Qué se escribe cuando llueve por dentro, cuando una busca palabras donde recostar el alma, cuando el aire duele en los ojos, cuando se precisa una pócima de encogimiento pero hay que andar afuera y alzar la cabeza, igual que si hubiera sol.
Apología de los pechos no operados
(Sé de antemano que este post no contará con el favor de varios lectores, sobre todo masculinos. Lo siento pero eso no matiza mi opinión).
Evito irme por las ramas, lo digo y punto: los pechos operados me parecen lamentables. Claro, me refiero a los que pasaron por el bisturí en un afán de crecer más allá de su proporción natural, de endurecerse cual toronjas verdes y permanecer impertérritos incluso si su propietaria está acostada, no a los que entraron al quirófano por otras razones.
No necesito ser hombre para encontrar profundamente erótico el cuerpo femenino. A contrapelo de la vox populi que dicta «cuanto más grande, mejor», me parece mucho más hermoso e invitador al placer un busto intocado, como el de esta bella foto de Andrea Tomás Prato. El consuelo es que como todas las modas son cíclicas, tarde o temprano los implantes quedarán en el olvido y todas las mujeres podremos sentirnos sensuales sin ellos.
«Asesina a sus hijos y se suicida»: lo que dice la literatura
Esta mañana leo en las noticias que una mujer en Denver, Estados Unidos, mató a tiros a sus hijos (de seis y dos años), hirió de gravedad a otro y se suicidó. Me pregunto cuántas cosas tienen que pasar por la mente y las emociones de una persona para llegar a algo tan brutal.
Tratando de entender recuerdo Satanás, novela del colombiano Mario Mendoza (Seix Barral). En ella, un hombre narra su historia: se queda sin trabajo, busca y busca pero pasan los meses sin que encuentre ni un puesto temporal, nada. Pierde el departamento, los muebles, la ropa, los electrodomésticos. Con sus hijas y esposa se va a vivir con los padres de la mujer pero al poco ambos suegros mueren «porque ya no nos aguantaba(n)». Viene el hambre, la anemia, la desnutrición, la falta de sueño. La esposa dice que no quiere que sus hijas mueran de hambre y se va a mendigar, «a recoger del suelo frutas podridas». Luego el personaje confiesa: «He llegado al límite […] Quiero liberar a mi mujer y a mis hijas del sufrimiento, no quiero más dolor para ellas […] Quiero matarlas. Las veo todo el tiempo manchadas de sangre, acuchilladas por mi mano. He llegado a pasearme en las horas de la noche por la casa, temblando, afiebrado, invadido por las ganas de matar […] Quiero asesinarlas, pero por amor, porque no quiero que sigan sufriendo de esta manera. Necesito ayudarlas, liberarlas de este horror».
Más adelante dice el narrador: «Hay dos posiciones frente a esto: una es decir que el tipo está loco, que es un psicópata, que tiene problemas mentales y resentimientos que lo convierten en un trastornado con tendencias homicidas. Si uno piensa así, queda tranquilo, con la conciencia en paz, y señala con el dedo al individuo y dice: ‘Esta persona no es como nosotros, los normales, pobrecito’. Esa posición me parece cómoda y fácil, no hay que hacer un gran esfuerzo ni pensar mucho […] La otra posición es aceptar que gente común y corriente es lanzada a situaciones extremas y delirantes como consecuencia del ritmo de vida que estamos viviendo […] Si pensamos de esta manera, la responsabilidad de esos delitos es nuestra, de todos, pues estamos construyendo un monstruo que va a terminar tragándonos y destruyéndonos».
Coincido: es fácil alzar el dedo flamígero y condenar sin más a la homicida/suicida, pero la literatura ayuda a poner en perspectiva las visiones simplistas. ¿Qué parte de responsabilidad comparte la sociedad/compartimos todos en un desenlace así? No tengo la respuesta. Y aunque también desconozco el contexto, estoy segura de que esa mujer vivió su infierno muy particular antes de entrar al infierno oficial.
Paranoica de palabras (2)
Los «verdaderos» personajes de la cinta Amour, de Haneke
Hace unos días fui a ver Amour, película de Michael Haneke nominada al Oscar. No revelaré detalles para quien no la haya visto, sólo diré que trata sobre una pareja de ancianos que se enfrenta a la enfermedad y consiguiente decrepitud de ella. El marido la cuida, la procura, está a su lado en una verdadera actitud de amor vuelto hechos cotidianos.
