me gustan los cómos de tu cuerpo

Foto: Dean Farrell
Foto: Dean Farrell

De nuevo es #MiércolesDePoesía, qué rico. Aquí va un enorme poema en inglés del rompedor e.e. cummings, con una traducción que no me hace feliz pero es lo mejor que tengo a mano. A lo largo de la vida de este blog me he centrado en poesía hispanoamericana, pero de pronto me dan ganas de compartir piezas contundentes de la literatura inglesa, mi otra gran amada. Buen provecho.

i like my body when it is with your/
body.    It is so quite new a thing./
Muscles better and nerves more./
i like your body. i like what it does,/
i like its hows.    i like to feel the spine/
of your body and its bones,and the trembling/
-firm-smooth ness and which i will/
again and again and again/
kiss,    i like kissing this and that of you,/
i like,slowly stroking the, shocking fuzz/
of your electric fur,and what-is-it comes/
over parting flesh … And eyes big love-crumbs,//

and possibly i like the thrill//

of under me you so quite new

 

(me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo
es un cosa tan pero tan nueva/
los músculos mejores y más los nervios/
me gusta tu cuerpo. y lo que hace,/
sus cómos.  la columna vertebral/
y me gusta sentir todos tus huesos/
y el temblor y la firme suavidad/
que yo habré una y otra y una vez/
de besar, y me gusta besarte esto y aquello/
me gusta acariciar con lentitud/
y sentir la descarga de tu piel eléctrica/
y lo que sea que viene sobre la carne abierta…/
y los ojos como grandes migas enamoradas,//

y quizás hasta me guste el estremecimiento//

de tú debajo mío tan tan nueva

Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)

 

Los que se encuentran bajo un puente

Foto: Ken Hegan
Foto: Ken Hegan

Los que se encuentran bajo un puente/

son nosotros./

Toman prestado nuestro idioma/

rechinan la hamaca vencida/

estallan en un cine/

o junto a la iglesia;/

en el baño de la tienda se lucen/

como si los vieran multitudes./

Manchan otra vez la alfombra/

taladran escritorios/

encienden bares/

aquel coche/

esa bodega…//

 

Cómo se inflama el aire de bramidos.

 

-Julia Santibáñez

 

 

Por qué no veo milagros papales

 

Cartón: Quino
Cartón: Quino

Para sobrellevar mejor el inicio de semana y los acontecimientos de ayer, domingo, aquí un cartón del genial Quino. Cualquier similitud con los milagros atribuidos al hoy santo Juan Pablo II (antes Papa y encubridor de pederastas) es totalmente intencional.

 

El buzo que hace el amor con la Tierra

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Si alguien visita el inframundo y vive para contarlo es él. Conoce bien el camino: aunque ha ido muchas veces, siempre sale «transformado». Ahí en los cenotes, cuevas subterráneas inundadas y puerta de entrada a lo sobrenatural según los mayas, ha encontrado restos humanos, testimonios de sacrificios practicados por esa cultura. Fascinado, regresa una y otra vez para aprender la historia de cada hueso, para escuchar con sus ojos a los muertos, como dijo un poeta. «Soy un privilegiado por estar en lugares en donde nadie ha estado por siglos, ver objetos que hace mil quinientos años alguien puso ahí, tratar de entender lo que significan».

Un Indiana Jones científico

Llega a la entrevista disculpándose porque «ustedes me pidieron una camisa blanca, pero no encontré. Estoy mal acostumbrado: como soy arqueólogo, voy a todos lados de guayabera». De ojos que sonríen por casi nada, le divierte hablar de lo que hace. Cómo no. Su tarea en los cenotes de Yucatán es una mezcla de aventura extrema, ciencia de alto nivel y labor de Indiana Jones, todo enmarcado por paisajes de infarto. «Además me divierto porque bucear se parece a volar: flotas en ambos casos».

Nacido en el D.F. hace 55 años, desde los cuatro tuvo claro a qué se dedicaría. Sus primeros recuerdos son de un sueño recurrente: respiraba en el agua. «Después vi en tele una caricatura de mi héroe, el Super Ratón: rescataba a una ratona bajo el mar. Ahí me empezó la locura. Cuando tenía como ocho años pasaron en tele El investigador submarino y me obsesioné. Un tío me regaló un visor viejo espantoso, sin cristal, y yo lo usaba todo el día, parecía loco». Con El mundo submarino de Jacques Cousteau dio otro paso: entendió que ponerse equipo de buzo no era sólo algo recreativo, sino que podía combinarse con una carrera.

Por fin, a los 13 se sumergió en el mar del puerto de Acapulco, con un tanque prestado. «No tenía idea de lo que hacía, de milagro no me ahogué, pero al ver cientos de peces dije: ‘Aquí me quiero quedar’. Luego aprendí buceo con el apoyo de mi papá, aunque también me bromeaba: ‘Hijo, ¡qué bien! En el fondo no eres tan pendejo'». Lo siguiente fue natural: estudió Arqueología y la combinó con inmersiones submarinas. Entonces no sabía que su profesión sería «un privilegio, el mejor trabajo del mundo», como repite hoy. Casi me convence.

