Gracias, gracias desde los hipocondrios por todo el cariño que se me ha dejado venir en abalanzamiento desde ayer. El gusto me va a durar los 364 días restantes. Pero hoy es otro día, de modo que quiero compartir este video de TV UNAM, en el que en dos minutos recomiendo tres libros que no te conviene perderte: hay cuento, ensayo y un clásico imponente.
Es mi cumpleaños y levanto un vaso de bon vino porque a pesar de los pesares soy necia y no se me quitan las ganas de crear, porque tengo cerca a mi hija y su corazón inmenso alimenta el mío como nada ni nadie, por el amor que saboreo igual que si me fuera a morir mañana, por mi familia y mis amigos que son la misma cosa necesarísima para calentarme el alma. Y sí, también brindo por los fracasos y las palizas que hacen mi historia, porque «siempre voy detrás de lo que siento, cada tanto muero y aquí estoy».
Esta canción de Soledad Pastorutti se titula justo así, «Brindis», y me encantaría haberla escrito yo, pero se me adelantó. Hoy ando más cursi de lo normal (¿más?), de modo que van la letra y la rola.
Anda, brinda conmigo.
«Seguir siguiendo al corazón y coquetear con la intuición,
seguir creciendo y esquivando las rutinas,
seguir soñando en un rincón,
seguir creyendo que hay un Dios
que me endereza de un tirón la puntería.
Siempre voy detrás de lo que siento,
cada tanto muero
y aquí estoy.
Tantos desiertos que crucé, tantos atajos esquivé,
tantas batallas que pintaron mis heridas,
tantos incendios provoqué, tantos fracasos me probé que no me explico cómo canto todavía
y es que siempre voy detrás de lo que siento,
cada tanto muero
y aquí estoy.
Tantos festejos resigné,
tantos amigos extrañé,
tantos domingos muy lejos de mi familia, tantas almohadas conocí, tantas canciones me aprendí que los recuerdos me parecen de otras vidas. Siempre voy detrás de lo que siento,
cada tanto muero
y aquí estoy.
Tantas palizas esquivé,
tantas traiciones me compré,
tantos enojos me hicieron mostrar los dientes.
Con mil abrazos me cuidé,
con mil amores me curé,
juntando heridas sigo creyendo en la gente.
Siempre voy detrás de lo que siento, cada tanto muero pero no».
Los primeros versos del año vinieron de puntitas, como sin querer, pero con ganas de llegar. Y es que los trae de la mano José Emilio Pacheco, poeta mexicano que en este enero cumple tres años de haberse vuelto transparente para, más que nunca, «arar en el mar y escribir sobre el agua», como dice uno de sus poemas.
La prisa por cumplir propósitos desmesurados resulta consustancial al inicio del año. Por ir a contracorriente o por mera necedad no me planteo metas para los siguiente doce meses, pero sí pienso qué espero de la poesía en este 2018. Pacheco tiene (para variar) las palabras cabales:
«Si leo mis poemas en público
le quito su único sentido a la poesía:
hacer que mis palabras sean tu voz, por un instante al menos».
(José Emilio Pacheco, «Contra los recitales», Irás y no volverás, en Tarde o temprano. Poemas 1958-2009, Fondo de Cultura Económica)
Me recuerda lo que dice un personaje de la película El cartero de Neruda (que está basada en la novela Ardiente paciencia, del chileno Antonio Skármeta): «La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita».
Ojalá, Diosquiera que alguno de los 52 poemas que van a protagonizar estos #MiércolesDePoesía se vuelva tu voz, le pongas tu firma, te diga mejor que tus propias palabras.
Es decir, que tu año esté cargado de versos que se vuelvan necesarios. No te imaginas qué gusto me dará si así es.
«Los libros siempre desvían: desvían del origen y del destino, proponen un camino diferente para llegar un lugar inesperado», dice Adolfo García Ortega en un fragmento de Fantasmas del escritor. Eso exactamente me pasó con estos 13 títulos: me hicieron replantear la ruta trazada al aportar matices, conceptos, ángulos.
En la primera parte de este post hablé de los 11 libros mexicanos que me desafiaron en 2017. Aquí van los escritos por autores del resto del mundo. Advierto que en junio estuve en Uruguay y llené las maletas de libros locales, mismos que he ido consumiendo poco a poco, administradamente, para que me durara el gusto adquirido por esas letras. Por eso, que no extrañe que Uruguay acapare preferencias, aunque deje algo de espacio a otros países.
Estos fueron mis favoritos:
POESÍA 1. No hay amor como esta herida, del chileno Óscar Hahn (Tajamar Editores),;
2. Queen of a Rainy Country, de la estadounidense Linda Pastan (W. W. Norton);
3. De entonces acá, del uruguayo Gustavo Wojciechowski (Yaugurú);
4. Esa polilla que delante de mí revolotea, de la española Olvido García Valdés (Galaxia Gutenberg);
NOVELA 5. Toño Ciruelo, del colombiano Evelio Rosero (Tusquets);
6. Women in Love, del británico D. H. Lawrence (Penguin);
7. El astrágalo, de la francesa Albertine Sarrazin (Lumen);
CUENTO 8. el inclasificable Misales, de la uruguaya Marosa Di Girogio (El Cuenco de Plata);
9. Espacios libres, del uruguayo Mario Levrero (Irrupciones Grupo Editor);
10. Cuentos reunidos, del uruguayo Felisberto Hernández (Eterna Cadencia);
ENSAYO 11. Escribir, del escocés Robert Louis Stevenson (Páginas de Espuma);
12. Fantasmas del escritor, del español Adolfo García Ortega (Galaxia Gutenberg);
13. Conversaciones con Mario Levrero, del uruguayo Pablo Silva Olazábal (Lolita Editores).
Se acaba el año, uno que afortunadamente estuvo lleno de buenos y algunos mejores libros. Antes de dar vuelta a la hoja me pican los dedos por compartirte una selección de los títulos que me movieron las suprarrenales (y un poquito más al centro). Por supuesto, no tiene la pretensión de incluir lo mejor de 2017, sino meramente lo mejor de mi 2017.