Mientras la veía recordé una historia muy similar, de la vida real, que me hizo un nudo en la garganta. El año pasado, en la exposición de la World Press Photo en el Museo Franz Mayer, me llamó la atención esta foto del argentino Alejandro Kirchuk, ganadora en la categoría Vida cotidiana. Me impactó tanto que tomé con mi celular tanto la imagen como la cédula: muestra a un anciano dándole de comer a una mujer postrada en una cama, con la mirada de un animalito desvalido. Se trata de Marcos y Mónica, pareja que llevaba unida 65 años cuando a ella le diagnosticaron Alzheimer. Los cuatro años siguientes, Marcos se dedicó a cuidarla, alimentarla, hacerle puré cuando ya no podía tragar, cambiarle los pañales. Mónica escasamente podía reconocerlo pero él se mantuvo firme en su idea de cuidarla él mismo, en casa: «Dónde va a estar mejor que aquí. La trato como a una princesa, aquí tiene todo», decía. Finalmente, en 2011 la enferma falleció.
Historias como esas llenan de esperanza el diario caminar. Ignoro si Haneke conoce esta historia pero sin duda gira felizmente en la misma órbita que su cinta.
Aquí, en link al sitio de la World Press Photo 2012:
http://www.worldpressphoto.org/photo/2012-alejandro-kirchuk-dls1-el
¿Justicia para un personaje de Shakespeare?
«A horse! A horse! My kingdom for a horse!» es el archiconocido grito de Ricardo III en la obra epónima de Shakespeare. Asesino, traidor, alevoso de la peor calaña, desleal e infame, tan torcido de alma como de cuerpo, cuando ve que será derrotado en la batalla de Bosworth (1485) suplica un caballo para huir, pero el conde de Richmond lo mata y se convierte en el rey Enrique VII, lo que da fin a la Guerra de las Rosas.
Hoy amanecemos con la noticia de que los huesos hallados el año pasado bajo un estacionamiento en Leicester, Reino Unido, corresponden al auténtico Ricardo III. Lo confirma la Universidad de Leicester, que estudió la osamenta. Diez heridas en el cuerpo (ocho de ellas en la cabeza), la deformidad de la columna y pruebas comparativas de ADN a descendientes de la familia contribuyeron a confirmar que se trata de los restos del rey muerto en batalla. Si pensamos en el abyecto asesino dibujado por Shakespeare en 1593, pareciera justicia divina que en vez de estar sepultado en la grandiosa Abadía de Westminster o en el Castillo de Windsor como los otros soberanos ingleses, sus huesos hubieran descansado anónimamente por siglos. Pero viene lo interesante: el hallazgo permitirá estudiar de nuevo al personaje y verlo bajo una luz fresca.
Shakespeare escribió bajo el reinado de Isabel I, nieta de Enrique VII. Como todo poeta cortesano, sir William debe haberse visto en la necesidad de justificar/ensalzar a los antepasados de su monarca. Para ello, nada mejor que exagerar la maldad de Ricardo III y plantear la necesidad de borrarlo del mapa, hazaña lograda por Enrique VII, abuelo de la reina que daba de comer al dramaturgo. La pluma del cisne de Avon inmortalizó en la mente de todos la increíble maldad de uno y la justicia del otro. Ahora, quizá el hallazgo de estos huesos lleve a una revisión sobre el verdadero peso histórico de ambos personajes, más de 400 años después de que Shakespeare los plasmara en su obra.
Cornell Woolrich o la pasión por un escritor
Ayer, mientras mi hija y yo esperábamos una mesa en el restaurante donde comeríamos, entré unos minutos a la cercanísima librería de viejo. Como siempre en esos locales, busqué algo de Cornell Woolrich (1903-1968). Ahí estaba este volumen de pasta roja, que lleva en el lomo el seudónimo con el que fue conocido: William Irish. Novelas escogidas (Aguilar). La emoción que me produjo es directamente proporcional a la cantidad de cosas que representa para mí. Me explico.
