Algo sobre la luz…

Empieza a morir la luz de este viernes, me seduce su carácter huidizo. Recuerdo a propósito algo leído hace poco, garabateado en mi cuaderno de notas. Busco la cita y ahí está, esperando ser citada: «Me preguntan por qué estoy aquí. Y yo respondo: Por mis compromisos con la luz… la luz, ¡qué cosa tan seria es la luz! ¿Cómo podemos conquistarla? Yo lo he intentado. Y ésa ha sido mi lucha» (pintor Armando Reverón citado por Carmen Boullosa, «El pintor salvaje», El Universal, 22 marzo 2012).

Esta tarde no busco conquistarla, me basta con bebérmela.

El Buda dijo

«Como la estrella fugaz, el espejismo, la llama, la ilusión mágica, la gota de rocío, la burbuja en el agua, como el sueño, el relámpago o la nube: considera así todas las cosas». -Buda Sakyamuni

Así exactamente: igual de ligeras, de evanescentes (incluida yo misma). Y está bien.

A veces

A veces la noche es más oscura entre los brazos. A veces la banda sonora del alma es el lamento de un tango. A veces el cuerpo que fue arado por los labios se siente pequeño, indefenso. A veces, sólo a veces, el aire pierde transparencia y la garganta se llena de arena. A veces.

Palabra del día: fragilear

Condición de quien normalmente se erige en poste de concreto, torre, monumento, y un día amanece tosco potro, de patas que no soportan su peso.

Algo así como yo. Hoy.

Letanía

Con la fe de una devota/

que no ve a su dios pero lo invoca/

repito mi cansada letanía:/

«Eco de tu cuerpo/

regusto de tu vientre/

sombra de tus manos/

ceniza de tu aliento/

no me desampares./

Eco de tu cuerpo/

regusto de tu vientre/

sombra de tus manos/

ceniza de tu aliento/

ten piedad de mí.//

 

-Julia Santibáñez

Catulo a Lesbia

Para iluminar el lunes va esta joya del siglo primero antes de Cristo:

Carmen V
Vivamos, querida Lesbia 

«Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos». 


(Traducción de A. Ramírez de Verger, tomada del sitio http://www.catulo.com)

 

El día es enorme

 

Afuera el día es enorme,/

lleno de pregones/

bocinas y ladridos./

En la penumbra se beben los amantes,/

murmullo de párpados que caen,/

roce de lenguas,/

con los dedos hablan/

(rumor blando)./

La sangre se oye hervir,/

es un estruendo la desnudez,/

gran alharaca.//

 

-Julia Santibáñez

Definición kunderiana de amor

«El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer)».

-Milan Kundera

N. del E. El lector puede cambiar «mujer» por «hombre» sin afectar el sentido.

Palabras en propiedad

 

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Yo y mi obsesión por ellas… no tengo remedio. Me da por pensar que algunos autores se han vuelto dueños absolutos de ciertas voces, tanto que es imposible decirlas sin aludir a sus «creadores». Por supuesto, el vínculo está dado por su obra, después de leer la cual no he podido librarme de sus fantasmas. Ya sé que mi lista es incompleta, por demás subjetiva y ecléctica (incorpora algunas en otros idiomas), pero no busca más que ser un recuento de voces «propiedad» de autores admirados.

Sólo los últimos dos casos son palabras inventadas, las demás se encuentran en cualquier diccionario. A propósito dejo fuera (por esta ocasión) los nombres propios, porque sería demasiado fácil acudir a Romeos, Funes, Dulcineas, señoritas Julias, Aschenbachs, Fuenteovejunas o Werthers, que en muchos casos tienen para mí una existencia más interesante que muchas personas que conozco… En fin, ahí van mis primeras 10:

  1. Tártaros: Dino Buzzati, El desierto de los tártaros.
  2. Laberinto + espejo: Jorge Luis Borges, Poesía completa.
  3. Bruno: «umbrío por la pena, casi bruno», Miguel Hernández.
  4. Bottine/botín: Gustave Flaubert, Madame Bovary.
  5. Amorosos: «Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos», Jaime Sabines.
  6. Hérisson/erizo: Muriel Barbery, L’élégance du hérisson.
  7. Nevermore/nunca más: «Quoth the raven, ‘Nevermore'», Edgar Allan Poe.
  8. Madeleine/magdalena: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.
  9. Nymphet/nínfula: Vladimir Nabokov, Lolita.
  10. Trilce: César Vallejo, Trilce.

Son tantas que seguro me darán para varias listas más.

El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic

«[El cuerpo] era el único instrumento del que disponíamos, el único instrumento para entendernos, el lenguaje del cuerpo que llega detrás, delante, al margen de las palabras, al margen del habla, que pronto nos resultó insuficiente. El cuerpo suplía nuestra carencia de lenguaje, ese algo que se nos escapaba desde el principio. El cuerpo era la única forma en la que se me abría un camino directo hasta él, hasta su oscuro interior».

