Algunas nalgas provocan sofoco. Ahogo, pues. Poco puede hacerse ante ellas. Es decir, mucho, pero poco a nivel de resistirse, de encontrar motivos para no sucumbir. ¿A qué empujan (ejem)? A exprimir, acariciar, besar, sobar, mordisquear y, tras una mínima pausa, ceder de nuevo a la devoción que inspiran.
En general hablan un lenguaje contundente. Ese par de pedazos de carne que las manos no pueden contener (porque si los contienen, qué chiste), esos que uno mismo sólo puede verse por interpósito espejo, las nalgas, digo, bien pueden ser el rostro más inequívoco. Respingonas, tímidas, aplastadas o redonditas, en forma de manzana o de pera a punto, revelan el carácter de su poseedor. En realidad, no sé si lo revelan pero cómo se antojan. Si bien no recuerdo el rostro de varios seres que han pasado por mi vida, sus nalgas me quedaron como tatuadas.
Por cierto, odio decirles pompis y glúteos, la primera por ñoña y la segunda, por anatómica. Aunque «por sus glúteos los conoceréis» juega mejor, nada como decir: «Por sus nalgas los conoceréis».
«¿Por qué siempre nos enseñan que es fácil y perverso hacer lo que queremos […]? Es lo más difícil del mundo y requiere el máximo coraje. Es decir, hacer lo que realmente queremos […] Implica una enorme responsabilidad«.
Sigo en un viaje desmesurado de ideas con la novela El manantial (The Fountainhead), de Ayn Rand, cuyo fragmento cito arriba y el cual, luego de pensar un rato, abrazo sin dudar. Hacer lo que quiero es lo más endiabladamente difícil del mundo. Nunca me lo había planteado.
El manantial funciona perfectamente bien como novela, los personajes son sólidos, creíbles, complejos. La trama avanza, hay suspenso, es un novela redonda. Pero es más que eso. Es el planteamiento de una filosofía con muchas capas, una fregonería que me sorprende dándole vuelta varias veces al día a sus conceptos. Qué gusto que lo sorprendan a uno libros así, que se vuelvan parte de tu ADN. Me voy con esto en la cabeza.
Es #MiércolesDePoesía y este blog lo sabe (bien entrenado, saliva como perro de Pavlov).
Aquí va, pues, un poema de la italiana Patrizia Cavalli, en traducción de Fabio Morábito. Con su humor negrito es espléndido para bienvenir la mañana.
«Si ahora tú tocaras a mi puerta
y te quitaras los lentes
y yo me quitara los míos que son iguales
y luego entraras dentro de mi boca
sin miedo a besos desiguales
y dijeras: «Pero amor mío,
¿cuál es cuál?», sería una pieza
de teatro sin igual».
-Patrizia Cavalli, Yo casi siempre duermo. Antología poética, Fabio Morábito (Trad.), México: UNAM, 2008.
Me harta, me enoja, me frustra. A veces quiero amanecer en alguien más, con otra cara y manías nuevas. Estrenar miedos, por qué no. A veces me aburre mi propia historia, tan manoseada.
Hoy no. Hoy estoy en paz con el espejo. Amanezco feliz de ser yo, porque es a mí y no a alguien más a quien miras así, con esos ojos que nadie ha visto antes. Porque «si tú me miras yo me vuelvo hermosa», como dice el verso. Porque me dices palabras que son sólo mías porque las creaste para mí y me las regalas como monedas nuevas, relucientes.
Hoy me gusta ser yo porque soy quien está aquí plantada, con la fuerza de saber que todo lo que he vivido antes valió la pena por llegar a esto.
Conviene asumirlo: todo amor tiene personajes protagónicos e incidentales, voces, escenario, una trama más o menos pensada a priori.
Como en un cuento o una novela (depende el aguante) comprende un planteamiento, un nudo, un desenlace. O varios. Y no lo digo desde el desencanto ni desde la amargura: estoy profundamente enamorada y derretirse por alguien me parece una de las maneras más dignas de vivir. Quiero y me siento querida. Admiro desde las tripas al hombre que amo. O sea, todo bien, nomás no se me olvida que en el fondo es una ficción que cada quien se cuenta según el humor del que ande, como dice este cartón del espléndido Jis. Y se vale.
Así se asomó, como tímida. Guardaba las apariencias. No adiviné, cómo iba a saberlo, que era un huracán que me voltearía del revés con un amor animal, sordo a toda advertencia. Tanto ruido, tanta risa, tanto miedo, tanto remanso, tanta luz.
Cómo iba a saber que traía consigo una alegría rara y completa, el hueco exacto de mi abrazo a partir de ese momento.
Pues sí, qué remedio querer darle una pátina de rudeza.