Cornell fue el primer autor cuyo nombre atesoré en la primaria cuando no conocía el concepto «tener un escritor favorito», cuyas páginas me atraparon muchas noches, el primero de quien quise leer cada línea, a quien lamenté no haber conocido, por quien supe que la gente se podía dedicar a escribir y vivir de ello (lo que me pareció fascinante). La razón de mi cercanía con él es sencilla: se trata de mi tío segundo. Mi papá, de apellidos Santibáñez Woolrich, se sentía muy orgulloso de tener un escritor como primo. En cuanto notó que me gustaba leer y escribir cuentitos me regaló un par de libros suyos, enfatizando la conexión familiar. Conforme fui creciendo y encontrando más placer en escribir solía decirme «eres la Cornell Woolrich de esta familia», lo que me hinchaba el alma y me hacía salir volando por la ventana.
Y luego, si se quiere, también puedo hablar de cómo es considerado reinventor del suspense y el «Hitchcock de la palabra escrita», de la buenísima The Bride Wore Black (hecha cine por François Truffaut), de su genial Rear Window (convertida en película por el propio Hitchcock) y de muchas otras novelas llevadas a la pantalla (entre ellas Waltz Into Darkness, I Married a Dead Man, Manhattan Love Song y la excelente The Black Curtain). También están sus notables cuentos «If I Should Die Before I Wake», «I Wouldn’t be in Your Shoes», «Momentum», aunque es cierto que otra parte de su obra es de calidad regular.
Es decir que Cornell me remite a mi infancia feliz rodeada de libros, a muchas horas en compañía de sus palabras, al propio apellido de mi papá (eje de mi vida) y a su figura como primer creyente en mi pluma, al sueño adolescente de «ser escritora». Supongo que eso explica en parte el indecible placer que me produjo encontrar este volumen suyo, para sumarlo a la zona de mi biblioteca que lleva su nombre.
El marido de la puta
Abrazar a 7,000 km
Cómo logro que un abrazo tibio se imponga a la distancia, que a miles de fronteras acune el cuerpo amado, lo ahogue de ternura, ahuyente el frío de sus pies. Cómo malcrío con tanta tierra de por medio, cierro los ojos a golpe de besos, cómo acaricio la frente, velo el sueño y apresuro la noche. Cómo, tan lejos.
A veces los poetas se mueren
Aunque no deberían, a veces los poetas se mueren (qué falta de empatía con sus lectores, que los necesitan). Ayer se fue sin despedirse el autor mexicano Rubén Bonifaz Nuño, de 89 años. Me produce una gran tristeza que se murieran también sus dedos. Escribían versos llenitos de aire, de música, de perfumes, como estos:
«Centímetro a centímetro
—piel, cabello, ternura, olor, palabras—
mi amor te va tocando.
Voy descubriendo a diario, convenciéndome
de que estás junto a mí; de que es posible
y cierto; que no eres,
ya, la felicidad imaginada,
sino la dicha permanente,
hallada, concretísima; el abierto
aire total en que me pierdo y gano.
Y después, qué delicia
la de ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como antes
y llamarte ‘de usted’, para que sientas
que no es verdad que te haya conseguido;
que sigues siendo tú, la inalcanzada;
que hay muchas cosas tuyas
que no puedo tener […]».
-Rubén Bonifaz Nuño, «Centímetro a centímetro», Antología general de la poesía mexicana (Océano)
«Está cañón»: eufemismo hecho en México
En este país, la gente bien y las niñas nice, es decir, de nivel socioeconómico alto y familia que sueña codearse con la realeza española, no dicen groserías… o casi no. A nivel informal, sin duda usan expresiones como:
«El examen estuvo cabrón» (según el Diccionario del Español de México, DEM: «intenso, violento, malo o difícil»);
«Es una pésima excusa, no mames» (DEM: «No decir o hacer cosas imprudentes o absurdas»);
«Me robaron la cartera, ¡qué pinche suerte!» (DEM: «que es despreciable o muy mezquino»).
Sin embargo, si se trata de un contexto en el que hay que «quedar bien», acuden a eufemismos que dicen-sin-decir:
«El examen estuvo cañón«.
«Es una pésima excusa, no manches«.
«Me robaron la cartera, ¡qué pinki suerte!».
