
Ocurrió otra vez.
Anoche presenté mi nuevo libro, Ser azar, acompañada por Rocío Cerón, poeta, y por José Hernández, monero. También estuvo Sidharta Ochoa, directora de Editorial Abismos y Héctor Orestes, coordinador del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, sede del evento.

El acercamiento de Rocío y de Pepe a mi trabajo, su lectura de mis versos fue todo lo amable que pudo ser. Literalmente me arroparon con palabras, le dieron una amorosa bienvenida a Ser azar, este hijo de mis entretelas. Además el lugar se llenó, hubo gente entrañable y también lectores que no conocía, cuya presencia me calentó el corazón. Y al final brindamos con vino y con mezcal Xicarú, para bañar de alcohol el entusiasmo.

Digo que ocurrió otra vez. Por sobre todas las cosas, la noche espléndida de ayer me deja dos certezas:
- Lo mejor que me puede pasar en la vida es que mis poemas toquen a alguien, dialoguen con un lector. Es entonces cuando se cierra el círculo de este callado oficio de poeta, el que «no me da de comer pero sí me alimenta a diario», como dije anoche.
- A cada minuto tuve la nítida sensación de ser querida.
Ambas cosas de verdad, de verdad, me hacen la mujer más feliz del planeta durante todo el día de hoy. Por lo menos.









Soñé que llovía para arriba. Y para los lados. Y era tan poco novedoso para quienes siempre habían visto llover así, que el día que el agua cayó para abajo todo el mundo se maravilló.
















El fin del mundo no está cerca. Es decir, no está cerca, ya está aquí. Lo sabe la mosca que un cruel tiene por mascota para arrancarle las alas, para quitarle las patas. También lo sabe el niño que juega en la frontera de Israel con un paraguas amarillo, pretendiendo que es un arma. Y el amante que alguien arma y desarma, y teme que un día lo reemplacen por un modelo de última generación. Sobre todo, lo sabe el amante que visita hoteles de paso, tristes hoteles de paso, y desde ahí señala: «Las llamas del infierno son una imposibilidad. Existen a manera de metáfora. Quienes las concibieron usaron ese eufemismo con el propósito de designar las camas de los hoteles de paso cuando un hombre solitario, sin sueño posible, piensa en:

