Cortázar me calla la boca

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Hace unos días escribí algo sobre la palabra «gentes» y subrayé que me parece lamentable (ver Septiembre 11, entrada: «Palabra del día: ‘gente’ (no ‘gentes’)». Pues resulta que anoche empecé a leer una edición argentina de Las Hortensias y otros relatos, de Felisberto Hernández (El cuenco de plata). El volúmen incluye un prólogo que Cortázar hizo de la primera edición y en él encontré esta joya (¿?): «Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía), te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran GENTES incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así […]».

Aunque sigue chocándome, asumo que el lenguaje es de quien lo utiliza: se la «paso» a Cortázar.

Fecundar/secundar

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Se me ocurren algunas rientes confusiones a las que se prestan en una oficina estas cuasihomófonas:

  • En una junta, ante la propuesta de un ejecutivo su jefa responde entusiasta: «te secundo» (todos entienden «te fecundo»).
  • Un gris empleado quiere convencer a sus colegas de tomar tal línea de acción y pide: «Necesito que me secunden» (sin comentarios).
  • «Se trata de elegir en consenso una idea y secundarla» dijo la autoridad (y la idea escogida se multiplicó).

 

 

 

 

 

Para todo mal, mezcal…

Y para todo bien, también, dice la sabiduría popular mexicana. Por supuesto no pretendo adjudicarme la autoría de esa enorme frase, sólo la tomo prestada para un día pesado como hoy (con olor a lejanías). La buena noticia es que rematará con amigos, justamente, en torno a un buen jugo de agave. Acepto mansamente mi destino y sólo pido la necesaria sal de gusano y los gajos de naranja. Sea, pues.

¿Bodas = pornografía?

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Lo había pensado: las bodas clasemedieras son el clímax del exhibicionismo, del ansia por mostrar sin pudor las entretelas, de manera más grandilocuente (incluso) que en Facebook. En algunos casos son también materialización de lo kitsch: desde las poses tiesas solicitadas por fotógrafos que «saben cómo» captar a los amantes, hasta los intolerables recuerditos que son, sin falta, inútiles.

Por ello no resulta descabellado pensar que puedan ser parientas cercanas del porno  comercial, dominio de la exhibición y, sin duda, de lo kitsch. Y entonces leendo Vanity Fair me encuentro este gran concepto de A. A. Gill: «A wedding is like pornography in that it promises far more than it’s ever going to deliver; unlike pornography, we witness this scene with our grandparents and our kids». Sí, también en eso se parecen: bodas y porno ofrecen más de lo que pueden cumplir. Y en cuanto a las diferencias, la principal para mí es que el porno resulta más divertido que las hiperglucémicas fiestas.

Palabra del día: festinar

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define como sinónimo de «malversar» y como una forma en desuso de «apresurar, precipitar, activar». Como no me gustan esos significados y la lengua es un bien común, he aquí que invento el que me funciona el día de hoy:

«Festinar (Del lat. festinare) 1. Celebrar, festejar. 2. Disfrutar un festín esperado. 3. Hacer alboroto a quien viene de fuera. 4. Divertirse, recrearse con el ídem».

En este solemne día la inscribo en el Diccionario Daniosko de la Lengua. Faltaba más.

Leer es un estimulante

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Continuando con lo iniciado ayer (postear reflexiones/citas en torno al arte de leer), aquí un fragmento de Auster: leer es parecido a una droga, a un estimulante poderosísimo. Lo suscribo.

“Leer era mi válvula de escape, mi desahogo y mi consuelo, mi estimulante preferido: leer por puro placer, por la hermosa quietud que te envuelve cuando resuenan en la cabeza las palabras de un autor”.

Paul Auster, Brooklyn Follies, Anagrama

Sobre el (galano) arte de leer

Dado que la personaja autora de este blog no concibe el mundo sin leer, se dará a la tarea de reunir aquí citas sobre este arte/placer siempre inacabado (por fortuna), no sin antes mencionar que cuando asistía a la escuela recuerda haber tenido en sus manos un libro que se llamaba justo así: El galano arte de leer. Y aunque en su momento el título le pareció ridículo, hoy le despierta nostalgia. Y aunque seguramente tampoco era ésta la portada, la incluye como testimonio de que el susodicho libro en efecto existe, todavía.

En fin, aquí la primera referencia, enviada hoy por un amigo que en un chiste local se hace llamar Juan de Mena, igual que el poeta cortesano del siglo XV:

«Raras veces leo en playas o jardines. No se puede leer con dos luces al mismo tiempo, la luz del día y la del libro. Hay que leer con luz eléctrica, la habitación en sombras, sólo la página iluminada.»

Marguerite Duras citada por Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Almadía

Las primas, de Aurora Venturini

En 2007, los integrantes del jurado del Premio Nueva Novela en Argentina (entre los cuales figuraba Rodrigo Fresán) eligieron como ganador un texto que se distinguía por «su originalidad y por la fuerza de su escritura», según dicta la contratapa del libro. Menuda sorpresa se llevaron cuando al abrir la pleca encontraron que la autora tenía sólo 85 años.

Confieso que ese fue el gancho (¿morbo?) que me hizo comprar en el Ateneo de Buenos Aires el volumen de Mondadori. Ahora que recién terminé de leer la novela confieso mi pasmo. No sólo es excelente sino también mordaz, cruda, irónica. Ni en mis sueños más salvajes me podía imaginar a una venerable anciana escribiendo páginas como éstas.

La voz narrativa, Yuna, define los hechos contados como una «tragicomedia inmunda». Ella es «diferente», lo que quiere decir que tiene problemas de lenguaje y (quizá) de entendimiento, pero a fuerza de beberse el diccionario termina dominando las palabras y la puntuación que al principio del libro se le rebelan. Muy pronto descubre que pintando se expresa, aprehende, comunica, lo que la acerca a la ansiada «normalidad». Su hermana Betina es idiota: siendo adolescente tiene la edad mental de una niña de cuatro. Come en una silla que lleva añadido un agujero para que defeque y orine, pues a mitad de las comidas le dan ganas. Yuna se pregunta: «cómo podía haber alguien tan feo y horrible, cabeza de búfalo, olor de trapo húmedo». Por otro lado, la prima Petra es «liliputiense», o sea, enana, mientras la otra prima, Carina, tendrá un destino adverso.

Así, el universo familiar en el que transcurre la novela es asfixiante, cargado de hedores, muerte, podredumbre, locura, castraciones, venganzas, abusos, tristeza «que desbarranca». En un giro interesante, Yuna se afirma como la lucidez a pesar de la minusvalía. Dice: «yo quería percibirme nueva recién venida al mundo (sic) como si naciera de un gran huevo, quería ser un ave diferente» y justo cuando parece conseguirlo termina la narración. En cualquier caso, la novela se regodea en lo asqueroso, lo torcido y deforme, lo monstruoso, lo indecente, lo abyecto y ruin como sinónimos absolutos, en la línea clásica que asocia fealdad externa con fealdad del alma. Y a pesar de ser chocante y quizá políticamente incorrecta esa relación, la novela es redonda, puntual, precisa, altamente recomendable, pues.

Si un mujer de 85 años fue capaz de escribir estas páginas, sin duda hoy me trago mis prejuicios sobre su generación.

Lo que enamora a esta mujer

Pocos días tan complicados como hoy. Siento que cargo suficiente presión como para tres personas. Y sobra. En medio de todo, sin demandar respuesta recibo mensajes de texto interesados en lo que me pasa. Luego, una llamada remojada en ternura y dos besos suaves por el auricular aceitan mi sonrisa. Supongo que eso explica por qué estoy enamorada.

Palabra del día: gente (no gentes)

Acabo de tener una conversación telefónica que a la letra reproduzco: «¿entonces cuántas gentes van a acudir?». Aunque me apeteció contestar: «Lamento decir que no van a acudir ‘gentes’, sino unos mil invitados», opté por reformular la pregunta. Debo haber parecido odiosa pero algunas palabras van contra mi religión.

Resulta que ese es un sustantivo colectivo que quiere decir «pluralidad de personas», con lo que si viene «gente» queda implícito que serán «muchas personas». Aunque en México solemos usarlo como sustantivo individual («Fulano es buena gente») y en ese contexto hace sentido hablar de «gentes» (=»personas»), la palabrita me despedaza el oído, así que está vetada del Diccionario Daniosko de la Lengua. Es una de esas licencias que no incluirá durante al menos los próximos 30 años.

Estoy a merced de las palabras

 

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En mi mente, selva profusa, crecen palabras que nadie poda. Primero tímidas, en un susurro aparecieron como hierbas, respetaron alguna jerarquía. Poco a poco fueron creciendo, desmesurando, se hicieron altaneras, pintaron de verde el espacio. Hoy en voz alta cubren el suelo, se multiplican, les crecen manos. Excesivas, un día desfallecen. Se fragmentan, se fagocitan, se secan. Creo que las vencí. Luego renacen, giran sobre sí, erguidas, asfixian la poca mesura que restaba. Estoy a su merced, incluso para contar lo sucedido.

