Canción de tumba, de Julián Herbert

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Termino la novela, cierro el libro ganador del Premio Jaén de Novela (cuyo jurado incluyó a Rodrigo Fresán y ahora es publicado por Mondadori). Es efectivo y entrañable el ejercicio autobiográfico del narrador, en el que cuenta los avatares de su vida como hijo de una prostituta-devenido escritor-autodesignado cuidador de los últimos días de su madre desahuciada. Dice que escribe «para transformar lo perceptible. Escribo para entonar el sufrimiento. Pero también escribo para hacer menos incómodo y grosero este sillón de hospital. Para ser un hombre habitable (aunque sea por fantasmas) y, por ende, transitable: alguien útil a mamá. Mientras no esté abatido podré salir, negociar amistades, pedir que me hablen claro, comprar en la farmacia y contar bien el vuelto. Mientras pueda teclear podré darle forma a lo que desconozco y, así, ser más hombre. Porque escribo para volver al cuerpo de ella: escribo para volver a un idioma del que nací». Son disfrutables esa y muchas otras reflexiones sobre el oficio de narrar, de vaciar las entrañas en tinta, de hacer balance con los demonios particulares. Pero sobre todo me resultan interesantes las estampas con tintes de humor del México corrupto, racista, de doble moral, de padres machos y ausentes, violento, que se cuelan entre los recuerdos familiares.

Frases fulminantes como «La única Familia bien avenida del país radica en Michoacán» (en alusión al poderoso cártel de la droga que se hace llamar Familia michoacana), «Los mexicanos deberíamos tomar ese cronograma histórico como inequívoca tabla de cálculo del rendimiento nacional: cada tres años de burocracia equivalen a dos meses y medio de política concreta» o «Si no te puedes unir al heroísmo, cógetelo» ofrecen una visión sin endulzantes del sentir nacional. Con ellas me quedo mientras recuerdo a ese otro Herbert-poeta, autor de versos como: «Te estás poniendo fea,/ fétida, mal­sana, pretenciosa,/ musa gorda,/ y Cristo no te ama:/ ahora ama a los caballos». Cómo puede alguien escribir así.

Asumirse/ resumirse/ consumirse

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«Hay que asumirse

antes que sumirse,

resumirse o consumirse».

Este acertado juego de palabras decora una pared en la casa del artista y videoasta mexicano Ricardo Nicolayevsky, ilustrando una breve entrevista que le hizo la revista Gente (febrero 2013). Supongo que es de su autoría, no lo sé. Lo cierto es que me hubiera encantado decir que yo la escribí pero ahora que la publico en este blog resultaría muy descarado hacerlo.

Mis plegarias fueron escuchadas

Screen shot 2013-03-13 at 4.10.13 PMLo digo con certeza, mi alma descansa: el nuevo Papa no es mexicano (cruzan por mi mente imágenes del país desbordado por el nuevo Superstar, tanto que nos gustan esas cosas).

«Una experiencia es tuiteable o no es experiencia»

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Así de terminante es la visión de @rayovirtual (Daniel Molina, critico cultural argentino) en el interesantísimo artículo «Diccionario twittero», publicado por la revista Ñ (el texto completo vale mucho la pena, abajo está el link). La cita íntegra de @rayovirtual es aún más fuerte: «La experiencia actual es tuiteable o no es experiencia. Es un mero acontecer. No acaba de tomar sentido sin ser tuiteado. Lo íntimo, lo secreto (lo que alguien no quisiera tuitear) ya no son parte de la experiencia contemporánea». Sin duda da en clavo: en las redes sociales hoy se vive de cara a la exterioridad, a las cámaras, como en un reality show perpetuo.