Con la habilidad propia del hablante nativo de una lengua mantienen «el olor» de la palabra original pero le dan un giro, conservan la carga sonora de la grosería pero la suavizan (cabrón-cañón; no mames-no manches; pinche-pinki). Sin razonarlo esperan que, seres verbales como somos, entendamos lo que quieren decir y la carga emocional que desean añadir pero al mismo tiempo notemos que no usan las expresiones vulgares.
Ocurre entonces lo que señala Álex Grijelmo en La seducción de las palabras (Taurus): «Las palabras llegan a nuestro intelecto mediante el sonido […] el cerebro identifica las unidades léxicas y morfológicas, y acude, a velocidad superior a la de la luz, hasta su diccionario mental completo donde busca, con esa rapidez que resulta incomprensible para nuestros sentidos, el significado que se adapta a los fonemas escuchados». Por eso en cuanto un hablante mexicano escucha: «el examen estuvo ca…» de inmediato completa la segunda sílaba en su mente: «cabrón». Si a ello se suma la similitud «cabrón-cañón», se cumple el objetivo de comprender pero notar el eufemismo.
Así, de manera intuitiva, los mexicanos nice (con el gurú Yordi Rosado a la cabeza) van inventando expresiones para dar forma a su pensamiento y a su rol social, algo que todos los hablantes de una lengua hacemos de una u otra manera: qué fascinante apropiación de las palabras. Ahora, que me parezca una mamada esa corrección política ya es otra cosa…
Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio
Por cortesía de Eugenio Montale, una poderosa cátedra de dinamita en pocas líneas:
«Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio,
árido, al volverme veré cumplirse el milagro:
la nada a mis espaldas, el vacío detrás
de mí, con un terror de borracho.
Luego, como en una pantalla, acamparán de pronto
árboles, casas y cerros para el consabido engaño.
Pero será muy tarde, y me iré silencioso
entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto».
Eugenio Montale. Poesía Moderna 165, Material de Lectura, UNAM (traducción de Guillermo Fernández)
Paranoica de palabras
Las palabras me persiguen a diario. Brotan en lugares insospechados, dejan su aroma sin avisar, nacen a mitad de la nada. Aclaro: no se trata de meras letras sueltas, sino de versos que contienen el germen de un poema. Son minicuentos en semilla.
Aquí, algunas imágenes de lo que digo, tomadas con el celular.
Lo peor y lo mejor de México (según corresponsales)
«Lo peor de México es la corrupción. Está en todos lados, es como una enfermedad. Lo mejor, lo que más me ha sorprendido como corresponsal desde los años 80 ha sido el coraje y el valor de la gente en este país, su capacidad de recuperación (resilience). A los mexicanos los madrean, los hacen pedazos, pero ahí están, y eso es algo que muchos países no tienen».
Así responde la pregunta «¿Qué es lo peor y lo mejor de México?» Alfredo Corchado, quien desde hace años reporta desde este país para el diario The Dallas Morning News. El fragmento forma parte del excelente artículo «Cinco corresponsales extranjeros» publicado en la revista Gente (enero 2013). Otros periodistas avecindados aquí coinciden. Tracy Wilkinson, corresponsal de Los Angeles Times, dice: «Lo peor de México es la impunidad, la falta de rendición de cuentas. Sin eso no puede haber la más mínima (sic) esperanza de justicia… [Lo mejor] es la resistencia de la gente, que sigue luchando siempre pese a todo. Y lo trabajadores que son los mexicanos. Me llama mucho la atención que haya gente que viaje dos o tres horas para llegar a su trabajo, un trabajo muy modesto, muy humilde, y después viaje dos o tres horas para volver a casa. Eso para mí es increíble». Por su parte Dudley Althaus, de The Houston Chronicle, señala: «Lo peor es la violencia. Y lo mejor, la capacidad de aguantar que tienen los mexicanos. Pocos pueden sobrevivir a los retos y a las crisis como los mexicanos».
Por lo que se ve son casi proverbiales la resistencia y la corrupción/impunidad en este país, dos caras de una misma gente. Interesante cómo nos ven desde fuera.
La soledad del lector, de David Markson
Acabo de terminar uno de los libros más experimentales y arriesgados que haya leído hasta ahora: Reader’s Block (1996), según el título original en inglés que le dio David Markson. Un momento: son los escritores los que suelen tener bloqueos, no los lectores, ¿verdad? Pues desde el nombre empieza el genial juego en el que el autor cuestiona muchas convenciones: se trata de una novela sin novela, no tiene personajes, ni trama ni desarrollo a la manera convencional. Acudiendo a la autorreferencia, la propia voz narrativa se pregunta en un punto: «¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decirlo, pero casi sin novela?». Sí, algo similar… pero «algo similar» que es considerado una de las máximas cimas de la ficción experimental estadounidense, a decir de David Foster Wallace.
