En memoria de Alejandra Pizarnik,
que escribió «Presencia de sombra»
«Con ‘la cabeza llena de flores’,/
se fue aquella mujer hacia la muerte,/
yo también quisiera morir así/
y aunque no lo supiese nadie/
de mi oscura cabeza silenciosa/
nacería más tarde/
un ramillete de primavera.//»
Eso deseaba la escritora Alaíde Foppa, quien murió a manos de la tortura, a los 67 años. Hoy, en la tierra mágica de Tepoztlán termino de leer esta antología suya y me estremece su vida signada por la tragedia.
Nacida en 1913, hija de dramaturgo argentino y terrateniente guatemalteca, estudia en varios países europeos; luego llega a Guatemala y se asienta ahí. A raíz de los golpes militares de los años 50 viaja a México. Casada con el exiliado guatemalteco y luchador de izquierda Alfonso Solórzano, reparte sus horas entre ser madre de cinco, escribir poesía, militar en el feminismo, ser maestra en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. A fines de los 70, tres de sus hijos van a Guatemala a luchar contra la represión de Romeo Lucas García: uno es guerrillero, otro periodista de oposición y la tercera, médica rural. En 1980 Juan Pablo, el guerrillero, muere en un combate con el ejército. Luego, Alaíde queda viuda: su esposo es atropellado en la Ciudad de México.
Totalmente involucrada con la lucha clandestina y con la Agrupación Internacional de Mujeres contra la Represión (AIMUR), viaja a Guatemala. En el aeropuerto dice a su amiga, Marta Lamas: «Este 1980 ya no nos puede suceder nada malo; ya todo lo que tenía que pasar, pasó». Se equivoca. El 19 de diciembre, su auto es interceptado por el ejército y Alaíde desaparece. En México se organizan manifestaciones, mítines, protestas en los diarios… para nada. Al poco tiempo es asesinado otro hijo suyo, el periodista. Tiempo después se enteran de que Alaíde fue torturada y asesinada por su participación con la guerilla.
Estudiante yo misma de la Facultad de Filosofía y Letras, conocía de oídas su historia, pero leerla hace temblar. Desde la paz de estas montañas mexicanas me llega el eco de sus versos desgarradores:
«Tenía miedo/
en la infancia/
de que se me durmiera/
el tiempo,/
hoy tengo miedo/
del tiempo despierto».