunque disimules/

se nota que tienes ganas/

pero aguanta,/

no te dejes seducir,/

no cedas,/

no cometas el pecado/

imperdonable/

de morirte.//

 

-Julia Santibáñez

¿Qué poema te sabes de memoria?

 

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«Me acuerdo de ‘El canto de Ulises’, el capítulo de Si esto es un hombre en el que Primo Levi rememora la plenitud que le procuraba en Auschwitz traducirle unos versos de Dante a Jean, el Pikolo, un muchacho alsaciano que guarda turno junto a él en la fila del rancho. En ese instante, nos cuenta Primo Levi, habría dado su ración de potaje a cambio de recordar el final de unos versos». Invitada por un excelente artículo de El País, del cual tomo el título de este post, busco en mis estantes Si esto es un hombre y releo el capítulo mencionado. Levi le está traduciendo al chico un fragmento memorizado de la Divina Comedia y le dice: «Mira, atento Pikolo, abre los oídos y la mente, necesito que entiendas: ‘Considerad vuestra ascendencia:/ para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia’. Como si yo lo sintiese también por vez primera; como un toque de clarín, como la voz de Dios. Por un momento, he olvidado quién soy y dónde estoy». Así pasa a ratos con la poesía.

Relaciono lo anterior con mi propia historia. No sé a qué edad «descubrí» el primer poema, pero cuando tenía unos diez años ya algunos eran parte de mi paisaje. Lo sé porque un recuerdo de esa época me presenta diciendo de memoria el largo Nocturno a Rosario, de Manuel Acuña: «¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,/ decirte que te quiero con todo el corazón» (aún hoy puedo recitar de corrido sus 50 versos). También memoricé algo de Nervo y de Díaz Mirón. Ni eran los mejores textos ni la niña Julia los entendía del todo, pero le fascinaba la música de la rima.

En secundaria me inscribí a un concurso de declamación, con todo y voz engolada, ademanes tiesos (abajo, una foto que no me deja mentir). Ya en la universidad retomé el hábito de aprenderme poemas. Me sé varios: figuran Miguel Hernández, John Donne, varios de Sor Juana, Thomas Wyatt, Fernando del Paso, un par de Garcilaso de la Vega, varios de Quevedo. Los atesoro con cariño, los repaso, me acompañan. Y todo este gran discurso surge en respuesta a la sencilla pregunta: «¿qué poema te sabes de memoria?», misma que planteo a quienes pasen por este blog…

http://blogs.elpais.com/letra-pequena/2013/02/que-poema-sabes-de-memoria-1.html

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No «por qué» sino «para qué»

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Lo he oído muchas veces, yo misma lo he dicho a otros, pero ahora me toca aplicarlo en carne propia y reconozco que me está costando. El reto de este día, de la semana, del mes y del tiempo que sea necesario hasta lograrlo es no preguntar «por qué» está ocurriendo esta crisis dolorosa, sino «para qué», para aprender qué, para cambiar qué. Con amor me abrazo y empiezo ahora mismo a preguntarlo, queriendo de verdad hallar respuestas.

«Empatía» en idioma armenio

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La fuerza expresiva del arte, su capacidad de comunicación y empatía no conocen fronteras. Conectan con lo más íntimo y esencial del ser humano, que es similar en todas las culturas. Estas imágenes del artista armenio Tigran Tsitoghdzyan, de la serie Espejo, son un sublime ejemplo de ello.

Tigran Tsitoghdzyan

http://tigran.ch

Un minuto para buscar el centro

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«Cuando los pensamientos oscurecedores se desvanecen, la mente reposa, vasta y serena, en su propia naturaleza». -Khyentsé Rimpoché citado por Matthieu Ricard, En defensa de la felicidad (Urano)

A veces, como hoy, necesito paz, la necesito en lo más hondo. Trato de detener el caótico fluir de mis pensamientos, de las historias que hago en mi cabeza y me lastiman, me esfuerzo por mantener la mente en calma, por recuperar la armonía. Me ayuda meditar y hacer yoga pero también he encontrado útil este sencillo ejercicio, que se puede practicar en cualquier sitio. Lo comparto por si a alguien más también le vendría bien un poco de serenidad:

http://www.psicopedagogiaactiva.com/2012/05/relajacion-en-un-minuto.html

Cuarto de lluvia (literal)