Tiempo lleno de voces

Mientras era estudiante encontró, en documentos del siglo XVI, muchas menciones a cenotes mayas donde se practicaron sacrificios. Al tratar de erradicar esa práctica «idólatra», los inquisidores torturaron a indígenas para hacerles confesar dónde celebraban sus rituales. En los textos que vio De Anda había más de 200 menciones de pueblos, nombres de cenotes y descripciones de ofrendas humanas. Nadie les había prestado atención, así que con gran intuición él y su equipo decidieron rastrear esos sitios. Aunque algunos les dijeron que perdían su tiempo, encontraron cuevas intocadas, que contenían huesos con huellas de sacrificios. Todo encajó a la perfección. Dicho llanamente, se encontraron cara a cara con el tiempo congelado, silencioso, pero lleno de voces por descifrar.

Y había mucho más. En el cenote Holtún descubrieron una relación entre el Castillo, la pirámide central de Chichén Itzá, y cuatro cenotes cercanos; es decir, la arquitectura de Chichén Itzá refleja la concepción maya del mundo, con cinco rumbos del universo: cuatro similares a norte, sur, este y oeste; además un quinto, el centro, que regía la vida y la muerte.

Lo mismo sucede en Teotihuacán, que es una réplica del cosmos. «El Castillo queda en el justo centro de una cruz imaginaria, con los cenotes en las esquinas. Otros historiadores habían hablado del vínculo entre el trazo de las ciudades y la visión religiosa prehispánica. Nosotros sólo unimos los puntos».

Aún hicieron otro hallazgo: en Holtún, los indígenas cavaron una entrada de luz, alineada con el Sol cuando pasa en posición cenital (23 de mayo y 19 de junio); es decir, se trata de un medidor astronómico de esa cultura, cuyo conocimiento sofisticado del cosmos ya es sabido.

Así, los meses en el campo resultaron una mina de información sobre los mayas, el culto a los cenotes, los sacrificios humanos y la arquitectura sagrada. Además, la investigación puso los cenotes en el radar de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés), en lo que constituye el primer paso para que sean nombrados Patrimonio de la Humanidad. Nada mal para un proyecto por el que nadie apostaba.

Rascarse y tener más comezón

Guillermo no necesita decir que le fascina lo que hace. Transpira entusiasmo, mientras gesticula se le desborda la emoción por lo que ha visto. «El amor por mi trabajo se parece a la comezón: me rasco y rasco, pero el ardor sólo aumenta». Ya entrado en gastos, lleva la metáfora más allá: «Sumergirme en el agua es como hacer el amor. Para la cultura maya, las cavernas son seres femeninos, representan el útero de la tierra. Cuando entro en ellas, me reciben y establecemos un ritmo. La piel se llena de sensaciones intensas y después viene una especie de éxtasis. Luego tengo que salir, pero me voy diferente, transformado. No hay otra manera de bucear».

Si contara eso, su presencia sería aún más taquillera cuando va a una fiesta. De por sí, la suya es una carrera poco común, que despierta mucha curiosidad: cuando menciona a qué se dedica, la gente suele hacerle preguntas. Claro, todo el mundo está habituado a conocer médicos o abogados, pero no arqueólogos subacuáticos. Le pregunto qué siente al respecto. «He hecho lo que me ha dado la gana hacer», asegura casi con picardía.

El hambre y la suerte

Pero su profesión está lejos del glamour: implica vivir fuera de casa durante muchos meses, en campamentos incómodos. De hecho, «hambreada» es la palabra que podría describir la investigación que cambió su historia personal. «Empecé el proyecto El Culto al Cenote en 2006, con tres alumnos. El poco dinero que teníamos nos alcanzaba para seis semanas de exploración, que se convirtieron en nueve meses, por la cantidad de cosas que encontramos. Tuvimos que estirar el dinero. Andábamos hambreados, nos volvimos expertos en comer sopas Maruchan».

Por casualidad, en National Geographic supieron de su trabajo. Pidieron a expertos valorar la labor del mexicano: unánimes, ratificaron que se trataba de un descubrimiento importantísimo, así que incluso los de Nat Geo vinieron a México a verlo. «Fuimos a mis sitios de exploración en el centro de Yucatán y a Chichén Itzá, les expliqué lo que hacíamos. Pronto me llegó un correo: ‘Si aceptas, desde ahora eres un Explorador de National Geographic’. Significaba recibir 10 mil dólares, apoyo, una beca, difusión de mi trabajo y trabajar para ese organismo… Pensé que era broma. Eso fue en 2012. Hoy soy el único arqueólogo mexicano en esa categoría».

De Anda está seguro que en ese reconocimiento influyó también su buena suerte, la misma que ha impedido que en dos mil 500 inmersiones tenga accidentes: no se le ha acabado el oxígeno ni se ha perdido en la oscuridad. Si bien toma todas las precauciones, sabe que muchos amigos suyos, con idéntico celo, no vivieron para contarlo. «¿Sigo aquí porque soy cuidados? Ni madres. Sigo aquí porque tengo mucha suerte».

Encima, paciencia de santo

Chilango, suma años de preparación: instructor de buceo en cuevas, licenciado en Arqueología, maestro en Bioarqueología, doctorado en Estudios Mesoamericanos, pero eso no basta. También necesita las agallas de sumergirse en un hueco negro, de profundidad desconocida. Y no tener prisa. Es que su investigación no es intrusiva, es decir, él y su equipo no tocan nada de lo que encuentran. Sólo toman fotos y videos, hacen mapas, clasifican materiales a través de imágenes. Aunque más adelante el Instituto Nacional de Antropología e Historia otorgará el permiso de recoger los hallazgos para analizarlos, de momento toca tener paciencia de santo.