Leer El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic (Anagrama), alteró mis días, lo reconozco. Pocas veces me he encontrado («me ha golpeado», debería decir) una novela tan nítida, tan incisiva, tan temblorosamente sensible y escrita con la poesía de las entrañas. El cuerpo como protagonista absoluto de una historia de amor devorador, como un lenguaje pleno y suficiente, como la memoria más certera, el «hambre divina» por el amado llevada hasta sus últimas consecuencias, un hilo tenso resuelto de la manera más lógica… según la lógica del erotismo más extremo. La contratapa cita a un crítico de The Guardian, según el cual «la prosa de Slavenka Drakulic tiene la intensa, descarnada poesía de Marguerite Duras». Nunca mejor dicho.

Paradojismo

Los diccionarios, siempre tan a la mano, explican la condición en la que me encuentro, que involucra afirmar y negar al mismo tiempo: «Paradoja: 4. f. Ret. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción» (DRAE). Sí, asimismito: estoy contenta pero no, me parece algo bueno y al contrario, celebro y lamento.

Se dio cuenta

Todo lo mantenían en secreto hasta que un día/
se dio cuenta/
se dio en cuanto/
se dio cuando/
se dio en cuento/
se dio en cruento.

¿Cavafis o Santibáñez?

Constantino Cavafis lo escribió hace muchos años, pero podría haber sido yo, de camino a Ítaca:

«Vuelve a menudo y tómame,

amada sensación, vuelve y tómame—

cuando del cuerpo la memoria se despierta,

y un antiguo deseo vuelve a pasar por la sangre;

cuando los labios y la piel recuerdan

y las manos sienten como que tocan otra vez.

Vuelve a menudo y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan…»

O también:

«[dejó] a través del tacto de sus manos

un sentimiento en la frente, en los ojos, y en los labios».

 

Tolerancia a la frustración

Sé que mis millones de lectores en todo el orbe se cuestionan qué tal resultó mi experimento de ayer, así que doy un breve comentario: si tuviera que ponerme calificación creo que en total honestidad no pasaría de 7.  Sin embargo, como si se tratara de una clase de yoga, bloqueo la rodilla mental y cuantas veces me caiga vuelvo a intentar que el entorno no determine mi tranquilidad interior, que mi mente se conserve serena a pesar de… Allá voy.

Abdominales para la mente

«Vivir las experiencias que nos ofrece la vida será obligatorio, pero sufrirlas o gozarlas es opcional. No se trata de decidir ver la vida en rosa de un día para otro, sino de trabajar sistemáticamente en debilitar esos músculos de infelicidad que tanto hemos fortalecido creyéndonos víctimas del pasado, de los padres o del entorno y paralelamente comenzar a ejercitar los músculos mentales que nos hacen absoluta y directamente responsables de nuestra felicidad». -Matthieu Ricard

Pues sí, de eso se trata… pero hay días que cómo cuesta. Sospecho que hoy el entorno no será el más propicio para mi bienestar y por eso empecé desde temprano a hacer abdominales mentales. Espero que funcionen. Informaré los resultados.

Piel con forro

Sábado, 7:15 am. Me despierto o me doy cuenta de que estoy despierta, da igual. Un par de pájaros corta el silencio. Todo está en calma, incluso mi mente. Aunque afuera hace frío, las cobijas son muy acogedoras. En un par de horas me alistaré para ir a la yoga y mientras tanto disfruto mi compañía, me gusta habitar mi piel. Medito un poco, saboreo la paz como un caramelo. Luego me estiro a tomar la novela que me tiene alucinada: El sabor de un hombre, de la croata Slavenka Drakulic (Anagrama).  Su escritura es elegante, cruda, interiorista. Tras un par de páginas me encuentro con esto: «Por dentro, me sentía totalmente revestida por José. Me sentía como un abrigo forrado, como si el lado interno de mi propia piel estuviera revestido por la suya como un forro».

Pensaba leer bastante más pero me quedo con esas líneas. Cierro el libro y me voy rumiando la poderosa imagen de una piel revestida por dentro. Yo misma adquiero otro rostro este sábado.

Ese cuadro hindú

 

Ese cuadro hindú/

la novela de Cohen/

el sillón más rojo/

la cara interna de mis muslos/

y lo frío de estos pies/

te llevan tatuado./

También cada mañana/

el mejor de los diciembres/

la voz de Sinatra/

mis mejillas y ganas/

aquel postre en Nueva York/

y los últimos cinco años./

Extrañan tanto tu olor/

que ya no aguantan.//

 

-Julia Santibáñez

Curiosidades del mundo editorial (notas desde la trinchera)

Quien lo conoce desde dentro sabe que el mundillo de las revistas se cuece aparte (¿aparte de qué? ¿aparte de dónde? ¿de parte de quién?). Así, frases que en la vida cotidiana tienen un sentido, en los pasillos de una editorial adquieren otro significado, sin perder el original. Por ejemplo, decir «pero qué mala cabeza» tendría, al menos, las siguientes acepciones:
1. El juicio del interpelado es sumamente cuestionable.
2. El susodicho tiene un fenotipo poco agraciado.
3. El título dado a un artículo no le hace justicia al contenido.

