Las 10 cosas más cursis del mundo

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Mi hija dice que soy cursi. Estoy segura que no, pero para salir de la duda hice una encuesta entre amigos para encontrar el Top Ten de la cursilería. Por supuesto, si yo lo fuera habría hecho las 10. Como no lo soy, nadamás practico nueve. No es cosa de exponerme a la burla de los insensibles, así que me reservo con cuáles le he dicho a mi novio que lo quiero:

1. Tapizar un auto de post-its que dicen «te amo» (o dicen lo que sea).
2. Vestirse iguales.

Imagen 83. Usar apodos infantiles en público (o en privado).

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4. Regalar rosas rojas.

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5. Dedicar una canción del poeta del amor: Arjona.

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6. Regalar un pastel con muñequito.

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7. Llevar serenata con trío.

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8. Celebrar el 14 de febrero.

Imagen 99. Gritar estruendosamente el amor (si es con público, mejor).

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10. Insistir en que uno no es cursi.

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«He extirpado el miedo de Caronte»

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Los amigos de Un Té con Draupadi me invitaron a publicar en su celebrado blog, lo que sin retórica es un verdadero honor. Escribí este texto que me resultó doblemente recreativo: busqué re-crear el pensamiento de Lucrecio, uno de mis autores favoritos, poeta y sabio del siglo I a.C. y, por otro lado, disfruté haciéndolo. Voilá.

(Sobre Tito Lucrecio Caro, filósofo y poeta de lo que hoy conocemos como Italia, sabemos poco: que nació en el año 94 a.C., que fue un patricio, que escribió el largo poema filosófico De rerum natura —llegado hasta nosotros y en el que cuestiona el temor a los dioses y a la muerte— y que se suicidó a los 44 años. Este breve texto narrativo da forma de relato a numerosos pasajes de su obra, asombrosamente contemporánea a más de 2000 años de distancia. En ningún punto añado al sentido de sus versos ni lo modifico. Los aciertos, si los hay, son suyos; los defectos, míos).

«No me nací, no me puse nombre ni me tracé un rostro. No me elegí familia ni sexo. No fui preguntado si la anarquía me era afín ni si la pompa militar me llenaba los ojos. Apenas algo he decidido, hace poco: retirarme de Roma, de las intrigas de Catilina y del fasto de los míos, patricios y nobles en pugna, locos de poder, exóticos marchitos. Sin embargo aquí, en estos montes retirados del Pierio, la paz me resulta esquiva. Me fastidia esta noche sola. Anuncia que en poco vendrá otra vez la Aurora, mientras trato en vano de entender el esfuerzo inútil de la lluvia y de las estrellas que gastan su camino en el cielo.

Aunque no me es dado saber cómo se gobierna el sistema de los astros, estoy cierto de que no obedece a la acción de los dioses ni responde a señal suya. En sus sedes tranquilas, ellos no se ocupan del mundo. Ni los vientos los sacuden ni los salpica la lluvia, apartados como están de los tumultos de la vida humana. Mientras tanto, veo multitudes clamar al numen de las deidades, temblar de miedo en los templos excelsos. Postrados en tierra, abrumados y esperando el castigo, no osan elevar los ojos. Locos, ignoran que ni el enojo ni la cólera mueven a los dioses y que, en cambio, el temor al castigo envenena los goces de la vida. Donde anida el error, el miedo alza fácilmente la cabeza.

Esta mañana encontré absurda a la hormiga que en su débil cuerpo cree acarrear el mundo en granos de arena. Igualmente necios son los míseros que se esmeran en rituales para Júpiter, cargando ofrendas y acudiendo en hordas a los sacrificios en días de fiesta. El dios es indiferente a unos y otros, pero el varón resulta más lamentable porque ¿acaso la hormiga rinde culto? ¿Por qué sí el siervo? Por temor a la vida y a la muerte, angustia de los tormentos que los dioses inflingen en una y otra: si el hombre abandonara la superstición y su amargo brebaje podría penetrar el misterio profundo de las cosas.

Por mi parte he abrazado el conocimiento y, asido de él, he extirpado de raíz el miedo de Caronte.* Hoy no temo a los dioses, que me ignoran, ni a la muerte, aunque me aguarda: quiero elegirla, determinar cuándo se posará en mi cabeza. Sé que nada seré entonces, no me echaré de menos a mí mismo ni guardaré memoria de este cuerpo, pero me irrita pensar que me sorprenda, condescendiente o irónica. Deseo más bien retirarme de la vida como se aparta de la mesa el convidado, sin llantos ni quejidos.

