
«Mi pareja dice que soy cursi. Es más, que soy irremediablemente cursi». Así arrancó un breve discurso que puso en sintonía una noche de amistad, palabras y buena bebida. Un muy querido amigo nos daba la bienvenida a una singular cata de whisky escocés a la que invitó, según dijo, a la gente que está «en el epicentro» de sus afectos. Terminó diciendo que asumía su afición por la cursilería y con ella celebraba tanto las palabras como la cercanía de quienes ahí nos reunimos. Siendo sincera, para cursi yo: me dejó con las entretelas emocionadas.
Ya la noche pintaba muy bien y así siguió. En las mesas había sobres cerrados; cada quien tomó uno al azar. Dentro había una palabra. A mí me tocó «reconocimiento» pero había también conceptos como amistad, placer, grandeza, camino. Nos invitaron a escribir al reverso lo que nos inspirara y, después, a compartirlo. Qué manera tan sencilla pero potente de regalar palabras a gente entrañable. Después conversación, más brindis, complicidades. Para terminar, cada quien se llevó a casa un cuadro con la cita de algún autor inglés.
No se necesita mucho para hacerte sentir especial, muy especial: sólo ganas de hacerlo, palabras y un buen whisky. Aquí, lo que escribí esa noche:
Re-conocimiento, re-conocer, volver a conocer lo ya medido, tocado, saboreado.
Encontrarle otro ángulo, un matiz nuevo.
Estirar la capacidad de asombro.
Buscarle otro perfume, la textura escondida.
De eso se trata cada día: de no dejar olvidada la sorpresa
Y agradecer a los amigos que acompañan el re-conocimiento cotidiano.