Antología viene del griego anthos, flor y logeia, colectar. Es decir que una antología era, en principio, una colección de flores. Luego el sentido se amplió para abarcar una colección de poemas y, finalmente, una colección de obras literarias. Por cierto, la misma raíz se encuentra en la palabra krysanthemon, cristantemo, que se forma con anthemon + khrysos, oro, es decir, crisantemo significa «flor de oro«.
Como adoro la etimología de las palabritas ahí van esas dos, cursis a morir, para alegrar el viernes.
Fuente: Krystyna M. Libura y Gabriel López Garza, Sorpresas en palabras, Ediciones Tecolote, 2006.
Estoy leyendo esta joyita, Escritura no-creativa: La gestión del lenguaje en la era digital, de Kenneth Goldsmith, publicado por SurPlus Ediciones.
Es alucinante su visión sobre esta era cuajada de lenguajes, es decir, idónea para la experimentación de quienes jugamos a escribir textos propios y desentrañar ajenos (textos entendido en la acepción más amplia del término). Ahí va una idea que se explica brevemente pero tiene un montón de capas de sentido: «Todo ese lenguaje invisible atraviesa el aire que respiramos [y] es apabullante: televisión, radio terrestre, radio de onda corta, radio satelital, banda ciudadana, mensajes de texto, datos móviles, televisión satelital y señales de celular, por mencionar sólo algunos. El aire está saturado de lenguaje disfrazado de silencio«.
«[…] Kilómetros más adelante, ella le dijo: ‘Dame un cigarro. En mi bolsa’. Él abrió la bolsa y vio la cigarrera, el polvo compacto, el bilé, el peine, un pañuelo doblado que era demasiado blanco para tocarlo, con un leve olor a su perfume. Algo dentro de él pensó que esto era casi como desabotonarle la blusa, pero la mayor parte de él no era consciente de ese pensamiento ni del íntimo derecho de propiedad que adquiría sobre ella al abrir su bolsa».
Este pequeño fragmento de la novela El manantial, de Ayn Rand, además de sugerentísimo, me confirma que muchas veces la poesía se esconde bajo un disfraz de prosa, que los versos suelen sentirse cómodos dentro de ciertas novelas, como ésta que estoy disfrutando a tope. O, como a veces anoto en el margen de un libro: «Aquí hay un poema». Cómo no, entre lo que ella propone al pedirle a él que abra su bolsa, el «riesgo» que significa para él hacerlo, la carga erótica que implica para ambos. Qué cosa.
P.D. Dado que estoy leyendo la novela en inglés (se titula The Fountainhead y la publicó Signet, sello de Penguin), yo misma perpetré la traducción. Perdón por las molestias que ocasione el atrevimiento.
Me encuentro esta cita de Paz que anoté en un cuaderno viejo y me gusta toda, pero en especial esta línea: escribo para detener el instante y para echarlo a volar. Por eso no dejo de escribir, por la jodida y voraz y bendita necesidad de exprimir al máximo cada segundo:
«He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, por deseo de perfección y para desahogarme, para detener al instante y para echarlo a volar. En suma, para vivir y para sobrevivir». -Octavio Paz, prólogo a La casa de la presencia
Cartón: Voutch http://www.voutch.com «Sólo hay dos cosas importantes en la vida de un hombre, Marcelo: SIEMPRE amar a mamá y NUNCA creer las mentiras de los psicoanalistas».
Aquí va un cartón del acidito humorista francés Voutch, por si a alguien le quedaron ganas de celebrar tardíamente el Día de las madres. Desde mi situación de privilegio como mamá envío bendiciones y mis más caros deseos de que el lunes sea menos lunes…
El sábado es más sábado si lo inaugura un buen soneto de amor, como éste del andaluz Antonio Gala, musicalizado por Antonio Vega. Porque sí, no creo en más infierno que tu ausencia y no concibo castigo menos grave que una celda de amor contigo llena. Es más, por qué no vamos inaugurando mi sentencia.
A trabajos forzados me condena
mi corazón, del que te di la llave.
No quiero yo tormento que se acabe,
y de acero reclamo mi cadena.
No concibe mi alma mayor pena
que libertad sin beso que la trabe,
ni castigo concibe menos grave
que una celda de amor contigo llena.
No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia,
porque en este proceso a largo plazo,
buscaré solamente la sentencia
a cadena perpetua de tu abrazo.
Para acompañar las horas del día van estos versos de Borges, del siempre necesario Borges. Contagiada por él, veces yo también me lo pregunto.
Lo perdido
¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.