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La frase «ver llover y no mojarse» por fin puede ser realidad gracias al arte. En la instalación Rain Room, actualmente montada en el Barbican Centre de Londres, uno puede caminar entre lluvia sin empaparse. Sensores colocados en el techo detectan el movimiento y suspenden la «lluvia» sobre uno, mientras ésta sigue cayendo alrededor, en un espacio de 100 metros cuadrados. Además de divertida, imagino que debe ser una experiencia sensorial interesantísima. Las cosas que hace el arte para sacarnos de nuestra zona de confort…

http://www.culturainquieta.com/es/instalaciones/item/1672-rain-room.html

Más sucio que de costumbre

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«No puedes saber lo que no tienes palabras para nombrar»
-Rosa Montero

Son días de tormenta. Está crecido el río, más sucio que de costumbre. En su fuerza revuelca ovejas de miedo, troncos dolidos, chivos de culpa, toros de ira. Llevados por la corriente golpean las piedras. Con ojos desorbitados sacan la cabeza y gimen. La arena los calla, el agua que ruge se impone. El pequeño caporal logra evitar la corriente, pone a salvo a sus pollitos. Espera que el sol vuelva a salir, que el río encuentre su cauce.

En esta esquina, el ser humano…

Excelente cortometraje de Steve Cutts, sobre lo que nuestra especie le representa al planeta. Sin palabras.
http://cukmi.com/hombre-un-cortometraje-que-ofrece-una-imagen-brutal-de-nuestros-habitos/

Como si hubiera sol

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Qué se escribe cuando llueve por dentro, cuando una busca palabras donde recostar el alma, cuando el aire duele en los ojos, cuando se precisa una pócima de encogimiento pero hay que andar afuera y alzar la cabeza, igual que si hubiera sol.

Apología de los pechos no operados

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(Sé de antemano que este post no contará con el favor de varios lectores, sobre todo masculinos. Lo siento pero eso no matiza mi opinión).
Evito irme por las ramas, lo digo y punto: los pechos operados me parecen lamentables. Claro, me refiero a los que pasaron por el bisturí en un afán de crecer más allá de su proporción natural, de endurecerse cual toronjas verdes y permanecer impertérritos incluso si su propietaria está acostada, no a los que entraron al quirófano por otras razones.

No necesito ser hombre para encontrar profundamente erótico el cuerpo femenino. A contrapelo de la vox populi que dicta «cuanto más grande, mejor», me parece mucho más hermoso e invitador al placer un busto intocado, como el de esta bella foto de Andrea Tomás Prato. El consuelo es que como todas las modas son cíclicas, tarde o temprano los implantes quedarán en el olvido y todas las mujeres podremos sentirnos sensuales sin ellos.

«Asesina a sus hijos y se suicida»: lo que dice la literatura


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Esta mañana leo en las noticias que una mujer en Denver, Estados Unidos, mató a tiros a sus hijos (de seis y dos años), hirió de gravedad a otro y se suicidó. Me pregunto cuántas cosas tienen que pasar por la mente y las emociones de una persona para llegar a algo tan brutal.

Tratando de entender recuerdo Satanás, novela del colombiano Mario Mendoza (Seix Barral). En ella, un hombre narra su historia: se queda sin trabajo, busca y busca pero pasan los meses sin que encuentre ni un puesto temporal, nada. Pierde el departamento, los muebles, la ropa, los electrodomésticos. Con sus hijas y esposa se va a vivir con los padres de la mujer pero al poco ambos suegros mueren «porque ya no nos aguantaba(n)». Viene el hambre, la anemia, la desnutrición, la falta de sueño. La esposa dice que no quiere que sus hijas mueran de hambre y se va a mendigar, «a recoger del suelo frutas podridas». Luego el personaje confiesa: «He llegado al límite […] Quiero liberar a mi mujer y a mis hijas del sufrimiento, no quiero más dolor para ellas […] Quiero matarlas. Las veo todo el tiempo manchadas de sangre, acuchilladas por mi mano. He llegado a pasearme en las horas de la noche por la casa, temblando, afiebrado, invadido por las ganas de matar […] Quiero asesinarlas, pero por amor, porque no quiero que sigan sufriendo de esta manera. Necesito ayudarlas, liberarlas de este horror».

