Archivo de la etiqueta: libros

Regalar renglones a la gente

Este post se compone de tres partes interrelacionadas:

1. Ayer, mi querido amigo Salvador (lector irredento como yo) me envió esta foto de una cabina de lectura en Heidelberg, Alemania, donde estudia un posgrado. Me dice que se trata de casetas públicas llamadas “Leselust” = “Ganas de leer” y esta es su descripción: “Tienen muchísimos libros para que vayas y tomes uno y lo leas, te lo lleves, lo regreses, pongas otro, etc.”. Lo más hermoso es la propuesta de Salvador de poner cabinas similares en México, lo que me emociona una enormidad, aunque no sé de dónde sacar tiempo para ello.

2. Entonces recuerdo este artículo de Gabriel Zaid, “Bibliotecas sin libros”, publicado en Letras Libres (agosto 2012). En él hace un análisis interesante sobre el estado de las bibliotecas mexicanas y lo deplorable que resulta tener casi el mismo número que en EUA (aprox. 7,296 en México vs. 9,225 en EUA) pero con 5 mil libros en promedio cada una aquí, contra 88 mil promedio allá.

Como parte de su reflexión, Zaid propone empujar un programa de bibliotecas “caseras” donde las señoras que venden productos de belleza por catálogo puedan contar con libros en comodato, así como poner bibliotecas en las estéticas y, por otro lado, crear bibliotecas digitales. Como alguien que ama también las revistas, creo que en todos los casos puede pensarse igualmente en hemerotecas.

Aquí el link al artículo de Zaid: http://www.letraslibres.com/blogs/articulos-recientes/bibliotecas-sin-libros?page=0,0

3. Hace un par de semanas mi amiga Vivian Abenshushan, escritora reconocida, posteó en FB una invitación a donar libros para formar la biblioteca de una comunidad en Oaxaca. Doné unos 40 títulos y todo mi entusiasmo. Llamada por la curiosidad, hace poco llamé a Llunué, parte del comité organizador, quien me dijo que han recolectado más de 1,200 libros y los entregarán en los próximos días. La idea es seguir con estas colectas y por supuesto ya me anoté para contribuir.

Hay tantas ideas, tanto por hacer en el fomento a la lectura. No basta escribir y publicar: falta llevar lo publicado a la gente, servirle el manjar para que a su ritmo lo paladee y quiera volver. Muchos millones de mexicanos conciben la lectura como una obligación aburrida o hasta un castigo de infancia: “Como te portaste mal, te vas a tu cuarto a leer media hora”. Como fiel creyente en la lectura veo necesario ayudarles a cambiar ese prejuicio, que descubran el placer ilimitado que implica perderse entre las páginas y salir renovado, con una visión más rica de uno mismo y del mundo. En el escenario de crisis económica y humana que enfrenta México resulta urgente regalar renglones.

Leer nos hace físicamente más reales

Ayer, en una conversación en este blog con Borgeano, comentábamos sobre la dificultad de mantenernos al día con lo que cada día se publica: no hay forma de abarcar siquiera una mínima parte de las muchas letras vaciadas en impresos y en digital, en todos los formatos imaginables. Entonces recordé esto, escrito por el enorme Gabriel Zaid y recopilado en ese volumen delicioso llamado Los demasiados libros (Océano):

“¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales”.

Coincido con Zaid (vaya soberbia la mía. Mejor: “aplaudo a Zaid”).

Compañía a bordo

20121019-164413Voy a tomar un avión. Para tener una conversación intensa, de altos vuelos (literales y metafóricos), invité a venir conmigo a Silvia Molloy. A esta autora argentina que recién publicó su novela En breve cárcel en el Fondo de Cultura Económica me la presentó Ricardo Pigilia, a través de la colección Serie del recienvenido. Ella, muy amable y de buenos modales, aceptó venir conmigo, así que aquí estamos, conociéndonos.
En apenas unos minutos ya me tiene boquiabierta con instantáneas como esta: “La historia que pretende narrar se ha alterado. La alteraron el llamado de la mujer que hoy ya no vendrá y los menudos hechos que pueblan el intervalo, que separan ese llamado de esta frase. Escribía con furia y curiosidad; ahora escribe porque no sabe qué hacer…”.

Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera

Cruda, descarnada, con resabios de viaje iniciático y pinceladas mitológicas: esta breve novela (132 pp) trata la vida en la frontera entre México y Estados Unidos, ese submundo que tiene sus propios códigos, jerga y entrelíneas. La anécdota parece sencilla: una muchacha cruza “al otro lado” para buscar a su hermano. Se superponen primero la frontera, luego la tierra de nadie que es por donde se cruza, al final esos Estados Unidos que no salen en los anuncios, donde “todo es más tieso, todo está numerado… también se hacen fiestas, pero no se baila ni se reza, no se las ofrecen a nadie”.

A través de un lenguaje preciso aparecen en instantáneas los “coyotes” que cruzan esperanzados, el itacate que el inmigrante carga con lo necesario pero también lo simbólico (“una blusa bordada en colores, por si se atravesaba pachanga”), el cobro de favores, el abuso, la dinámica lealtad/deslealtad, la droga, la prostitución y, de manera privilegiada, la lengua: “no es que sea otra manera de hablar de las cosas: son cosas nuevas. Es el mundo sucediendo nuevamente: prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos”. Con esas pinceladas, Herrera se asomarse a ese otro plano de México.

Es una gran novela, impecablemente escrita, que deja sabor agridulce en la boca. Confieso que no conocía el sello Periférica pero desde ya quedo invitada a regresar tanto al autor como a la editorial.

Nueva (y controvertida) librería

Aprovechando el ímpetu dominical me lanzo al siempre amado Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, a conocer la nueva librería Elena Garro, duramente criticada por los vecinos bajo argumentos de violaciones al uso de suelo y complicaciones viales. No sé si Consuelo Záizar, titular por algunas quincenas más del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, haya transgredido la ley; lo que no creo es que los inconformes logren “la demolición” del inmueble, válgame dios. Lo curioso es que esos mismos vecinos no parecen haber hecho tanto alboroto ante la apertura de incontables bares y cantinas en el perímetro. En fin, desconozco los pormenores pero celebro el nacimiento de una nueva casa para los libros.

El edificio es espacioso, agradable, de techos altos. Dicen que la construcción tiene 1,700 m2. El frente completo de vidrio da a una enorme jardinera. Vi una buena variedad de sellos editoriales, tanto nacionales como extranjeros. Cuenta con una zona dedicada a literatura infantil y juvenil aunque no me parece idónea para los chicos, por aséptica. Tiene también una mesa de literatura en otras lenguas, lo que me entusiasmó de inicio, pero en vez de ofrecer autores extranjeros en sus idiomas originales, parece dedicada a los turistas, pues ofrece escritores mexicanos en inglés, francés e italiano: ahí están Rulfo, Paz, Fuentes, Pitol, Agustín, Esquivel, Soler, Nettel y Fadanelli, entre otros. No está mal, sólo que mi expectativa era otra.

Dos críticas: 1) encontré incómodos los estantes tan altos, pues en vez de autoservirme sin tiempo ni presión, debí pedir ayuda y regresar los ejemplares pronto al dependiente, que esperaba volver a colocarlos en su sitio; 2) en contrasentido de las librerías modernas (en México, la Rosario Castellanos de la Condesa; en Buenos Aires, El Ateneo; en EUA, Barnes&Noble), cuenta con muy poco espacio para sentarse a leer.

En fin, me siento como cuando llega un nuevo bebé a la familia: puede ser feúcho, no parecerse al papá, llorar demasiado, pero se le celebra con entusiasmo. Así yo con la Elena Garro. Además, creo que es un buen homenaje a la autora de ese excelente testimonio Memorias de España 1937 y del imperdible cuento “La culpa es de los tlaxcaltecas”.

Cómo los libros cambian con la edad (de uno)

Irán

“Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención, leyendo solamente ésos, echándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años, le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta años, o viceversa”.

