
(da click en el enlace para oír la canción)
Estoy leyendo Just Kids, de Patti Smith, en el que cuenta sus años en el Nueva York de los 60 y 70 al lado de Robert Mapplethorpe. De ella sé poco, pero las fotos de él son de una sensualidad y fuerza de otro planeta, así que tenía ganas de leerlo estos días que paso en NY. Estoy muy enganchada con el recuento de cómo los dos jóvenes dormían en la calle y casi no comían pero eran libres y creían en su arte, pasando por las dudas de Mapplethorpe sobre su preferencia sexual mientras recortaba revistas masculinas, hasta que poco a poco cada uno empezó a definir su camino de creación. Me encanta leerlo aquí en Manhattan, caminar las mismas calles, seguir la ruta que Smith traza en el libro. Uno de los picos de la narración ocurre en el mítico Hotel Chelsea, donde ambos vivieron y lugar de residencia (o de paso) de tododios en el mundo del arte: Eugene O’Neill, Tenneessee Williams, Arthur Miller, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Thomas Wolfe, Diane Arbus, Salvador Dalí, Andy Warhol, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Bob Dylan, Leonard Cohen, además del sitio donde el poeta Dylan Thomas se suicidó o, como dice en la puerta del hotel, «sailed out to die» (se embarcó a morir). El hotel está cerrado por remodelación, así que sólo pude visitar el lobby y tomar fotos de placas sobre algunos de sus célebres ocupantes. Mientras oigo a Cohen cantar «Chelsea Hotel» (adjunto la canción a este post) me pregunto para qué vine. Para nada. O sí: a rendir tributo personal a esos locos embebidos de arte, creadores malditos que vaciaron en palabras, música y colores el pulso de una época. Nada más pero nada menos. PD Nadie repita que soy cursi, no es novedad. Lo sé bien y aquí lo asumo de nuevo.




