Más adelante dice el narrador: «Hay dos posiciones frente a esto: una es decir que el tipo está loco, que es un psicópata, que tiene problemas mentales y resentimientos que lo convierten en un trastornado con tendencias homicidas. Si uno piensa así, queda tranquilo, con la conciencia en paz, y señala con el dedo al individuo y dice: ‘Esta persona no es como nosotros, los normales, pobrecito’. Esa posición me parece cómoda y fácil, no hay que hacer un gran esfuerzo ni pensar mucho […] La otra posición es aceptar que gente común y corriente es lanzada a situaciones extremas y delirantes como consecuencia del ritmo de vida que estamos viviendo […]  Si pensamos de esta manera, la responsabilidad de esos delitos es nuestra, de todos, pues estamos construyendo un monstruo que va a terminar tragándonos y destruyéndonos».

Coincido: es fácil alzar el dedo flamígero y condenar sin más a la homicida/suicida, pero la literatura ayuda a poner en perspectiva las visiones simplistas. ¿Qué parte de responsabilidad comparte la sociedad/compartimos todos en un desenlace así? No tengo la respuesta. Y aunque también desconozco el contexto, estoy segura de que esa mujer vivió su infierno muy particular antes de entrar al infierno oficial.

http://www.eluniversal.com.mx/internacional/81289.html

Paranoica de palabras (2)


La Boca

Aquí van otras frases que me he ido encontrando, respectivamente, en las calles de Buenos Aires, Ciudad de México, Madrid, Oaxaca. Y luego que me digan que no me persiguen…

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Los «verdaderos» personajes de la cinta Amour, de Haneke

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Hace unos días fui a ver Amour, película de Michael Haneke nominada al Oscar. No revelaré detalles para quien no la haya visto, sólo diré que trata sobre una pareja de ancianos que se enfrenta a la enfermedad y consiguiente decrepitud de ella. El marido la cuida, la procura, está a su lado en una verdadera actitud de amor vuelto hechos cotidianos.

Mientras la veía recordé una historia muy similar, de la vida real, que me hizo un nudo en la garganta. El año pasado, en la exposición de la World Press Photo en el Museo Franz Mayer, me llamó la atención esta foto del argentino Alejandro Kirchuk, ganadora en la categoría Vida cotidiana. Me impactó tanto que tomé con mi celular tanto la imagen como la cédula: muestra a un anciano dándole de comer a una mujer postrada en una cama, con la mirada de un animalito desvalido. Se trata de Marcos y Mónica, pareja que llevaba unida 65 años cuando a ella le diagnosticaron Alzheimer. Los cuatro años siguientes, Marcos se dedicó a cuidarla, alimentarla, hacerle puré cuando ya no podía tragar, cambiarle los pañales. Mónica escasamente podía reconocerlo pero él se mantuvo firme en su idea de cuidarla él mismo, en casa: «Dónde va a estar mejor que aquí. La trato como a una princesa, aquí tiene todo», decía. Finalmente, en 2011 la enferma falleció.

Historias como esas llenan de esperanza el diario caminar. Ignoro si Haneke conoce esta historia pero sin duda gira felizmente en la misma órbita que su cinta.

Aquí, en link al sitio de la World Press Photo 2012:

http://www.worldpressphoto.org/photo/2012-alejandro-kirchuk-dls1-el

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¿Justicia para un personaje de Shakespeare?

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«A horse! A horse! My kingdom for a horse!» es el archiconocido grito de Ricardo III en la obra epónima de Shakespeare. Asesino, traidor, alevoso de la peor calaña, desleal e infame, tan torcido de alma como de cuerpo, cuando ve que será derrotado en la batalla de Bosworth (1485) suplica un caballo para huir, pero el conde de Richmond lo mata y se convierte en el rey Enrique VII, lo que da fin a la Guerra de las Rosas.