Mientras tanto Guillermo ve su vida como una película, una en cuyo fondo se oiría The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, algo de Bach, los Beatles y la música prehispánica de Jorge Reyes. ¿Quién aparecería en los agradecimientos de esa cinta? «Mis hermanos, mi madre y mi padre, que era un apasionado de la historia. También estaría mi esposa, que me apoyó mucho, y mis hijos».

Al hablar de sonidos, ¿qué se oye en un cenote? «Sólo te oyes a ti mismo, tu respiración. Es muy impresionante. Bueno, a veces las burbujas rebotan en las paredes de la cueva y hacen ruido. Al final, hace miles de años ese aire no se ha movido».

No sé si su metáfora de hacer el amor con la Tierra sea excesiva. Lo que es un hecho es que el trabajo de Guillermo se parece a la seducción. Es excitante, pide un tempo lento, profundo sexto sentido y mucha pasión. Mucha.

Los «más» de Guillermo

  • Máxima antigüedad hallada: huesos de osos de hace unos 15 mil años
  • Máximo tiempo bajo el agua: ocho horas
  • Máxima profundidad explorada: 120 metros bajo el agua

(entrevista originalmente publicada en la revista Gente, abril, 2014)

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Escribir es una enfermedad: Paul Auster

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Así, como una compulsión incurable, define su trabajo Auster, novelista norteamericano entrevistado en Chile por el periódico La Tercera. A los 18 años quiso ser director de cine, pero renunció a la idea por su timidez. Se dedicó a hacer poemas, hasta que un día «choqué con una muralla. Nunca más pude escribir». Luego retomó, pero con prosa: se dedicó a la narrativa que lo ha vuelto autor de culto para muchos. Confieso haberlo leído poco, sólo The Brooklyn Follies y The Invention of Solitude, pero esta entrevista, a la que llego a través de mi queridísimo Andrés Grillo, me despierta ganas de leer su Trilogía de Nueva York.

Me llama la atención es su manera de entender el oficio. «Todos los días escribo hasta las cuatro de la tarde y en ese punto mi cerebro está frito, estoy tan cansado que apenas puedo moverme. Me cuesta tanto escribir apenas una página […] Los artistas, de una u otra forma, son personas dañadas. Y a veces el mundo real no es suficiente. Tenemos que explorar un mundo inventado. Admiro a la gente que se contenta con las cosas como son, que viven en el presente y no tienen la carga que parecen tener los artistas. Es una compulsión, como una enfermedad. Si estás enfermo, seguramente debes tomar pastillas; ser escritor es algo parecido, debes lidiar con tu enfermedad sentándote todos los días a escribir».

Coincido en que lidiar a diario con palabras es imparable, definitorio, inexplicable. A veces hacerlo es una suerte de enfermedad que maldigo, pero al mismo tiempo es la bocanada de oxígeno por la que peleo a diario.

 

«Que Dios bendiga nuestros dolores»: Buika

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(da click en el enlace para oír la canción)

Con esas palabras cerró Concha Buika su concierto de anoche, en el Lunario de la capital mexicana. Fueron dos horas de buena música y una voz que enchina la piel, de ecos de Chavela, de intimidad en medio de una multitud, de tequila y confesiones como: «Por qué vamos por la vida queriendo esconder cosas… Sí, me fumé ese porro, sí, me lo fumé. Sí, me tiré a ese tío (y a esa tía también), sí».

Hoy amanezco tarareando Un mundo raro, esa delicia escrita por José Alfredo Jiménez, que en la voz de ella sonó como un rezo. Con ella y con el deseo de que los dioses todos bendigan el dolor, declaro inaugurado el fin de semana…

«Cuando te hablen de amor y de ilusiones/
y te ofrezcan un sol y un cielo entero/
si te acuerdas de mí, no me menciones/
porque vas a sentir amor del bueno.//

Y si quieren saber de mi pasado/
es preciso decir una mentira/
les diré que llegué de un mundo raro/
que no sé del dolor/
que triunfé en el amor/
y que nunca llorado.//

Porque yo adonde voy/
hablaré de tu amor/
como un sueño dorado./
Y olvidando el rencor/
no diré que tu adiós/
me volvió desgraciado.//

Y si quieren saber de tu pasado/
es preciso decir otra mentira./
Di que vienes de allá, de un mundo raro/
que no sabes llorar/
que no entiendes de amor/
y que nunca has amado».

El deseo, ese huracán

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Hace poco terminé de leer Yo recibiría las peores noticias de tus lindos labios, novela del brasileño Marçal Aquino (Océano), cuya lamentable portada no me apetecía nada. Es lo primero que conozco de él y disfruté pasajes deliciosos como estos:

«Valió la pena ser invadido por una oleada de felicidad, ser tocado por la tormenta. Una vez, en el interior de los Estados Unidos, fotografié un letrero que decía: No one forgets a hurricane. ¿Quién podría olvidarlo? Yo no olvido el mío. Lavinia desnuda, caminando por mi casa en una tarde interminable […]».