En mi desesperanza incide, sí, el oculto aguijón que llevo en mi cuerpo desde que amé, desde que estreché mi cuerpo con otro, deseado. Por un breve tiempo uní mi saliva con la suya, respiré apretando sus labios con mis dientes, me adherí a su cuerpo en las junturas de Venus hasta que mis miembros se derritieron. Me inundó el frenesí, estuve inmerso en el delirio. No más. Ahora sólo llevo una secreta herida que me punza.

Tal vez esta noche, con espíritu sereno, busque el descanso libre de inquietudes. Mientras, en el Pierio llueve».

*Caronte: en la mitología griega, barquero que conducía a las almas al Hades.

 

 

Tanto. Y siempre. Y algo más.

Foto: The Pillow Book
Foto: The Pillow Book

Aeropuerto de Ezeiza. Buenos Aires, Argentina. Espero la salida de mi vuelo a México, tras estar con quien más me quiere. La noche cae brusca, el sonido del altavoz anuncia lo que no me importa, los demás pasajeros pierden el tiempo o aprenden a borrarse del mundo. Mientras, mi cuerpo rumia lo escrito en él, deletrea en retrospectiva trazos de largo murmullo. Estoy tanto. Y siempre. Y sentir que algo más.

Lolita fue un mono: Nabokov

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«El primer estremecimiento de Lolita me sacudió a fines de 1939 o principios de 1940 en París, y en un momento en que estaba postrado con un severo ataque de neuralgia intercostal. Según recuerdo, el temblor inicial de inspiración fue causado por un relato periodístico acerca de un mono en el Jardin de Plantes que, después de ser persuadido durante meses por un científico, produjo el primer dibujo al cartón hecho por un animal: este bosquejo mostraba los barrotes de la jaula de la pobre criatura».
Lo dice Vladimir Nabokov en la nota introductoria a El hechicero, primera versión de Lolita. Mi querido amigo Borgeano me había hablado de esta novela breve pero por más que la había buscado no daba con ella. Aquí en Buenos Aires, entre los libros de viejo del Parque Rivadavia, me estaba esperando para deslumbrarme con esa primera nota. Al leerla, no me extraña que los antiguos concibieran la inspiración como un soplo divino. Divino y terrible.

No ser: estar siendo

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Colonia, Uruguay. Día soleado y corazón a tono. Caminar de la mano de quien más me quiere basta para que el mundo gire. No se necesita otro motivo. Me doy cuenta que no estoy enamorada, situación temporal y frágil. Tampoco soy enamorada: sugiere algo intrínseco
pero acabado. En realidad estoy siendo.

Mirando al sur

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»

Ahora sé que la distancia no es real/
Y me descubro en ese punto cardinal […]/
Teniendo siempre el corazón mirando al sur»

Estoy con un pie en el avión que me lleva al Cono Sur, donde me espera quien más me quiere. Es un viaje de locura, muchas horas de aire para estar menos de tres días en tierra, pero no me quejo. Al contrario, celebro la complicidad de los hados y las ganas incuestionables de hacerlo (perderme en sus brazos bien lo vale). Para qué es la vida sino para insensateces como ésta.

Literatura multiplica la contradicción: Neuman

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«Si la literatura tiene una misión, creo que ésa es alimentar la contradicción, multiplicarla, no resolverla. Para resolverla están los libros de autoayuda». Lo dice con la boca llena de razón Andrés Neuman, escritor argentino-español de visita en México. Es cierto: para simplificar las cosas y poner el mundo en blanco y negro están los best-sellers de autoayuda. La literatura, por el contrario, muestra que nada es lo que parece, cuestiona la reducción y el maniqueísmo, señala que la realidad es rica en matices.

Neuman está presentando el libro de cuentos El fin de la lectura (Almadía), redonda compilación de textos de distintos orígenes, agrupados bajo el espléndido diseño de Alejandro Magallanes. Ayer entrevisté a Neuman. El tipo no sólo es brillante y escribe muy bien, sino además posee la enorme virtud de no tomarse en serio, de evitar pedanterías y poses-de-escritor. Esa mezcla, como se sabe, provoca que uno tome su pluma realmente en serio. Ahí una más de las contradicciones que la literatura alimenta.