Hoy amanecemos con la noticia de que los huesos hallados el año pasado bajo un estacionamiento en Leicester, Reino Unido, corresponden al auténtico Ricardo III. Lo confirma la Universidad de Leicester, que estudió la osamenta. Diez heridas en el cuerpo (ocho de ellas en la cabeza), la deformidad de la columna y pruebas comparativas de ADN a descendientes de la familia contribuyeron a confirmar que se trata de los restos del rey muerto en batalla. Si pensamos en el abyecto asesino dibujado por Shakespeare en 1593, pareciera justicia divina que en vez de estar sepultado en la grandiosa Abadía de Westminster o en el Castillo de Windsor como los otros soberanos ingleses, sus huesos hubieran descansado anónimamente por siglos. Pero viene lo interesante: el hallazgo permitirá estudiar de nuevo al personaje y verlo bajo una luz fresca.

Shakespeare escribió bajo el reinado de Isabel I, nieta de Enrique VII. Como todo poeta cortesano, sir William debe haberse visto en la necesidad de justificar/ensalzar a los antepasados de su monarca. Para ello, nada mejor que exagerar la maldad de Ricardo III y plantear la necesidad de borrarlo del mapa, hazaña lograda por Enrique VII, abuelo de la reina que daba de comer al dramaturgo. La pluma del cisne de Avon inmortalizó en la mente de todos la increíble maldad de uno y la justicia del otro. Ahora, quizá el hallazgo de estos huesos lleve a una revisión sobre el verdadero peso histórico de ambos personajes, más de 400 años después de que Shakespeare los plasmara en su obra.

http://goo.gl/7Y9GL

Cornell Woolrich o la pasión por un escritor

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Ayer, mientras mi hija y yo esperábamos una mesa en el restaurante donde comeríamos, entré unos minutos a la cercanísima librería de viejo. Como siempre en esos locales, busqué algo de Cornell Woolrich (1903-1968). Ahí estaba este volumen de pasta roja, que lleva en el lomo el seudónimo con el que fue conocido: William Irish. Novelas escogidas (Aguilar). La emoción que me produjo es directamente proporcional a la cantidad de cosas que representa para mí. Me explico.

Cornell fue el primer autor cuyo nombre atesoré en la primaria cuando no conocía el concepto «tener un escritor favorito», cuyas páginas me atraparon muchas noches, el primero de quien quise leer cada línea, a quien lamenté no haber conocido, por quien supe que la gente se podía dedicar a escribir y vivir de ello (lo que me pareció fascinante). La razón de mi cercanía con él es sencilla: se trata de mi tío segundo. Mi papá, de apellidos Santibáñez Woolrich, se sentía muy orgulloso de tener un escritor como primo. En cuanto notó que me gustaba leer y escribir cuentitos me regaló un par de libros suyos, enfatizando la conexión familiar. Conforme fui creciendo y encontrando más placer en escribir solía decirme «eres la Cornell Woolrich de esta familia», lo que me hinchaba el alma y me hacía salir volando por la ventana.

Y luego, si se quiere, también puedo hablar de cómo es considerado reinventor del suspense y el «Hitchcock de la palabra escrita», de la buenísima The Bride Wore Black (hecha cine por François Truffaut), de su genial Rear Window (convertida en película por el propio Hitchcock) y de muchas otras novelas llevadas a la pantalla (entre ellas Waltz Into Darkness, I Married a Dead Man, Manhattan Love Song y la excelente The Black Curtain). También están sus notables cuentos «If I Should Die Before I Wake», «I Wouldn’t be in Your Shoes», «Momentum», aunque es cierto que otra parte de su obra es de calidad regular.

Es decir que Cornell me remite a mi infancia feliz rodeada de libros, a muchas horas en compañía de sus palabras, al propio apellido de mi papá (eje de mi vida) y a su figura como primer creyente en mi pluma, al sueño adolescente de «ser escritora». Supongo que eso explica en parte el indecible placer que me produjo encontrar este volumen suyo, para sumarlo a la zona de mi biblioteca que lleva su nombre.

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El marido de la puta

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Aquel hombre hizo todo lo que estuvo en sus manos para que su esposa se enamorara de otro. Cuando por fin lo logró la llamó «puta».

Abrazar a 7,000 km

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Cómo logro que un abrazo tibio se imponga a la distancia, que a miles de fronteras acune el cuerpo amado, lo ahogue de ternura, ahuyente el frío de sus pies. Cómo malcrío con tanta tierra de por medio, cierro los ojos a golpe de besos, cómo acaricio la frente, velo el sueño y apresuro la noche. Cómo, tan lejos.

