Mi casa, trazada al rastro de mis manos

Foto: makeitsooner.blogspot,mx
Foto: http://www.makeitsooner.blogspot.mx

Volver a la casa que habité/

reconocer el crujido de la puerta/

el desperfecto en el techo/

la huella de mis pasos en la alfombra./

Saber lo que esconde la gaveta/

(abrirla de nuevo)/

tocar ese reborde en la pared./

Morada hecha a mi tamaño/

a mi olfato/

trazada al rastro de mis manos.//

Regreso a tu cuerpo como a mi hogar.

 

-Julia Santibáñez

Y desamordazarte y regresarte

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Panteón Jardines del Recuerdo, 9 a.m. Mis hermanos, nuestros hijos adolescentes y yo visitamos el cementerio donde hace 30 años enterramos a mi papá. Quisimos hacerlo en una suerte de ritual, como desde hace siglos las tribus honran a sus muertos. Su nombre en la lápida, callado, es hondo y perturbador, hace trepar emociones desde el estómago, inunda la garganta de arena. Me resuenan los versos de Miguel Hernández, tan repetidos:

«[…] Quiero escarbar la tierra con los dientes,/
quiero apartar la tierra parte a parte/
a dentelladas secas y calientes.//

Quiero minar la tierra hasta encontrarte/
y besarte la noble calavera/
y desamordazarte y regresarte.//»

Qué ganas de tener aquí a mi papá, para llorar en su hombro la ausencia.

Cómo Google Maps alimenta el ego

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Carajo, no lo había pensado: «En nuestras computadoras, teléfonos celulares y coches trazamos una ruta no de A a B sino de nosotros mismos (‘mi ubicación’) al lugar que escojamos; todas las distancias se miden desde el punto en que nos encontramos y, cuando viajamos, nosotros mismos aparecemos en el mapa, querámoslo o no», dice Simon Garfield en su libro En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus).

Es cierto, cuando tomo mi celular y le «pregunto» a Google Maps cómo llegar a tal lugar, la aplicación parte del principio de que yo estoy en el centro, que soy punto de partida absoluto y el mundo gira en torno a mí. Es decir, corrobora que los demás son menos importantes que yo, apenas un incidente molesto en mi camino. Luego por qué ando (y andamos) con el ego tan desbordado.

Hoy, día de guerrilla lectora

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Este día toca liberar un libro, dejarlo «olvidado» en algún lugar público para que un lector lo encuentre y lo haga suyo. La iniciativa, originalmente argentina y cada vez más extendida, funciona cuando sea pero el 21 de marzo los olvidadores se ponen de acuerdo en una especie de guerrilla lectora. En Twitter, este año se promueve con el hashtag #SiembraUnLibro, detrás del cual está el entusiasmo de @El_Esagui y cómplices. Qué rico pensar que un día, en no mucho tiempo, ciudades y pueblos de Hispanoamérica amanezcan sembrados de ejemplares en parques, paradas de autobús, cines, iglesias, como si los libros brotaran por sí mismos, se nacieran fruto de sus ganas de ser leídos.

Aquí mi aportación variadita, comprada ex profeso para el disfrute de otros:
1. Los rituales del caos, de Carlos Monsiváis (Era), un clásico de crónica urbana que atisba con humor en las muchas expresiones del folclor nacional;

2. El alma del hombre bajo el socialismo y notas periodísticas, de Oscar Wilde (Biblioteca Nueva), vistazo a la opinión del irlandés sobre temas varios aunque destacan las páginas autocríticas, en las que Wilde comenta su propia obra;

3. Álbum Iscariote, de Julián Herbert (Era/Conaculta), lo más reciente y arriesgado del poeta de Acapulco, que a veces también escribe novelas como Canción de tumba.

Los dejaré en donde alguien pueda encontrarlos, con una nota que diga: «Este libro es parte de la Liberación Mundial de Libros. #Siembra un libro». Que vuelen y aterricen en manos que los acaricien, los hagan suyos. Amén.

PD Anda, libera tú también un libro.

A esta novela la atraviesan las balas

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Para Andrés Grillo,
por nuestras muchas rondas de amistad

De la pluma de Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets) es una novela colombiana hecha de emociones universales, en toda una gama de temperaturas: crueldad, ternura, soledad, deseo, culpa, esperanza. A veces, el libro deja un calor agradable en el regazo, otras quema las manos y obliga a interrumpir la lectura.