Y sí, hay deseos como tormenta, que dejan marcas en todo alrededor. Qué bien que Aquino lo ponga en palabras.

 

 

Si a mí me pagaran por leer…

Imagen tomada de Improbables Librairies
Imagen tomada de Improbables Librairies, Improbables Bibliothèques

Una vez encontré, no sé dónde, una entrevista en la que Fernando Savater decía más o menos esto: «En primerísimo lugar yo soy un lector, pero como no me pagan por leer tengo que dar clases, escribir, filosofar».

No me equiparo con Savater, pero lo cito porque coincido con él. Es así: lo que más me gusta en el mundo es leer, ser otras personas, vivir existencias distintas, enriquecer mi mundo con mundos paralelos. En segundo lugar, lo que más disfruto es escribir, volcarme en palabras. A partir de esas dos actividades podría tejer mi vida ideal. El «problema» es que no me pagan por la primera y poco por la segunda, de manera que para subsistir trabajo en una editorial, lo más cercano a estar rodeada de letras. Me gusta lo que hago pero si me pagaran por leer, me dedicaría a habitar volúmenes.

Hoy, Día Internacional del Libro, dejo constancia de ello en este espacio, donde justamente comparto mis dos pasiones: la lectura activa y liberadora, la escritura vital. Me imagino que es lo que algunos rimbombantes llaman «declaración de principios».
 

Cómo un ojo ciego impactó al niño García Márquez

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«Mi abuelo es la persona con la que mejor comunicación he tenido jamás», le dijo Gabriel García Márquez a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, según quedó registrado en el libro de conversaciones El olor de la guayaba (Diana), publicado en mayo de 1982, sin saber que ese diciembre Gabo recibiría el Nobel.

Luego el escritor añadió esto sobre su abuelo, muerto cuando él tenía ocho años y evocado en el personaje del general sin nombre de La hojarasca: «Había perdido un ojo de una manera que siempre me pareció demasiado literaria para ser contada: estaba contemplando desde la ventana de su oficina un hermoso caballo blanco, y de pronto sintió algo en el ojo izquierdo, se lo cubrió con la mano, y perdió la visión sin dolor. Yo no recuerdo el episodio, pero lo oí contar de niño muchas veces, y mi abuela decía siempre al final: ‘Lo único que le quedó en la mano fueron las lágrimas.'».
Esa imagen se me quedó muy grabada cuando leí El olor de la guayaba, siendo estudiante en la universidad. Ahora que el escritor ha muerto la recuerdo y me parece todavía más sugerente. Y poderosa. Supongo que de eso se trata leer: de quedar marcado por personajes, pasajes, palabras.

(texto originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

Paliativo contra la pobreza: el chile habanero

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1 p.m. Viajo en taxi de Tehuantepec a Huatulco, para tomar el vuelo al D.F. Son casi tres horas de curvas y la carretera me da sueño, así que procuro abreviar el tiempo durmiendo. Lo logro a ratos, quizá una hora, pero los vaivenes del camino me desesperan. Como tampoco puedo leer, me pongo a platicar con el taxista, un joven que me habla de usted. Pregunto si no le da sueño manejar. Dice que sí, sobre todo en distancias largas. Le confieso cuánto me cuesta mantenerme espabilada y sugiere: «Si le da mucho sueño haga como yo: muerda un chile picante, puede ser habanero, va a ver cómo se despierta. Así manejé 48 horas sin parar, trabajando». Ante la irresponsabilidad de quien lo haya puesto en esa situación indago más. Fue en EUA, hace cuatro años. Había llegado allá como ilegal y manejaba la camioneta de un pollero (quienes llevan a los indocumentados a cruzar la frontera, a cambio de dinero). «Si me detenía, había más peligro de que nos pescaran. No había opción, así que varias veces tuve que manejar días y noches enteros». Es decir, el chile habanero para paliar la pobreza y la explotación.
Entonces se suelta platicando sobre la aventura de haberse ido a trabajar como chofer, ganando un dinero que aquí «ni en sueños» junta en un año. Dice que cruzó el desierto a pie, andando cuatro días con sus noches, y al llegar a la primera ciudad los llevaron al siguiente pueblo en camioneta. «Me metieron en la cajuela, con otros dos. Me faltaba el aire, sentí que me moría». Pero no se murió. Llegó adonde estaban contratando y empezó a trabajar como chofer. A los tres meses, los agentes de migración lo detuvieron por exceso de velocidad. Descubrieron a los cinco mexicanos sin documentos que transportaba contra la ley, él mismo un ilegal. A todos los llevaron a la cárcel en Texas, donde esperaron semanas a que los deportaran al país, pero no se queja: «Nos trataban bien, nos daban tres comidas al días». A veces piensa volver a cruzar, pero dice que ahora está más peligroso, porque los narcos secuestran a los ilegales y los matan «porque sí».
Se llama Jesús. Es simpático, dicharachero. Tiene novia, en dos años le gustaría pensar en hijos. Trabaja de lunes a domingo de 9 a 5 y está ahorrando para comprarse un auto propio. Lo siento tan lleno de vida que, mientras me despido, quiero con todas mis fuerzas que este país pueda darle oportunidad de tener un buen trabajo, que no tenga que arriesgarse tanto para vivir dignamente. Me despide diciendo: «No se le olvide: muerda un chile habanero».