Para mi programa de radio BAzar de Letras y mis colaboraciones en distintos espacios culturales me concentré en literatura nacional, así que este es mi Top Ten (+1) de México. En una segunda parte hablaré de los libros de autores extranjeros.
Por cualquiera de estos meto las manos al fuego: si lo lees y no te gusta, te invito un café y platicamos de por qué no te hizo click y a mí me encantó. O me convences o te convenzo o nos reímos un poco.
POESÍA 1. Grandes maniobras en miniatura, de Eduardo Casar (Fondo Editorial del Estado de México);
2. Otra forma de bolero, de Max Ramos (Ediciones y Punto), regalo de su autor;
3. Sonetos del amor y de lo diario, de Fernando del Paso (El Colegio Nacional);
4. Se encogió de hombros y dijo, de Luis Bugarini (Libros Sampleados);
NOVELA 5. Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor (Literatura Random House);
6. Los sueños de la serpiente, de Alberto Ruy Sánchez (Alfaguara);
CUENTO 7. La Tormenta hindú, de Ana García Bergua (Textofilia);
8. La vaga ambición, de Antonio Ortuño (Páginas de Espuma);
ENSAYO 9. Territorio Lolita, de Ana V. Clavel (Alfaguara);
10. Mudanza, de Verónica Gerber (Almadía);
+1. El arte de dudar, de Óscar de la Borbolla (Grijalbo), regalo de su autor, mi querido amigo.
Cuando era niña, a mi hermano le divertía escribir con la uña en mi espalda. Ambos sabíamos que, a los pocos segundos, aparecería la palabra enrojecida, como una suerte de pizarra en carne viva.
También es delicada mi otra piel, la de puertas adentro. Enrojece a la menor provocación. Se termina el año y retomo este poema que escribí hace tiempo para el hombre que está en el centro de mi querer, porque sigue siendo exacto: cuando él roza ambas epidermis con esa ternura que desarma, me provoca una fragilidad intolerable, porque no sé dónde esconderme del sol. Así me encuentra el cierre de 2017: vulnerable a morir. Y es un privilegio.
Celebro así este último #MiércolesDePoesía del año. Aprovecho para agradecerte de corazón tu compañía en este blog, tu lealtad a la poesía de cada semana, los comentarios, las visitas. Gracias por hacer que tengan sentido los seis años de mantener este espacio de letras.
Deseo que tu año cierre por todo lo alto y que 2018 arranque bien y de buenas, con proyectos que te emocionen, con besos que valgan por cien. Por aquí seguimos, hasta que decidas otra cosa. Va un abrazo fuerte, donde estés.
Apenas penumbra
«Si un día dijeras te quiero me iría a la sombra,
me iría a sentar en la hierba
detrás de la casa,
para abrazar mis piernas
y que el rocío mojara mi falda».
Julia Santibáñez, «Apenas penumbra», Eros una vez (Seix Barral, 2017).
Encontré esta imagen en Internet y no me aguanté las ganas de subirla, aunque no sé el autor. Si alguien me lo dice, lo añado. De mientras, disfruto la coquetería de ambos personajes.
Fernando del Paso. El soberbio. El muy tocado por los vigores de la poesía (dispensen lo cursi, pero en mí siempre cabe esperarlo).
En la FIL me encontré sus Sonetos del amor y de lo diarioen una preciosa edición de pasta dura de El Colegio Nacional, con ilustraciones del propio autor. Es que, por ser genio descomunal, no se basta con escribir y también dibuja.
Este texto que le da tono al #MiércolesDePoesía pertenece a los «Nuevos sonetos marianos». Apenas lo leí, ahí mismo, en un pasillo de la Feria, llamé de inmediato por teléfono a quien está en el mero centro de mis quereres. No podía cargar sola tamaño edificio de música y de polisemia. Así que de golpe fuimos dos los deslumbrados por esta voz poética que le habla a la Virgen, pero también a la amada no-virgen, que con frecuencia le cumple milagros. El poema funciona perfectamente en ambos sentidos y en varios más que le habitan los intersticios y señalan, de nuevo, que devoción y pasión son dos formas de nombrar fervores similares.
Carajo, qué ganas de imaginar que un día yo quizá pueda escribir un solo verso como estos. Amén.
«Que te acaricie yo, tus pechos, ave,
como rezar las cuentas de un rosario.
Y que mi amor badajo y campanario
te lo repique yo, que yo te clave.
Que sean mis manos, de tus muslos, llave.
Tu rosa, de mis dedos, relicario,
y en su fronda la lengua de un canario
con mi lengua, la sal, que yo le lave.
Nada más eso pido, quiero, ruego.
