
Felicidad. Felicidades.
Y un poquito más adentro

Felicidad. Felicidades.

Más bien, 2016 se ha desilachado casi por completo, como dice Liniers en este cartón. Y para ganarle el paso al año, hoy este blog estrena rediseño, justo antes del cambio de hoja del calendario.
Para acompañar la nueva cara de Palabrasaaflordepiel va un agradecimiento de corazón a ti, que pasas con frecuencia para dejar unas palabras y hacer que este blog no sea un espacio de gente, sino de personas con nombre. Se llaman Borgeano, Gonzalo, José, Libelia, Xabier Novella, Shira Shaman, RamRock, Marlo Brito, Gissele Mosto, Elalexos, Rafael Alucín, Gema Albornoz, camarero, ManoloProfe, abfauve, Jorge Ruiz, Carlos Carranza, Cristina Liceaga, Julie Sopetran y muchos otros. Ustedes son la mayor riqueza de este espacio.
Que 2017, ese enorme cuaderno que mañana recibimos, se vaya llenando de letras que nos expliquen mejor, de miradas que se vuelvan eternas y de gente de buen contento.
Gracias. Siempre.

Estoy revisando textos míos, tanto poesía como traducción. Y me cuesta decidir dónde va la coma, si el verso equis se sostiene o si el poema entero pertenece a la basura. Entonces quiero que aparezca una mosca, que ayude a resolver el entuerto.
Aquí va un cartón del mexicano Jis, sobre el proceso creativo y sus muchos entresijos. Que el nuevo año me reciba con tino. Por favor.

En estos días, tanto el sitio argentino Alcanza Poesía como el diario mexicano Gazzetta D.F. publicaron poemas de mi libro más reciente, Ser azar (Editorial Abismos, 2016). Además, Alcanza Poesía incluyó una entrevista conmigo sobre el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti, que recientemente obtuve en Montevideo, Uruguay.
Me emocionan las dos invitaciones a presentar mi trabajo: la de Hugo Muleiro, en Buenos Aires, y la de Hugo de Mendoza, de El Golem Ediciones, en la Ciudad de México. Subrayo mi gratitud a los Hugos, nombre que ya revela el entrañable signo literario de ambos personajes.
Para celebrar el #MiércolesDePoesía aquí van dos de los textos incluidos sobre azares amorosos, pero invito al muy respetable a pasearse por ambos sitios. Sea.
Viajera
De él me gusta el labio grueso, muy tú cuando lo muerdo. Del otro me encanta el peso que me ahoga, en lo que me recuerda el tuyo. Sé que disfrutarías el humor impúdico de aquél.
Te juro que no dejo de pensarte, corazón.
Cortejo
No quiero mirarte
y te miro,
entre el follaje.
Debería romperte las alas
y enterrar tu pico en tierra,
el tornasol de tus plumas.
Finjo que tu rito no me atrae,
ignoro que tu cuello brilla
más que otras veces.
Casi lo logro.
Pero Natura desleal
me traiciona
en un pliegue que se inflama.

Algunos nombres me interesan más que el resto.
Quiero poner los ojos en el espacio entre sus signos, meterme en el dulzor de cada uno de sus sonidos.
Me atrae la mitología que los envuelve.
Su capacidad de combustión.
No conozco las letras que dan forma a algunos nombres.

Gracias a las Playlist colectivas oigo música que está fuera de mis hábitos. Me gusta asomarme a nuevos registros, aunque algunos me emocionan y otros, no. Da igual.
De todo lo que oí en este año van estas 15 rolitas riquísimas, cada una acompañada del nombre de quien la sugirió en su momento. Hay de todo, como para el arcoiris de estados de ánimo que suelo transitar en un día. No necesariamente son nuevas de novedad, nomás son nuevas para mí o las había pasado de noche. Con eso me basta para andar cante-y-cante.
Gracias a todos los que se dan el tiempo de compartir sus canciones favoritas durante los #SábadosDeMúsica. Ustedes son responsables de que el mundo se desplace más armónico durante los fines de semana. Y no es poca cosa.