En los meses recientes he sabido de una muchacha que vendió su virginidad en Facebook, de estudiantes que se grabaron dando una paliza a un chico de su escuela y subieron el video a YouTube, de una mujer que anunció en las redes su suicidio y luego lo llevó a cabo. Además están, por supuesto, chicos o chicas que por Facebook «anuncian» a su pareja que a partir de ese momento dejan de serlo. De alguna forma, este blog forma parte de esa tendencia. Aunque no conocía al menos a 90% de mis lectores, ahora forman parte de una cofradía querida: saben de mis intereses, vaivenes emocionales, amores, pequeños lujos, miedos, obsesiones. Y aunque no miento en ninguna línea de lo aquí posteado, hay una parte de vida que guardo para mí, que me parece sano (sanísimo) no ceder por pudor, por celo o por sensatez. Eso me lleva a recordar aquello de García Márquez: «Toda persona tiene una vida pública, una vida privada y una vida secreta». Aquí voy dejando huella de la pública y la privada. La secreta permanece reservada o, lo que es lo mismo, vivo experiencias que no son tuiteables y, les juro, son experiencias plenas. Adelante: llámenme pasada de moda.

http://www.revistaenie.clarin.com/edicion-impresa/Diccionario-twittero_0_509949010.html

El papel no morirá

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No lo dudo, ni siquiera un poco. Estoy convencida de que a pesar de todos los soportes digitales habidos y por haber, seguirá estando entre nosotros porque nada equipara el placer de escribir en un papel fino, de pasar las hojas de un buen libro… y otras cosas como las que genialmente ejemplifica el video (por favor no se lo pierdan).

(por alguna razón se baja el video, pero el link es vimeo.com diagonal 61275290)

Curiosidades del mundo editorial (notas desde la trinchera 2)

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Hace un año subí a este blog un post sobre frases utilizadas en el medio de las revistas, que tienen muy diverso significado en el mundo de afuera  (ver Curiosidades del mundo editorial, 9 de febrero 2012) . Aquí va una segunda parte de esa entrada sobre la jerga cotidiana en los pasillos de una editorial:

Que alguien señale «plis, corten la cabeza» puede interpretarse como:

1. Llegó el momento de ajusticiar brutalmente al inculpado y la labor es tan cotidiana que a nadie escandaliza la orden.
2. El título de un artículo es demasiado largo, por lo que se hace necesario recortarlo.

La queja «estamos tapados de trabajo porque viene un cierre criminal» en realidad significa:

1. Llegará una cremallera asesina de proporciones descomunales, que amenaza con arrasar a todo el que no esté muy ocupado en sus labores de oficina.
2. Los equipos de arte y redacción estarán a marchas forzadas por el inminente envío a imprenta, con las consabidas dificultades de último momento.

Si un diseñador grita «Demián Bichir está listo, sólo le faltan los pies» puede leerse como:

1. El creador de esperpentos terminó uno nuevo a semejanza del actor mexicano; únicamente falta pegarle los pies (y soplarle para que camine).
2. La entrevista hecha al histrión está diseñada, sólo es necesario añadir los textos que acompañan cada foto.

La súplica del director de arte «¡urge meterle balazos a la portada!» implica que:

1. Su pulsión asesina ha encontrado a la próxima víctima (y de forma cínica lo hace saber).
2. El susodicho ya no sabe qué hacer para invitar con premura a escribir los textos que van en la tapa de la revista.

Con tanto lío, no de balde somos tan «singulares» quienes nos movemos en este medio.

Puedo entregarlo todo por un beso

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Por un beso/

apostar la piel en cada espina/

prometer las horas todas/

el mar en su conjunto/

Por esa boca infinita/

ceder la espesura/

regalar siglos a buen precio/

verter el recuerdo por la borda/

Por la lengua imaginada/

(urgencia de bálsamo)/

malversar el rocío y la canela/

transigir la fortaleza, el precipicio/

arrancarle el alma a los desvelos/

aun ignorando si se llama/

beso lava/

beso inmune/

beso corsario/

beso apariencia/

beso absoluto//

 

-Julia Santibáñez

Lo que le pasa a mi mesa

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Los poetas parecen saberlo todo, estar en todas partes, hablar con todas las personas y cosas. Por ejemplo, hace rato crujió mi mesa de madera. Juraría que Fabio Morábito, poeta, estaba aquí a mi lado y la oyó quejarse, porque radiografió lo sucedido:

A veces la madera
de mi mesa
tiene un crujido oscuro,
un desgarrón
difuso de tormenta.

Una periódica migraña
la tortura.

Sus fibras ceden,
se descruzan,
buscan un acomodo
más humano.