A veces los poetas se mueren

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Aunque no deberían, a veces los poetas se mueren (qué falta de empatía con sus lectores, que los necesitan). Ayer se fue sin despedirse el autor mexicano Rubén Bonifaz Nuño, de 89 años. Me produce una gran tristeza que se murieran también sus dedos. Escribían versos llenitos de aire, de música, de perfumes, como estos:

«Centímetro a centímetro

—piel, cabello, ternura, olor, palabras—

mi amor te va tocando.

 

Voy descubriendo a diario, convenciéndome

de que estás junto a mí; de que es posible

y cierto; que no eres,

ya, la felicidad imaginada,

sino la dicha permanente,

hallada, concretísima; el abierto

aire total en que me pierdo y gano.

 

Y después, qué delicia

la de ponerme lejos nuevamente.

Mirarte como antes

y llamarte ‘de usted’, para que sientas

que no es verdad que te haya conseguido;

que sigues siendo tú, la inalcanzada;

que hay muchas cosas tuyas

que no puedo tener […]».

-Rubén Bonifaz Nuño, «Centímetro a centímetro», Antología general de la poesía mexicana (Océano)

«Está cañón»: eufemismo hecho en México

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En este país, la gente bien y las niñas nice, es decir, de nivel socioeconómico alto y familia que sueña codearse con la realeza española, no dicen groserías… o casi no. A nivel informal, sin duda usan expresiones como:

«El examen estuvo cabrón» (según el Diccionario del Español de México, DEM: «intenso, violento, malo o difícil»);

«Es una pésima excusa, no mames» (DEM: «No decir o hacer cosas imprudentes o absurdas»);

«Me robaron la cartera, ¡qué pinche suerte!» (DEM: «que es despreciable o muy mezquino»).

Sin embargo, si se trata de un contexto en el que hay que «quedar bien»,  acuden a eufemismos que dicen-sin-decir:

«El examen estuvo cañón«.

«Es una pésima excusa, no manches«.

«Me robaron la cartera, ¡qué pinki suerte!».

Con la habilidad propia del hablante nativo de una lengua mantienen «el olor» de la palabra original pero le dan un giro, conservan la carga sonora de la grosería pero la suavizan (cabrón-cañón; no mames-no manches; pinche-pinki). Sin razonarlo esperan que, seres verbales como somos, entendamos lo que quieren decir y la carga emocional que desean añadir pero al mismo tiempo notemos que no usan las expresiones vulgares.

Ocurre entonces lo que señala Álex Grijelmo en La seducción de las palabras (Taurus): «Las palabras llegan a nuestro intelecto mediante el sonido […] el cerebro identifica las unidades léxicas y morfológicas, y acude, a velocidad superior a la de la luz, hasta su diccionario mental completo donde busca, con esa rapidez que resulta incomprensible para nuestros sentidos, el significado que se adapta a los fonemas escuchados». Por eso en cuanto un hablante mexicano escucha: «el examen estuvo ca…» de inmediato completa la segunda sílaba en su mente: «cabrón». Si a ello se suma la similitud «cabrón-cañón», se cumple el objetivo de comprender pero notar el eufemismo.

Así, de manera intuitiva, los mexicanos nice (con el gurú Yordi Rosado a la cabeza) van inventando expresiones para dar forma a su pensamiento y a su rol social, algo que todos los hablantes de una lengua hacemos de una u otra manera: qué fascinante apropiación de las palabras. Ahora, que me parezca una mamada esa corrección política ya es otra cosa…

Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio

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Por cortesía de Eugenio Montale, una poderosa cátedra de dinamita en pocas líneas:

«Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio,
árido, al volverme veré cumplirse el milagro:
la nada a mis espaldas, el vacío detrás
de mí, con un terror de borracho.

Luego, como en una pantalla, acamparán de pronto
árboles, casas y cerros para el consabido engaño.
Pero será muy tarde, y me iré silencioso
entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto».

Eugenio Montale. Poesía Moderna 165, Material de Lectura, UNAM (traducción de Guillermo Fernández)