Aquí terminan las citas de mis libros favoritos del año. Pero las palabras se me quedan merodeando.
15. Francisco Hernández, ”Taller de Moris. I”, en Odioso caballo, Almadía, 2016
En éste, su libro más reciente (con el lujo de diseño de Alejandro Magallanes), el escritor veracruzano clava el punzón con sus versos. Y brota sangre. O pus. O humores. El asunto es que no falla.
“[…] Sobre esta mesa, mi foto
es la foto de mi padre.
Él es yo: metamorfosis redundante.
Me veo peinado a su manera,
hablo con su tono de voz
y engaño a mi madre con mi esposa”. p. 122
Los poemas de Hernández me hicieron varios días del verano. Como éste.
16. Malcolm Lowry, Bajo el volcán, traducción de Raúl Ortiz y Ortiz, Ediciones Era, 1964
Geoffrey Firmin, exCónsul británico, se reencuentra en la ciudad de Cuernavaca con su esposa, Yvonne, de quien está separado. Es el Día de Muertos de 1938. La novela (publicada en inglés en 1947) es una impresionante construcción de estilo, donde el protagonista va perdiendo y encontrando la lucidez entre mezcales, en el contexto de un país que no esconde los colmillos. Duele en cada línea. Y se disfruta. La leí en inglés pero aquí está un soberbio pasaje en español.
“[…] Y ahora estaba el Cónsul en el baño, alistándose para ir a Tomalín. —¡Oh! —decía—. ¡Oh!… pero, ¿ya ves?, después de todo no ha ocurrido nada horrendo. Ante todo, a lavarse —tembloroso y volviendo a sudar, se quitó saco y camisa. Dejó correr el agua en el lavabo. Sin embargo, por alguna razón misteriosa estaba bajo la ducha en donde esperaba, agonizante, el impacto del agua fría que nunca llego. Y seguía con los pantalones puestos”. p. 165
La novela de Lowry me dejó impresionadísima por semanas. Aquí, algo que escribí al respecto.
17. Gerardo Cárdenas, “Cuatro escritores en Qumran”, en Silencio del tiempo, Editorial Abismos, 2016
Se trata de poemas que reescriben pasajes de la Biblia, que ponen a hablar a protagonistas de la fe desde otra esquina del ring. En éste, el escritor mexicano le pone voz al evangelista Lucas:
“[…] Yo escribiré
más que los otros; la historia no acaba en la muerte
la prestidigitación continúa;
todo se vuelve presagio
leer las entrañas de un animal sacrificado
no es muy distinto
de comer el pan o beber el vino
y pensar que es otra cosa.
Sólo necesitamos adeptos”. p. 51
18. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Alfaguara, 2004
No hace falta que cuente de qué trata. Sólo digo: aunque tenga la mala fama de ser “importantísima”, “un clásico”, “fundamental”, leer el Quijote es de lo que más vale la pena hacer en la vida. Aquí, el caballero andante habla con la supuesta imagen de Dulcinea, “convertida” en una pobre labradora:
“[…] ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora”. p. 620
19. Mónica Maristáin, «Soñé que me comíoa un tigre», en Antes. Paisaje sonoro con mujer mirando una ventana, Literal Publishing

Poemas sobre sueños, sobre lo que se oye en el radio. Poemas sobre lo que quiere pasar en el mundo, sobre lo que se piensa y no se dice por intrascendente o por tener dos filos. La autora argentina con acento mexicano arma un cruce de planos entre afuera y adentro, antes y después. Y uno se queda con palabras en las manos como testimonio del viaje. Implacable.
[…] pienso que en eso el sueño no se equivocó
porque el hecho de que apareciera mi abuela me salvó la vida
y ella después empezó a cortarme el pelo
claro que cuando iba a comentar el sueño aquel donde mi abuela me corta el pelo me desperté
no voy a soñar con tigres ni a soñar con abuelas
o sueño con tigres y abuelas juntos
o no sueño más
y me quedo despierta para toda la vida».
20. José Manuel Recillas, “Canción de amor y muerte y despedida de Lillian van den Broeck”, en Atrévete a mirar, tú, que no quieres, Estado de México, 2016
Con versos trabajados en la fragua lenta de la poesía clásica, el autor mexicano plasma el desconcierto de saberse no-amado. Quiere saber si, cuando muera, la voz de la persona amada dirá su nombre. Le dará un hogar.