Es la madera
que recuerda
viejos brazos.

Y que recuerda
que reverdecían.

Fabio Morábito, «La mesa», De lunes todo el año (Joaquín Mortiz)

Esta doble vida

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Domingo por la mañana. Un té de frutas y la voz del Cigala me hacen compañía. La luz del sol que inunda el cuarto me encuentra editando un texto de lingüística aplicada, para una publicación de la universidad. En el artículo, los autores abordan la construcción del lenguaje tardío, es decir, el que tiene lugar en los años escolares. En la década del 70 comenzó a estudiarse de manera sistemática el desarrollo del lenguaje infantil. Entonces se dijo que hasta los seis años, los niños adquirían todas las bases de la lengua y sólo les restaba aumentar su vocabulario. Tiempo después se vio que no es así: en la etapa escolar, los chicos aprenden funciones semánticas y sintácticas más complejas, disocian las palabras de su contexto, lo que les permite jugar con metáforas, chistes y rimas.

Aunque estoy trabajando, lo disfruto a fondo. Adoro meterme en los entresijos de la lingüística, entender cómo opera la lengua. Además es mi manera de no quitar el pie del mundo académico, al cual felizmente pertenecí y que a ratos extraño mucho. Mi trabajo diario se mueve en un plano distinto, me brinda otros placeres, por eso disfruto tanto el coqueteo con estos temas, la subida de adrenalina que provoca este manoseo ocasional. De esta doble vida no sólo no me siento culpable: todo lo contrario.

El gimnasio más efectivo para el espíritu

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Si digo «necesito entrenar mi cuerpo» a nadie le llama la atención, pero si digo «necesito entrenar mi espíritu» me ven con suspicacia, extrañeza o franca burla. ¿Por qué? Si piernas, torso y brazos necesitan la constancia de una rutina para estar sanos y en forma, sin grasas antiestéticas, qué nos hace pensar que el espíritu no requiere un adiestramiento para enfrentar los altibajos de la vida sin quebrarse, para sacudir la grasa acumulada de las emociones negativas, las toxinas de la confusión mental y el ego. Pues sí, asumo públicamente que aunque necesito seguir trabajando mi cuerpo, me urge mucho más moldear mi espíritu.

Las contingencias diarias a veces me sacuden más de lo que quiero, me afectan más de lo que sería deseable. Ante hechos que no me gustan suelo construir historias (casi siempre, negativas): ésas sí me lastiman. El asunto está en fluir, en lograr que mi espíritu no sea mi rival a vencer, sino mi mejor amigo. Hasta ahora, la yoga y la meditación resultan el gimnasio más efectivo que he encontrado para ello. Y justo hoy, entre aparatos y caminadoras, mi entrenador/ autor me dejó esto:

«Nos esforzamos mucho para mejorar las condiciones exteriores de nuestra existencia pero, en resumidas cuentas, al que siempre le toca bregar con la experiencia del mundo es a nuestro espíritu, y lo traduce en forma de bienestar o sufrimiento. Si transformamos nuestro modo de percibir las cosas, estamos transformando la calidad de nuestra vida. Y este cambio es el resultado de un entrenamiento del espíritu denominado ‘meditación'».

Matthieu Ricard, El arte de la meditación, Urano

Ausencias

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Por estos días, mi papá cumple otro aniversario de haberse ido a algún sitio muy lejano.

Veintinueve años sin sentir su abrazo son muchos, demasiados. Me sigue haciendo falta oír su voz, reírme de sus bromas, perder mi mano entre las suyas. Aunque no lo mencione, pasa por mi mente seguido, tanto despierta como dormida. Benedetti me hizo el favor de escribir algo al respecto, para que yo pudiera postearlo hoy:

«Quien más, quien menos, todos llevamos una filatelia de ausencias. Hay partidas, adioses de los que no volvieron ni volverán. Aun en las mejores y conquistadas alegrías, sobreviene de pronto un vacío y nos quedamos taciturnos, solos, tiernamente desolados. Por suerte cuando soñamos vuelven todos, los que todavía son y los que fueron. Y abrazamos fantasmas, almas en pena y almas en gloria».