A eso me dedico y a adorarte.
A quererte, y a eso, me consagro.
Y te juro, las manos sobre el fuego,
que volveré otra vez a codiciarte
cada vez que me cumplas el milagro».
Fernando del Paso, «Nuevos sonetos marianos», Sonetos del amor y de lo diario, El Colegio Nacional, 2016.
La vida sigue llevándome la delantera: ahora que me siento a escribir esta entrada para el #MiércolesDePoesía, me doy cuenta de que hoy es jueves. No sé qué hice de mi miércoles. «Quién me ha robado el día de ayer», podría parafrasear a Sabina.
Por Fortuna, la poesía se saborea con papilas que no saben de calendarios. Y este poema de Ernesto Lumbreras merece leerse de lunes a domingo, para extraerle el jugo que guarda en las costuras, ahí donde los amantes buscan asir en palabras lo que no puede atraparse y entonces acuden a figuras y metáforas, en un intento por explicarse el desbordamiento.
Sea el #JuevesDePoesía.
«—Me gustaría hacerte el amor bajo una cascada, de noche, en el trópico fosfórico, cuando el jaguar sale a cazar estrellas fugaces en el ojo de jade de un cenote.
—Yo pensaba gozarnos, aquí y ahora mismo, en este plantío de cacao donde el sol, entre el follaje del palo mulato, se muere por espiarnos. ¿O será el jaguar mismo, regresando con nuestra piel cortada, hecha trizas por sus garras y colmillos, el que nos contempla inmóvil y agazapado entre el pastizal de pará?».
Ernesto Lumbreras, «1. Diálogos de la Choca y la Xtabay transcritos por la mano de Pierre Choderlos de Laclos», Tablas de restar, Universidad Autónoma de Querétaro, 2017
La vida suele irse como agua en canal, sin sentirse. Siempre lo hace, pero en estas semanas alguien le puso un acelerador: apenas me doy cuenta de que el miércoles pasado no subí poema a este blog.
No entiendo cómo es que los planetas sobrevivieron, cómo el universo resistió sin colapsarse, pero me da gusto, con tanta poesía que todavía hay que compartir. La razón de mi ausencia es que el miércoles muy temprano volé a la FIL Guadalajara y, como pasa siempre allá, el tiempo se volvió otra cosa, una celebración de amigos, libros y gustos. Francamente, se me olvidó el resto del mundo.
En compensación va hoy un poema que justamente me regaló la FIL: es de la española Olvido García Valdés. Me puede la sutileza con la que nombra ese «olvidado asombro de estar vivos» del que habló Octavio Paz. Sea este #MiércolesDePoesía.
«Lo que importa, en literatura, es construir pasados que no existen, o existieron de otro modo».
«Los que se aman, cuando se aman, no se ven como son en realidad. El amor es un espejo deformante».
«Hay una frase luminosa en los diarios de Sándor Marai: ‘En la literatura no existe la democracia; solo hay solistas'».
Encuentro estas tres mínimas citas del autor español Adolfo García Ortega en su libro Fantasmas del escritor (Galaxia Gutenberg). Pero no están hechas de palabras solamente, tienen textura más honda, así que ya las cargo en la libreta que traigo siempre conmigo. Estoy convencida de que, un día, cada una me va a servir para entender algo trascendente. Es lo que pasa con un cerillo que alumbra un cuarto en negros. Y en este libro hay muchos cerillos disfrazados de palabras.
Voy a tener el de-veras-no-exagero honor grande de presentar al autor y al libro en la FIL Guadalajara el 2 de diciembre a las 4:30 en el salón Agustín Yáñez, junto con dos personas de mis querencias: Paola Tinoco y Nicolás Alvarado.
Si puedes caer, serás muy bienvenido. Si no, date el lujo de leer el libro. Vale todo la pena.
Muchas veces la poesía se esconde bajo ropas de narrativa y a la inversa. Estos renglones que comparto no sé a qué categoría pertenecen, pero sí tengo la certeza de que en ellos hay poesía. Poderosa. Ligera.
Son de la uruguaya Alicia Preza y pertenecen a su libro Obertura de la fiebre, publicado por Yaugurú (qué groseros placeres debo a esa editorial).
Con la ricura de ellos ocurre el #MiércolesDePoesía.
«El gato de la percha está llorando. Desde la puerta del sótano una música nos llama. Miramos de reojo, y no queremos salir de nuestro abrazo».
Nunca he tenido afanes destructivos, pero a veces envidio a quienes con ellos escupen la bilis.
Para celebrar el mejor invento del ser humano, el libro, dejo aquí este soneto de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), poeta mexicana de altura descomunal cuyo nacimiento se celebra hoy (incluso en el Doodle de Google).
El humor y la agudeza están, de nuevo, entretejidos en la firma de Juana Inés, pero es el cuchillo que forma y fondo proponen el que de veras se vuela las bardas: decirle a un examado que ni para odiarlo es bueno.
Soneto Prosigue en su pesar, y dice; que aun no quisiera aborrecer tan indigno sujeto, por no tenerle así aún cerca del corazón
«Silvio yo te aborrezco; y aun condeno
el que estés, de esta suerte, en mi sentido;
que infama el hierro al Escorpión herido,
y a quien lo huella mancha inmundo el cieno:
Eres como el mortífero veneno;
que daña, a quien lo vierte inadvertido;
y en fin eres, tan malo, y fementido,
que aun para aborrecido, no eres bueno.
Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,
aunque con susto me lo contradice;
por darme yo la pena que merezco;
Pues, cuando considero, lo que hice;
no sólo a ti, corrida te aborrezco;
pero a mí, por el tiempo que te quise».
(Sor Juana Inés de la Cruz, «Soneto», Inundación Castálida, México: Instituto Mexiquense de Cultura, 1995, p. 197)
Escribía bien y podía escribir mejor, con la maduración de unos pocos años.
Aquí va un poema de la peruana María Emilia Cornejo (1949-1972), la que decidió incendiarse en los fuegos que traía en las venas, los mismos de estas líneas.
Sea el #MiércolesDePoesía.
«entro lentamente por tus venas
hasta inundar
todos los rincones de tu cuerpo
rescato tu nombre milenario
en cada arteria
te pierdo y me encuentro
en la profundidad de tu mirada
sin compañía alguna
invado tus pulmones
y vivo
y me recreo
con el aire que respiras
avanzo por debajo de tu piel
y organizo con exactitud
el metabolismo de tus penas
y tu cuerpo se convierte
en la zona sagrada de mi vida.
sin embargo,
hoy es mañana
y mañana será nunca».
Ayer terminé la novela Women in love (Mujeres enamoradas), de D. H. Lawrence. Publicada en 1920, antecede a la enorme Lady Chatterley’s Lover (El amante de Lady Chatterley), de 1928, que fue lelvada a juicio por «inmoral».
Women in love cuenta la historia de dos hermanas, Úrsula y Gudrun, maestras en una escuela local inglesa, que sostienen relaciones amorosas con Birkin y Gerald, respectivamente. Pero en la novela están también los escarceos entre Birkin y Gerald, la Inglaterra decadente, las largas reflexiones filosóficas, la dificultad del amor porque implica un rendimiento, las expectativas sociales, la entrega amorosa que se disfruta tanto que duele, la necesidad del ser humano de respirar su propio aire.
Lawrence sabe entrar con bisturí hasta el tuétano del alma humana, ese que no suele mostrarse porque resulta demasiado blando, y lo revela bajo una luz nueva. Ahí aparece el amargor de los jugos, la blandura donde no hay hueso que proteja. Me encuentro a mí misma ahí, en el colmo delo vulnerable, lo contradictorio de amar.
Evito, claro, dar un spoiler, pero no me aguanto las ganas de postear este pasaje, que se me quedó pegado a las pestañas (abajo va una traducción mía al español):
«Sometimes it was he who seemed strongest, whilst she was almost gone, creeping near the earth like a spent wind; sometimes it was the reverse. But always it was this eternal see-saw, one destroyed that the other might exist, one ratified because the other was nulled […] This wound, this strange, infinitely-sensitive opening of his soul, where he was exposed, like an open flower, to all the universe, and in which he was given to his complement, the other, the unknown, this wound, this disclosure, this unfolding of his own covering, leaving him incomplete, limited, unfinished, like an open flower under the sky, this was his cruelest joy». (D. H. Lawrence, Women in love, Penguin Books, 1995, p. 446)
(«A veces él parecía más fuerte, mientras ella huía, se arrastraba como un viento gastado; otras veces sucedía al contrario. Pero era eterno ese subibaja: uno destruido para que el otro pudiera existir, uno validado, ya que el otro había sido nulificado […] Esta herida, esta rara, esta dolorida llaga en el alma, en la que estaba desnudo, como una flor abierta, ante el universo y en la que era entregado a su complemento, a lo otro, lo ignorado, esta herida, esta revelación, este descubrirse que lo dejaba incompleto, limitado, inacabado, como una flor a la intemperie, esto constituía su gozo más cruel».)
Hoy, en México celebramos el Día de Muertos y, con él, las calaveritas: poemas cortos y rimados en los que se cuenta el desenlace de una persona.
Aquí va una mía:
«¡Ya me urge ponerme a escribir!»
gritó Julia, la paciente,
«¡que siento a la musa venir
y no a una falsa pariente!”.
La queja debió interrumpir
pues llegó la parca sin dientes,
celosa del genio a morir:
a la autora tan sonriente
de porrazo hizo sucumbir
y a sus versos, ocurrentes.
Foto: Alexei Bednij http://www.hypnosisondemand.com/overcome-sciophobia-sciaphobia-fear-shadows/#iLightbox%5Bgallery1261%5D/0Andan por aquí, quesquesin aprender a morirse bien. No son muchos, pero tienen varias caras: mi papá jugando raquetbol, mi abuela Martina calentándose al sol, mi papá y yo en pijama viendo el box, mi abuela Lucía que no se cansaba de ser guapa y distante, mi papá regando sus plantas en el jardín de la casa, mi papá contento tomando un whisky, mi papá dándome un beso de buenas noches.
Aquí andan, pero cuando los quiero abrazar levantan el vuelo y se van, dejando apenas un poco de sombra.
No hay novedad. Siempre les gustó ser cabroncitos.
Foto: Rodrigo Jardón Las Gardenias saludan al público luciendo sus colores insignia: morado y rosa. Al fondo, la iglesia de San Francisco de Asís.
Simultáneo. Todo sucede al mismo tiempo: la corredera de niños, el amargor a cerveza tibia y el tufo a mariguana, el subibaja de palabras, aquella cumbia que machaca. También luces de colores, oscuridad y luna llena.