“[…] Tal vez el hombre al fin algo sabrá, y su reposo no tendrá ya nombre
pues no habrá quien cave la última fosa, si acaso… un nombre habrá que nos redima,
si acaso… un nombre habrá que nos redima”. p. 28
Y EL BONUS TRACK…
21. Evelio Rosero, Juliana los mira, Tusquets, 2015

Una niña narra lo que le pasa por dentro y por fuera. Y lo hace encontrando las palabras que necesita. Esta novela del escritor colombiano, de las mejores que he leído en los últimos muchos años, fue regalo de mi amigo, Andrés Grillo.
«[…] un jadeo incontrolable en el extremo opuesto, él despojándose del uniforme, no debo verlo, no, lo estoy viendo, aquello palpitante endurecido brota con más ímpetu cuando él se quita el pantalón, veo […]y ya voy a gritar, es el tiempo de hacerlo, de ayudar a mamá, voy a gritar ¡déjala en paz! cuando mamá hace un gesto igual que cuando una pide perdón o dice ‘estoy cansada, no juguemos’, y alarga el brazo como llamándolo, implorándole eso, y es por eso que me disuado […]».

Sigue el recuento de los (ricos) daños del año. Es decir, de las lecturas que voy a seguir llevando conmigo.
Por hoy, felicidad. Felicidades.
8. Max Aub, Crímenes ejemplares, Libros del Zorro Rojo, 2015
Estas narraciones mínimas del hispano-mexicano exponen las razones de quienes cometieron un asesinato. Son, de veras, el no-va-más del humor negro.
“De mí no se ríe nadie. Por lo menos ese ya no”.
Otro crimen ejemplar de Aub, éste, sobre alguien a quien le huele la boca.
9. Julián Herbert, “Soñar el sol”, en Norte, antología compilada por Eduardo Antonio Parra, Editorial Era, 2015
Este libro resulta determinante para entender lo que pasa hoy en las calles de la colonia narrativa mexicana. Por qué está tan prendido el asfalto de sus avenidas y callejones, cómo se explica el temblor que le corre bajo tierra. Sobre todo en el norte. En este cuento del escritor nacido en Acapulco, un tipo sale del bar con dos mujeres. Y con bastante alcohol. Y con pastillas. Entre todos la arman.
“[…] De pronto se esfuma el dolor de cabeza. Arrugas pálidas. Otro trago de ron. Recorro a Mary con la visa y eso le gusta, a Mary le gusta. Mary está poniéndose contenta. Los ojos muy grandes y muy negros.
—Todavía estoy chavo, aunque no lo creas.
Vacío el resto del vaso. El efecto de la cápsula y el ron es inmediato: un deseo muy claro de contemplación. Acelerado. Sin sensaciones. […] Beso su cuello y beso el rumor que se agita bajo su cuello, beso los brazos y la nuca esbelta, densa, me acerco y meto las manos bajo su bata, sus pechos apenas tibios, los poros abiertos que huelen a jabón y agua cloratada”. p. 232, 233
10. José Ángel Leyva, “Versos perros”, en Coágulos del sueño, Parentalia Ediciones, 2013
Aquí hay palabras bien puestas y van acompañadas de otras, también certeras. El poeta de Durango ha hecho versos a partir de sus desvelos. Si todos los insomnios fueran así de luminosos.
“Muy temprano Quizás a media noche
-Quién tiene un reloj de sueños en el pulso-
Oigo al perro roer la cruz del alba
Gime el can mientras arranca bocados de madera
En mi almohada la cabeza y la baba son de plomo
Gruñe el animal y yo maldigo
la prisión en que dormimos juntos […]” p. 10
11. Yasunari Kawabata, Lo bello y lo triste, traducción de Nélida M. de Machain, Austral, 2004
Un reencuentro de amantes luego de muchos años de distancia puede ser todo lo inocuo que se quiera. Pero también puede poner a temblar los cimientos. El autor japonés es un fregón si se trata de diseccionar la fragilidad.
“[…] Por los malecones […] pasaba mucha gente joven. Sólo unas pocas eran parejas con niños. Casi todas parecían enamorados. Muchachas y muchachos tomados de la mano o sentados muy juntos al borde del agua. A medida que oscurecía su número aumentaba.
—En invierno hace mucho frío aquí —asintió Otoko.
—Dudo que perdure hasta el invierno.
—¿A qué te refieres?
—A su amor. Para entonces algunos ya no tendrán ganas de ver al otro”. p. 120
Aquí, otro fragmento de la novela de Kawabata.
12. Luis Bugarini, «Atisbo», en Hora líquida, Editorial Abismos, 2015