Otras cosas que he subido a este blog sobre Neuman y Magallanes: http://wp.me/p1POGd-2lk y http://wp.me/p1POGd-1pT

Sé demasiado de tu cuerpo

Orazio Centaro
Orazio Centaro

Sé demasiado de tu cuerpo,/

de cómo crece en mí/

y trae el amanecer,/

de por qué sonríe en la noche mutilada,/

de cómo vive a unos pasos de sí mismo,/

de ante qué bulle y se agita./

Lo que me asombra/

es su manera peculiar de dejar rastro:/

derramándose.//

 

-Julia Santibáñez

#MiércolesDePoesía Por qué este hombre se prendió fuego

Sebastián Acevedo
Sebastián Acevedo

Estaba desesperado. Pedía que le devolvieran a sus dos hijos detenidos ilegalmente, acusados por la dictadura de terrorismo. Trabajador sin mayores recursos, buscó ayuda de las autoridades civiles y militares de Chile, de los medios, de todos. Pero nada. Hace 30 años, Sebastián Acevedo se roció con bencina y se prendió fuego. Pocas horas después murió. Sus hijos fueron liberados. Dejó un hueco helado, quemante. Hoy, #MiércolesDePoesía, comparto esto que escribió Gonzalo Rojas, para fijar en palabras ese amor desaforado:

«Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo
de su carne y ardió por Chile entero en las gradas
de la catedral frente a la tropa sin
pestañear, sin llorar, encendido y
estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo
veo al inmolado.

[…]

Sólo la mancha veo del amor que
nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o
no con aguarrás o sosa
cáustica, escobíllenla
con puntas de acero, líjenla
con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla
por todas las pantallas de
la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado».

-Gonzalo Rojas, «El alumbrado»

Poemas en frascos de medicina

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En estos días, el renacentista José Emilio Pacheco (poeta, novelista, ensayista, traductor) recibió en México el Premio Encuentro de Poetas del Mundo Latino, junto con el catalán Joan Margarit. Pacheco dijo ahí: «la codicia es la gran enfermedad del presente y la poesía debería ser la medicina». Me imagino estos versos suyos en un frasco de jarabe, que echo en mi bolso de mano:

Alta traición

«No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.»

Los libros detectan a sus lectores

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«Me pregunto si quizá, sin darnos cuenta, vamos buscando los libros que necesitamos leer. O si los propios libros, que son seres inteligentes, detectan a sus lectores y se hacen notar». Andrés Neuman, Hablar solos (Alfaguara)


 Al leerlo me doy cuenta que lo he pensado antes, sin formularlo de manera tan clara. Creo que esta novela, con cara de inocente y sentada en la mecedora en Tepoztlán, me andaba buscando para decirme exactamente eso.

Depende quién toque la puerta

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Tepoztlán. Noche suave, de aire ligero. Escribo y de vez en cuando me aseguro de que enfrente siga la sombra del Tepozteco, como un guardián preciso, precioso. Me entretengo con una palomilla necia que una y diez veces se golpea con el vidrio de la puerta. No le abro. Ojalá fuera tu mano que llama. Le abriría todas mis puertas y ventanas.

«La palabra flor se desmadeja»

Imagen 3Lo que uno quiere le pertenece un poco, se entreteje con uno. Así que si el autor de estos versos es mi amigo, si tenemos un cariño probado, si además admiro su pluma, su mano, su brazo y su persona toda, puedo decir con derecho que esto también es un poco mío. Vualá.

«Al soñar/
ya la palabra flor se desmadeja,//

palabra que se extiende,//

sale de ella una curva/
y sueña que es la cosa,/
una sólida esquina,/
un ángulo de piedra.//

Y la palabra mar sueña que moja».

-Eduardo Casar, «Epígrafe de Bachelard», Vibradores a 500 metros (Parentalia)

El escritor que se fue de la fiesta

Screen shot 2013-11-08 at 3.42.59 PMEl autor argentino Juan Forn definió así su oficio, entrevistado por el periodista Alfredo Serra: «Un escritor es un tipo que se divierte tanto en una fiesta que se va de la fiesta para escribir sobre ella».