Son las ocho de la noche y estoy en la cancha Maracaná del Deportivo Tepito, en el corazón del barrio, esperando que empiece el partido de futbol de Las Gardenias, equipo conformado por travestis y transexuales de la zona. Es el evento que desde hace unos cincuenta años cierra el día de fiesta de San Francisco, el 4 de octubre. Aunque es el santo más querido por aquí, no alcanza a rivalizar con la Santa Muerte, cuyo altar principal está a unas cuadras. “Mientras a la Virgen y a los santos les ruegas por un milagro, a la Santa Muerte le pides hazme el paro”, señala Alfonso Hernández, quien se autodefine como hojalatero social y cronista de esta colonia.
“Ser parte de Las Gardenias es una distinción”, apunta Alfonso, amigo mío y gracias a quien estoy aquí. “La gente las respeta y las quiere, les reconoce lo chambeadoras, lo entronas”. Hace un par de horas llegamos a la estética de Naomi Camacho, estilista michoacana e integrante de Las Gardenias. Somos un grupo: Alfonso, algunos fotógrafos italianos, una periodista, Rodrigo Jardón, autor de las fotos que acompañan este texto, y yo. Naomi nos saluda mientras le despunta el cabello a un muchacho. En las paredes del lugar hay pósters de Marilyn Monroe y de modelos imponentes, una imagen de Cristo, además de fotos de Naomi con estrellas del espectáculo como Sabrina Sabrok, quien hizo célebre la desmesura de sus pechos. Suena en la tele algún programa de concursos que miran de reojo Victoria y Sandy, también estilistas. Y Gardenias. Aprovecho para preguntarle a Sandy si en el partido prefiere meter los goles o pararlos. Con fuegos artificiales en los ojos responde: “No, pues mejor que me los metan”.
“Naomi y algunas otras presumen el busto. Tienen de qué. En las entrelíneas del despliegue de glamour se lee el orgullo de ser mujeres, sin importar que la genética las haya querido hombres.”
Por fin nos vamos al campo de juego. Sandy y Victoria se adelantan. De camiseta color vino y pantalones de mezclilla ajustados, Naomi es atractiva, camina con porte. De camino, en lo que parece una fonda vemos a unos seis personajes sentados en círculo. Beben eufóricos, como si fuera la primera vez. Más adelante, sobre la banqueta dos viejos juegan cartas sobre una caja de cartón. La vida cotidiana de estas calles saluda sin rubor.
Cuando llegamos al Maracaná, las once Gardenias se meten a maquillar. Tras una hora por fin salen, parece que van a una fiesta. De hecho sí, van a su fiesta: pestañas postizas, sombra, mucho delineador, labial y diademas con mechudos fucsias se completan con shorts cortitos y blusas pegadas. De edades dispares, las chicas meten la panza mientras sonríen, incontenibles. Naomi y algunas otras presumen el busto. Tienen de qué. En las entrelíneas del despliegue de glamour se lee el orgullo de ser mujeres, sin importar que la genética las haya querido hombres.
Las gardenias en acción
No sé cuál es el marcador, sólo que Las Gardenias le van ganando a El Hebraye, equipo de hombres. Cada gol de ellas es celebrado en las gradas repletas de familias con niños y también en la propia cancha, donde no menos de ciento cincuenta personas intentamos seguir el partido y tomamos fotos, aunque ocupamos buena parte de la zona de juego. Muchos se cruzan de punta a punta, adolescentes torean el balón. Hasta un perro orina el pasto mientras ellas y ellos buscan anotar. Todo ocurre de forma simultánea y yo me siento en película de Juan Orol. Cae otra anotación de Las Gardenias. Junto a mí, una señora de unos cincuenta años años, vestido y sudadera, más cigarro en vilo saca humo por la nariz: “¡A huevooo!”.
Foto: Rodrigo JardónUna de Las Gardenias muestra el uniforme, compuesto por diadema, camiseta y shorts negros. Aquí todavía no se maquillaba, parte indispensable del atuendo.
Pero en el ambiente hay molestia. Cuando los equipos entraron al campo y mientras hacían caravana frente a público y fotógrafos, algunos chamacos les aventaron huevos y harina, además de botellas de refresco. Ante el desorden, algunas Gardenias decidieron no jugar. Entre ellas, Naomi. Más tarde me explica Alfonso: “Hace años que no se daba tal caos, porque los encargados del Deportivo vigilaban bien. Ahora la administración es nueva y no organizó el control del partido”.
A pesar de todo, nunca sentí peligro y el tono del espectáculo no se perdió. De pronto, una Gardenia de peluca azul se le cuelga al cuello a un contrario, para que otra se lleve el balón. El público festeja. Más allá hay algún manoseo y risas. Pasa Paulette llevando el balón. De cabello muy largo, delgada y fuerte, lleva tiras de micropore en la nariz, evidencia de una reciente cirugía. Parece divertida, con todo y su fleco lila. Luego, en una de las esquinas de la cancha se forma una bolita. Cuando logro llegar, ya la gente se dispersa. Una chava me enseña en el celular la foto que acaba de tomar: a un jugador del Hebraye le bajaron los shorts y los calzones. En la imagen veo unas nalgas. Orondas. Blancas.
