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Este blog respira libros. Es de libros. Sobre libros. En torno a libros.

El siguiente amante

Anoche terminé de leer Love and Summer, del irlandés William Trevor (Penguin). Fue mi primer contacto con el autor y esperaba muchísimo… eso no ayudó. La novela fluye bien, mantiene la tensión/atención, tiene pasajes destacados pero si fuera un cigarro digamos que no llegué a darle el golpe. Demasiado sutil, a ratos incluso “correcta” (me choca el adjetivo), me dejó con ganas de más. Citando un concepto de Borges, si tuviera que juzgar a Trevor por esta sola novela diría que no es un autor para mí.

En contraste, hoy en la mañana me hundí en dos cuentos de Quim Monzó (El porqué de las cosas, Anagrama) y aluciné. El bendito catalán es magistral en su economía, en lo que no dice, en lo que apenas sugiere. A partir de un par de paginitas construye mundos implacables. Su lectura es absolutamente necesaria.

Es la maravilla de los libros: te acercas a uno, convives con él, lo desnudas, te hundes en sus entrañas, hueles su aroma, lo dejas andar por tus venas. Si te gusta, prolongas la experiencia, la paladeas, repites el contacto. Si no, cierras las páginas y buscas un siguiente amante.

 

Sigo al amor

“Sigo al amor

allá adonde conduzcan sus caravanas”.

-Bin Arabi, erudito sufí, siglo XII

Así arranca la novela El secreto del calígrafo, de Rafik Schami (Salamandra), regalo muy querido de quien me quiere. Saboreo estas palabras y mientras tanto me pierdo en los recovecos de la caligrafía árabe que ilustra el libro, sensual como ninguna.

We need to talk about Kevin, de Lionel Shriver

Ésta es la novela más cruda y chocante a la que me haya enfrentado en muchos, muchos años. Debo haber tardado mes y medio en acabar sus 400 páginas porque varias veces necesité salir por aire y la dejé de lado algunos días. Y por esta “salida a tomar aire” me refiero tanto al tema (Eva, madre de Kevin, un adolescente sin mayores problemas que asesinó a compañeros de escuela y maestros, trata de entender “por qué” lo hizo) como a lo asfixiante que a veces resulta la voz narrativa (a través de cartas dirigidas a su esposo y padre de Kevin, ella narra toda la acción en retrospectiva).

Sin embargo, para mi gusto todo se ve compensado por la riqueza del personaje de Eva, la profundidad de su introspección, su asumida debilidad ante el rol materno, los instantes de humor, sus contradicciones, lo desesperante de su lamento/falta de acción ante las señales de alarma de un sociópata en desarrollo, su honestidad a ratos y su deseo de librarse de la culpa en otros. Ella es el verdadero centro de la trama aunque siempre en referencia a Kevin y es que, como ella misma dice, desde que su hijo nació ella dejó de ser “su propia creación” y se convirtió primero que nada en mamá. Del otro lado de la banqueta, por supuesto, está el propio Kevin: siniestro, crudo, atormentado pero lineal, con pocos matices. El personaje se hace odioso desde las primeras páginas y mantiene el ritmo in crescendo, con lo que la angustia del lector se suma a la angustia de Eva ante un ser esencialmente malo. Es tal la perversión del niño/muchacho que por momentos es inverosímil, pero esta aparente falla puede explicarse por el sesgo de la madre, quien en aras de abonar a ese retrato de un criminal en formación se deleita en recordar todo lo malo que hizo, sin dar tregua. Los otros personajes funcionan como contrapeso a estos dos. Franklin, esposo-padre, es títere de sus expectativas: ciego de amor ante las atrocidades de su hijo, incapaz de ver lo evidente, amante de lo “americano” y de sus valores, vive y es capaz de morir por mantener un ideal de familia. Celia, la otra hija del matrimonio, es poco creíble y sólo parece existir como elemento de contraste ante Kevin, sin vida propia.