Asimismo, que alguien comente «cambiamos la fuente por orden del jefe» puede leerse como:

1. El Cupido del patio, que escupía un chorro de agua, fue reemplazado en respuesta a la intransigencia del superior.
2. El área de diseño se vio obligada a elegir otra letra para el texto por idéntica razón.

Por otro lado, «volver a hacer la secundaria» es sinónimo de:
1. Revisitar las aulas de la educación media para obtener un certificado.
2. Escribir de nuevo la introducción de un artículo.

O escuchar decir a alguien con un respiro «por fin voy a quemar los discos» puede interpretarse como:
1. Los Cd’s del interfecto serán víctima inmediata de sus aficiones piromaniacas.
2. Se trata de un diseñador en cierre de edición, que ve asomarse el final del túnel pues está por grabar la revista para su envío a la imprenta.

En fin, supongo que esta polisemia contribuye a la conocida falta de cordura de quienes nos movemos gozosamente en este mar de significados.

«Tristeza de amanecer lloviendo»

«Tristeza de amanecer lloviendo…», dice Ángeles Mastretta en algún cuento. Así hoy dentro de mí: se me caen las hojas, hace frío, se remueve la tierra más honda, todo oscuro, no hay punto seco donde poner el pie. Llueve sin tregua.

Un acto de amor/El acto de amor, de Howard Jacobson

Recién terminé esta novela de Howard Jacobson (Miscelánea). Es violenta, iluminadora, fascinante. La anécdota es «simple»: un anticuario de libros desea que su esposa le sea infiel, una y otra vez. Felix Quinn, protagonista, repite una frase a modo de leit motif: «Ningún hombre ha amado a una mujer sin imaginársela en brazos de otro». Y justo porque ama a Marisa se la imagina en brazos de Marius, con lo que envuelve a ambos en su telaraña de deseo. Pero ya lo cuestiona la contraportada del título: «¿cómo se le puede llamar traición a eso, si es exactamente lo que él quiere?».

La sensibilidad de Jacobson permea cada página mientras se pasea por las tripas recónditas de la obsesión sexual, los celos, el amor. Apoyado en un lenguaje sugerente, va mucho más allá de meramente presentar hechos. Como dice el propio Quinn sobre su esposa: «las palabras eran nuestro modo de acariciarnos». Sí, Jacobson me acaricia mientras leo y me seduce hablándome al oído, lo que compensa los ocasionales descensos de ritmo y las reiteraciones en voz de su personaje enloquecido. No conocía al autor y vaya presentación que es este volumen. En alguna medida me sucedió con Quinn lo que hace años con el Humbert Humbert de Lolita: racionalmente me resultan chocantes, pero la magia creada por el autor me los vuelve entrañables. Como Humbert Humbert, Quinn es el narrador «pervertido» que recuerda con nostalgia el deseo totalizador de otro tiempo, con lo que se gana mi complicidad.

Una crítica: la edición en español es una buena traducción de Santiago del Rey, aunque el título pierde frente al original en inglés: Un acto de amor es sólo uno entre muchos, mientras el autor tituló su obra de forma categórica: El acto de amor (The Act of Love), el mayúsculo, el único.

El vaho muda en amnesia

Sin dejar huella, el vaho muda en amnesia/

la nube se disipa, inexorable/

huye de sí mismo aquel incienso/

es aliento la tarde sublimada./

Como ellos, el deseo no se conforma:/

delgado, sutil, evanescente,/

queriendo ser más se desdibuja.//

 

-Julia Santibáñez

Palabra del día: trabajar

Por alguna razón recuerdo esta etimología, que es una de mis favoritas por el humor que transpira.

El verbo latino original para denotar el hecho de «ocuparse en cualquier actividad física o mental» era «laborare», pero resulta que en Roma existía un instrumento de tortura llamado «tripalium», hecho con tres palos a los que el preso era amarrado para recibir azotes (tengo entendido que el instrumento era similar al de la imagen que ilustra esta entrada). Al ir a trabajar la gente bromeaba, igual que ahora, que iba a sufrir un tormento: «voy al tripalium», es decir, a «tripaliare». Así, poco a poco, la acepción se instaló en la lengua y desplazó al formal «laborare». Esta etimología la consigna Antonio Alatorre en su genial libro Los 1001 años de la lengua española, publicado por el Fondo de Cultura Económica.

Ya decía yo…