¿Entonces qué es? Un compendio de aforismos sobre vida, fracasos, hábitos, anécdotas y muerte de escritores y artistas de todas las épocas. Por ejemplo, nos enteramos de que Boccaccio fue hijo ilegítimo, que Newton murió virgen y que Matisse, consultado sobre la piel verde, dijo: «No estoy pintando una mujer. Estoy pintando un cuadro». En medio de todo ello van apareciendo frases que refieren a un Lector (en mayúsculas), el cual piensa escribir una novela y se va preguntando cómo quiere construir a su Protagonista (también, mayúsculas). Así lo que en un principio no cuadra adquiere cierto sentido conforme avanza la lectura y se va revelando el interesantísimo juego de planos. Por ejemplo, mientras el Lector reflexiona sobre cómo será la novela que piensa escribir parece referirse a ésta, novela de la cual es personaje. Dice:
«No lineal. Discontinuo. En forma de collage. Un assemblage.
¿O de un género no descriptible?
¿Una semificción seminoficcional? ¿Cubista?».
Pues sí, así también. El resultado es un volumen novedoso, rompedor, sorprendente, muy recomendable.
Recordé esa otra obra maestra experimental, Me acuerdo o I Remember, de Joe Brainard (1970), novela tejida en torno a frases con las que un personaje evoca su infancia y adolescencia, siempre empezando por el mantra del título:
«Me acuerdo de hacer una cruz con dos palos para algo que enterramos mi hermano y yo. Debió ser un gato, aunque yo diría que fue un insecto o algo así.
Me acuerdo de arrepentirme de no haber hecho cosas.
Me acuerdo de desear haber sabido antes lo que sé ahora.
Me acuerdo de los crepúsculos color melocotón justo antes del anochecer».
Encuentro enormemente disfrutable acercarme a obras así, incómodas, transgresoras, que me demandan el cien por ciento de participación. Tenía razón el librero de Buenos Aires al cual le pedí me recomendara una novela que «no puedo morirme sin haber leído». Me trajo La soledad del lector.
Palabra del día: jubilarse
Amo las librerías de los museos, son altamente adictivas. Hace rato me asomé a la del Museo Tamayo (fui a conocer la remodelación del recinto, que la verdad me dejó sin mayor entusiasmo) y cuál va siendo mi emoción al encontrar esta chulada de libro. Incluye etimologías de palabras y está lindamente ilustrado; es de Ediciones Tecolote. Ni modo de dejarlo solo en el estante: me lo traje a casa conmigo. En agradecimiento ya me ofreció esta palabrita de significado feliz:
«Jubilarse: retirarse del trabajo con derecho a recibir una pensión, del latín jubilare, gritar de alegría. Es de esperarse que quien reciba una pensión grite de alegría, siempre y cuando esa pensión sea suficiente para vivir».
Por qué volvería a escoger mi cuerpo
Mi cuerpo soy yo, yo soy mi cuerpo. Es mi única realidad física, a través de la cual me conecto con el mundo y los otros al oír, ver, sentir, oler, gustar. Nada de lo que he vivido es ajeno a él. A pesar de lo que diga la alopatía y sus muchas especialidades, no es un rompecabezas ni está formado por piezas separadas. Es una unidad, funciona como el más fino engranaje, tiene una inteligencia propia. Y aunque quizá para alguien suene mal, lo diré: me gusta mi cuerpo, lo amo, lo cuido, lo respeto.
Esto viene a cuento porque a principios de la semana tuve un resfriado fuerte (como casi todos ellos fue producto de un desajuste emocional) y más de un amigo me insistió con cariño en tomar medicina o al menos un antihistamínico. Como siempre, me rehusé: preferí dejar que solo reencontrara su equilibrio. Me esforcé en procesar las emociones atoradas y me «receté» yoga, ajo, cítricos, jitomate, mucha agua, sueño adicional. Esas son mis medicinas probadas, que me tratan integralmente, ayudan a mi sistema inmune a autocurarse, no me violentan ni curan una parte mientras dañan otra. Con esa ayuda, una vez más mi cuerpo hizo lo que sabe hacer tan bien: el malestar duró tres días y estoy de nuevo sana, eso sí, un poquito más agradecida con él, más segura de que si volviera a nacer lo elegiría de nuevo.