Si bien literariamente la novela funciona, el éxito tanto de la misma como de la reciente película también evidencia que la reflexión a la que obliga resulta urgente: ¿de quién es la “culpa” de los asesinatos adolescentes estilo Columbine? ¿Se pueden evitar? ¿Cómo se forma un chico así? ¿Qué rol juegan los padres? ¿Y la sociedad, que se lava las manos y deja toda la responsabilidad en el hogar? Además, el texto lleva a cuestionar el instinto materno y el amor “natural” que une a una madre con su hijo. Desde las primeras horas con el recién nacido Eva, aparentemente funcional como esposa enamorada y empresaria pujante, se revela como una madre egoísta, fría, a quien no le gusta su hijo y más bien la decepciona. Este peso crecerá día a día conforme su vida, su relación de pareja y su trabajo se vean radicalmente trastocados por la maternidad. ¿Por qué cuesta tanto aceptar que ésta pueda ser la realidad de más de una familia? Y el ideal paterno también es totalmente cuestionado, incluso caricaturizado: el hombre que “ama” a su hijo y así justifica lo que hace, que se pone sus lentes del mundo perfecto para no ver nada mal = tener que actuar, que no asume responsabilidad por nada pero culpa a la madre por todo.

Es una gran novela, deliciosamente escrita, pero de lectura dolorosa, difícil (eso sí, no estoy segura de ver la película).

“Hacer algo grande”

Ayer encontré en la librería dueña de mis quincenas este librito de la argentina Alfonsina Storni (la misma cuya automuerte inspiró “Alfonsina y el mar”). Lo compré porque me di con este texto muy breve y hasta poco pulido, seductorsísimo por su mezcla de ingenuidad/fuerza:

“Amo y siento deseos de hacer algo extraordinario. No sé lo que es. Pero es un deseo incontenible de hacer algo extraordinario. ¿Para qué amo, me pregunto, si no es para hacer algo grande, nuevo, desconocido?”.

A veces me siento así y no había tenido palabras para expresarlo. Lo confieso, me hizo el día.

Palabras en propiedad

 

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Yo y mi obsesión por ellas… no tengo remedio. Me da por pensar que algunos autores se han vuelto dueños absolutos de ciertas voces, tanto que es imposible decirlas sin aludir a sus “creadores”. Por supuesto, el vínculo está dado por su obra, después de leer la cual no he podido librarme de sus fantasmas. Ya sé que mi lista es incompleta, por demás subjetiva y ecléctica (incorpora algunas en otros idiomas), pero no busca más que ser un recuento de voces “propiedad” de autores admirados.

Sólo los últimos dos casos son palabras inventadas, las demás se encuentran en cualquier diccionario. A propósito dejo fuera (por esta ocasión) los nombres propios, porque sería demasiado fácil acudir a Romeos, Funes, Dulcineas, señoritas Julias, Aschenbachs, Fuenteovejunas o Werthers, que en muchos casos tienen para mí una existencia más interesante que muchas personas que conozco… En fin, ahí van mis primeras 10:

  1. Tártaros: Dino Buzzati, El desierto de los tártaros.
  2. Laberinto + espejo: Jorge Luis Borges, Poesía completa.
  3. Bruno: “umbrío por la pena, casi bruno”, Miguel Hernández.
  4. Bottine/botín: Gustave Flaubert, Madame Bovary.
  5. Amorosos: “Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos”, Jaime Sabines.
  6. Hérisson/erizo: Muriel Barbery, L’élégance du hérisson.
  7. Nevermore/nunca más: “Quoth the raven, ‘Nevermore'”, Edgar Allan Poe.
  8. Madeleine/magdalena: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.
  9. Nymphet/nínfula: Vladimir Nabokov, Lolita.
  10. Trilce: César Vallejo, Trilce.

Son tantas que seguro me darán para varias listas más.

El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic

“[El cuerpo] era el único instrumento del que disponíamos, el único instrumento para entendernos, el lenguaje del cuerpo que llega detrás, delante, al margen de las palabras, al margen del habla, que pronto nos resultó insuficiente. El cuerpo suplía nuestra carencia de lenguaje, ese algo que se nos escapaba desde el principio. El cuerpo era la única forma en la que se me abría un camino directo hasta él, hasta su oscuro interior”.