Cada día es un caleidoscopio renovado. O así parece en estos versos del escritor mexicano que observa lo mismo una cuchara, que un tren, una bocina y un insecto. En todos los casos juega con las posibilidades y privilegia la intimidad que provoca asomarse a una escena nunca antes vista.
«El pan
se corta
en el plato;
moronas
dibujan,
galaxias,
luces,
estrellas:
acento festivo
de una mañana
cualquiera». p. 16
13. Lenny Bruce, Cómo ser grosero e influir en los demás, traducción de Laura Salas, Malpaso, 2016
Este año se publicó en español la autobiografía de uno de los primeros humoristas-filósofos (los comediantes de-a-de-veras asumen el binomio como parte del oficio). Se trata de la versión en español de lo que el neoyorkino publicó en Playboy en los años 60. Me caigo muy mal por no haber leído antes nada de Bruce. Es necesarísimo.
“[…] ’Pon freno a la gonorrea en este país, qué cerca que está ya el fin’. Qué emoción producir el primero Gonomaratón de la tele. En vez de aprovecharse de niños que salen con sus muletas, podríamos tener a glamurosas estrellas: ‘Amigos, hemos reunido seiscientos ochenta mil dólares esta noche, un dinero que se empleará en investigación y tratamiento, se acabó la humillación de los hombres que tenían que plantarla en el alféizar y pillársela con la ventana’. Una gran campaña publicitaria — ‘¡Recuerden, un poco de prevención, los centímetros más importantes!’ — y quizá también una bella actriz dramática que ofrezca su testimonio”. p. 104
14. Sôgi, Shôhaku, Sôchô, Poema a tres voces de Minase. Renga, traducción de Ariel Stilerman, Sexto Piso, 2016

En tres líneas, cada haikú del libro compone una estampa poderosa. Qué manera de crear mundos, y conste que se trata de poemas escritos hace seis siglos. Éste es de Sôgi.
“Mi deseo de verte
como el rocío una y otra vez
muere y vuelve a nacer”. p. 101
Lo que me dijo el poema en una mañana de abril motivó esta entrada en el blog.