Definición de un libro
Qué rara soy
De que soy un bicho raro, ni quién lo dude (yo menos que nadie, claro). Lo sé desde que a los ocho años me gustaba calcar para mi papá las fotos de las constelaciones que venían en la Enciclopedia de Life o desde que a los diez me gustaba recitar en las comidas familiares: «Muy cerca de mi ocaso/ yo te bendigo, vida/ porque nunca me diste/ ni esperanza fallida ni trabajos injustos/ ni pena inmerecida», poema de Amado Nervo. Habráse visto. Con esto quiero decir que no necesito pruebas adicionales que documenten mi rareza, pero ayer la vida me aportó una más. Buscando entre papeles algo que me piden en la oficina encuentro este poema escrito en mis veintes y publicado en una revista universitaria. Lo raro no es eso, sino la temática del texto: temor/fobia a la vejez. No creo que sea común que alguien lejos de los 30 se agobie al imaginarse con «anatomía temblorosa» y «dientes en nones». No tengo opción, debo tomar prestada una expresión de mi hija: «qué rara soy».
Escritores suicidas: palabras póstumas
En los primeros días de este 2013 el diseñador español Manuel Mota, director creativo de la marca de vestidos nupciales Pronovias, se suicidó hiriéndose en el pecho con un cuchillo. Dejó cartas de despedida para su novio, su familia, la policía. La noticia me recuerda los años en los que trabajé en moda nupcial y, en consecuencia, seguía con afán los hermosos diseños de Mota. También me lleva a pensar cómo enfrenta un ser creativo la decisión irrevocable de matarse. ¿Y un escritor? Hecho de y para las palabras, ¿qué huella decide dejar tras de sí?: ¿cartas?, ¿poemas?, ¿diarios?, ¿nada?.
Grandes escritores suicidas hay cantidad (Woolf, Plath, Sexton, Mishima, Hemingway, más recientemente Wallace…) pero no hablaré de ellos en general, sino de los que han dejado escritos que permiten atisbar en esos momentos tan supremamente solos. Aquí, una pequeña selección:
ALFONSINA STORNI: poeta argentina nacida en Suiza, en 1935 es operada de cáncer de mama. Al año siguiente se entera del suicidio del escritor uruguayo Horacio Quiroga, a quien le había unido una relación personal además de profesional. Le dedica versos que anuncian lo que sería su propio final, tres años después: «Morir como tú, Horacio, en tus cabales/ Y así como en tus cuentos, no está mal;/ Un rayo a tiempo y se acabó la feria…». En octubre de 1938, agobiada por el cáncer, Storni viaja a Mar del Plata, donde se ahoga por voluntad propia. Tenía 46 años. Deja este poema a manera de despedida, para ser publicado en el periódico La Nación:
«[…] Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste:
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides. Gracias… Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…».
No está de más añadir que ese mismo año mueren, también por propia mano y en el Cono Sur, la hija de Horacio Quiroga y el escritor argentino Leopoldo Lugones.
CESARE PAVESE: narrador y poeta italiano, a lo largo de su vida sufre múltiples derrotas sentimentales que le dejan muy marcado, además de enfrentar la cárcel y diversos reveses. En agosto de 1950 toma un puñado de somníferos, se acuesta en la habitación de su hotel en Turín y encuentra la muerte. Había escrito en su diario: «No más palabras. Un gesto. No escribiré más». En pocos días cumpliría 42 años.
ALEJANDRA PIZARNIK: poeta argentina, tras una larga historia de depresiones e intentos de suicidio, en septiembre de 1972 aprovecha unos días de descanso otorgados por el hospital psiquiátrico en el que está internada por depresión e ingiere barbitúricos que la llevan a la muerte. Tenía 36 años. Si bien en este caso no son palabras dejadas a propósito para ser halladas tras su muerte, en una dedicatoria a Julio Cortázar, su gran amigo, había dejado entrever su deseo de morir:
«Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo
Julio, creo que no tolero más las perras palabras
La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote tampoco.
Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad.
PS Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio —que fracasó, hélas*)».
JERZY KOSINSKI: autor de origen polaco, acusado de plagio y aquejado por problemas de salud y sequedad creativa, en mayo de 1991 tomó pastillas para dormir, las pasó con un trago de vodka, se metió a la bañera y se puso una bolsa de plástico alrededor de la cabeza. Iba a cumplir 58 años. Su nota póstuma decía: «Me voy a dormir un rato más largo de lo normal… Llámenlo Eternidad».
*Hélas: expresión francesa que puede traducirse «¡qué lástima!».
Links relacionados:
http://www.los-poetas.com/j/bioastorni.htm
http://www.filmica.com/jacintaescudos/archivos/006964.html
http://www.actuallynotes.com/Biografia-Cesare-Pavese.htm
http://cvc.cervantes.es/literatura/libros_cortazar/libros_firmados04.htm
Banquete para la vista
No sé si he hablado aquí de mi pasión por la danza. Hice ballet y danza contemporánea durante varios años: desde mi infancia tardía hasta que cumplí 21. Por mucho tiempo tomé dos horas diarias de clases. Incluso consideré dedicarme a bailar: al final decliné por múltiples razones pero conservé el gusto por las formas perfectas, mismas que me mueven cada fibra cuando se me atraviesan imágenes como éstas, de una estética inverosímil. Obra del fotógrafo alemán Michael Papiendick (él mismo exbailarín), son un verdadero banquete para la vista, se ame o no la danza. Buen provecho…
Memorables comienzos de libros 2
Había dicho que escribiría una segunda entrega del post original Memorables comienzos de libros (ver entrada del 9 de diciembre de 2012). En aquel caso consigné mis inicios favoritos de novelas escritas en lengua extranjera; en éste, cito las primeras palabras de libros escritos en español. La idea es consignar esas frases iniciales que prometen un gran texto y cumplen con la expectativa (o la rebasan): en un par de líneas crean un mundo en el que en su momento no pude evitar introducirme, para después de muchas páginas salir sin ganas de hacerlo, tan feliz estaba ahí dentro. Aquí está:
«Empieza con un niño que nunca fue adulto y termina con un adulto que nunca fue niño. Algo así. O mejor: empieza con un suicidio adulto y una muerte infantil, y termina con una muerte infantil y un suicidio adulto. O con varias muertes y varios suicidios de edades variables. No estoy seguro. No importa». (Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington)
«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué». (Ernesto Sábato, El túnel)
«De lo poco que aprendo en la madraza, fundada por mi antecesor Yusuf I, y de los encanecidos maestros, fríos y desdeñosos con los jóvenes, una sola cosa es la base de todas las demás: no somos libres. Nuestro destino se nos adjudica al nacer […] Yo de mí puedo jurar que jamás he elegido. Sólo lo secundario o lo accesorio: una comida, un color, la manera de pasar una tarde. La libertad no existe». (Antonio Gala, El manuscrito carmesí)
«Se enamoró. De un hombre con mal tono muscular y bolsas debajo de los ojos. No pudo evitarlo. Uno no puede evitar esas cosas, aunque lo intente. No lo intentó tampoco. Pero en días como ése le gustaba pensar en lo que habría pasado de hacerlo». (Rosa Beltrán, Alta infidelidad)
«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos la cera y destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte». (Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte)
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad)
«La pequeña plaza de piedra parecía flotar en la reverberación del mediodía ardiente cuando el Cristo de Elqui, de rodillas en el suelo, el rostro alzado hacia lo alto —las crenchas de su pelo negreando bajo el sol atacameño—, se sintió caer en un estado de éxtasis. No era para menos: acababa de resucitar a un muerto». (Hernán Rivera Letelier, El arte de la resurrección)
«Jacqueline Cascorro, la protagonista de este relato, conoció durante buena parte de su vida las experiencias conyugales de rutina: arrebatos, riñas, infidelidades, crisis y reconciliaciones. Todo cambió en un instante, cuando al quebrar con sus manos una pata de cangrejo y oír descorchar a sus espaldas una botella de champaña se dejó poseer por un pensamiento que la visitaría de manera intermitente, convirtiéndola, y ya para siempre, en una mujer de muy malas ideas». (Sergio Pitol, La vida conyugal)
«Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos. Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar. Entonces él tenía más de treinta años y yo menos de quince». (Ángeles Mastretta, Arráncame la vida)
«La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la mirada del hombre que acecha desde la sombra». (Ana Clavel, Las Violetas son flores del deseo)
«Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros». (Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí)
Moleskine y su video-que-es-una-joya
Un gran concepto, divertido y juguetón, junto con la maravilla del «stop motion» (manipular objetos y tomarlos cuadro por cuadro para simular que se mueven por sí mismos) más muchas horas de trabajo dieron como resultado este video que, por supuesto, se ha vuelto viral. En realidad lo vi primero en: http://www.openculture.com/2013/01/harder_than_it_looks_the_making_of_great_stop_motion_animation.html
(Ahí también se incluye el testimonio de cómo se realizó, interesantísimo).