-Doris Lessing, El cuaderno dorado (Punto de Lectura)

Sí, acercarme a libros leídos en la temprana juventud ha sido para mí como reencontrar al novio de secundaria… que ahora está más guapo.

Libros, más vivos que la gente

Para esta mañana de sábado, aquí otra cita explosiva sobre el arte de leer:

“Los libros a veces están más vivos que la gente, ‘pueden estar cargados de dinamita’. Algunos de ellos son capaces de generar encuentros tan intensos que pueden mutilar la existencia o inyectar una fortaleza diez veces mayor a todo lo concebido.” –José Gordon, El novelista miope y la poeta hindú (Difusión Cultural UNAM).

 

Cortázar me calla la boca

: http://www.literatura.us/cortazar/index.html

Hace unos días escribí algo sobre la palabra “gentes” y subrayé que me parece lamentable (ver Septiembre 11, entrada: “Palabra del día: ‘gente’ (no ‘gentes’)”. Pues resulta que anoche empecé a leer una edición argentina de Las Hortensias y otros relatos, de Felisberto Hernández (El cuenco de plata). El volúmen incluye un prólogo que Cortázar hizo de la primera edición y en él encontré esta joya (¿?): “Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía), te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran GENTES incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así […]”.

Aunque sigue chocándome, asumo que el lenguaje es de quien lo utiliza: se la “paso” a Cortázar.

Leer es un estimulante

http://www.legalizace.cz/wp-content/gallery/prispevky-pics/lsd_alexgrey03.jpg

Continuando con lo iniciado ayer (postear reflexiones/citas en torno al arte de leer), aquí un fragmento de Auster: leer es parecido a una droga, a un estimulante poderosísimo. Lo suscribo.

“Leer era mi válvula de escape, mi desahogo y mi consuelo, mi estimulante preferido: leer por puro placer, por la hermosa quietud que te envuelve cuando resuenan en la cabeza las palabras de un autor”.

Paul Auster, Brooklyn Follies, Anagrama

Sobre el (galano) arte de leer

Dado que la personaja autora de este blog no concibe el mundo sin leer, se dará a la tarea de reunir aquí citas sobre este arte/placer siempre inacabado (por fortuna), no sin antes mencionar que cuando asistía a la escuela recuerda haber tenido en sus manos un libro que se llamaba justo así: El galano arte de leer. Y aunque en su momento el título le pareció ridículo, hoy le despierta nostalgia. Y aunque seguramente tampoco era ésta la portada, la incluye como testimonio de que el susodicho libro en efecto existe, todavía.

En fin, aquí la primera referencia, enviada hoy por un amigo que en un chiste local se hace llamar Juan de Mena, igual que el poeta cortesano del siglo XV:

“Raras veces leo en playas o jardines. No se puede leer con dos luces al mismo tiempo, la luz del día y la del libro. Hay que leer con luz eléctrica, la habitación en sombras, sólo la página iluminada.”

Marguerite Duras citada por Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Almadía

Las primas, de Aurora Venturini

En 2007, los integrantes del jurado del Premio Nueva Novela en Argentina (entre los cuales figuraba Rodrigo Fresán) eligieron como ganador un texto que se distinguía por “su originalidad y por la fuerza de su escritura”, según dicta la contratapa del libro. Menuda sorpresa se llevaron cuando al abrir la pleca encontraron que la autora tenía sólo 85 años.

Confieso que ese fue el gancho (¿morbo?) que me hizo comprar en el Ateneo de Buenos Aires el volumen de Mondadori. Ahora que recién terminé de leer la novela confieso mi pasmo. No sólo es excelente sino también mordaz, cruda, irónica. Ni en mis sueños más salvajes me podía imaginar a una venerable anciana escribiendo páginas como éstas.

