
Hace cerca de dos milenios hizo erupción el volcán Vesubio, que sepultó bajo gas y piedra la ciudad italiana de Pompeya. Plinio el Joven contó así lo ocurrido aquel 24 agosto del año 79: «Una nube negra y terrible, desgarrada por llamas serpenteantes de fuego, se abría en amplios destellos […] esa nube bajó hacia la tierra y cubrió el mar. Escuché los gemidos de las mujeres, los gritos de los jóvenes, el clamor de los hombres […]».
Sepultados bajo ceniza, muchos cuerpos se conservaron por siglos: entre los restos encontrados estaba una pareja, sorprendida por la erupción durante el acto sexual. Cuando mi amigo tuitero Enrique Gil me habló de ello pensé que, tantos siglos después, los gemidos de esos amantes todavía hacen eco. Quizá ella susurraba algo como esto…
«En la luz floja de la tarde/
la firmeza de tu cuerpo/
es mi dominio/
por fin./
Me desquito del dolor sosegado/
de la espera./
Boca abierta/
soy un ronquido animal/
que te devora/
nocivo./
Embrutecida de placer/
siento que ardo contigo/
que me abraso en este coito feroz/
en este retumbar de la tierra/
en este apagarse del sol/
que ya no puede tanto./
Herida en lo más hondo/
me muero/
te muero/
nos morimos./
Este mundo seguirá sin nosotros./
¿Para qué?//»





