Gracias a mis 2,000 compañeros de lecturas

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Salí de viaje y me distraje un poco. Para cuando volví a mirar, ya este blog había rebasado los 2,000 seguidores.

No es necesario que lo entienda para que me entusiasme esa muestra de solidaridad. Por eso, gracias inacabables a quienes acompañan este camino de palabras, esta crónica de lecturas y autores que son mi familia, este puñado de versos que, como en el cuento de Hansel y Gretel, señalan el camino de regreso a casa (corrijo: son la casa). Muchas gracias a quienes enriquecen con ideas y comentarios cada entrada, volviendo así un diálogo delicioso el placer solitario de escribir.

Gracias a quienes se asoman por aquí desde México, España, Argentina, Estados Unidos y Colombia (los países más recurrentes en ese orden), pero también de Italia, Perú, Chile, Venezuela, Ecuador. Y hay más: me visitan con frecuencia desde Canadá, Francia, Israel, Grecia, Andorra, Corea, Marruecos, Polonia, Malasia, Bulgaria e Indonesia, entre otros, hasta dar un total de 103 nacionalidades. No tengo idea de cómo sucede. Es un enigma total que agradezco en lo profundo y me recuerda aquello de García Lorca: «Sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio».

Un Cristo tehuano

 

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Digo «uno» porque hay varios, al menos tres, que hoy están sufriendo el auténtico calvario de representar la pasión aquí en Tehuantepec, Oaxaca. Preparados hace varios meses para ser sumisos y mansos, para no contestar las agresiones de los «centuriones romanos», ahora mismo son golpeados, jaloneados, azotados. Es impresionante.
Este Cristo, el que salió de la iglesia del Laborío, en el centro del pueblo, cumple su papel con celo. Dicen que se llama José (qué ironía, igual que su padrastro según la Biblia). Mientras la gente lo acompaña casi con lágrimas, él aguanta el maltrato de quienes están igualmente cumpliendo con el guión de hacerlo sufrir. Pasado de peso, con una peluca incómoda y, sobre ella, una auténtica corona de espinas, José (perdón, Cristo) esperó por años las laceraciones en la piel, el cansancio, los golpes, la gloria de encarnar al salvador de la humanidad. Los «soldados» se burlan de él, lo empujan hasta casi tirarlo, lo azotan con una cuerda que mojan en una cubeta. La saña es proporcional a la mansedumbre de Cristo-José. Llevo siguiéndolo más de una hora, caminando bajo el rayo de sol, y aún falta al menos media hora más para llegar al sitio de la crucifixión.
Una señora que acompaña la procesión dice: «ay, pobrecito, pero qué suerte tiene, verdad?».
No comprendo pero me callo.

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#AdiosGabo

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“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

Éstas, las primeras palabras de Cien años de soledad, están entre los inicios más conocidos de la literatura hispanoamericana. La muerte de su autor cala hondo y se suma a las dolorosas también de Juan Gelman y José Emilio Pacheco, este mismo 2014, que parece decidido a subrayarnos la orfandad. Y como Gelman y Pacheco, muere en México, tierra que ya no sabe cómo llorar a sus sombras.
A unas cuatro horas del anuncio de su derrota ante el cáncer, en redes sociales hay varios Trending Topics relacionados con él, entre ellos #GabrielGarciaMarquez, #GraciasGabo, #AdiosGabo, #DescansaEnPazGabo, #CienAñosdeSoledad y #Macondo, que suman al momento más de 400 mil menciones y lamentos. Apenas suficiente para su tamaño y así, sin acentos, como quizá le hubiera gustado.
PD Dicen que sus personajes están inconsolables, como todos.

Instantáneas de lotería

 

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9 p.m. Hotel Donají. Tehuantepec, Oaxaca. En la laptop, escribo a marchas forzadas en mi cuarto de hotel, terminando un texto que debo mandar a primera hora al D.F., para que entre en la revista de mayo. Mientras, en la plaza junto al hotel, una feria de pueblo atrae a tehuanos grandes y chicos. Música estridente y luces de colores prometen diversión en un pueblo en el que el tiempo es gelatinoso.
En un puesto, como hace un millón de años no oía, un merolico va guiando el juego tradicional de lotería a través de un altavoz. El eco me llega en el aire caliente de la noche: «La sirena… El venado… La dama que espera a su galán… El corazón…». Luego se da licencia e introduce una rima manoseada: «La rosa rumorosa y olorosa».
Imagino a los jugadores que, frijolitos o fichitas en mano, van llenando su cartón con figuras en el orden en el que el merolico «canta» cada una, porque las va sacando de un mazo de cartas. El primero que la complete y grite «lotería» gana la partida.
«El diablito… La luna que entra por tu ventana… La bandera tricolor… Camarón que se duerme se lo lleva la corriente…». Me parece de una ingenuidad hermosa.
Curiosa, no aguanto, de todas formas me cuesta concentrarme con el sonsonete de fondo. Interrumpo la escritura y voy a la plaza. Sobre largas bancas, unos 20 jugadores están atentos. Todos de vestimenta muy sencilla, hay parejas, una abuela con sus nietos, una mujer sola, alguna familia. Las fichas que ponen en cada casillero son granos de maíz, secos. Cuelgan del techo de lámina los premios que los concursantes pueden llevarse a casa: ollas de aluminio, sartenes relucientes, hasta un enorme bote de basura. Nadie se ríe, es un juego serio. Por diez pesos, si la suerte les ayuda, pueden ganar una olla de más de cien.
El cantador sigue sacando cartas y leyendo cada una: «El paraguas… El alacrán… El catrín». En eso, la abuela y sus nietos, concentrados en no perder detalle, ponen un grano de maíz y gritan: «Loteríaaaaa». Viene el cantador a verificar que sea verdad. La pequeña familia se ve contenta, expectante. Sí, ganaron, certifica el juez improvisado. Entonces pueden escoger su premio: eligen una olla, brillante, bonita. Se van felices, pisando la noche y con una felicidad tan redonda entre las manos, que me da cierta envidia. Ahí se queda su cartón y su maíz. «La sirena… El jarrito…».