La voz narrativa, Yuna, define los hechos contados como una “tragicomedia inmunda”. Ella es “diferente”, lo que quiere decir que tiene problemas de lenguaje y (quizá) de entendimiento, pero a fuerza de beberse el diccionario termina dominando las palabras y la puntuación que al principio del libro se le rebelan. Muy pronto descubre que pintando se expresa, aprehende, comunica, lo que la acerca a la ansiada “normalidad”. Su hermana Betina es idiota: siendo adolescente tiene la edad mental de una niña de cuatro. Come en una silla que lleva añadido un agujero para que defeque y orine, pues a mitad de las comidas le dan ganas. Yuna se pregunta: “cómo podía haber alguien tan feo y horrible, cabeza de búfalo, olor de trapo húmedo”. Por otro lado, la prima Petra es “liliputiense”, o sea, enana, mientras la otra prima, Carina, tendrá un destino adverso.

Así, el universo familiar en el que transcurre la novela es asfixiante, cargado de hedores, muerte, podredumbre, locura, castraciones, venganzas, abusos, tristeza “que desbarranca”. En un giro interesante, Yuna se afirma como la lucidez a pesar de la minusvalía. Dice: “yo quería percibirme nueva recién venida al mundo (sic) como si naciera de un gran huevo, quería ser un ave diferente” y justo cuando parece conseguirlo termina la narración. En cualquier caso, la novela se regodea en lo asqueroso, lo torcido y deforme, lo monstruoso, lo indecente, lo abyecto y ruin como sinónimos absolutos, en la línea clásica que asocia fealdad externa con fealdad del alma. Y a pesar de ser chocante y quizá políticamente incorrecta esa relación, la novela es redonda, puntual, precisa, altamente recomendable, pues.

Si un mujer de 85 años fue capaz de escribir estas páginas, sin duda hoy me trago mis prejuicios sobre su generación.

Errante en la sombra, de Andahazi y Le potentiel érotique de ma femme, de Foenkinos

Hace tiempo que no escribo sobre mis recientes lecturas y varias editoriales internacionales me han llamado, preocupadas porque sus volúmenes de ventas están cayendo estrepitosamente a consecuencia de mi descuido. Lo reparo, pues, y comento los dos últimos libros a los que les hinqué el diente.

Esperaba mucho del argentino Federico Andahazi, Errante en la sombra, Planeta. Hace años le leí El anatomista y Las piadosas, ambos excelentes, disfrutabilísima su clave erótica. De este volumen aplaudo el riesgo de cambio de registro (dejar los temas eróticos en los que Andahazi se mueve cómodamente para abordar ahora la vida de un tanguero ¿de ficción?: Juan Molina) y la osadía de traducir a novela el tono de un melodrama musical (los personajes empiezan a cantar a media calle y peatones, automovilistas, vendedores se suman en coreografía perfecta, para después regresar a sus actividades). Sin embargo, no me convenció el experimento. La anécdota me quedó corta, el personaje de Gardel me atrapó al principio pero luego se desdibujó, al de Juan Molina lo sentí excesivo. Además, aunque presumo de conocer términos en lunfardo porque amo el tango “clásico”,  llegó a cansarme su excesiva inclusión en la novela. En fin, que no me dejó huella.

En cuanto al francés Foenkinos, es mi primer acercamiento a su narrativa, sobre la que había leído muchos elogios. Compré en español La delicadeza, también de él, por consejo de un librero bonaerense a quien pedí me recomendara un libro “que no podía morirme sin haber leído”. Luego en París me topé con este y decidí que era mejor conocer al autor en su lengua original, así que por ahí arranqué. Es una novela divertida, sobre un hombre gris que se dedica a coleccionar lo-que-sea y luego de “rehabilitarse” de la adicción termina por coleccionar momentos de su mujer, particularmente cuando ella lava los vidrios. El personaje cita a Thomas Mann: “Quien ha contemplado la belleza está ya predestinado a la muerte” y se dice que ver a Brigitte lavando los vidrios es un propia Muerte en Venecia. La novela es divertida, permite pasar un buen rato: el “negocio” familiar de una agencia de viajes para mitómanos que quieren hacer creer a otros que estuvieron en un determinado país, la escena de Hector mostrando su sexo en una cena de amigos para cumplir la fantasía de su mujer, los trillizos que coronan la vida de un hombre que no puede con la “unicidad” son momentos ingeniosos, pero no más.