No sé cuánto le hayan cobrado los creativos a Moleskine pero espero que haya sido una cifra de varios ceros: estas iniciativas hacen más por una marca que miles de anuncios grises. La imaginación, la «loca de la casa», otra vez haciendo de las suyas…
Palabras donde sentarnos y sonreír
A veces pasa: el día no amanece como esperamos, nos asesta un golpe de frío, el té no sabe tan rico, el zapato aprieta un poco más. Entonces pedimos ayuda a algún poeta y de su mano recorremos un mundo alterno, poblado de voces de colores en las que pasar el tiempo…
«Hemos dicho palabras,/
palabras para despertar muertos,/
palabras para hacer un fuego,/
palabras donde poder sentarnos y sonreír.//
[…]
Hemos inventado nuevos nombres/
para el vino y para la risa […]»
Alejandra Pizarnik, «Cenizas», Las aventuras perdidas
Así yo, hoy.
Español: lengua más negativa que positiva
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El español cuenta con muchas más palabras para designar aspectos negativos que positivos de la vida… ¡Cuántas hipótesis se pueden tejer al respecto! Antes de desviarme termino de contar: los hispanohablantes estamos sesgados hacia lo negativo, entramos en más detalle para nombrarlo, requerimos de más vocablos para explicar sus matices. En tanto, lo positivo nos interesa menos, pues a lo largo de los siglos hemos creado menos voces para hablar de él. Incluso comparado con el latín y con otras lenguas romances, el español es «más negativo». Este es un planteamiento de Concepción Company, lingüista notable e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Surge como resultado de estudiar, en el corpus de diccionarios de varias lenguas emparentadas, el porcentaje de léxico positivo y negativo. Aquí el resultado:
LENGUA LÉXICO POSITIVO LÉXICO NEGATIVO
español 29% 71%
catalán 38% 62%
portugués 38% 62%
italiano 37% 63%
francés 43% 57%
¿A qué se debe? Company señala posibles razones: 1. la tendencia a esperar lo positivo y cuando no sucede requerir más palabras para explicar la realidad; 2. la naturaleza humana, que suele sobreenfatizar lo malo; 3. (más interesante pero que ella expuso con «cautela», dado que requiere mayor investigación) la cultura católica que es «bastante flexible con la transgresión social, lo que permite que surjan fenomenos negativos que es necesario nombrar».
Va otra posible hipótesis, ésta de mi ronco pecho: quizá la cultura judeocristiana se enfoque más en lo negativo porque es el léxico que nombra este «valle de lágrimas», la cotidianeidad del dolor, la tentación y el pecado, en tanto lo positivo constituye la promesa de la vida tras la muerte, menos interesante para la hegemonía religiosa que nos dominó/domina. Por otro lado, me encantaría conocer las diferencias que en este punto presentan los varios españoles, es decir, el argentino, el chileno, el peruano, el colombiano, el venezolano, el mexicano. Seguro aprenderíamos mucho.
Sólo una nota más: se me llena la boca de orgullo de decir que por dos años fui alumna de Concepción Company en el curso de Filología Española, en la carrera de Letras en la UNAM. Gracias a ella aprendí a amar la lingüística histórica, por las luces que arroja sobre la cultura. Celebro que siga iluminándonos a muchos.
http://www.elcastellano.org/ns/edicion/2012/septiembre/company.html





