Un viejo pedagogo, actual recogedor de naranjas de los árboles, aprovecha las alturas para espiar mujeres, ver «las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos y, si había suerte, más allá, a lo profundo». A pesar del regaño de su esposa, Otilia, la vida de Ismael pende de imaginar a una vecina «más desnuda que nunca», a una chica cuyo «tierno calzón blanco [se escabulle] entre las nalgas generosas». En contraste con su lujuria como derroche de vida, Ismael vive los años de la guerra en Colombia, la agonía de un país que se desangra en el dolor causado por el narcotráfico y el ejército, la guerrilla y los paramilitares, que se turnan para pisotear a los locales.

Veinte años atrás, el día en que Ismael conoció Otilia, en la estación de autobuses un muchachito mató a un hombre gordo, a la vista de ellos y de todos. Fue un presagio de lo que vendría sobre Santa Cruz, pueblo que con los años ve aumentar las balas perdidas, los desaparecidos, los torturados por colaborar con la guerrilla (o por no colaborar, da lo mismo), hasta que la violencia estalla al máximo y los habitantes se ven cercados por la violencia, «más indefensos que una cucaracha».  Como nada tiene sentido, incluso ante la crueldad amorfa Ismael decide quedarse en el pueblo: «Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana».

Es mi primer acercamiento a la escritura vigorosa de Rosero quien, por cierto, cumple años hoy. Sus páginas atravesadas de balas retratan el camino a través del infierno, el que miles de colombianos cruzaron (¿aún cruzan?) a consecuencia de la guerra entre grupos armados. Es el mismo que hoy recorren miles de mexicanos, atrapados por el fuego cruzado entre militares, narcos y autodefensas, donde el mayor favor es que los maten de una vez. México y Colombia, tan cercanos en tantas cosas, también en ésta mezclan sus sangres. La novela de Rosero hace palidecer, deja un sabor amargo en la boca. Pero se agradece mucho.

Para qué demonios escribo

Foto: Pin Campaña
Foto: Pin Campaña

Hace muchos años, Nicanor Parra escribió este poema claro. Originalmente chileno y reciente ciudadano de la República Glaciar creada por Greenpeace, el creador de la antipoesía garabateó estas líneas en algún cuaderno. No sabía que yo iba a citarlo hoy porque lo de «dejar constancia de todo» me iba a resultar iluminador sobre por qué escribo. Algo así.

Telegramas III

«¿Que para qué demonios escribo?/

Para que me respeten y me quieran/

Para cumplir con dios y con el diablo/

Para dejar constancia de todo.//

Para llorar y reír a la vez/

En verdad en verdad/

No sé para qué demonios escribo:/

Supongamos que escribo por envidia».

Las caricias, incompatibles con la prisa

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Cartagena de Indias, Colombia. Saboreo el tiempo que pasa aquí, sin prisa ni desgaste, que se desliza como la luz sobre el agua. Ayer un cartagenero jugaba diciendo que ellos trabajan «los miércoles»: de jueves a domingo están de rumba, los lunes sufren los estragos de la fiesta y los martes se preparan para ganar el pan al día siguiente. Más allá de la broma me fascina su concepción relajada de la vida. Aquí no habita el estrés, los días pasan sonrientes como su clima y la luna que se queda en mi pelo se deleita en el baile perpetuo de este pueblo costeño.

Esa morosidad lo vuelve el sitio perfecto para el amor, porque las caricias son incompatibles con la prisa. Suave, trémula, mi alma lo confirma: la entregué en besos sin cuento, que humedecieron el aire.

Las tres madres de un cartagenero

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De raza negra y dientes impecables, John nos transporta en su taxi por Cartagena de Indias. Dice haber sido suertudo con pasajeros mexicanos y tener en casa una pared cubierta por más de 40 banderas de países de donde ha tenido clientes. «Claro, ahí está Mexico, no con una sino con varias banderas». No sé si repita el discurso con cada nacionalidad pero me hace gracia.
Luego la conversación deriva a los insultos locales: «El más fuerte en Barranquilla y Medellín es ‘hijo de la puta de tu madre’. En cambio a los cartageneros se nos resbala porque tenemos tres madres: una de caucho, una de madera y la verdadera. Para llegar a ésa, el insulto tiene que pasar primero por las otras dos». Admirable, la practicidad costeña.