Ahí están ambas experiencias de lectura y aunque pasé sin pena ni gloria por ellas, seguiré a los dos autores: de Andahazi quiero Argentina, con pecado concebida (una historia sexual de ese país) y de Foenkinos pronto leeré la ya mencionada La delicadeza.

Mar tormenta

A veces un poema explica el día. Éste, hoy.

“Oye, yo era como un mar dormido./ Me despertaste y la tempestad ha estallado./ Saludo mis olas, hundo mis buques, subo al cielo y castigo estrellas, me avergüenzo y me escondo entre mis pliegues, enloquezco y mato mis peces./ No me mires con miedo./ Tú lo has querido”. -Alfonsina Storni

El siguiente amante

Anoche terminé de leer Love and Summer, del irlandés William Trevor (Penguin). Fue mi primer contacto con el autor y esperaba muchísimo… eso no ayudó. La novela fluye bien, mantiene la tensión/atención, tiene pasajes destacados pero si fuera un cigarro digamos que no llegué a darle el golpe. Demasiado sutil, a ratos incluso “correcta” (me choca el adjetivo), me dejó con ganas de más. Citando un concepto de Borges, si tuviera que juzgar a Trevor por esta sola novela diría que no es un autor para mí.

En contraste, hoy en la mañana me hundí en dos cuentos de Quim Monzó (El porqué de las cosas, Anagrama) y aluciné. El bendito catalán es magistral en su economía, en lo que no dice, en lo que apenas sugiere. A partir de un par de paginitas construye mundos implacables. Su lectura es absolutamente necesaria.

Es la maravilla de los libros: te acercas a uno, convives con él, lo desnudas, te hundes en sus entrañas, hueles su aroma, lo dejas andar por tus venas. Si te gusta, prolongas la experiencia, la paladeas, repites el contacto. Si no, cierras las páginas y buscas un siguiente amante.

 

Sigo al amor

“Sigo al amor

allá adonde conduzcan sus caravanas”.

-Bin Arabi, erudito sufí, siglo XII

Así arranca la novela El secreto del calígrafo, de Rafik Schami (Salamandra), regalo muy querido de quien me quiere. Saboreo estas palabras y mientras tanto me pierdo en los recovecos de la caligrafía árabe que ilustra el libro, sensual como ninguna.

“Hacer algo grande”

Ayer encontré en la librería dueña de mis quincenas este librito de la argentina Alfonsina Storni (la misma cuya automuerte inspiró “Alfonsina y el mar”). Lo compré porque me di con este texto muy breve y hasta poco pulido, seductorsísimo por su mezcla de ingenuidad/fuerza:

“Amo y siento deseos de hacer algo extraordinario. No sé lo que es. Pero es un deseo incontenible de hacer algo extraordinario. ¿Para qué amo, me pregunto, si no es para hacer algo grande, nuevo, desconocido?”.

A veces me siento así y no había tenido palabras para expresarlo. Lo confieso, me hizo el día.

Palabras en propiedad

 

Screen shot 2015-03-02 at 5.39.55 PM

Yo y mi obsesión por ellas… no tengo remedio. Me da por pensar que algunos autores se han vuelto dueños absolutos de ciertas voces, tanto que es imposible decirlas sin aludir a sus “creadores”. Por supuesto, el vínculo está dado por su obra, después de leer la cual no he podido librarme de sus fantasmas. Ya sé que mi lista es incompleta, por demás subjetiva y ecléctica (incorpora algunas en otros idiomas), pero no busca más que ser un recuento de voces “propiedad” de autores admirados.