Leer El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic (Anagrama), alteró mis días, lo reconozco. Pocas veces me he encontrado (“me ha golpeado”, debería decir) una novela tan nítida, tan incisiva, tan temblorosamente sensible y escrita con la poesía de las entrañas. El cuerpo como protagonista absoluto de una historia de amor devorador, como un lenguaje pleno y suficiente, como la memoria más certera, el “hambre divina” por el amado llevada hasta sus últimas consecuencias, un hilo tenso resuelto de la manera más lógica… según la lógica del erotismo más extremo. La contratapa cita a un crítico de The Guardian, según el cual “la prosa de Slavenka Drakulic tiene la intensa, descarnada poesía de Marguerite Duras”. Nunca mejor dicho.

Un acto de amor/El acto de amor, de Howard Jacobson

Recién terminé esta novela de Howard Jacobson (Miscelánea). Es violenta, iluminadora, fascinante. La anécdota es “simple”: un anticuario de libros desea que su esposa le sea infiel, una y otra vez. Felix Quinn, protagonista, repite una frase a modo de leit motif: “Ningún hombre ha amado a una mujer sin imaginársela en brazos de otro”. Y justo porque ama a Marisa se la imagina en brazos de Marius, con lo que envuelve a ambos en su telaraña de deseo. Pero ya lo cuestiona la contraportada del título: “¿cómo se le puede llamar traición a eso, si es exactamente lo que él quiere?”.

La sensibilidad de Jacobson permea cada página mientras se pasea por las tripas recónditas de la obsesión sexual, los celos, el amor. Apoyado en un lenguaje sugerente, va mucho más allá de meramente presentar hechos. Como dice el propio Quinn sobre su esposa: “las palabras eran nuestro modo de acariciarnos”. Sí, Jacobson me acaricia mientras leo y me seduce hablándome al oído, lo que compensa los ocasionales descensos de ritmo y las reiteraciones en voz de su personaje enloquecido. No conocía al autor y vaya presentación que es este volumen. En alguna medida me sucedió con Quinn lo que hace años con el Humbert Humbert de Lolita: racionalmente me resultan chocantes, pero la magia creada por el autor me los vuelve entrañables. Como Humbert Humbert, Quinn es el narrador “pervertido” que recuerda con nostalgia el deseo totalizador de otro tiempo, con lo que se gana mi complicidad.

Una crítica: la edición en español es una buena traducción de Santiago del Rey, aunque el título pierde frente al original en inglés: Un acto de amor es sólo uno entre muchos, mientras el autor tituló su obra de forma categórica: El acto de amor (The Act of Love), el mayúsculo, el único.

El IQ de la lengua

Mi querido amigo Salvador se topó con esta cita de Saramago y ahora me la envía: “Probablemente es la lengua la que va escogiendo los escritores que precisa, se sirve de ellos para que expresen una pequeña parte de lo que es. Cuando la lengua lo haya dicho todo, y callado, a ver cómo vamos a vivir”.

Cuánta belleza, hondura y nostalgia en unas pocas palabras. Coincido totalmente con Salvador: qué bien que el traductor conservó “los escritores que precisa” en vez de optar por el muy cercano “los escritores que necesita”. La musicalidad del portugués colándose por las entretelas del español: inteligencia de la(s) lengua(s).

Reencontrar a un amigo

Tarde de domingo, la más nostálgica de la semana. Me recuerda un año difícil de infancia escolar: tras el fin de semana arropada, el domingo anunciaba el peor de los tormentos. Desde entonces busco algo de azúcar para tragar estas horas. Hoy me reencuentro con un viejo amigo, Quim Monzó, que integra mi paisaje personal hace años. Me lo presentó un librero en El Prat, aeropuerto catalán. Volaba de regreso a México y había agotado mis lecturas. De boca seca y como quien no tolera imaginar el vuelo sin gua, le pedí me recomendara a algún autor catalán indispensable. Me extendió los Mil cretinos (Anagrama). Nos hicimos muy cercanos.

Esta tarde, en Gandhi, me topé de nuevo con Monzó: El porqué de las cosas (Anagrama). Por supuesto, le ofrecí un café. Es lo menos que amerita un amigo así.

