Dice mi querido Adriano de Lucio que, cuando era chica, su hermana llamaba robateros a los ladrones. Cuánta lógica: si panadero es el que tiene el oficio de hacer pan y camionero el que maneja un camión, entonces robatero es el que se dedica a robar. Se muestra en plena acción la competencia lingüística, ésa que Álex Grijelmo define como «no saber por qué se habla como se habla, en ser hablado por la propia lengua de manera inconsciente. Las leyes del idioma entran en el hablante y se apoderan de él para ayudarlo a expresarse» (La seducción de las palabras, Taurus).
Igual que todos los niños, mi hija también inventaba palabras. Recuerdo:
1. peórico como «relativo a lo peor» pero con carga superlativa: «lo más peórico es que mis amigas y yo no pudimos ponernos de acuerdo»;
2. respetación como «acción de respetar», igual que comprensión es la «acción de comprender».
Ambas niñas, como hablantes nativas de su lengua, crearon estas palabras basándose de forma inconsciente en las reglas de la misma, desarrollando su intuición al captar las normas gramaticales y morfológicas, para aplicarlas en el habla. Es lo que pasa cuando un chico dice yo no cabo en vez de yo no quepo. Grijelmo lo explica: «el niño ha averiguado en su minúscula experiencia las relaciones sintácticas y las aplica con rigor a todo el sistema, sin dominar todavía sus excepciones». Esa capacidad humana de aprender una lengua hasta ser hablada por ella me resulta magia pura.

