Mario Benedetti, «Ausencias», Vivir adrede, Punto de Lectura.

Para qué sirve el Día Internacional de la Mujer

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Mujer-redentora, mujer-devoradora de vidas, mujer-abnegada hasta la muerte, mujer-egoísta de mierda, mujer-diosa, mujer-puta, mujer-virtud encarnada, mujer-infame. Qué manera de construir escenarios para personajes vacíos que son «el otro»: basta echar un ojo al imaginario colectivo (por ejemplo, vía canciones del radio) para encontrar este tipo de dicotomías huecas. No me reconozco en ninguna de ellas sino, acaso, en los resquicios entre todas ellas.

Con lo recorrido en siglos todavía falta mucho por avanzar hacia la equidad en México: miles de jóvenes explotadas «por calientes», sumisas que aguantan los favores del marido, ancianas violadas, niñas que no van a la escuela para ayudar en el quehacer, mujeres condenadas si deciden sobre su cuerpo, bebés que decepcionan al no ser «el varoncito».

No es el caso excepcional mío y de otras mujeres urbanas, con niveles educativos iguales a los de los hombres, exigidoras de su respeto, con salarios que en nada palidecen frente a los suyos, pero somos una grosera minoría.

Como mujer y madre de una mujer propongo que usemos este 8 de marzo no en felicitaciones huecas, sino para alzar la voz por las que no hablan o no son escuchadas, por las que ni siquiera saben que merecen ser oídas.

Decir «maricón» no es un chiste

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Las palabras no son ingenuas. No pequemos de ingenuos afirmándolo.

Hoy amanecemos con la buena noticia de que la Suprema Corte de Justicia de México determina que decirle a alguien «maricón» o «puñal» (eufemismo de «puto») no es cosa menor, no es un chiste, tampoco algo que las leyes puedan defender en una sociedad que se pretende democrática. Aplaudo poco a los jueces mexicanos pero esta vez lo hago con entusiasmo. Aunque pareciera una minucia establece un referente importante: las palabras pesan, incluyen o excluyen, crean realidades, equiparan o discriminan.

El contexto de la nota es el siguiente: en 2010, el periodista Enrique Núñez Quiroz publicó en el periódico poblano Intolerancia (nunca más atinado el nombre) un artículo en el que descalificaba a un colega llamándole «maricón, puñal». El ofendido inició un juicio por daño moral en su contra, durante el cual el periodista alegó que hacía uso de su libertad de expresión. Al perder y ser condenado a pagar una indemnización promovió un amparo, mismo que llegó a la corte, con el resultado ya dicho.

Señor Núñez: el argumento tras el cual quiso justificar su homofobia no sólo es pobre sino también muy obtuso. Estigmatizar a alguien, denostar su labor profesional con base en su preferencia sexual no debe ser y no es una conducta defendida por leyes que se respeten. Ahora sí tendrá usted que buscar argumentos inteligentes para enfrentar el proceso judicial. Que tenga un buen día, porque yo ya lo estoy teniendo.

http://www.jornada.unam.mx/2013/03/07/sociedad/051n2soc

Sí, éramos humanos antes de Photoshop

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(ca. 1880, fotógrafo francés no identificado)

Retocar la realidad, hacer verdad las fantasías aunque sea en papel, transformar el instante, contar con un plumón mágico que gire/ fusione/ transmute todo a voluntad. A quién con sangre en las venas no le apetece pensarlo.

En nuestro mundo de retoques digitales a la menor provocación, de engaños visuales y perversiones sensoriales, ya casi ninguna foto nos sorprende, pero sí lo hacen las imágenes de una reciente exposición en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Algunas tan antiguas como de 1880 (la que abre este post) y otras de la primera mitad del siglo XX, dan testimonio de la creatividad, el talento y la intención lúdica de fotógrafos que, sin darse cuenta, demostraban a las claras que el deseo de jugar con la realidad, tan típicamente humano, existía desde antes de que naciera Photoshop en 1990.

http://www.metmuseum.org/exhibitions/listings/2012/faking-it

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(1932, Wanda Wulz)

 

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(1948, Grete Stern)

 

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(1939, Barbara Morgan)

 

 

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(1930, Howard S. Redell)

 

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Órdenes como éstas me encanta recibir

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Es una palabra bantú y se escribe mbuki-mvuki (a pesar de la transcripción entre corchetes, vaya uno a saber cómo realmente se pronuncia). Lo fascinante es lo que significa: «quítate la ropa y ponte a bailar». Si es así, que me ordenen todo lo que quieran.