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La extraña, de Sándor Márai

Recién terminé de leer La extraña, novela de Sándor Márai (Narrativa Salamandra). Para variar, una verdadera maravilla. Desde que me topé con La mujer justa me volví seguidora irredenta del autor húngaro y con esta historia de Viktor Askenasi reconfirmo mi devoción. La anécdota es sorprendente, me descolocó y sin embargo me conectó con la insatisfacción vital que Márai describe como (casi) nadie.

A ratos el protagonista, Askenasi, me trajo recuerdos del Aschenbach de Muerte en Venecia: ambos están fuera de lugar, entre veraneantes que les son ajenos, en un viaje que significará un viraje definitivo, conectando con partes oscuras/ luminosas de sí mismos, incomprendidos y patéticos, siempre profundamente humanos. Los dos son entrañables en su fragilidad, en su ímpetu de búsqueda, como el narrador cuenta sobre alguien más: “[…] se conformaba plenamente con las pequeñas excursiones que hacía dentro de sí misma, a cualquier hora del día o de la noche, preparándose minuciosamente para las sorpresas que le deparara aquella selva”. Así, la selva interior de Askenasi esconde más de un sobresalto que él enfrenta con gusto y, casi, con un sentido de liberación.

También aquí aparece, como sello de Márai, la fe inquebrantable en las palabras. Askenasi señala: “‘Un día de estos pueden matarme o puedo volverme loco’. De todas formas, lo tranquilizó pensar que las palabras sobrevivirían, independientemente de lo que a él le ocurriera”. Márai se suicidó en 1989 pero sus palabras le sobreviven y me alcanzan hoy, para fortuna mía.

Lectora de mí misma

Ociosa que soy, hice un recuento de lo leído en 2011 y concluí que, como dijo Proust, al enfrentarme a muchos de esos textos fui “lectora de mí misma”, vi cosas “que sin esos libros no hubiera podido ver” en mí. Y eso la buena gente lo agradece. Como quiero ser una de ellas ahí va mi gratitud a los personajes respectivos y a sus creadores (van en orden decreciente, empezando por los que más disfruté en cada categoría):

Predominó la narrativa (sobre todo novela pero también algo de cuento):

  • La elegancia del erizo, Muriel Barbery, Seix Barral (y también L’élégance du hérisson, regalo de mi lindo amigo Salvador Camacho)
  • Une gourmandise, Muriel Barbery (ídem regalo de Salvador)
  • El día que Nietzsche lloró, Irvin Yalom, Emecé
  • Las violetas son flores del deseo, Ana Clavel, Alfaguara
  • Los enamoramientos, Javier Marías, Alfaguara
  • Manhattan Love Song, Cornell Woolrich, Pegasus
  • Efectos secundarios, Rosa Beltrán, Grijalbo
  • Las cartas de Abelardo y Heloísa, Siruela
  • El arte de la resurrección, Hernán Rivera, Alfaguara
  • Malone dies, Samuel Beckett, Grove Press
  • Vita Brevis, Jostein Gaarder, Siruela
  • Novecento, Alessandro Baricco (regalo de mi queridísima Paty Torres Maya), Anagrama
  • Claudine à l’école, Colette, Le Livre de poche
  • Suicidios ejemplares, Enrique Vila-Matas, Anagrama
  • El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vázquez, Alfaguara

También hubo poesía:

  • Pesar todo, antología de Juan Gelman, FCE
  • Mar privado, Eduardo Casar (relectura)

Y algo de ensayo:

  • Zoo Inc., Javier Martínez Staines (regalo de su muy querido autor)

Para rematar con temas de desarrollo personal:

  • Happy for no reason, Marci Shimoff
  • Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda
  • En defensa de la felicidad, Matthieu Ricard
  • Bikram Yoga, Bikram Choudhury

Me dejaron tatuadas en la frente palabras como “Vivir de manera segura es peligroso” (Yalom), “Una herida bien puede ser una flor abierta o una herida que manda besos cárdenos en el aire” (Ana Clavel), “L’Art, c’est l’émotion sans le désir” (Barbery), “Cómo será acostarme/ en tu país de pechos tan lejano/. Ando de pobrecristo a tu recuerdo/ clavado, reclavado” (Gelman), “Thoughts and feelings aren’t facts and they’re not you” (citado por Shimoff), “Lejos de gemir por las faltas que cometí pienso suspirando en aquellas que ya no puedo cometer” (Cartas de Abelardo y Heloísa)…

Gracias a todos los involucrados.

