Recién terminé esta novela de Howard Jacobson (Miscelánea). Es violenta, iluminadora, fascinante. La anécdota es «simple»: un anticuario de libros desea que su esposa le sea infiel, una y otra vez. Felix Quinn, protagonista, repite una frase a modo de leit motif: «Ningún hombre ha amado a una mujer sin imaginársela en brazos de otro». Y justo porque ama a Marisa se la imagina en brazos de Marius, con lo que envuelve a ambos en su telaraña de deseo. Pero ya lo cuestiona la contraportada del título: «¿cómo se le puede llamar traición a eso, si es exactamente lo que él quiere?».
La sensibilidad de Jacobson permea cada página mientras se pasea por las tripas recónditas de la obsesión sexual, los celos, el amor. Apoyado en un lenguaje sugerente, va mucho más allá de meramente presentar hechos. Como dice el propio Quinn sobre su esposa: «las palabras eran nuestro modo de acariciarnos». Sí, Jacobson me acaricia mientras leo y me seduce hablándome al oído, lo que compensa los ocasionales descensos de ritmo y las reiteraciones en voz de su personaje enloquecido. No conocía al autor y vaya presentación que es este volumen. En alguna medida me sucedió con Quinn lo que hace años con el Humbert Humbert de Lolita: racionalmente me resultan chocantes, pero la magia creada por el autor me los vuelve entrañables. Como Humbert Humbert, Quinn es el narrador «pervertido» que recuerda con nostalgia el deseo totalizador de otro tiempo, con lo que se gana mi complicidad.
Una crítica: la edición en español es una buena traducción de Santiago del Rey, aunque el título pierde frente al original en inglés: Un acto de amor es sólo uno entre muchos, mientras el autor tituló su obra de forma categórica: El acto de amor (The Act of Love), el mayúsculo, el único.
