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Maderas que cantan en Oaxaca

 

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Este #MiércolesDePoesía me encuentra en Tehuantepec, pueblo oaxaqueño encantador donde hunde sus raíces mi historia, por parte de padre y madre. Lo único que puedo compartir hoy son estos versos de la canción (himno) que aprendí de niña, sobre las rodillas de mi papá, mientras las tehuanas bailaban alrededor con sus vestidos hermosos: «Trópico cálido y bello/ Istmo de Tehuantepec,/ música de una marimba,/ maderas que cantan con voz de mujer».

La virtud de perder el sentido del pecado

Ilustración: Ángel Boligán
Ilustración: Ángel Boligán

«El pecado de este siglo es la pérdida del sentido del pecado», dijo Pío XII por ahí de 1950. Tengo que congratularme por ello. La mera palabra se liga a conceptos que me inquietan de entrada: el rechazo a la carne, la condena a priori de los deseos, la culpabilización del sexo. Si el erotismo como animalidad elevada de nivel, enriquecida, saboreada, es uno de los rasgos definitorios del ser humano, no puedo celebrar su satanización.

Este pasaje de Michel Onfray me resulta en especial iluminador en estos días: «[En la base de la religión hay] odio a la inteligencia -los monoteístas prefieren la obediencia y la sumisión-; odio a la vida, reforzado por una indefectible pasión tanatofílica; odio a este mundo, desvalorizado sin cesar con respecto de un más allá, único depositario de sentido, verdad, certidumbre y bienaventuranza posibles; odio al cuerpo corruptible, despreciado hasta en sus mínimos detalles, mientras que al alma eterna, inmortal y divina se le adjudican todas las cualidades y virtudes; por último, odio a las mujeres, al sexo libre y liberado en nombre del ángel, ese anticuerpo arquetípico común a las tres religiones [monoteístas]». –Tratado de ateología (Anagrama)

En fin, asumo que voy a contrapelo cuando digo que me parece una virtud borrar del diccionario el concepto «pecado» y sustituirlo por otros, mucho más interesantes: respeto, congruencia, bien común, solidaridad.

 

 

Hormigas, marcianos y otras greguerías

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Leyendo a José de la Colina y su libro De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE), llego a un breve artículo sobre las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, imágenes de palabras que parecen sencillas pero son endiabladamente geniales, «fusión de metáfora y sonrisa». En otro momento hablaré más de esos chispazos de ingenio y poesía, creación del enorme español. Baste por hoy deslumbrarme con éstas:

  • «La araña es la zurcidora del aire».
  • «La memoria es un gusano de seda que sueña, despierta y muere».
  • «¡No somos los de los espejos, no somos los de los espejos! ¡Nos han engañado!».
  • «Lloran los gatos en la noche como si quisieran haber nacido niños en vez de gatos».
  • «¿Y si las hormigas fuesen los marcianos establecidos ya en la tierra?»

Germen de (muchas) novelas

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«Toda conversación se inicia con una mentira» -Adrienne Rich

Hurgando en una librería de viejo encuentro esta cita. Es epígrafe de un libro polvoriento. Cuántos derroteros abre, cuántos cuentos y novelas pueden basarse en ella: los que conversan saben que todo es mentira; sólo uno lo sabe y lo aprovecha a su favor; ninguno lo sabe, así que todos son víctimas de su ingenuidad; alguno lo sospecha y se dedica a confirmar el engaño del resto; el narrador omnisciente sabe que tarde o temprano se descubrirá la farsa… Increíble que una frase aparentemente inocua llene el día de posibilidades.

Parejas de escritores: la mano detrás del creador

José Saramago y Pilar del Río
José Saramago y Pilar del Río

Según un artículo publicado hoy en The Guardian, el escritor John Steinbeck no encontraba título para su novela, cuyos 75 años de publicación se celebran estos días. Entonces su esposa, Carol, le propuso llamarla The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira), retomando una línea de la canción de guerra «The Battle Hymn of the Republic«. La novela que luego ganaría el Premio Pulitzer, del autor que años después recibiría el Nobel, tenía nombre. A partir de ese caso John Dugdale, autor de la nota, subraya la importancia de los «esposos literarios», es decir, parejas de creadores que influyeron de una u otra manera en la obra de plumas célebres. Entre los ejemplos que aporta están:

Frankenstein (1818)
A principios del siglo XIX, los escritores británicos Percy Shelley y Lord Byron se retaron mutuamente a escribir historias de fantasmas. En el juego participó también Mary Shelley, niña-esposa del primero (se casó con él a los 18). A Percy le pareció tan bueno el personaje monstruoso creado por ella, que la empujó a convertir el cuento en una novela, que se volvió un suceso.