De todo lo que leí en este año, algunos pasajes me llevaron a hacer una pausa, a levantar la vista. No eran para leerse de corrido. Básicamente, pintaban el mundo de matices y acentos que no conocía. Y me mostraban distinta en el espejo. A partir de ellos armé un par de entradas, que subiré en estos días.
Si leíste los libros que menciono, quizá coincides conmigo en el gusto por estos fragmentos. Si no, los bocados que incluyo pretenden provocarte algo. No todos son novedades, también hay libros viejos y reediciones: novela, cuento, verso y hasta autobiografía. El hilo que los une es que en todos la forma es prioritaria, independientemente del tema que aborden. Es más, el asunto pasa a segundo plano ante la intención de domar el lenguaje. Y otro punto en común: me dejaron colores nuevos por dentro.
Son mi regalo de Navidad hecho de las palabras de otros, que son las que mejor me dicen. Gracias, lector de Palabrasaflordepiel, por estar, por darle sentido a este blog y a los ejercicios que de él derivan. Salud.
Sin hacer gran esfuerzo ni gastar la energía (así parece), la poeta italiana compone versos de una contundencia brutal. De los que se vuelven parte del paisaje, como si nada.
“Como a muchos de mis calcetines
al corazón no lo sujeta ya el elástico,
se afloja y me descubre y tengo frío”. p. 75
Encuentra otros versos de Cavalli si das click aquí.
2. Daniel Sada, El lenguaje del juego, Anagrama, 2012
En Mágico (México) crecen las amenazas como si fueran humedad, sin freno, voraces. Y el estilo particularísimo del autor de Mexicali hace que, en esta novela, el idioma también cuestione las certidumbres.
“[…] Y este dato infeliz: a Simón y a Emeterio, que se vinieron rápido del lugar en mención para ayudar a… bueno, hay que ver lo siguiente como si viéramos una película de esas de mucha acción y mucho ruido: aquel disparadero en San Gregorio: comodidad sentada, pero la acción en sí: bien alocada, hasta que se frenó lo cruento porque tanto Simón como Emeterio de pronto fueron muertos chorreadores: la sangre: nacimiento que brotaba: lo rojo a hilo yéndose hasta el piso de la maravillosa BMW”. p. 84
En una entrada del blog en el mes de marzo incluí este otro fragmento de la novela de Sada.
3. Óscar Hahn, “Consejo de ancianos”, en No hay amor como esta herida, Tajamar Editores, 2011
La pluma del escritor chileno no se cansa de entregar líneas impecables, como este poema:
“Cuídate Adán cuando salgas al mundo
en busca de la costilla perdida
Podrías encontrarla de pronto
podría no caber en tu pecho
Y podría atravesarte el corazón
como un cuchillo de hueso”. p. 53
El amante como una camisa sucia, imagen cortesía de este otro poema de Hahn.
4. D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley, traducción de Andrés Barba y Carmen Cáceres, Sexto Piso, 2016
La dama enamorada del guardabosques que es su empleado. El escándalo. Pero también la afirmación del placer como único asidero real. En esta novela británica de principios del siglo XX reeditada con preciosas ilustraciones, Lawrence celebra el cuerpo masculino como muy pocos escritores(as) hayan logrado hacerlo en toda la historia de la literatura.
“[…Ella] fue consciente de la pequeña reticencia y ternura del pene. Y de nuevo se le escapó un pequeño grito maravillado y triste, su corazón de mujer lloraba por aquella cosa tan tierna y frágil que había sido tan poderosa […] El falo erecto se alzaba oscuro y ardiente desde la pequeña nube de pelo rojizo. Ella estaba expectante y temerosa. —¡Qué extraño! —dijo lentamente—. Qué aspecto tan extraño tiene cuando está alzado, tan grande, oscuro y seguro de sí mismo […] ¡Tan orgulloso! —murmuró inquieta—. ¡Tan majestuoso! Ahora sé por qué los hombres son tan dominantes. Es realmente hermoso, de verdad. Es como una criatura distinta y un poco temible, pero realmente hermoso“. pp. 235, 280
5. Tanya Huntington, “Para el caso perdido” (“For the Basket Case”), Docena de sonetos para amantes distintos (A dozen sonnets for different lovers), traducción de Hernán Bravo Varela, Ediciones Acapulco, 2015
La forma clásica y la temática que sabe hacer poesía desde el hoy dan forma a estos sonetos de la escritora estadounidense que tiene plena carta de naturalización en las letras mexicanas. Tanto los originales en inglés como su traducción al español son una gozadera de ironía.
“Antes de suicidarte por mi culpa, te pido
que tomes esto en cuenta: no habré de arrepentirme,
rasgar mis vestiduras en tu tumba, llorar
o arrogarme ante todos los que conozco: ‘Soy
la fuente de aquel sordo chillido de agonía’.
Habré de rechazar tu sacrificio entero;
de dejarte plantado en el altar, indigno
de mi estima divina, cueste lo que me cueste.
Toma estos versos. Léelos. O decídete entonces
a escribir una nota final que habrá quedado
en prenda de angustioso amor o herido orgullo
y dejarla a alguien más para que pueda hallarla.
No negaré que tienes todo el derecho de irte.
No negarás que tengo el mío a no dolerme”. p. 22
6. Javier Cercas, La velocidad de la luz, DeBolsillo, 2013
Un escritor alcanza inesperadamente la fama, el dinero, la celebridad. Y se mete en la licuadora de entrevistas y viajes, así que deja la escritura de lado. Ya para qué. Es espléndida la reflexión del autor español en torno al oficio.
«[…] Quizá dejé de escribir porque estaba demasiado vivo para escribir, demasiado deseoso de apurar el éxito hasta el último aliento, y sólo se puede escribir cuando se escribe como si se estuviera muerto y la escritura fuera el único modo de evocar la vida, el cordón último que todavía nos une a ella”.
Algo más sobre la novela de Cercas y los dolores lancinantes, aquí.
7. Laura Restrepo, “Pelo de elefante”, en Pecado, Alfaguara, 2016
En este conjunto de relatos de la novelista colombiana que se asoma a la venganza, al deseo, a las ganas de todo cuño, me gusta en particular el que se llama “Pelo de elefante”. Un joven sicario habla de El Cardo, un lugar a espaldas del Palacio Presidencial, «reino de basuriegos entre gases de inmundicia y detonaciones de arma de fuego». Incluye esta imagen, tremebunda.
«[…] El Cardo es un moridero. Un roquedal infestado de alacranes que copulan y se multiplican alevosamente, prendiéndose los unos de los otros hasta formar esculturas inquietas, arrecifes vivos que el viento descuelga en racimos de los muros de piedra». p. 212
El escorpión hembra del que también habla Restrepo en su novela me llevó a escribir esta entrada.