Un amor, de Dino Buzzati

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Me gusta mi costumbre de, cuando viajo, leer a un autor del lugar al que voy. Siento que me acompaña, es mi guía particular, me permite entender mejor las vivencias. En esa tónica recién termino de releer Un amor, novela del italiano Dino Buzzati (Gadir) situada en Milán, donde acabo de pasar unos días. Las pinceladas sobre la ciudad son magistrales, como ésta: «Era uno de tantos días grises de Milán, pero sin lluvia, con ese cielo incomprensible que no se sabía si eran nubes o sólo niebla […]». Pero el corazón de la trama gira en torno a algo mucho más universal, asible para cualquiera que lo haya vivido: la pasión desbordada que lastima, el celo incomprensible por alguien que no lo merece. Todo parece advertírselo a Antonio Dorigo, el protagonista: «Los álamos de la llanura, el desplazarse en procesión con las espaldas curvadas, parecían decirle: detente, hombre, da media vuelta, no pienses más en ella y síguenos, no corras a tu ruina. Nosotros te conduciremos al remoto paraíso de los árboles, donde sólo existe bienestar, canto de pájaros y paz del alma. No te obstines». Previsiblemente, Dorigo sigue caminando a su perdición.

No revelo detalles para quien no haya leído este impresionante clavado en el alma humana que es la novela de Buzzati. Sólo dejo este fragmento representativo: «En aquella desvergonzada y tozuda chiquilla resplandecía una belleza que él no lograba definir, porque era diferente de todas las demás chicas como ella, listas para responder al teléfono. Las otras, en comparación, estaban muertas. En ella, Laide, vivía maravillosamente la ciudad, dura, decidida, presuntuosa, descarada, orgullosa, insolente, en la degradación de las almas y las cosas […] De vez en cuando Antonio se asombraba de sí mismo. ¿Cómo era posible que tolerara tanto? En tiempos le habría parecido inconcebible. Por suerte, hasta a las bofetadas se acostumbra uno. ¿Por fortuna o por desgracia? ¿No era señal de una degradación? Pero rebelarse era imposible. La idea de perderla le infundía el desaliento habitual».

 

 

El texto, un tejido de palabras

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«Texto», entendido como un escrito, viene del latín «textus», que a su vez procede de «textere» que significa «tejer, trenzar». En el fantástico libro Sorpresas en palabras (Tecolote), Krystyna Libura y Gabriel López Graza señalan que de esa misma raíz vienen «tejer» y «tejido». Es decir que, por su etimología, un texto es un tejido de palabras.

Lo pienso mientras repaso en mi celular los muchos mensajes que me envía quien más me quiere, a miles de kilómetros de distancia: juntos forman un textil de colores, bordado de momentos y cosas buenas.

Libreta = placa fotosensible


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Fin de semana delicioso: pláticas con mi hija, confesiones, alguna lágrima, risas, complicidad. Necesitaba sentirla cerca. Además, el hallazgo de una exposición notable en el Museo de Arte Carrillo Gil: libretas de trabajo, bitácoras y cuadernos de 45 artistas de distintas disciplinas.

Los creadores que cedieron sus libretas al museo las llaman «archivos mentales» y «contenedores para vaciar la cabeza». Se trata de compendios de bocetos, recortes, frases, dibujos, texturas e iluminaciones. Igual que las placas fotosensibles reaccionan ante la luz y graban las imágenes que conocemos como fotos, el papel de estos cuadernos plasma el proceso emotivo, de reflexión y observación (¿obsesión?) que subyace el trabajo de cada uno. De ahí el nombre de la muestra, curada por Caroline Montenat: Materia sensible. Lo fantástico es que no están expuestos en una vitrina sino dispuestos en mesas y, previa colocación de guantes de plástico,  pude hojearlos, leerlos, seguir la narrativa implícita. Resulta impúdico pero placenterísimo asomarse así tras bambalinas y observar los tachones, las dudas, las ideas en gestación. Una nota: lamento la mala calidad de estas imágenes, pero un museo no tiene la mejor luz para fotografiar.