Sólo los últimos dos casos son palabras inventadas, las demás se encuentran en cualquier diccionario. A propósito dejo fuera (por esta ocasión) los nombres propios, porque sería demasiado fácil acudir a Romeos, Funes, Dulcineas, señoritas Julias, Aschenbachs, Fuenteovejunas o Werthers, que en muchos casos tienen para mí una existencia más interesante que muchas personas que conozco… En fin, ahí van mis primeras 10:

  1. Tártaros: Dino Buzzati, El desierto de los tártaros.
  2. Laberinto + espejo: Jorge Luis Borges, Poesía completa.
  3. Bruno: “umbrío por la pena, casi bruno”, Miguel Hernández.
  4. Bottine/botín: Gustave Flaubert, Madame Bovary.
  5. Amorosos: “Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos”, Jaime Sabines.
  6. Hérisson/erizo: Muriel Barbery, L’élégance du hérisson.
  7. Nevermore/nunca más: “Quoth the raven, ‘Nevermore'”, Edgar Allan Poe.
  8. Madeleine/magdalena: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.
  9. Nymphet/nínfula: Vladimir Nabokov, Lolita.
  10. Trilce: César Vallejo, Trilce.

Son tantas que seguro me darán para varias listas más.

El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic

“[El cuerpo] era el único instrumento del que disponíamos, el único instrumento para entendernos, el lenguaje del cuerpo que llega detrás, delante, al margen de las palabras, al margen del habla, que pronto nos resultó insuficiente. El cuerpo suplía nuestra carencia de lenguaje, ese algo que se nos escapaba desde el principio. El cuerpo era la única forma en la que se me abría un camino directo hasta él, hasta su oscuro interior”.

Leer El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic (Anagrama), alteró mis días, lo reconozco. Pocas veces me he encontrado (“me ha golpeado”, debería decir) una novela tan nítida, tan incisiva, tan temblorosamente sensible y escrita con la poesía de las entrañas. El cuerpo como protagonista absoluto de una historia de amor devorador, como un lenguaje pleno y suficiente, como la memoria más certera, el “hambre divina” por el amado llevada hasta sus últimas consecuencias, un hilo tenso resuelto de la manera más lógica… según la lógica del erotismo más extremo. La contratapa cita a un crítico de The Guardian, según el cual “la prosa de Slavenka Drakulic tiene la intensa, descarnada poesía de Marguerite Duras”. Nunca mejor dicho.

El IQ de la lengua

Mi querido amigo Salvador se topó con esta cita de Saramago y ahora me la envía: “Probablemente es la lengua la que va escogiendo los escritores que precisa, se sirve de ellos para que expresen una pequeña parte de lo que es. Cuando la lengua lo haya dicho todo, y callado, a ver cómo vamos a vivir”.

Cuánta belleza, hondura y nostalgia en unas pocas palabras. Coincido totalmente con Salvador: qué bien que el traductor conservó “los escritores que precisa” en vez de optar por el muy cercano “los escritores que necesita”. La musicalidad del portugués colándose por las entretelas del español: inteligencia de la(s) lengua(s).

Reencontrar a un amigo

Tarde de domingo, la más nostálgica de la semana. Me recuerda un año difícil de infancia escolar: tras el fin de semana arropada, el domingo anunciaba el peor de los tormentos. Desde entonces busco algo de azúcar para tragar estas horas. Hoy me reencuentro con un viejo amigo, Quim Monzó, que integra mi paisaje personal hace años. Me lo presentó un librero en El Prat, aeropuerto catalán. Volaba de regreso a México y había agotado mis lecturas. De boca seca y como quien no tolera imaginar el vuelo sin gua, le pedí me recomendara a algún autor catalán indispensable. Me extendió los Mil cretinos (Anagrama). Nos hicimos muy cercanos.

Esta tarde, en Gandhi, me topé de nuevo con Monzó: El porqué de las cosas (Anagrama). Por supuesto, le ofrecí un café. Es lo menos que amerita un amigo así.

15

La extraña, de Sándor Márai

Recién terminé de leer La extraña, novela de Sándor Márai (Narrativa Salamandra). Para variar, una verdadera maravilla. Desde que me topé con La mujer justa me volví seguidora irredenta del autor húngaro y con esta historia de Viktor Askenasi reconfirmo mi devoción. La anécdota es sorprendente, me descolocó y sin embargo me conectó con la insatisfacción vital que Márai describe como (casi) nadie.