Efectos secundarios, de Rosa Beltrán

Acabo de terminar Efectos secundarios, nueva entrega de Rosa Beltrán. Me gustó. Es un experimento/homenaje interesante que entreteje autores y personajes: pasan a saludar Bovary, Rilke, Kafka, Orlando, Wilde, Samsa, Flaubert, Raskolnikov, Rulfo, Woolf, Pascal, El Quijote, Gorostiza, entre otros. Además superpone planos temporales y espaciales (México actual, la Praga de Kafka, hoy y hace un siglo), condicionantes (la violencia como institución, la autodefinición, el cambio de género), lógicas propias (de un presentador de libros, de los sicarios que comunican a través de cuerpo cercenados, de las editoriales que buscan vender libros a-como-dé-lugar, de la madre controladora), todo ello como marco de una historia kafkiana en la que a ratos me perdía pero no dejaba de disfrutar.

En general puedo llamarla una “novela para el disfrute de lectores”, es decir que quien se acerque a ella sin tener un sólido bagaje de lecturas probablemente le pierda el interés, pues la autorreferencialidad a obras/autores es una constante. Mi objeción a ella es que ofrece pocos puntos de asidero de la anécdota y, teniendo a un lector como protagonista, parece descuidar al lector de la misma en aras de llevar el juego estilístico hasta sus últimas consecuencias.  Sin embargo, sentí lograda la visión de un amante/víctima de la lectura, con frases como:

“Leer enerva. Leer es sobrevivir a una explosión de energía cósmica”.

“Leer es mucho más que poner los ojos en las cosas”.

“Yo […] sólo soy un lector, lo más marginal que puede ubicar una sociedad dedicada a la producción y la rentabilidad”.

“Es innegable que mientras se escribe uno está escribiendo y en cambio no se puede tener la certeza de no estar escribiendo al dejar la pluma”.

Por otro lado, el ángulo de la crítica a la “fauna literaria” (lectores, autores, editores, presentadores de libros y asistentes a presentaciones) me pareció novedoso.

Recomendable, sobre todo para viciosos de los libros.

Mi no-Feria Internacional del Libro

Pues no, no pude ir a la FIL, muchas circunstancias lo impidieron. Me hubiera encantado conocer a Almudena Grandes (con quien he pasado muchas horas), encontrar un título que buscaba sin saberlo, meterme a una presentación y descubrir a un autor que quiero hacer mi amigo, darle el golpe a la literatura alemana, pasear entre libros, acercarlos a mi nariz, llevarlos y hacerlos mis amantes, oír decir a Juan Gelman:

“Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío

como un amo implacable

me obliga a trabajar de día, de noche

con dolor, con amor

bajo la lluvia, en la catástrofe

cuando se abren los brazos de la ternura del alma

cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos

las lágrimas, los pañuelos saludadores

las promesas en medio del otoño o del fuego

los besos del encuentro, los besos del adiós

todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre”.

Y como no pude hacer todo ello, me lancé a Gandhi y armé mi modestísima no-FIL con una antología de poesía de Gelman, una noveleta de Colette, la primera que voy a leer de Milorad Pavic y la última de Rosa Beltrán, más dos libros para mi hija…

“Ni siquiera la eternidad es para siempre”

Encuentro este hermosísimo poema inédito de Roberto Juarroz y casi tiemblo: las palabras, con su cualidad tornasolada, como reflejo de la ambigua vida. Nada que añadir:

Todo texto, toda palabra cambia

según las horas y los ángulos del día o de la noche,

según la transparencia de los ojos que los leen

o el nivel de las mareas de la muerte.

Tu nombre no es el mismo,

mi palabra no es la misma

antes y después del encuentro,

antes y después de volver a pensar

que mañana no estaremos.

