Recién desembarcadas en esta ciudad «abençoada» (bendecida), aventar las maletas en el hotel y bajar a Copacabana fueron una y la misma cosa. Arena suave, mar glorioso, paisaje a punto, hija feliz.
Alérgica mental al sol como soy, de inmediato rento una sombrilla para completar mi dicha. Un sonriente muchacho la entierra en la arena junto a mí, para luego irse con mi billete de 20 reales, diciendo que me traerá de vuelta el cambio: 15. Media hora después, ni sus luces. Mi paranoia («seguro ya desapareció con el dinero») y mi escasa paciencia chilanga («no puede tardarse tanto en cambiar un billete») se combinan: me enfilo a buscar al infeliz. Lo encuentro tomando un coco, qué más, y platicando. Le digo que vine por el dinero y mientras me lo da, sorprendido dice: «ya lo llevaba, relájese».
Recuerdo lo que me dijo hace años en Jamaica un guía local, a quien pregunté por qué no empezaba el paseo a las Cascadas del río Dunn si estábamos todos listos (incluído él) desde hacía 20 minutos. Respondió: «No hay prisa. Si no te retrasas es que no estás relajado». Primera lección: aquí el tiempo corre a otro ritmo. Y está bien.


































