En la casa que el escritor portugués compartía con Pilar, su esposa, había «enmarcada en la pared, la primera hoja de la última novela que José escribió a máquina: Historia del cerco de Lisboa» (revista Ñ, 27 abril 2013). La observación cuasirromántica se lee de pasada en el reportaje que Patricia Kolesnicov hizo sobre el escritor sabrá-dios-en-qué-año (no lo aclara) y que Ñ reimprimió en su edición número 500.
Esto me lleva a pensar que hasta hace poco era posible conservar manuscritos de los grandes autores. Además del valor afectivo, qué fascinante atestiguar sus tachones y dudas, el temblor de su pulso, el desarrollo del proceso creativo. Luego empezaron a escasear pero aparecieron las versiones mecanografiadas; también guardaban registro de las correcciones. Ahora que casi todos escribimos en computadora, me pregunto: ¿qué va a quedar para la añoranza? ¿El teclado en el que tal genio escribió su obra (sin contar con que, de ésta, sólo tendremos la última versión, inmaculada)? No me imagino ese reportaje en Ñ: en la casa tenían enmarcado en la pared «el disco duro que guardaba las novelas de José». Nada más impersonal.
El afán fetichista por coleccionar objetos de notables tendrá que buscar nuevos derroteros. Confieso que me da nostalgia anticipada.


