-Jorge Luis Borges, «Lo perdido», El oro de los tigres, en Obras completas. Tomo 2, Buenos Aires: Emecé Editores, 1974
Soy mamá e hija, así que el Día de las Madres me toca por partida doble, pero lo alucino por los litros y litros de empalague que implica, por los lugares comunes que exponencia, por lo predecible de todo. Quiero mucho a mi mamá y ser mamá de mi adolescenta es lo mejor que me ha pasado, pero no me feliciten hoy, plis.
Y si de plano no se aguantan, felicítenme pero además hagan un pequeño depósito en mi cuenta de banco. Así no les guardaré rencor eterno.
Pero claro, cuánta sabiduría la del argentino Tute. Asumo mi edad porque no me visto de adolescenta (la falda de colegiala precoz no cuenta) ni quiero salir de fiesta con los amigos de mi hija (me aburrí cuando lo hice) ni me enamoro como una idiota (Ok, sí) ni quiero que un adulto se haga cargo de mi vida (sería tan lindo).
Mis destellos de madurez, con lo infrecuentes, no implican que vaya por la vida con el acta de nacimiento pegada en la frente. Una cosa es ser patriota y otra, ser idiota. Se quedan todos con la duda.
La sutil ironía del tango «Por una cabeza» lo vuelve uno de mis favoritos, con su alusión a las carreras de caballos como una competencia similar al amor, en la que los jugadores se arriesgan enteros. En su nuevo disco, Morocho, el argentino Marcelo Ezquiaga le rinde homenaje a Gardel y lo hace sonar de la mano de latinos como Julieta Venegas, Miranda y Martín Buscaglia. Confieso que no conocía a Ezquiaga pero el disco incluye «Por una cabeza» con Kevin Johansen en un arreglo subversivo, inesperado para un tango. Es decir, entre los dos ponen a cantar en electrónico la música de Gardel y la letra de Le Pera. El resultado me encanta: letra y música se ponen a bailar y se ve que lo disfrutan.
Aunque el disco se presenta en junio ya está en YouTube esa canción, como adelanto. Y me pone muy de buenas. Con esta rolita anuncio que luego de unas necesarias vacaciones, pronto retomaré las Playlists colectivas de los #SábadosDeMúsica.
*Se va tarareando y como moviéndose al compás…
Por una cabeza
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza
si ella me olvida
qué importa perderme,
mil veces la vida,
para qué vivir…
Qué suerte tener lo que tengo en este preciso ahora, las certezas que me hacen el día, los amores que me lo desbordan, las incertidumbres que lo equilibran. Mañana quién sabe. No sé quién voy a ser, qué voy a necesitar, querer, urgenciar. Quién sabe qué capas mías se habrán superpuesto, cuáles deslavado. Con toda seguridad me habrán nacido otras miradas.
No sé qué va a hacer el tiempo de ésta que soy, pero con todo y riesgo de tormenta y aves de mal agüero hoy estoy aquí. Y me gusta gran parte de lo que veo.
Mi muy querido Fabio Morábito me comparte poemas de Sharon Olds, autora norteamericana de quien yo conocía apenas un par de textos. Bueno, pues la Olds me tiene muy cimbrada y retemblada. Se acerca a la vida diaria sin grandilocuencia ni grandes palabras, pero con un bisturí que corta por el medio las emociones y muestra la pulpa.
Para este #MiércolesDePoesía va su poema «New Mother» en el original en inglés y también «Madre primeriza», su traducción, sobre lo que pasa cuando una mujer quiere reencontrarse con su cuerpo sexual luego de dar a luz, mezcla de miedo, deseo, sorpresa, sobre todo si se tiene la suerte de tener un buen colega de cama. Es un texto impresionante.
New Mother
A week after our child was born,
you cornered me in the spare room
and we sank down on the bed.
You kissed me and kissed me, my milk undid its
burning slip-knot through my nipples,
soaking my shirt. All week I had smelled of milk,
fresh milk, sour. I began to throb:
my sex had been torn easily as cloth by the
crown of her head, I’d been cut with a knife and
sewn, the stitches pulling at my skin—
and the first time you’re broken, you don’t know
you’ll be healed again, better than before.
I lay in fear and blood and milk
while you kissed and kissed me, your lips hot and swollen
as a teen-age boy’s, your sex dry and big,
all of you so tender, you hung over me,
over the nest of the stitches, over the
splitting and tearing, with the patience of someone who
finds a wounded animal in the woods
and stays with it, not leaving its side
until it is whole, until it can run again
Madre primeriza
Una semana después de que naciera nuestra hija,
me arrinconaste en la habitación de huéspedes
y nos hundimos en la cama.