«Una tarde pudo comprender una poesía; era como si alguien, sin querer, hubiera dejado una puerta abierta y en ese instante ella hubiera aprovechado para ver un interior«. Lo dice Felisberto Hernández en el cuento «Las Hortensias», incluido en Las Hortensias y otros relatos (El Cuenco de Plata, 2011). Aunque me disgusta el uso de «poesía» como sinónimo de «poema», la imagen es precisa. Preciosa.
Me recuerda lo que señala Patrizia Cavalli, la poeta italiana, citada por Fabio Morábito en El idioma materno (Sexto Piso): el escritor (en especial, el de poesía) es una especie de cerrajero entrenado en abrir candados. Posee la conciencia de que los versos entrañan una dificultad real, similar a la de ser incapaz de abrir una chapa. Igualmente exacto, el concepto.
Coincido con ambas metáforas, cercanas entre sí. Me obsesionan las puertas. A diario, al escribir me enfrento a una de ellas, cerrada. Algunos días consigo abrirla.

Sería su cumpleaños 100 pero no lo celebró, porque en 2011 cruzó a la acera de enfrente. Y ahí se cuentan distinto los años.
Cuando el chileno Gonzalo Rojas (1916-2011) se preguntaba ¿qué se ama cuando se ama?, ensayaba respuestas sobre el asunto, tan falso y tan hermoso. Este poema, sobre el sexo entre mujeres e incluido en Las hermosas (Poesía Hiperión), es un intento por explicar «la furia del espectáculo» mientras «llueve peste por todas partes de una costa/ a otra de la Especie». Qué a gusto, que existan equívocas doncellas.
Vaya como buena excusa para hacer de Rojas este #MiércolesDePoesía.
A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro
«Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.
Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
de un mismo espejo.
De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza».
Lo escribió Wilde en el prefacio de El retrato de Dorian Gray. Y es así: el arte no sirve para objetivos medibles. Rentables. Productivos.
Por eso resulta indispensable.

La pasión nunca es sencilla. Lo arduo va entretejido en su misma definición.
Por eso resulta adictiva de a madres, porque es de las únicas cosas capaces de salvarnos, mientras nos revuelca. Salimos de ella con nudos en el pelo, cortadas visibles e invisibles, pero mucho más vibrantes que antes de entrar. Y más idiotas.
Por eso, el estado civil que implica es el aterre, como señala el humorista gráfico argentino Bernardo Erlich.
Así.

Mi libro Ser azar aparece hoy entre los mejores de 2016 en poesía, según Sergio González Rodríguez, en su lista del periódico mexicano Reforma. Eso ya es una fregonería, pero además acompaño a Alberto Ruy-Sánchez Lacy, Antonio Deltoro, Rocío Cerón y Luis Vicente de Aguinaga, por mencionar algunos. Me da mucho gusto estar con nombres de esa estatura.
Y ayer, el escritor Luis Bugarini me incluyó en la lista de sus 10 mejores libros del año (de todos los géneros) dentro del sitio de la revista Nexos, con un comentario que me hace desear haber escrito eso que él dice.
Ambas menciones las agradezco desde todas las versiones de mí.
Si todavía no tienes Ser azar, pídelo aquí.
Da click aquí para ir al enlace de Nexos.
Da click aquí para ir al enlace de Reforma.

Que si Maximiliano de Habsburgo y Benito Juárez tuvieron un pacto, según el cual Juárez le habría perdonado la vida por ser ambos masones practicantes. Que si luego del simulacro de fusilamiento, el des-emperador habría pasado años bajo otro nombre, en Centroamérica.
Éste es el argumento (fascinante) que funciona como eje de la más reciente novela de Anamari Gomís, La vida por un imperio, publicada por Ediciones B. La protagonista, Fernanda, acompaña a un anciano historiador en su recorrido por varios países americanos. El objetivo es buscar información que confirme la hipótesis sobre el destino del austriaco: «Todo el chiste residía en asegurarse de que, en efecto, Maximiliano había sido salvado por el propio Juárez para luego adoptar una vida y una identidad distintas. Más valía seguir viviendo con otra identidad, que aceptar una muerte más o menos heroica».
Es, además, una novela de autoencuentro en los paisajes de Costa Rica y, sobre todo, que retrata con sabor a daiquirí el ambiente de la Cuba de Castro. Las calles, la noche de bochornos, el charm isleño, el hotel El Nacional. Fernanda se siente «metida en un bolero» mientras se entrena en los rigores de lidiar con su maestro-erudito que es, básicamente, un patán. Y mientras ella parece ir dándose portazos a nivel personal, va ganando certezas (y la complicidad de quien lee) mientras la trama va desgranando datos sobre Maximiliano y su probable alter ego, Justo Armas, y sobre la cada-vez-menos-creíble locura de Carlota.
Aunque la portada del libro podría hacer pensar que se trata de una novela histórica o, incluso, de un tratado denso con moho en cada página, La vida por un imperio es una historia fluida, que se lee con gusto. Y deja con inquietudes de saber si Max siguió viviendo luego de morirse en el Cerro de las Campanas.