Noche espera en el Maracaná
Las Gardenias nació hace más o menos medio siglo por idea de Bárbara, tepiteña interesada en promover la igualdad. Al haber muchos travestis en la comarca, la idea pegó fácilmente. En un inicio, las chicas tenían diversos rivales pero después, ante los botellazos e insultos que algunos les lanzaban a ellas y a los contrincantes, por poco se suspende la tradición.
“Lo que yo te pido es que hables bien del barrio, güerita, porque no todos somos rateros ni criminales ni nada de eso. Unos somos buenas personas, como yo, que tengo 66 años y toda mi vida he respetado el sexo de las mujeres.”
Al fin, “desde hace como veinticinco años” juegan contra El Hebraye, conformado por hombres de Tepito, subraya Héctor, comerciante de lentes y director de ese equipo. “De niño yo venía a ver a Las Gardenias y se me hacía algo bonito. Hubo un tiempo en que ofendían a las chicas y no es justo. Aunque sean gays, todos somos humanos. A ellas les gusta ir al gimnasio todo el año, estar bonitas, operarse. En casa, sus viejos las tratan bien, ¿para que vengan aquí a que les den nalgadas? Pues no”. Platico con él en las afueras de la cancha. Héctor es bajito, se sabe encantador. Parece no tener huesos ni nervios, sólo músculos. “Algunos piensan que el nombre Hebraye se refiere al cotorreo, el debraye, pero no. Yo lo inventé, usé las letras iniciales de mi nombre y del de mis hijos:He, de Héctor, Bra, por mi hijo Brandon y Ye, por Yefferson”. Ensancha más el tórax.
La noche es espesa aquí en el Maracaná. Muchachitas que no llegan a los trece años corretean en ombliguera, aventándose y toqueteándose entre ellas y con niños de su edad. “Ya, María, vááámonos”, grita uno de ellos mientras jalonea a una gordita, de mechones azules y falda corta. Pienso que quizá haya muchas Marías, aunque no sé cuántas vírgenes. Mis pudores me dan pudor.
Viene a saludarnos un hombre de pelo blanco que se presenta como uno de los árbitros del Deportivo. Es Gustavo y se ve que lleva horas amistándose con las cervezas. Al decirle que voy a escribir una crónica del partido responde, con escasos dientes: “Lo que yo te pido es que hables bien del barrio, güerita, porque no todos somos rateros ni criminales ni nada de eso. Unos somos buenas personas, como yo, que tengo 66 años y toda mi vida he respetado el sexo de las mujeres”.
En el atrio de la iglesia, junto a la cancha, una pareja baila cumbia entre globos y puestos de comida, al tiempo que cerca de mí dos jóvenes se agarran a golpes. Muchos se acercan con fascinación para ver los puñetazos, la jaladera de chamarra, la rajadura de playera. Peleo mi espacio cerca del ring improvisado. Pasados unos minutos aparece un policía y separa a los muchachos. Pasa junto a mí el mayor de ellos, la cara está muy roja y los ojos, también.
Ya viene de regreso Gustavo. Trae una caguama y tres vasos desechables para invitarnos un trago. Bajo la luna llena brindamos por Las Gardenias.
“Más allá de lo que se ve”
Vamos saliendo del campo de juego, son casi las once de la noche. Hace poco terminaron los fuegos artificiales en el atrio de la iglesia y la celebración va para largo. Oímos algunos balazos, no sé si de fiesta o de agresión. O ambas.
Alfonso, muy conocido en la zona y sabedor de por dónde no hay que andar, nos guía por los entresijos de puestos de metal y montones de basura melancólica, que esperan al camión. Vamos todos juntos, un grupo compacto. Conforme nos alejamos del Deportivo, en el laberinto de tiendas y vecindades se han acallado los ecos cotidianos de Tepito, demarcación que integró al imaginario nacional figuras como El Santo, Cantinflas, El Ratón Macías y Cuauhtémoc Blanco. Hace un rato platiqué con Eriko Stark, seudónimo de Eric Meneses, joven de la colonia, periodista y fotógrafo gay. A decir de él, si antes lo que se vendía más aquí eran aparatos electrónicos y fayuca, hoy es piratería, pornografía, anabólicos y proteínas para adictos al músculo. Cuánto revela el comercio de quiénes somos y cómo vamos cambiando.
Pregunto cuál fue el marcador final. Alguien contesta: 4-1, ganaron Las Gardenias. Ya lo pronosticaba Héctor: ellas siempre ganan, no les marcan faltas y sí les cuentan todos los goles, aunque sean chuecos. “Claro, entendemos que es un cotorreo”, subrayó. Otra muestra del vacile está en la misma porra de las triunfadoras: “Chiquitibum bombitas, / Chiquitibum bombitas: / Las Gardenias son bien putitas”. La escuché de los labios impecables de Naomi.
Me acuerdo de algo que leí del escritor argentino Martín Caparrós: “El futbol está pensado como espectáculo, algo para que otros miren. Y uno sólo ve lo que le muestran… hay cosas que suceden más allá de lo que se ve”. Es cierto. En el caso del partido en el Maracaná, lo más relevante no se aprecia a simple vista: el hecho de que en un barrio tradicionalmente machista, hace cincuenta años tanto Las Gardenias como las familias que se reúnen a aplaudirlas visibilizan y aceptan la diferencia. Ni las chicas ni los tepiteños olvidan que Las Gardenias nacieron hombres pero decidieron hacerse mujeres. Que de alguna forma hoy son ambas cosas. Al mismo tiempo.