Me besaste y me besaste, mi leche desató su
nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,
empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,
leche fresca, agria. Empecé a latir:
mi sexo había sido desgarrado como un trapo
por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo
y cosido, los puntos tiraban de la piel—
y la primera vez que te rompen, no sabes
que vas a cicatrizar, mejor que antes.
Me acosté con miedo y sangre y leche
mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,
hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,
todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,
sobre el nido de puntadas, sobre
lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que
encuentra un animal herido en el bosque
y se queda con él, a su lado
hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.
(Sharon Olds, La materia de este mundo, traducción de Inés Garland e Ignacio Di Tullio, Gog & Magog, Buenos Aires, 2016).
Imagen: Pinhead, de la película Los que traen al infierno
En los años 20 del siglo pasado, el escritor Macedonio Fernández decía que la Municipalidad de Buenos Aires debía pagar todos los días a un señor horrible, un esperpento, para que todos los días se paseara por la calle Florida y los demás, al verlo, dijeran: “Bueno, al fin y al cabo no estoy tan mal”, cuenta Martín Caparrós en El hambre.
Así yo. Hoy que apenas tengo tiempo de respirar por tanto trabajo, pienso en cuando me acababa la vida en una oficina, entre juntas estúpidas y presupuestos inacabables que me taladraban las neuronas, y repito: de veras, no estoy tan mal.
Han estado conmigo sólo por sexo y no me causa problema reconocerlo. Es más, aseguro que he sido algo así como la Marilyn Monroe de alguno, vestido blanco vaporoso, sugerencia explícita, tensión a punto porque ambos saben lo que sigue y aceptan el juego, pero ningunas ganas de platicar luego por horas y menos de casarse conmigo. No me ofende, normalmente asumo la misma postura (ejem, me refiero a la emocional). He estado con alguien sólo por sexo y tampoco, con lo bonito que es corcovear (adoro esa palabra, tan elegante) y después soltar un: «¿Cómo dices que te llamas?».
A veces el sexo produjo una cercanía emocional rica y, a veces, la felación llevó a una relación (mala idea, confundir deseo con amor y viceversa). Lo que sí no soporto es que me digan «muñeca». Eso sí es el colmo de la degradación. Avisados están.
Esta niña se plantó en el centro de mis ojos desde hace muchos años. Hoy es una adolescenta adulta que protagoniza mis mejores mañanas y me recuerda que nadie más afortunada que yo, por conocerla en persona, por tener cerca su ingenio y su ternura siempre recién exprimida.
Tenía más o menos la edad de la foto cuando le escribí este poemita, mismo que suscribo muchos años después, porque me sigue aleteando los días.
Vine a ofrecer una plática sobre poesía checa, llegué ayer y hoy regreso al D.F., lo que lamento mucho porque ya me veía paseando a mi aire por los callejones de esta ciudad preciosa. Hoy, antes de que suene la alarma, me despiertan las campanadas de la iglesia que está justo frente al hotel. Por alguna razón, lo primero que me viene a la mente es que a unos pocos pasos de aquí está el bar El Golem, en referencia al personaje checo que ayer estuvimos comentando. Qué rico: amanecer en Guanajuato habiendo tenido ayer un día espléndido en todos sentidos y llenarme la boca con la música de esos primeros versos de «El Golem» de Borges que me sé de memoria:
«Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo'».
Abro la ventana y me topo con esta imagen. La mañana pinta redonda.
Un escritor de éxito más bien mediocre publica su nueva novela. De pronto, como si todos los críticos se hubieran puesto de acuerdo en alabarla y como si todos los lectores se hubieran puesto de acuerdo en leerla, de la noche a la mañana se convierte en un fenómeno de ventas y él entra en una vorágine de viajes, entrevistas, ferias de libros, entregas de premios, presentaciones.
El huracán demencial lo absorbe y deja de escribir. Después de un tiempo llega a una conclusión tremenda: «Le perdí respeto a la literatura, que era lo único que hasta entonces había dotado de sentido o de una ilusión de sentido a la realidad. […] Quizá dejé de escribir porque estaba demasiado vivo para escribir, demasiado deseoso de apurar el éxito hasta el último aliento, y sólo se puede escribir cuando se escribe como si se estuviera muerto y la escritura fuera el único modo de evocar la vida, el cordón último que todavía nos une a ella» (Javier Cercas, La velocidad de la luz, DeBolsillo). Uf.
Claro, la gente demasiado feliz no suele crear, para qué. El arte (la escritura) cumple un rol cuando hay una carencia o se busca confrontar algo o el mundo es decididamente perfecto. Entonces surge la urgencia de componer un mundo a partir de palabras: una realidad que no existía y ahora existe. A quienes escribimos nos aplica aquello que dijo Martín Caparrós en otro contexto: «Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo». Pues eso.