A ratos el protagonista, Askenasi, me trajo recuerdos del Aschenbach de Muerte en Venecia: ambos están fuera de lugar, entre veraneantes que les son ajenos, en un viaje que significará un viraje definitivo, conectando con partes oscuras/ luminosas de sí mismos, incomprendidos y patéticos, siempre profundamente humanos. Los dos son entrañables en su fragilidad, en su ímpetu de búsqueda, como el narrador cuenta sobre alguien más: “[…] se conformaba plenamente con las pequeñas excursiones que hacía dentro de sí misma, a cualquier hora del día o de la noche, preparándose minuciosamente para las sorpresas que le deparara aquella selva”. Así, la selva interior de Askenasi esconde más de un sobresalto que él enfrenta con gusto y, casi, con un sentido de liberación.

También aquí aparece, como sello de Márai, la fe inquebrantable en las palabras. Askenasi señala: “‘Un día de estos pueden matarme o puedo volverme loco’. De todas formas, lo tranquilizó pensar que las palabras sobrevivirían, independientemente de lo que a él le ocurriera”. Márai se suicidó en 1989 pero sus palabras le sobreviven y me alcanzan hoy, para fortuna mía.

Lectora de mí misma

Ociosa que soy, hice un recuento de lo leído en 2011 y concluí que, como dijo Proust, al enfrentarme a muchos de esos textos fui “lectora de mí misma”, vi cosas “que sin esos libros no hubiera podido ver” en mí. Y eso la buena gente lo agradece. Como quiero ser una de ellas ahí va mi gratitud a los personajes respectivos y a sus creadores (van en orden decreciente, empezando por los que más disfruté en cada categoría):

Predominó la narrativa (sobre todo novela pero también algo de cuento):

  • La elegancia del erizo, Muriel Barbery, Seix Barral (y también L’élégance du hérisson, regalo de mi lindo amigo Salvador Camacho)
  • Une gourmandise, Muriel Barbery (ídem regalo de Salvador)
  • El día que Nietzsche lloró, Irvin Yalom, Emecé
  • Las violetas son flores del deseo, Ana Clavel, Alfaguara
  • Los enamoramientos, Javier Marías, Alfaguara
  • Manhattan Love Song, Cornell Woolrich, Pegasus
  • Efectos secundarios, Rosa Beltrán, Grijalbo
  • Las cartas de Abelardo y Heloísa, Siruela
  • El arte de la resurrección, Hernán Rivera, Alfaguara
  • Malone dies, Samuel Beckett, Grove Press
  • Vita Brevis, Jostein Gaarder, Siruela
  • Novecento, Alessandro Baricco (regalo de mi queridísima Paty Torres Maya), Anagrama
  • Claudine à l’école, Colette, Le Livre de poche
  • Suicidios ejemplares, Enrique Vila-Matas, Anagrama
  • El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vázquez, Alfaguara

También hubo poesía:

  • Pesar todo, antología de Juan Gelman, FCE
  • Mar privado, Eduardo Casar (relectura)

Y algo de ensayo:

  • Zoo Inc., Javier Martínez Staines (regalo de su muy querido autor)

Para rematar con temas de desarrollo personal:

  • Happy for no reason, Marci Shimoff
  • Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda
  • En defensa de la felicidad, Matthieu Ricard
  • Bikram Yoga, Bikram Choudhury

Me dejaron tatuadas en la frente palabras como “Vivir de manera segura es peligroso” (Yalom), “Una herida bien puede ser una flor abierta o una herida que manda besos cárdenos en el aire” (Ana Clavel), “L’Art, c’est l’émotion sans le désir” (Barbery), “Cómo será acostarme/ en tu país de pechos tan lejano/. Ando de pobrecristo a tu recuerdo/ clavado, reclavado” (Gelman), “Thoughts and feelings aren’t facts and they’re not you” (citado por Shimoff), “Lejos de gemir por las faltas que cometí pienso suspirando en aquellas que ya no puedo cometer” (Cartas de Abelardo y Heloísa)…

Gracias a todos los involucrados.