«Somos un invento del Piporro», dice el escritor Carlos Velázquez.* Coincido. Hoy cumpliría 95 años (el Piporro, no Carlos Velázquez).
Se dedicó (en vida, se entiende) a saborearnos a partir de la lengua. Es decir, del idioma. Y a cachondearnos ídem con la inteligencia de quien es un chingón en el asunto.
No nos retrató a todos, nomás a los del norte del país. El asunto es que a partir de él, «México dejó de ser México. Y el Norte se convirtió en la capital mundial del idioma español», dice Velázquez (lo peor es que tiene razón).
Mientras, bigote en ristre hizo películas delirantes como La nave de los monstruos (de 1959, portento de lo kitsch-avant-lo-kitsch), donde dio a conocer a la vaca Lolobrígida. Y se sacó de la manga rocanroles fusión como «Natalio Reyes Colás» (la historia de Nat King Cole) o «Los ojos de Pancha». Y le dio al taconazo. Y entendió a quienes se iban pa’l otro lado y les regaló imágenes como «¡taconéyele, taconéyele, raza!», más preceptos del tipo «vale más que llores de adentro pa’afuera, porque si lloras de afuera pa’adentro, te inundas». Por eso nos inventó, porque por su culpa el español ya no es igual.
Sigue diciendo (Velázquez, no el Piporro): «[Él] es la prueba irrefutable de que el Norte es una tercera nación. Que no pertenece a México ni a Estados Unidos. Don Lalo asesinó al chicano».
Fuerte de brazo, ancho de espalda, no vendía voz, sino estilo. Habría que poner su foto en el billete de 500 pesos. A golpe de tacón.
(*Carlos Velázquez, «Apuntes para una nueva teoría de la condición posnorteña», en Eulalio González Piporro. Homenaje, México: La Caja de Cerillos Ediciones, 2011, libro que debo a mi muy querido Carlos Díaz Barriga).
Canción «Natalio Reyes Colás»
Escena de la película La nave de los monstruos
Canción «Chulas fronteras»

La noche tiene costas, bahías de calma que con frecuencia te incluyen. El día, las suyas, con sus propias reglas y vientos.
Yo navego entre paisajes, entre una y otra geografía, pero a veces soy quien flota a la deriva en una pequeña balsa.
Y trata de no enloquecer.

Como la chispa
«Toco tu cuerpo y por tu cuerpo
soy tocado
miro tu cuerpo y soy mirado
por tu cuerpo
por él soy inventado
este cuerpo nuestro
arrollado y fugaz como una chispa
huele
y brilla por dentro nuestro cuerpo
satinado».
Acabo de encontrar en una librería de viejo, ésas que son como ir de paseo a tierras incógnitas y regresar con los ojos llenos de paisajes, un libro de Alejandro Aura, escritor y promotor cultural mexicano (1944-2008). Se titula Júbilo e incluye varios hallazgos, como éste.
Este poema es buen augurio para el #MiércolesDePoesía.

«Se inclinó y la besó de una forma que ella sintió que debía besarla siempre» (p. 182). -D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley, Sexto Piso.
A veces, pocas veces, un beso cambia por completo el norte y el sur, porque si alguien es capaz de decir todo eso con los labios, entonces el lenguaje no sirve de mucho. Y, en este caso, tampoco yo y mis labios hemos de mucho. Hasta este momento.


Es aberrante. Impudiquísimo. Hacer de la Virgen una rockstar estilo Barbie (¿sin Ken? ¡¡¿con Ken?!!).
El problema es que se me antoja una.
Es impresionante su capacidad de prestidigitación. De pronto extrae del sombrero un dinosaurio. Una hembra de oso hormiguero. Aquel escarabajo. La tarántula del África central. Un microorganismo, con todo y las patitas. Es la música, con su capacidad insuperable de convertirse en otra cosa.
Es el tema de la PlaylistColectiva de hoy: el cover que es tan bueno como la versión original. O más, incluso. Mi opción es «The Crying Game», de Geoff Stephens y originalmente dada a conocer por Brenda Lee (1965), en la interpretación de Boy George (1992). Fue tema de la película del mismo nombre e incluyó un video groseramente hermoso, que me hace jurar que lo mío son los hombres que parecen mujeres. Más abajo están los sugeridos a través de este blog y del Twitter @danioska. Las que no estuvieron en Spotify las colgué desde YouTube. Para que añada la tuya anótala en los comentarios.
Que el #SábadoDeMúsica resulte todo, menos predecible.
YOUTUBE
35. Arturo Díaz Billie Jean, de Michael Jackson en versión de Chris Cornell
36. @tomasdelapena Hey Joe, de Tim Rose en versión de David Gilmour y Seal
37. Lurda55 Hotel California, de The Eagles en versión de Marc Anthony
38. María Rosas Lullaby of Birdland, de Ella Fitzgerald en versión de Lucía Huacuja
39. Edgardo Bermejo Sacrifice, de Elton John en versión de Sinead O’Connor
40. Carlos Carranza Shout, de The Isley Brothers en versión de Otis Day & The Knights