Sonetos del portugués (1850)
Las cartas en verso que la poeta Elizabeth Barrett Browning le mandaba a su esposo, Robert Browning, eran eso, cartas privadas. Sin embargo, él la animó a publicarlas: fueron leídas como auténticos poemas de amor que afirmaron su prestigio literario.

Lolita (1955)
Vera Nabokov impidió varias veces que Vladimir quemara su obra cumbre, mientras la estaba gestando. Según un biógrafo de Vera, el autor la encontraba demasiado escandalosa. Además, añado yo, la mujer pasaba en limpio las cuartillas del escritor, tanto que él decía: «La máquina de escribir no funciona sin Vera».

Carrie (1974)
En su casa rodante, un muy joven Stephen King escribía el primer capítulo de su novela debut. Lo consideró tan malo que arrojó el manuscrito a la basura, de donde lo rescató su esposa, Tabitha. King siguió trabajando en él hasta crear Carrie.

Se me ocurren otros casos de parejas fundamentales, como el de Sonia Tolstoi (que a pesar de que León la maltrataba bestialmente, copiaba en limpio todo lo que él escribía y luego peleó por conservar su obra) y el de Carol Dunlop, pareja de Julio Cortázar y coautora de Los autonautas de la cosmopista. Añado otros dos:

Cien años de soledad (1967)
Durante los largos meses en los que Gabriel García Márquez escribía su ambiciosa primera novela, Mercedes conseguía dinero para comer, para papel y para los cigarros que el autor necesitaba. Se quedaron sin auto y ella incluso vendió los aparatos electrodomésticos… pero nació el portento del Boom latinoamericano.

Todos los nombres (1987)
Pilar del Río era una periodista conocida en España. Luego de leer Memorial del convento, quedó tan tocada por la pluma de José Saramago que buscó conocerlo. Platicaron, se entendieron, empezaron a frecuentarse y se enamoraron, a pesar de los 28 años de diferencia entre ellos. No se separaron más, hasta la muerte de él. Ella se convirtió en traductora al español de toda la obra del Nobel portugués.

Que nadie se sorprenda. Ya lo dice la Biblia, esa gran obra literaria: «Mejores son dos que uno». Ante las inseguridades de escribir ayuda contar con la fe ciega de alguien querido.

 

Una prosa densa y transparente gana el Premio Xavier Villaurrutia

Foto: Octavio Hoyos
Foto: Octavio Hoyos

“Contemplándose en la luna del armario, se apuñaló el pecho y cayó muerto. Pero como el puñal del reflejo no era concreto, el Narciso del espejo permaneció vivo y en pie” (Tren de historias, FCE).

Este cuentínimo de José de la Colina describe de cuerpo entero al ganador del Premio Xavier Villaurrutia 2013, anunciado esta semana y al que él llama “el Nobel de las letras mexicanas”: es un escritor de oficio, narrador que no se toma muy en serio, jugador fino de palabras. El premio le fue otorgado por el lúcido libro de ensayos De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE), donde conversa con algunos de sus autores preferidos y también con personajes literarios. Ahí se confiesa en una autoentrevista como un autor que ejerce su oficio “primero, porque me gusta escribir. Segundo, porque escribiendo me gano la vida. Y escribir me gusta aunque deba hacerlo de encargo, aun cuando se trate de un trabajo ‘alimenticio’, como llamaba don Luis Buñuel a los films que hacía ‘de encargo’”. Pero es modesto. No menciona que es cuentista muy prolífico (es fantástica su antología Traer a cuento), ensayista, traductor y periodista: fue secretario de redacción de la revista Vuelta y por más de 20 años dirigió el Semanario cultural del periódico Novedades. A propósito evita hablar de la importancia de su pluma para la literatura mexicana de las últimas cinco décadas.

El mismo día en que se dio a conocer que ganaba el Xavier Villaurrutia, De la Colina presentó su más reciente libro, Un arte de fantasmas (Textofilia), y tuve oportunidad de entrevistarlo. En sus páginas afirma que convive más con Marilyn Monroe, King Kong, Alfred Hitchcock y Nosferatu que “con la mayoría de mis vecinos y algunos de mis parientes más inmediatos». Es que a sus 80 años recién cumplidos, también es un apasionado total del cine. En Un arte de fantasmas ofrece una sabrosa recopilación de lecturas personales sobre personajes, actores y directores con los que conversa a diario. Justo por eso les llama fantasmas, porque aunque hayan muerto hablan, cantan, bailan en la sala de su departamento: gracias al cine “la muerte dejó de ser total”, dice.

La envidiable conversación que tuve con él es motivo de otro texto. Por el momento basta citar a Bárbara Jacobs, Vicente Leñero y Myriam Moscona, jurado del Premio Villaurrutia, quienes dijeron haberle dado el premio por su escritura que es “densa y transparente al mismo tiempo […] tiene la exquisitez de fluir en el goce de su malicia entre sus textos personalísimos de onda melancólica festiva. De la Colina no conversa en tono pedante y, pese a su erudición, jamás se jacta de ella”. Y sí. Tal cual.

