Otra vez pasó: una muy querida amiga nacida en otros lares me recuerda, desde sus ojos extrañados, la seducción de esta tierra.
Enamorada de México desde que llegó de Colombia, cuenta que estuvo el pasado 21 de diciembre en las pirámides de Teotihuacán, en un ritual de cierre de ciclo e inicio de uno nuevo. Se trató de una celebración de paz, de gratitud, de toma de conciencia, todo en un ambiente de profunda evocación y respeto por la sabiduría ancestral que late en cada piedra de ese centro ceremonial. Luego escribe: «Me aborda un desconcierto como extranjera y es que si los mexicanos se reconocieran más, se vieran más a sí mismos que a los demás, se vieran más en sus creencias y antepasados, en su amabilidad y entusiasmo, se darían cuenta que hoy son grandes, que las civilizaciones desaparecidas sólo los preceden, porque ningún otro país, como éste, tiene la posibilidad, como la tuvo esta vez, de sobrevivir el fin del mundo. ¡Gracias, México!».
Coincido en que eso nos hace falta a mí, a los míos: vernos más, reconocernos más. Amo este país. Me fascina su riqueza, sus muchas caras, su humor, sus colores y sabores, su gente de a pie. Lo he dicho y escrito incontables veces, procuro que mi hija se fascine con él como yo, pero sin duda no advierto un millón de maravillas por el desgaste de la cotidianidad, por la cercanía, por exceso de autocrítica nacional. Por eso, cuando alguien de fuera habla con tanta pasión me doy cuenta que la mirada ajena es mucho más entusiasta de nosotros, que aquellos de nosotros que nos sentimos entusiastas.
Aquí, el link a otro feliz extranjero, el poeta chileno Gonzalo Rojas, en un texto magistral también cantando las loas de México y diciendo que «no se ha descubierto todavía»:
http://www.jornada.unam.mx/2011/05/08/sem-gonzalo.html
Necesito pedir prestado más seguido los benditos lentes extranjeros.






