http://www.museodeartecarrillogil.com/ex_caroline.php


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Pantalla de TV: cristal de doble cara

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Cuando era niña juraba que los personajes que salían en la tele podían verme, tanto que me burlaba de quienes aseguraban que no era así (pobres). Lo recuerdo ahora que encuentro esta bella cita de Galeano:

«Me lo contó Rosa María Mateo, una de las figuras más populares de la televisión española. Una mujer le había escrito una carta, desde algún pueblito perdido, pidiéndole que por favor le dijera la verdad:

—Cuando yo la miro, ¿usted me mira?

Rosa María me lo contó y me dijo que no sabía qué contestar».

-Eduardo Galeano, «La televisión», El libro de los abrazos (Siglo XXI)

Ahora, ya se sabe, la tecnología busca hacer posible que a través de la pantalla seamos observados, de manera que nuestros hábitos y preferencias brinden información valiosa tanto a gobiernos como a empresas ávidas de vender. Ja, ni la mujer del texto ni Guille ni yo andábamos perdidos.

Las infinitas posibilidades de un pliego

 

 

 

 

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En estricto sentido, un pliego común es una hoja grande de papel, que al ser doblada forma un cuadernillo de 16 páginas. Libros y revistas se componen de varios de ellos, por lo que el término es de uso corriente entre quienes trabajamos en el sector editorial. Por eso me fascinó descubrir, en una librería milanesa, una revista alucinante que se compone de solamente un pliego por edición.

 

Lo realmente notable no son sus menos de 20 páginas sino su concepto: cada número de Un Sedicesimo es una obra de arte independiente y plena en sí misma, creada por un diseñador distinto, al cual parece dársele carta abierta para hacer lo que le plazca en su edición. Es decir, algo así como una «galería en papel». Un Sedicesimo no tiene un logotipo definido ni lineamientos de portada, tampoco un consejo de redacción. En muchos sentidos pareciera la anti-revista, pero es una ma-ra-vi-lla de publicación, que permite asomarse a lo mejor del diseño gráfico internacional. De periodicidad bimestral aunque irregular y nacida en diciembre de 2007, actualmente circula su número 29; cada edición cuesta cinco euros y también ofrece suscripciones. El genio que la lanzó y la cura es el editor italiano Pietro Corraini (este tipo se merece el Nobel de la creatividad).

 

Aquí dejo para el disfrute repetido algunas portadas y contraportadas de la revista, así como el link a su sitio.

 

http://www.corraini.com/sedici.php

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Mis dos yo

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Imagen: Claude Cahun

9:30 pm. Aeropuerto Charles De Gaulle, París. Llevo tres horas de espera y falta una para abordar el vuelo en conexión que me llevará de vuelta a México. Hoy es la décima noche que duermo fuera de casa (suponiendo que pueda dormir). Me pareció una estancia más larga, el tiempo es tan relativo. Y es que muero de ganas de ver a mi hija, estrecharla, besarla, platicar largo. Sin embargo, el balance del viaje es muy positivo. Los compromisos de trabajo que me trajeron a Europa fluyeron bien, se lograron los objetivos, aprendí. A nivel personal pude descansar mi mente, agradecí mucho la visita de mi novio unos días juntos, compensar el tiempo de no vernos, ir a Florencia juntos, saciar el amor. Pero también estuvo otro ángulo: el de mis dos yo que se encontraron aquí de nuevo.
Mi prioridad en el tiempo libre fue empaparme de moda y familiarizarme con revistas italianas de actualidad pero también ver arte en forma de ballet, pintura, escultura o fotografía, además de caminar a solas medio Milán para visitar iglesias (cuanto más antiguas, mejor). Lo poco de ello que comenté con mis compañeros de viaje les sonó raro y yo les parecí aburrida, además de incomprensible por no hacer shopping en tiendas de marca. No sé cómo afirmar mi diferencia sin ser snob. Es que quizá no he terminado de hacer las paces entre los yo que volvieron a saludarse en suelo italiano: el artístico, crítico, que podría vivir leyendo y escribiendo, y el complaciente, que ama la moda y el brillo, busca pertenecer. Llevo años viviendo a caballo entre ambos, como esta imagen, siempre con la sensación de no hallarme en ninguno sino en su combinación. En esta sala del Charles De Gaulle, otra vez me pregunto qué pasaría si me decantara por alguno de ellos.