 

(texto originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios dentro del sitio de la revista SoHo)

Así se ven los invisibles

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«Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias», dice la terrible Bernarda en La casa de Bernarda Alba, portento teatral de Federico García Lorca. Pues no, no son distintos. Aunque para los demás no existan, lo cierto es que se alegran, anhelan, abrazan y lloran igual que los demás. El fotógrafo británico Lee Jeffries lleva años captando a estos sin rostro, registrando la intimidad de su vida al borde del precipicio. Jeffries era fotógrafo de deportes hasta que un día vio a una chica que dormía en la calle, junto a un contenedor de comida. Al querer tomarle una foto, se despertó. Él dudó entre huir o pedir disculpas, pero optó por lo segundo. Empezaron a conversar y de esa plática nació la vocación de retratar a los habitantes de la calle.

Cada una de estas imágenes tiene una narrativa propia, detrás de cada mirada hay una historia que estremece. Me parece bellísimo que el artista los capte con respeto, sin dramatismo, como los seres humanos dignos que son. Estos son los invisibles.

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Lo que dispara mi revolución interior

 

Imagen: Douglas Rickard
Imagen: Douglas Rickard

De nuevo es #MiércolesDePoesía. Estos versos del español Luis García Montero iluminan la mañana al celebrar la interioridad, el deseo y la audacia que no salen en las noticias ni acaparan los titulares pero son capaces de cambiar la historia (la mía, al menos).

«Tus ojos
que están llenos de selvas y son un manifiesto,
desordenadamente
me hacen aventurero
y revolucionario».

PD Retomo este poema de la página de Facebook de A media voz, extraordinario sitio de poesía que extraño mucho visitar. Ojalá pronto vuelva a estar disponible, porque hace falta.

García Márquez y lo que ve en el hospital

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Voy a evitar el lugar común de llamarlo Gabo, con esa familiaridad que pretende que es mi amigo, aunque sus letras lo sean. De García Márquez, pues, dicen que está enfermo, que lo atienden en un nosocomio mexicano de una infección pulmonar. La noticia me hace pensar cómo vive su encierro hospitalario, qué imágenes le asedian en ese blanco monótono.

En El olor de la guayaba, libro de conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, contaba que las imágenes visuales le disparaba historias. Mencionaba que El coronel no tiene quien le escriba nació de la imagen de un hombre esperanzado que aguardaba un lancha y que «La siesta del martes» («que considero mi mejor cuento») lo disparó la visión de «una mujer y de una niña vestidas todas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto». Así, me intriga qué instantáneas podrían convertirse en novelas o cuentos si el escritor hoy tomara la pluma. ¿La mirada cómplice que intercambian dos médicos al salir de un cuarto? ¿El viejo que parece no esperar nada mientras espera? ¿Una enfermera de blanco que llora en un salón igualmente blanco?

Mientras me imagino cosas le pido quedito a la muerte, que este año ya golpeó mucho las letras hispanoamericanas, que se distraiga y lo deje un rato más por aquí.

«Todo amor vivido es una degradación del amor»: Duras

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Se están cumpliendo 100 años del nacimiento de Marguerite Duras, otra pluma soberbia nacida en 1914, como Cortázar, Paz, Bioy Casares, Thomas, Parra (habría que averiguar qué conjunción de astros se dio ese año, para saborear por anticipado cuando las estrellas se vuelvan a acomodar igual).

Rescato desde el título de esta entrada algunos pasajes de su novela no-tan-famosa Los caballitos de Tarquinia (Tusquets), en la que dos parejas pasan sus vacaciones en una playa italiana. La reflexión sobre el amor total, absoluto, permea los diálogos de los personajes, sumiéndolos en contradicciones e incongruencias, poniendo bajo la lupa su aburrimiento y su común deseo de tomar vacaciones del ser amado. Sobre todo, los lleva a concluir que es imposible que una relación sustituya la expectativa total del amor. Muy pocas plumas son capaces de iluminar así la profundidad del alma humana. Por eso la Duras es la Duras.

«[…] la verdad es que me gusta esa mujer, aun cuando la detesto. […] No deja nunca de gustarme, aun cuando sería capaz de estrangularla».

«El sufrimiento es como la felicidad, de vez en cuando hay que cambiar de sufrimiento, si no se vuelve uno viejo y tonto».

«Ningún amor del mundo puede ocupar el sitio del amor».

«Para el amor no hay vacaciones, no existen. El amor hay que vivirlo totalmente, con su aburrimiento y todo; para eso no hay vacaciones posibles».

 

Autodefinición sherlockiana

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Encuentro esto, que me define claramente: «La literatura es un lugar en el que llueve. He dedicado buena parte de mi vida a coleccionar chubascos literarios. No soy un profesor ni una eminencia, pero vivo entre libros y me gusta compartir hallazgos». -Juan Villoro, Conferencia sobre la lluvia (Almadía)

«Compartir hallazgos»: así concibo la parte más rica de la vida. De niña, mi héroe fue Sherlock Holmes, siempre buscando, siempre compartiendo lo encontrado. Al crecer conservé el placer de descubrir joyas literarias e invitar a otros a apropiárselas. Así nació también este blog, recuento de tesoros en libros y autores.

Es interesante leer la propia vida resumida en un par de líneas.