Mañana subiré #PlaylistColectiva, así que desde hoy te pregunto:
¿Cuál es tu versión favorita de una canción que existía previamente? (por favor dime de quién es el original). O sea, se trata de la rola de alguien que otro alguien reinterpretó y le dio un matiz que no tenía. Un ángulo que la hizo más rica. ¿Mejor?
Mientras, aquí va «The Traitor» de Leonard Cohen, cantada por Martha Wainwright. Para mí gusto es más impresionante en voz de ella:

Da click aquí para ir a la nota en el periódico mexicano El Universal.
Da click aquí para ir a la nota en sitio de la Fundación Mario Benedetti.
Entró a mi celular una llamada de número desconocido, eran como las 10 de la mañana. Yo, para variar, escribía en la computadora. Mi hija racionaba adornos navideños por la sala. Luego de un minuto de conversación me fui poniendo eléctrica, conforme entendía. Dania agrandaba los ojos.
Me hablaban de la Fundación Mario Benedetti con sede en Montevideo, Uruguay, para decirme que mi libro inédito Eros una vez resultó ganador del Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti.
Que fue elegido de forma unánime de entre casi 300 trabajos llegados de América Latina, Europa, Estados Unidos e incluso de Israel.
Que el Premio implica una cantidad en efectivo y la publicación del libro en Uruguay, Argentina y Chile, por parte de Editorial Planeta.
Agradecí en todos los colores. Colgamos. Le expliqué a Dania, nos abrazamos fuerte.
Luego me di cuenta de que se trataba justo de uno de esos #MiércolesdePoesía en los que creo, en los que desde hace unos tres años cada semana comparto a través del blog y de las redes poemas de la literatura hispanoamericana, con las ganas sospechosas de que alguien se enganche con ellos. Que a alguien le cambien el paisaje que mira en la ventana.
De alguna forma, la noticia implicó un doble respaldo: a mí, como poeta, y a mi labor al difundir poesía.
El resto del día anduve parada de puntas.
Me acaban de llamar desde Uruguay para decírmelo.
Se trata de un libro inédito: Eros una vez.
Es una noticia que me emociona desde los jugos gástricos y hasta la Andrómeda completa.
Seguiré informando.

Que su obra sea más que lo eterno, eterna. El unicel de los versos.
Que su buen genio, que su agudo trabajo de palabras contamine los poemas de ejercicios pélvicos y del único civismo que se salva: el del humor.
Que el espléndido blasfemo y no mamón (Rodolfo Mata dixit) permee mi oficio y el de todos.
Todo esto para decir: de veras, hay que leer a Hernán Lavín Cerda. Este #MiércolesDePoesía se presta. Aquí va uno de sus poemas. Pero tiene muchos.
EL FANTASMA
Cuando murió Marcello Mastroianni, mi mujer se puso a llorar con un entusiasmo envidiable, como si nuestra galaxia, que nunca ha sido nuestra, se hubiese desprendido apocalípticamente de sí misma, evaporándose entre las nebulosas de otra galaxia.
–No te preocupes –le dije con una sonrisa de monje medieval–. Aquí estoy yo, no sufras tanto, no me atormentes y ya no llores así, a lo bestia. Ven y abrázame, amor mío, micifuz, Muñeca de los Espíritus, fucsia mía, ragazza, Minina del Perpetuo Socorro. Ven semidesnuda y tócame una vez más: recuerda que aún soy tu fantasma de carne y hueso. ¿Por qué no me abrazas y me besas con absoluta devoción, como en la primera noche del primer día? Tratándose de fantasmas, todos somos iguales. ¿Qué virtudes tiene aquel Mastroianni que no tenga yo?