Arrancar el amor

Arrancar el amor/

como se arranca un fruto del árbol/

con la misma vehemencia/

en un golpe de calor./

Codiciante, sentir su peso/

en el hueco de la mano/

salivar su aroma./

Convencida de que es mío/

hincarle el diente/

llenarme la boca de su jugo/

dejar que escurra, serpentee./

La boca hinchada de su pulpa/

irme andando la rubia avenida.//

 

-Julia Santibáñez

Vivir = danzar

Fui a ver la exposición «Surrealismo: vasos comunicantes» en el Museo Nacional de Arte (MUNAL) de la Ciudad de México. Gracias (entre otros) a un convenio realizado con el Centro Pompidou de París es posible disfrutar en un mismo espacio piezas de Miró, Tanguy, Dalí, Giacometti, Bayer, Paalen, Izquierdo, Carrington, Meza y un largo etcétera. Es una maravilla ver en diálogo tantas voces.

La sorpresa como norma surrealista y el coqueteo fértil entre consciente-inconsciente me descolocan y fascinan. Aquí, una pieza hermosa de Wolfgang Paalen que se me quedó pegada a los ojos y una cita que me dejó pensando y asintiendo: «Quien se empeña en ignorar o negar el éxtasis es un ser incompleto, cuyo pensamiento se reduce al análisis. La existencia no es sólo un vacío convulsivo, es también una danza». -Georges Bataille

Salgo de mi guarida

Salgo de mi guarida/

hambrienta./

Lo percibo en el aire,/

el manjar espera./

Húmeda/

avanzo lento en pasto seco/

mientras busco/

la fuente del aroma./

En la oscuridad,/

mi olfato despierto.//

 

-Julia Santibáñez

Milonga del alucinado/para alucinar

El sábado adquiere otra textura y otra temperatura con los ecos de  este impresionante poema de Jaime Dávalos, con música de Eduardo Falú e interpretación de Liliana Herreros. Es como si la distancia se solidificara en música…

«Siento mi pulso en la sombra midiendo tu ausencia/
lento derrumbe del tiempo que corre en mis venas,/
¿dónde estarás a esta hora en que tu presencia/
todo lo habita de un vaho de sol y madera?/
Toda mi sangre te aguarda/
toda mi vida te espera/
¿dónde estás?//

Mientras las cosas que amamos siempre te recuerdan,/
crece un aroma secreto desde las tinieblas,/
mi soledad alucinada de nuevo te inventa:/
es que te llevo, mi alma, tatuada en las venas.»//

-Milonga del alucinado

Da click aquí para escuchar la canción: http://m.youtube.com/watch?v=M_zuBZV1IQg

¿Pienso o me dejo pensar?

Hoy de madrugada, preparándome para ir a clase de yoga, encontré el universo contenido en unas pocas líneas del libro Yoga: inmortalidad y libertad, de Mircea Eliade (FCE):

«Bajo las apariencias del ‘pensamiento’ se esconde en realidad un centelleo indefinido y desordenado, alimentado por sensaciones, palabras, memorias. El primer deber del yoguin es pensar, esto es, no dejarse pensar. Por ello la práctica del yoga comienza con la concentración en un solo objeto, que obstruye el flujo mental».

Nunca me lo había preguntado ni se me había ocurrido que existía esa diferencia no-sutil. Pensar es concentrarse a propósito en un objeto/idea, dejar de lado cualquier distracción, mientras dejarse pensar es ser tomado por pensamientos, recuerdos, reflexiones, incluso tonterías. Me la he pasado diciendo que el yoga me ayuda a «no pensar» cuando en realidad, según este concepto, me ayuda a «pensar», es decir,
a concentrarme en la respiración, en las sensaciones de mi cuerpo, aislando por completo todo el resto del mundo. Uffff, supongo que esto es lo que se llama «una revelación».

Palabra del día: mador

Hace tiempo no posteo una palabra del día, de ésas que aparecen a la vuelta de la calle, sorprenden con su garbo y se vuelven parte de la familia. Ésta llega a mis manos por casualidad, sin querer, un poco a regañadientes pero llega, así que la comparto en estricta obediencia a las leyes del azar:

Mador:  «Ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser verdadero sudor» (DRAE).

Aquí un ejemplo de su uso, aunque el bloguero no da la fuente:

«[…] la ciudad me excita todo el año,/
la playa/
sólo en abril tras el mador de la primera lluvia».

(http://victorgalea.galeon.com/aficiones801517.html)