Polimorfa además de divertida, la frase es un pequeño diamante sin pulir, que puede convertirse en lo que uno quiera: un poema, un cuento, el final de una novela, una foto, una ilustración, un cuadro, una canción. Qué envidia me da esa capacidad de sacar el lado más caleidoscópico de las palabras. Me voy rumiando la frase que, como una pastilla de menta, me refresca la boca cuanto más la mastico.

Busco un cojín que huela a casa

Foto: Patty Maher
Foto: Patty Maher

Entre todas las canciones que uno escucha, algunas se quedan tatuadas desde la primera vez. Me pasó con ésta, del desaparecido Antonio Vega: me produce nostalgia anticipada, ganas de hacerme bolita y abrazar un cojín que huela a mi casa de infancia.

«[…] Volveré a ese lugar donde nací./
De sol espiga y deseo, son sus manos en mi pelo./
De nieve, huracán y abismos, el sitio de mi recreo.//

Viento que en su murmullo parece hablar/
mueve el mundo y con gracia le ves bailar/
y con él, el escenario de mi hogar./
Mar bandeja de plata, mar infernal/
es un temperamento natural:/
poco o nada cuesta ser uno más […]».

Ni a Dios le miento tanto

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«[…] mentir es de gente de razón y lo hacemos generosamente y a diestra y siniestra, pero a nadie —ni a Dios, que está ahí para ser ofendido casi por lo que sea— se le miente con tanto garbo como a uno mismo».

Esta verdad como un templo, expresión de mi queridísimo Triste Sina, es un fragmento de Vidas perpendiculares (Anagrama), genial novela del mexicano Álvaro Enrigue sobre un hombre que recuerda todas sus reencarnaciones. Sí, como un templo: ni a Dios le he mentido tanto, aunque voy aprendiendo a decirme más verdades. Pues el mismo Enrigue que me desnuda en esas líneas acaba de ganar el Premio Herralde de Novela. Entre 476 participantes, se llevó los 18 mil euros con una novela situada en el siglo XVI, cuyos protagonistas son Quevedo y Caravaggio. He dicho ya que soy anacrónica, que los siglos XVI y XVII son mi pasión, de manera que la trama parece hecha para mí. Espero que después de leerla no acabe, también, desnuda.

Por qué necesito voltear para arriba

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Me declaro apasionada de las nubes. Efímeras y veleidosas, siempre divinamente estéticas, innecesarias pero sin las cuales el mundo no se concibe, son precisa metáfora del arte. Como dice Szymborska, no necesitan que las veamos pero sin ellas los ojos nunca se llenan.
«Con la descripción de las nubes/
debería darme mucha prisa,/
después de una milésima de segundo/
dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.//
Es propio de ellas/
no repetirse nunca/
en formas, matices, posturas y orden.//
Sin la carga de ningún recuerdo/
se elevan sin problemas sobre los hechos.// […]
No tienen la obligación de morir con nosotros./
No necesitan ser vistas, para poder pasar».
Wisława Szymborska, «Nubes», El gran número. Fin y principio y otros poemas (Hiperión)

Acostarse con Joplin en vez de Bardot

Puerta de entrada del hotel
Puerta de entrada del hotel

Sí, he estado monotemática pero es que el sitio da para muchísimo. Hace días subí un post sobre el Hotel Chelsea (aquí el link http://wp.me/p1POGd-2jO) y ahora quien más me quiere me manda un artículo interesante con 10 cosas que no conviene olvidar de ese lugar mítico.  Destaco estas cinco cosas, ya corroboradas:

1. Concebido como una cooperativa de departamentos, se construyó en 1883 y durante 19 años fue el edificio más alto de Nueva York.

2. Además de los personajes que mencioné en el primer post, también pasaron por ahí dos mexicanos célebres, Frida Kahlo y Diego Rivera, y otros internacionales que no puedo obviar: Henri Cartier-Bresson, Édith Piaf, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre.

3. Ya comenté que ahí se suicidó el poeta Dylan Thomas, pero añado que murió por coma etílico y que sus últimas palabras fueron: “He bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un récord”.

4. Entre otros artistas que le han escrito temas están Ryan Adams, Bob Dylan, Nico, Jon Bon Jovi, Jefferson Airplane y Bill Morrissey.

5. La canción homónima de Leonard Cohen «Chelsea Hotel» se la dedicó a Janis Joplin luego de acostarse con ella… cuando en realidad iba en busca de Brigitte Bardot: “Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea. Eso es todo. No pienso en ti a menudo”.

