A veces se convierten en sucedáneo del cuerpo amado, de los besos, de la vida. Colocadas sobre la cama, acompañan. Qué haría uno sin ellas.
«Sin embargo/ no todo está perdido./ Yo sigo viendo tus ojos en el sueño/ y así, te beso/—porque la imaginación es algo serio—/ cada centímetro de piel.// Tu voz me eriza cada vez que la recuerdo.// Me conformo con eso./ Con la memoria de lo que no ha sido/ con la experiencia negativa/ de tu ausencia.// En vez de semen en las piernas y en la cama/ hay una fila interminable de palabras.// No importa/ además de ser mujer, soy poeta». -Ana María Rodas, Poemas de la izquierda erótica. Trilogía (Piedra Santa Editorial)







Esta semana, el artista plástico Ferrari murió en la misma Buenos Aires que lo vio nacer hace 92 años. Con él se fue una expresión artística única y una voz crítica aplaudible, además de un acercamiento particular a la poesía. A éste me quiero referir.


«Escribió Walt Whitman en el prólogo de Hojas de hierba: ‘El que toca este libro toca a un hombre’. Muchos años después, en una redacción de Buenos Aires, un grupo de periodistas se reunió para urdir un libro acerca de un hacedor de maravillas, viejo y ciego, que a los 77 años ha conseguido algo casi milagroso: ser un ídolo de la literatura. El hombre se llama Jorge Luis Borges». Así arranca esta edición especial de la revista argentina Gente, titulada Todo Borges y publicada en enero de 1977, es decir, nueve años antes de la muerte del escritor. Por azares y amores que no me cansaré en narrar, el volumen me llega en préstamo. Las manos me pican de emoción.

