Cualquier cosa es distinta

si se mira de día o de noche,

pero se vuelven aún más distintas

las palabras que escriben los hombres

y las palabras que no escriben los dioses […]

Nada tiene una sola forma para siempre.

Ni siquiera la eternidad es para siempre.

Roberto Juarroz, Obras completas (Seix Barral)

Romeo y Julieta 2011

Fin de semana. Tarde de frío. Consenso de ver película en video. Tres demandantes cuyos gustos no coinciden: A y B aman las de terror, B y C disfrutan las de romance, A y C prefieren las históricas. Un democrático volado arroja ganadora: la viejita Romeo y Julieta, de Baz Luhrmann (1996). Arriesgada, iconoclasta y propositiva conjuga el texto de Shakespeare con una ambientación contemporánea en una relectura interesante. El resultado: complace a los tres ingirientes de palomitas con Valentina.

La riqueza de los clásicos radica justamente en su multiplicidad de lecturas, algunas más afines al gusto personal que otras, pero todas válidas. Cito de memoria (por tanto, seguramente mal) a Italo Calvino cuando en su “Por qué leer los clásicos” dice que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que iba a decir. En otras palabras, 50, 100 o 400 años después de su escritura, cuando algunas o prácticamente todas las referencias culturales han cambiado, sigue hablando con la misma fuerza e igual vigencia. En este caso, a una adolescente y dos adultos, cada uno con expectativas y cargas personales distintas, les mueve Julieta diciendo a Romeo:

O, swear not by the moon, the inconstant moon,

That monthly changes in her circled orb,

Lest that thy love prove likewise variable […]

Do not swear at all;

Or, if thou wilt, swear by thy gracious self,

Which is the god of my idolatry,

And I’ll believe thee.

(Y cómo no)

Celebrar los libros

El sábado pasado se festejó el Día Nacional del Libro y por alguna razón no escribí nada al respecto. Hoy celebro mis volúmenes, mi pequeña biblioteca. Títulos de poesía, de narrativa, de historia y ensayo, incluso más de 20 diccionarios pueblan mi casa y en algunos casos ocupan libreros de dos hileras en fondo. Son, en gran medida, mi objeto preciado número uno. Comencé a coleccionarlos y leerlos antes de entrar en 1991 a la licenciatura y posterior maestría en Letras: desde ahí se instalaron de manera fija en mi paisaje. He leído la mayor parte de lo que poseo, el resto espera pacientemente el momento de nuestro encuentro.

“Me, poor man, my library/ Was dukedom large enough” dice Próspero en el primer acto de “The Tempest”, de Shakespeare, idea que retoma Borges en su “Poema de los dones”: “Yo, que me figuraba el paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”. En el primer caso, Próspero, duque de Milán, encuentra en sus volúmenes más interés y hondura que en la política, por lo que deja el gobierno en manos del traidor Antonio. En el segundo, Borges agradece la “magnífica ironía” de Dios, que mientras le da los anaqueles de títulos, le quita la vista. En cualquier caso, guardadas todas las distancias, comparto la celebración de los libros: para mí también son mi imperio, mi paraíso cotidiano. Aquí, algunas fotos de ellos…

En casa en mi vida

En la oficina, con la cabeza en proyectos, análisis, rendimientos, abro mi libreta personal buscando un dato anotado ahí. De pronto me brinca a las manos esta cita que transcribí del libro que estoy leyendo. Me pareció fascinante el concepto de “sentirse en casa en la propia vida”:

“At times, like happy children, we feel at home in our life. But at other times it is as if we were on another planet, like the man who fell to Earth. This state is about our attitude to the world we live in: what is our relationship with the people around us, the environment, the objects and circumstances of our life”. -Piero Ferrucci, Beauty and the Soul

Para mi enorme Fortuna, sí, me siento en casa en mi pedazo de mundo.