¿Cómo puede un lugar concentrar tantas energías? No me extraña que digan que muchos fantasmas lo habitan. Yo tampoco me querría ir de ahí.

 

Budista en un taxi manhatteño

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Llueve en Manhattan. Mi hija y yo vamos a comer a Eataly, fusión de mercado-tienda gourmet-restaurante-panadería-quesería en el Flatiron District, fascinante recomendación de mi querida amiga Arantza. El agua nos obliga a tomar un taxi. El conductor es un dominicano de nombre Miguel, que se suelta platicando cuando nos oye hablar español. Dice que lleva 24 años en NY, mismos que parece haber guardado silencio, a juzgar por la urgencia con la que conversa. Mientras afirma que México es su segunda patria pone música de Juan Gabriel. Dice que ha estado en el DF y en Cancún, que adora el cine de Pedro Infante, que tiene un nieto mexicano, que ama el guacamole. Todos lugares comunes, no sé si es tan devoto o si busca una buena propina (que, culposa como soy, no puedo evitar). Se me antoja «aventarle un torito», hacerle preguntas que me sacarían de la duda pero da igual. Como si me leyera la mente cambia su tema: la plática pasa de México a la filosofía de vida, así nomás.

De un brochazo aborda la necesidad de arriesgarlo todo por lo que se desea, la importancia de no olvidar las raíces, el acierto de darle una segunda (o vigésima) oportunidad al amor, la ventaja de darle buena cara a la vida. Entonces suelta esta perla: «A vel, si tú etá comiendo un helado y se cae el helado, ¿qué hace? ¿Te suelta a llolal? ¿De qué silve llolal? Mejol te quita la zapatilla, la media y luego pisa el helado, pala que te haga coquilla en lo pie». Es lo que llamo tratado budista en una lección.

Por qué fui al Chelsea Hotel en NY

El 222 de 23rd Street
El 222 de 23rd Street

(da click en el enlace para oír la canción)

Estoy leyendo Just Kids, de Patti Smith, en el que cuenta sus años en el Nueva York de los 60 y 70 al lado de Robert Mapplethorpe. De ella sé poco, pero las fotos de él son de una sensualidad y fuerza de otro planeta, así que tenía ganas de leerlo estos días que paso en NY. Estoy muy enganchada con el recuento de cómo los dos jóvenes dormían en la calle y casi no comían pero eran libres y creían en su arte, pasando por las  dudas de Mapplethorpe sobre su preferencia sexual mientras recortaba revistas masculinas, hasta que poco a poco cada uno empezó a definir su camino de creación. Me encanta leerlo aquí en Manhattan, caminar las mismas calles, seguir la ruta que Smith traza en el libro. Uno de los picos de la narración ocurre en el mítico Hotel Chelsea, donde ambos vivieron y lugar de residencia (o de paso) de tododios en el mundo del arte: Eugene O’Neill, Tenneessee Williams, Arthur Miller, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Thomas Wolfe, Diane Arbus, Salvador Dalí, Andy Warhol, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Bob Dylan, Leonard Cohen, además del sitio donde el poeta Dylan Thomas se suicidó o, como dice en la puerta del hotel, «sailed out to die» (se embarcó a morir). El hotel está cerrado por remodelación, así que sólo pude visitar el lobby y tomar fotos de placas sobre algunos de sus célebres ocupantes. Mientras oigo a Cohen cantar «Chelsea Hotel» (adjunto la canción a este post) me pregunto para qué vine. Para nada. O sí: a rendir tributo personal a esos locos embebidos de arte, creadores malditos que vaciaron en palabras, música y colores el pulso de una época. Nada más pero nada menos. PD Nadie repita que soy cursi, no es novedad. Lo sé bien y aquí lo asumo de nuevo.

Placas en honor de Arthur Miller, Dylan Thomas y Thomas Wolfe, residentes del Chelsea
Placas en honor de Arthur Miller, Dylan Thomas y Thomas Wolfe, residentes del Chelsea
Fotos y flores en recuerdo de Lou Reed
Fotos y flores en recuerdo de Lou Reed

Arte callejero en Brooklyn

20131102-235937.jpgRecorrer estas calles despojadas de glamour, ajenas al lujo de Manhattan y con sabor auténtico de esfuerzo y creatividad, resulta revelador. Lo es aún más hacerlo en compañía de David, artista callejero él mismo y guía de un tour que nos descubre muestras de arte urbano. Es una maravilla, disfrutable a morir. Mientras me admiro de cada acento en los muros, David subraya que el sello del arte callejero es su mezcla de humor y conciencia, su necesidad por dar voz a quien no la tiene y tomar la calle para hacerse oír, aunque sea por la fuerza. Violencia, pobreza, consumismo, sexualidad descarnada pero también humor ácido y mundos fantásticos mejores que éste: que alguien me diga que esos temas no merecen ojos y oídos. Me cuadro ante ese ímpetu.