La querencia devenida pasión devenida obsesión devenida apremio de poseer y chupar hasta el último huesito. Es decir, querría comerte en tu jugo para luego incorporarte a mis tendones. Algo así ocurre cuando la urgencia por otra persona rebasa los límites del decoro.
Fernando Rivera Calderón sabe esa y otras cosas, porque mira de frente cuando compone canciones. También cuando escribe poemas. Lo deja ver su reciente libro Llegamos tarde a todo (Almadía), con diseño del exquisito Alejandro Magallanes. En él, Fernando hurgaen los intersticios del ritmo, de la sorpresa de estar aquí y ser uno mismo, del humor y el desamor. No hay rodeos ni timideces, sólo vida a borbotones.
Su poema «Licuadora» le da tono a este #MiércolesDePoesía. Me divierte y me da envidia cómo le pone palabras a las ganas antropófagas que el aparato electrodoméstico y yo conocemos tan bien.
Licuadora
«Poder
licuarte,
batirte,
extraerte.
Cambiar
tu consistencia.
Ablandar
tu ser
para beber
el zumo
que fluye
ácido y dulce
de entre
mis cuchillas».
Hoy comparto aquí mi columna semanal en la revista Neurona Magazine, propiedad de Neurona Digital, en la que abordo temas de mercadotecnia digital, Storytelling y novedades tecnológicas, que me interesan particularmente.
Si te apetece pasar a leer, adelante. Si no, por favor brinca a alguna otra entrada del blog, pero no te vayas sin leer algo que te deje el alma un poco más curiosa o contenta.
Existe una tercera alternativa, también de Amazon: entras a un supermercado, tomas el producto que quieres y te vas.No hay filas ni cajas ni tiempo de espera. Es lo que plantea Amazon Go, una idea offline de la empresa de Jeff Bezos, que no deja de expandirse y apostar por el futuro.
Para comprar con este sistema sólo necesitas tener una cuenta en Amazon, un teléfono inteligente y descargar la App Amazon Go. Funciona así: para entrar al supermercado pasas la App por el escáner, de modo que te identifique como comprador. Ya dentro, pones en tu bolsa lo que quieras llevar. Los escáners de los anaqueles registran automáticamente cuando un producto es tomado del anaquel, de modo que llevan registro de tus compras en un carrito virtual. Cuando terminas puedes irte y, unos minutos después, Amazon hace el cargo a tu cuenta.
Es algo así como un sistema invisible de pago, que emplea una tecnología similar a la de los autos automáticos: combina visión computarizada, sensores e inteligencia artificial. En la primera Amazon Go Store, ubicada en Seattle, Washington y que está en etapa de prueba desde diciembre de 2016, puedes comprar desayunos, comidas y cenas frescas, preparadas por chefs locales. También ofrece los comestibles usuales en un súper, como leche, queso artesanal y chocolates. Un plus: los paquetes Amazon Meal Kits contienen los ingredientes y la receta para que puedas preparar una comida para dos en un tiempo estimado de 30 minutos.
Ni avisó. Nomás se hizo presente, el aire de invierno ropas adentro. En esta mitad de semana que con-boca versos, el invitado es Juan Rafael Coronel Rivera, quien en los apellidos narra buena parte de la historia artística del México reciente.
Trae entre manos Las cuatro esquinas del fuego, publicado por Talamontes Editores y que resulta su quinto libro como poeta. La edición es chulísima, desde la portada hasta el pie de imprenta pasaron por las manos de un diseñador. Y el humor jodón de este poema me gusta: si el amor fuera una infección, ¿qué tan mala podría ser?
Voilá, el #MiércolesDePoesía.
Cajita de pastillas
«¿Y si el amor es la infección de todas las cosas?
¿Me contagio?
¿Si en las buenas y en las malas
compartimos suero y antivirales?
¿Estaré más cerca de la comunión afectuosa
si despierto en el hospital afiebrado
pero tomándote de la mano?
¿Será eso acaso parte del locus amoenus? ¿Y si eres el amor de mi vida?
¿En el vómito y los estertores
puede haber pasión desenfrenada?
¿Qué significa perder el instinto por el segundo febril?
¿Qué tan malo puede ser?»
Resulta que la poesía del chileno que devino mexicano me ha resultado necesaria en varios momentos de la vida, así que de veras celebro tenerlo como invitado en mi programa de radio BAzar de Letras, para hablar de su libro reciente Al fin todo es un milagro.
Hablamos de cómo conoció a Pablo Neruda en Chile y cómo él tuvo que ver con la publicación de los primeros versos del entonces estudiante. Y de qué piensa de la UNAM. Y de en qué lugar del cuerpo empieza a formarse un poema.
Se presentaba como fotógrafo enviado por la ONU a campos de refugiados y engañó a muchos. Llegó a tener 125 mil seguidores en Instagram. Medios como The Wall Street Journal, Vice y la BBC Brasil publicaron sus imágenes. Getty Images le compró fotos. Sin embargo, no es fotógrafo. No ha estado en Gaza, en Irak ni en Siria. Es más, ni siquiera tiene esa cara: se los tomó “prestados” al surfista británico Max Hepworth-Povey. Eduardo Martins es una identidad completamente falsa.