Mi no-Feria Internacional del Libro

Pues no, no pude ir a la FIL, muchas circunstancias lo impidieron. Me hubiera encantado conocer a Almudena Grandes (con quien he pasado muchas horas), encontrar un título que buscaba sin saberlo, meterme a una presentación y descubrir a un autor que quiero hacer mi amigo, darle el golpe a la literatura alemana, pasear entre libros, acercarlos a mi nariz, llevarlos y hacerlos mis amantes, oír decir a Juan Gelman:

“Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío

como un amo implacable

me obliga a trabajar de día, de noche

con dolor, con amor

bajo la lluvia, en la catástrofe

cuando se abren los brazos de la ternura del alma

cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos

las lágrimas, los pañuelos saludadores

las promesas en medio del otoño o del fuego

los besos del encuentro, los besos del adiós

todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre”.

Y como no pude hacer todo ello, me lancé a Gandhi y armé mi modestísima no-FIL con una antología de poesía de Gelman, una noveleta de Colette, la primera que voy a leer de Milorad Pavic y la última de Rosa Beltrán, más dos libros para mi hija…

Celebrar los libros

El sábado pasado se festejó el Día Nacional del Libro y por alguna razón no escribí nada al respecto. Hoy celebro mis volúmenes, mi pequeña biblioteca. Títulos de poesía, de narrativa, de historia y ensayo, incluso más de 20 diccionarios pueblan mi casa y en algunos casos ocupan libreros de dos hileras en fondo. Son, en gran medida, mi objeto preciado número uno. Comencé a coleccionarlos y leerlos antes de entrar en 1991 a la licenciatura y posterior maestría en Letras: desde ahí se instalaron de manera fija en mi paisaje. He leído la mayor parte de lo que poseo, el resto espera pacientemente el momento de nuestro encuentro.

“Me, poor man, my library/ Was dukedom large enough” dice Próspero en el primer acto de “The Tempest”, de Shakespeare, idea que retoma Borges en su “Poema de los dones”: “Yo, que me figuraba el paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”. En el primer caso, Próspero, duque de Milán, encuentra en sus volúmenes más interés y hondura que en la política, por lo que deja el gobierno en manos del traidor Antonio. En el segundo, Borges agradece la “magnífica ironía” de Dios, que mientras le da los anaqueles de títulos, le quita la vista. En cualquier caso, guardadas todas las distancias, comparto la celebración de los libros: para mí también son mi imperio, mi paraíso cotidiano. Aquí, algunas fotos de ellos…

Shakespeare y el espejo

No deja de maravillarme cuántas lecturas ofrece una obra como La tempestad, de Shakespeare. Acabo de ver la puesta en escena: la había leído pero nunca visto. ¿Me gustó? No tanto, sentí desigual el ritmo y algunas actuaciones, además de que no disfruté la licencia forzada del director (así me lo aclaró el propio traductor, Alfredo Michel), de poner en boca de Calibán versos de Hamlet. Sin embargo, “EL bardo” es “EL bardo” bajo cualquier lente. La obra tiene momentos deliciosos y una buena traducción, además de una disfrutable actuación de López Tarso y del actor que interpreta al retorcido y perverso Calibán.
Una lectura que me resulta interesante y que recordé al ver al deformado personaje es la que concibe a Calibán como un símbolo de América Latina, “salvaje”, “primaria”, “sensual”, “grotesca”, en todo opuesta al “civilizado” y “culto” Próspero. Hace años asistí a un seminario organizado por la UNAM y la Universidad de Lovaina sobre este tema: la metáfora explotado/explotador, donde Calibán, despojado de su isla, dice a Próspero que aprender su lengua le permite maldecir: “You taught me language, and my profit on’t/ Is, I know how to curse. The red plague rid you/ For learning me your language!”.
Más allá de la intención (moralizante o no) de Shakespeare, la cuestión es que los latinoamericanos seguimos leyéndonos en Calibán, destacando la dicotomía que nos deja siempre en desventaja: antes frente al colonizador español y hoy, de cara a la potencia del norte. Una vez más el arte cumple como espejo que nos permite reflejarnos. Y cuestionarnos.