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La paz que busco

20131101-200609.jpgSí, es justo ésta, la que no viene de fuera sino de dentro y por tanto ningún barullo ni escándalo puede alterar. Hoy, a mitad de SoHo encontré esto y me di cuenta que a ratos esa paz me visita. La meta es lograr que se quede a vivir en casa. No sé cuánto falte para convencerla.

La catástrofe del éxito según Tennessee Williams

20131031-101259.jpgEn 1948, a tres años del estreno en Broadway de su obra The Glass Menagerie (traducida como El zoo de cristal), Tennessee Williams publicó en The New York Times el pequeño ensayo «The Catastrophe of Success» (La catástrofe del éxito). En él cuenta cómo de golpe pasó del anonimato a los aplausos estruendosos, de dormir en cualquier lugar a tener una suite en Manhattan y gente a su servicio. Entonces reconoce el descontrol que implicó el éxito, ese no tener que esforzarse por nada, ser servido en lo mínimo, empezar a ver a sus amigos con desconfianza. Ello lo hizo caer en una honda depresión, hasta que una cirugía le permitió retirarse del ojo público y viajar a México, donde su «persona pública» no existía y pudo recuperar su «antiguo ser». Así empezó a escribir A Streetcar Named Desire (Un tranvía llamado deseo), su obra cumbre y por la ganó su primer Premio Pultizer.

Menciona entonces que la vida debe requerir esfuerzo, no tener resuelto cada paso ni seguro el aliento, porque el artista sólo encuentra satisfacción en su trabajo y por eso lo mejor que le puede pasar no es «tener éxito», sino que la creación le sea inevitable. Dice luego: «La persona pública que eres cuando ‘tienes un nombre’ es una ficción creada con espejos [pero] el único que vale la pena es el solitario e invisible ‘tú’ que eres desde que tomaste la primera bocanada de aire […]». Cierra deseando que el artista no pierda nunca su interés obsesivo por los temas humanos, más una cierta dosis de compasión y convicción moral que lo empuja a traducir la experiencia de vida en colores o sonidos o danza o poesía o prosa. Ufff, cuánta hondura en pocas líneas.

Este viernes tengo una cita con Williams. Nos veremos aquí en Broadway, en la función de The Glass Menagerie que recién terminé de leer y me tiene conmovida. Creo que le voy a decir que lamento la catástrofe de su éxito pero la celebro.

Heaven on earth

20131030-164032.jpgEsta brevísima entrada va para mi muy querido Borgeano, quien me pidió acordarme de él en Barnes&Noble. Aquí estoy, pensando en esa petición suya, deseando con todo el corazón que le lleguen estas vibras de cariño y haciendo una pequeña enmienda personal al archiconocido verso de Borges: «yo, que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca (o, en su defecto, una librería)». Sí, ésta.

Las 10 cosas que amo de Nueva York

20131030-140948.jpgMe dio por preguntarme por qué me encanta esta ciudad enloquecida, olorosa y llena de piojos (eso dicen, pero no he tenido el gusto). Aunque he venido incontables veces, siempre me voy fascinada. Esto es lo que me contesté:
1. Cuando estoy aquí, en general significa que tengo vacaciones.
2. Tiene lo mejor de lo mejor en temas que me interesan: librerías, museos, teatros, periodismo.
3. Sus tiendas apapachan mi lado frívolo.
4. Inexplicablemente me remite a la canción de Frank Sinatra (yo, siempre tan original).
5. Aquí suceden algunos de mis poemas y novelas favoritas.
6. Puedo engordar con la cocina de (casi) cualquier parte del mundo.
7. Encuentro personajes de los que quiero escribir, como el de la foto.
8. Me encanta la lección de humildad que dan sus rascacielos.
9. Sus calles vibran con gente de todo el mundo=la ciudad tiene incontables rostros.
10. Volver al número 1.