10 Corso Como

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Este es un espacio donde hasta las paredes destilan diseño (lamento no postear fotos del interior, estaban demasiado atentos a que nadie tomara imágenes). Mezcla de tienda de moda, accesorios y joyería, integra también una librería y una galería de arte. Es «el» lugar en Milán. Actualmente exhibe una exposición de fotos del renombrado Alfa Castaldi, una maravilla de la cual comparto apenas una probadita.

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Quiénes son los ángeles…

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Italia es tierra de ángeles. Debe haber más por kilómetro cuadrado que en ninguna otra ciudad del mundo, o al menos así me lo parece. En cada calle uno se topa con una iglesia, una escultura, un monumento o un museo: ahí los seres alados asoman por cualquier parte. A veces adultos claramente andróginos y bellísimos, en otras niños gorditos de enormes cachetes, siempre mantienen ese misterio tejido en la sombra de sus alas. En cualquier caso me hacen recordar los versos de Rilke, en Las elegías de Duino:
«Todo ángel es terrible. Y sin embargo, ay, los invoco/ a ustedes, casi mortíferos pájaros del alma/ sé quiénes son ustedes…». Dichoso poeta: yo lo ignoro, pero me encantaría saber en realidad quiénes son esos seres ingrávidos, portadores de noticias y protectores, que todos menos yo parecen encontrar en cada esquina.

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El taxista que lee Premios Pulitzer

 

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Un taxista amable resulta el mejor don que los dioses pueden otorgar. Sobre todo cuando no deja de llover, la temperatura es de 0 grados y se trata de turistas venidos de climas más benignos tratando de no congelarse y que, si es posible, quieren conocer un poco. Justo así aparece Sergio. Sonriente, nos lleva adonde le pedimos, nos espera y hasta nos dice dónde podemos tener una vista privilegiada de Florencia. Pero guarda una sorpresa: lleva en el asiento junto a él no uno, sino tres libros. Al preguntarle qué lee responde entusiasta: una novela sobre vampiros, otra (no especificó el tema) y «éste, que no es una novela sino un ensayo sobre el nacimiento de la democracia en Estados Unidos. El autor ganó el Pulitzer con él, es fantástico». No quiero sonar condescendiente felicitándolo, así que sólo sonrío y me despido con mi mejor «grazie tante, buona giornata», mientras me pregunto cuántos en el mundo podrían rivalizar con él.
Es una bocanada de esperanza que exista gente como Sergio. Tuve que viajar hasta Italia y por poco morir de frío para conocerlo. Y aunque lamento no tener una foto suya, vaya esta vista imperdible de Florencia como homenaje a él que, mientras yo tiritaba captando esta imagen, devoraba un sesudo ensayo en su auto. Claro que ahora me quedo con la duda de qué leerá después.

Las ventajas de tomar distancia

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9:10 am. Asiento 10a, vagón 3, tren Frecciarosa, trayecto Milán-Florencia. Esa es mi ubicación física pero como muchas veces cada día, mi mente vuela a México. Con la mirada fija en el paisaje helado que llena la ventana del tren repaso los últimos acontecimientos ocurridos allá y puedo verlos bajo una nueva luz, analizarlos y descomponerlos otro poco. Me siento más tranquila.

Estos últimos días en el Duomo, el Castello Sforzesco, la Pinacoteca de Brera y las calles milanesas he batallado para captar en foto texturas diversas (mi eterna obsesión), como las que ilustran este post. Si me acerco demasiado, la cámara no logra enfocarlas bien, su lente confunde los contornos. En cambio, cuando la alejo un poco define la imagen. Veo que me sucede igual: tomar distancia me permite ver las cosas más claras. Y lo agradezco.

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