Père Lachaise a la manera de Millás

Conocedor de mi debilidad por los cementerios, Armando me regala esta foto que encontró, tomada en mi amada maravilla parisina: Père Lachaise. Me fascina y a la manera de Juan José Millás juego a descomponer la metáfora implícita: vida que se afirma sobre la piedra, verdor que sublima la grisura, savia que corona la rigidez, vigor que contrasta la decadencia, fragilidad que se consagra ante el tiempo. Y, sin embargo, en este juego vertical/horizontal, la piedra no sacrifica su encanto sino se enriquece con el diálogo entre contrarios…

 

Shakespeare y el espejo

No deja de maravillarme cuántas lecturas ofrece una obra como La tempestad, de Shakespeare. Acabo de ver la puesta en escena: la había leído pero nunca visto. ¿Me gustó? No tanto, sentí desigual el ritmo y algunas actuaciones, además de que no disfruté la licencia forzada del director (así me lo aclaró el propio traductor, Alfredo Michel), de poner en boca de Calibán versos de Hamlet. Sin embargo, “EL bardo” es “EL bardo” bajo cualquier lente. La obra tiene momentos deliciosos y una buena traducción, además de una disfrutable actuación de López Tarso y del actor que interpreta al retorcido y perverso Calibán.
Una lectura que me resulta interesante y que recordé al ver al deformado personaje es la que concibe a Calibán como un símbolo de América Latina, “salvaje”, “primaria”, “sensual”, “grotesca”, en todo opuesta al “civilizado” y “culto” Próspero. Hace años asistí a un seminario organizado por la UNAM y la Universidad de Lovaina sobre este tema: la metáfora explotado/explotador, donde Calibán, despojado de su isla, dice a Próspero que aprender su lengua le permite maldecir: “You taught me language, and my profit on’t/ Is, I know how to curse. The red plague rid you/ For learning me your language!”.
Más allá de la intención (moralizante o no) de Shakespeare, la cuestión es que los latinoamericanos seguimos leyéndonos en Calibán, destacando la dicotomía que nos deja siempre en desventaja: antes frente al colonizador español y hoy, de cara a la potencia del norte. Una vez más el arte cumple como espejo que nos permite reflejarnos. Y cuestionarnos.

Abelardo y Heloísa

Practicando uno de mis placeres cotidianos, paseo los ojos por el librero y me topo con uno de mis títulos preferidos: Cartas de Abelardo y Heloísa, en la edición de Siruela. Como casi siempre, lo abro en alguna de las páginas dobladas por la esquina superior (señal de que hay-algo-que-disfrutaré-releer). Como casi siempre, no me equivoco: “Lejos de gemir por las faltas que cometí, pienso, suspirando, en aquellas que ya no puedo cometer más”. La línea es hermosa… y si se piensa que la autora es una monja que vivió hace nueve siglos, escribiéndolas al abad de un monasterio, resulta fascinante.

Siglo XII. Francia. El reconocido doctor en filosofía Abelardo seduce a su joven alumna, hija de un amigo y quien le encargó la educación de la chica. La pasión de Abelardo es plenamente correspondida (o incluso rebasada) por Heloísa, así que los amantes se dedican a saciarla, a escondidas del tío. Cuando ella se ve embarazada huyen juntos y se casan en secreto, pero viven separados. Fulberto, pariente de Heloísa, decide vengar la  infamia: con una turba ataca de noche a Abelardo… y lo castra. Luego del dolor inicial, el eunuco se vuelve a Dios y a la teología, funda un monasterio y pide a Heloísa que se vuelva monja. Ella obedece pero a pesar de los hábitos no quiere arrepentirse, “puesto que el alma conserva el gusto del pecado y arde por sus antiguos deseos”. Hasta parece vanagloriarse de ello: “Allí hacia donde me vuelvo aparecen ante mis ojos y despiertan mi deseo. Su ilusión no respeta ni siquiera el sueño. Aun durante las solemnidades de la misa, cuando la plegaria debería ser más pura que nunca, imágenes obscenas asaltan mi pobre alma y la ocupan más que el oficio”.

Esta amante, dispuesta a defender su ardor a costa de confrontarse con su familia, con el aparato social y con la misma religión (omnipotente en su época) me emociona otra vez y me recuerda a esa otra grande que amó, Juana, “la loca”. Por ellas solas la palabra voluptuosidad merece ser sustantivo femenino…