Los amo con pasión desmedida: a lo largo de mi vida he pasado muchas horas estudiando inglés, francés, italiano, portugués y latín. Por desgracia no todos los domino pero me fascina llenarme la boca con sus acentos, ir descubriendo el color que cada uno de ellos irradia. En mi lista de propósitos de los próximos 25 años está añadir zapoteco y hablar fluidamente cada uno.
Hoy recibo en mi correo un artículo interesante de ElCastellano.org. Aborda cómo la lengua aprendida en los primeros años está profundamente anclada en el cerebro y es instrumento absoluto de interpretación intelectual/emocional del mundo. Aquí un fragmento revelador:
«[En los años tempranos] se captan y aprenden matices sensoriales y emocionales que son transferidos con las palabras de un determinado idioma como no lo serán nunca por ningún otro que se aprenda después. Y es este idioma temprano el que queda mas profundamente anclado en el cerebro y con el que el niño definitivamente, dibujara el mundo y sus gentes [sic]. Ningún otro idioma será plenamente equivalente. Y es con ese instrumento que el niño nombra sin esfuerzo el mundo y «lo diferencia» de otros mundos, lo que incluye «matices» de las cosas, sucesos y personas. Con el idioma más genuino, aquel que se escucha tras el nacimiento, se expresa la intimidad de una manera diferenciada y única».
Así es, la lengua materna permite interpretar el mundo y luego los idiomas aprendidos le añaden acentos, con lo que enriquecen la vida. Doy fe.



























