
Me gusta mi costumbre de, cuando viajo, leer a un autor del lugar al que voy. Siento que me acompaña, es mi guía particular, me permite entender mejor las vivencias. En esa tónica recién termino de releer Un amor, novela del italiano Dino Buzzati (Gadir) situada en Milán, donde acabo de pasar unos días. Las pinceladas sobre la ciudad son magistrales, como ésta: «Era uno de tantos días grises de Milán, pero sin lluvia, con ese cielo incomprensible que no se sabía si eran nubes o sólo niebla […]». Pero el corazón de la trama gira en torno a algo mucho más universal, asible para cualquiera que lo haya vivido: la pasión desbordada que lastima, el celo incomprensible por alguien que no lo merece. Todo parece advertírselo a Antonio Dorigo, el protagonista: «Los álamos de la llanura, el desplazarse en procesión con las espaldas curvadas, parecían decirle: detente, hombre, da media vuelta, no pienses más en ella y síguenos, no corras a tu ruina. Nosotros te conduciremos al remoto paraíso de los árboles, donde sólo existe bienestar, canto de pájaros y paz del alma. No te obstines». Previsiblemente, Dorigo sigue caminando a su perdición.
No revelo detalles para quien no haya leído este impresionante clavado en el alma humana que es la novela de Buzzati. Sólo dejo este fragmento representativo: «En aquella desvergonzada y tozuda chiquilla resplandecía una belleza que él no lograba definir, porque era diferente de todas las demás chicas como ella, listas para responder al teléfono. Las otras, en comparación, estaban muertas. En ella, Laide, vivía maravillosamente la ciudad, dura, decidida, presuntuosa, descarada, orgullosa, insolente, en la degradación de las almas y las cosas […] De vez en cuando Antonio se asombraba de sí mismo. ¿Cómo era posible que tolerara tanto? En tiempos le habría parecido inconcebible. Por suerte, hasta a las bofetadas se acostumbra uno. ¿Por fortuna o por desgracia? ¿No era señal de una degradación? Pero rebelarse era imposible. La idea de perderla le infundía el desaliento habitual».