La historia se sostuvo por varios años, pero comenzó a hacer agua a mediados de este 2017, cuando Martins ofreció sus fotos a la BBC Brasil, mientras dijo encontrarse en Mosul, Irak. El sitio publicó las fotos, pero Natasha Ribeiro, quien colabora con la BBC Brasil y vive en Medio Oriente, preguntó por Martins a sus amigos en Irak. Nadie sabía de él. Los colegas en zonas de guerra son pocos, así que todos se conocen. Ribeiro se puso a investigar y encontró que Martins no había estado en los lugares donde decía haber tomado fotos y nadie lo había visto nunca.
Otros dos plagios.
En agosto, la BBC Brasil le preguntó a Martins por su cargo y éste respondió vía WhatsApp: “Soy voluntario de la ONU y trabajo en la organización de los campos de refugiados”. El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados no tiene ningún registro de su nombre. Al seguir el hilo del asunto, la BBC Brasil encontró que varias fotos vendidas por Martins como suyas a Getty Images y Zuma Press eran imágenes editadas de otros fotógrafos. Cuando se hizo pública la falsificación, los bancos de fotos eliminaron las imágenes y la BBC Brasil hizo lo propio, además de ofrecer disculpas a los lectores.
Cuando un fotógrafo brasileño, amigo suyo a través de las redes, le dijo a Martins que pesaba sobre su trabajo la sospecha de fraude, este contestó que se iría un año a pasear por el mundo. Borró la cuenta de Instagram y canceló el número de WhatsApp, de modo que la identidad del suplantador sigue sin conocerse.
Más allá del escándalo, quien haya creado el perfil fraudulento conoce bienestas cuatro claves del Storytelling y las usó con pericia:
Crea un personaje cercano y querible. La cuenta de Instagram de Martins combinaba la adrenalina de fotos en zonas de guerra, con imágenes de él practicando surfing en Australia. Es decir, manejaba bien el ritmo y los acentos: ni siempre un mundo idílico, ni todo el tiempo inmerso en la tragedia.
El impulso de escribir tiene su origen en el deseo de tomar una foto mental de algo, detener el tiempo para plasmar eso que nos emociona, incomoda, cimbra de algún modo.
Escribir es, pues, una intensificación del lenguaje, un mirar con lente de aumento las palabras y convertirlas en nuevos sitios desde dónde ver, para luego salir al mundo mejor armados. Las técnicas de escritura se pueden aprender, pero el ansia de escribir se debe traer de origen.
Con el objetivo de ayudarte a desarrollar tu potencial como escritor(a) estoy por arrancar un Taller de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores, donde soy maestra de la materia Escritura Creativa.
Aquí va la información:
Duración: ocho sesiones Inicio: sábado 21 de octubre Terminación: sábado 9 de diciembre Horario: de 11 am a 1 pm Lugar: Escuela de Escritores, Pitágoras 446, Col. Narvarte (hay estacionamiento a menos de una cuadra; la Escuela está a dos cuadras del Metro Etiopía) Costo: $1800 pesos, pago único al inscribirte Temario: El taller es de tipo teórico-práctico y los temas que veremos aplican a todo texto de escritura creativa, tanto de ficción como de poesía. Revisaremos los siguientes temas de teoría:
cómo convertir una idea en un texto;
de qué modo desarrollar un estilo personal al escribir;
así se construye la voz narrativa;
cómo potenciar el uso de metáforas;
de qué modo se conforma el ritmo narrativo;
cómo evitar el bloqueo ante la hoja en blanco
Además, claro, dedicaremos tiempo a ejercicios de escritura y a leer y discutir los textos de cada participante. También ofreceré recomendaciones de libros de apoyo y otros recursos para escritores.
La poesía, ese territorio de lo que no es. Mejor: ese territorio de lo que no era y, a partir de las palabras, yaes. Quien escribe crea algo que no existía, le da consistencia material, dejacaer un aliento cálido sobre esas letras y de pronto cobran existencia plena. SON. Escribir se parece tanto a jugar.
El nuevo libro del poeta uruguayo Gustavo Wojciechowski «Maca» alude a ese vértice casi alquímico. Además de la narrativa poderosa de cada poema, Ni siquiera (publicado por Editorial Yaugurú) amasa tipografías, músicas. El conjunto es una suerte de paisaje material bien articulado, trazado por la mano de Maca, niño jugador de letras y diseños y acentos: un poema invita a ver el mundo desde una cima, más adelante aparece un valle, luego un pequeño barranco, para volver a la horizontalidad sorpresiva y volver a empezar. Todo esto, sólido y sugerentísimo, no existía antes de Ni siquiera.
Este poema es de mis favoritos. Crea palabras tan lindas como «maldororamente» y «manicomiado», salta por aquí y por allá, alude al hormigueo de posibilidades de una vida, se regodea en los varios sentidos de «valla / vaya» y pone el foco en los caminos que se abren y bifurcan.
Al #MiércolesDePoesía le sale una sonrisa bien grande de tenerlo en casa.
«La puta madre»
«yo quería ser un peleador
regir maldororamente
tener la impávida mirada del más Arturo iluminado
aullar como beatnik aullar
ser un manicomiado por un rato un rufián
ponerle antiparras a la poesía
valla que si me hubiera gustado
tener los nudillos siempre sangrantes
de las generaciones precedentes
estar antes que el futuro
sacándole la lengua a los que vengan
que las revoluciones regurgiten en mi garganta
estar en contra de estar a favor de estar en contra
aunque me rompieran la narizota