«Prestar libros es como el amor, hay que perderle el miedo»

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Se llama Martín Murillo. Lo conozco a mitad de Cartagena de Indias, en plena Plaza Bolívar. Mientras a mi novio le bolean los zapatos, yo deambulo y me topo con su Carreta Literaria, isla de libros a medio parque. Fascinada, me acerco a conversar. De barba cana y playera con logotipos de sus sponsors (sic), desde hace siete años se dedica a promover la lectura: hace dramatizaciones en escuelas, invita a gente famosa a leerle a los chicos y en su carreta presta títulos por las plazas y pueblos de Colombia. Se autollama leedor, lleva el entusiasmo en los ojos. «Es mi trabajo pero sobre todo es lo que más me gusta en el mundo. Esto no se sostiene si no es por pasión, la que tengo por los libros». Entre sus patrocinadores está la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, de García Márquez, un canal de televisión, una editorial. Entre todos lo sostienen y él se dedica a acercar gratuitamente volúmenes a la gente. Así de fácil. O de difícil.

Mi asombro va en aumento. No es un improvisado, tiene bien armado su proyecto. Tuitea sus actividades (@LaCarretaesLeer), tiene un libro publicado. Orgulloso, me regala un volante en el que aparece retratado con Mario Vargas Llosa, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, García Márquez, hasta la reina Sofía. Luego me muestra en su celular fotos de la lectura que hizo ayer, en la escuela de un pueblo cercano, y me invita a acompañarlo el lunes, pero no puedo: ya no estaré en Colombia. Parece un personaje de novela, tan mágico resulta. Cuenta que estudió hasta quinto de primaria y de joven quería ser analista de la NBA, pero luego se dio cuenta que no tenía nada qué aportar. «Yo trabajaba vendiendo aguas en Cartagena y a partir de que la Fundación de Gabo me empezó a prestar libros, me di cuenta que eso sí podía hacer: hablarle a la gente de Por quien doblan las campanas, de La muerte de Artemio Cruz, de El amor en los tiempos del cólera, novelas que cambian la vida. Eso sí estaba en mis manos», subraya. Pero tengo una duda: qué pasa si la gente no regresa los libros. «Esto es como el amor, hay que perderle el miedo y dejar de pensar qué pasa si…».

Mi bendita suerte me llevó al que probablemente sea el personaje más fascinante de ésta, la ciudad más bella del mundo.

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Uno de sus «clientes»

Me regalaron una ciudad

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Hoy vuelo a Bogotá y de ahí a Cartagena de Indias, «la más bella del mundo» según El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, para unos días fuera del mundo. Desde mis tiempos de universidad tengo ganas de ir. Su historia colonial, la muralla que guarda ecos de esclavos y españoles, sus colores y sincretismo me llamaban, pero a pesar de intentarlo varias veces, no se dio. Ahora quien más me quiere me regala este viaje a su lado, para celebrar su cumpleaños y nuestros amores. Desde antes de pisarla me parece hermosa, el mejor regalo. Y yo, la más afortunada.

#Cuentuitos en racimo (4)

Foto: Scott Lickstein
Foto: Scott Lickstein

Aquí van tres cuentos míos brevísimos. Son de la era Twitter, es decir, divertimentos en 140 caracteres.

Deshacer el amor

Empezaron haciendo el amor como nadie. Al final deshicieron el amor como todos.

Historia de unos lentes

Cuando se quitó los lentes empezó a ver borroso, pero a las gafas se les aclaró la mirada.

Alta traición

Ese día lo saludó con la misma mano con la que años después apretó sobre su cabeza el gatillo que liberó la última bala.

¿Más cuentuitos? Da click aquí: http://wp.me/p1POGd-1ZT 

-Julia Santibáñez

La lujuria se hace palabra

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Siglo XVI, Italia. El poeta Pietro Aretino hace versos en torno a dibujos eróticos de Giulio Romano, pintor y alumno de Rafael, o a la inversa: Romano ilustra versos de Aretino. El tema es que sacan una edición ilustrada, I Modi, y aunque el tiro se destruye por orden papal, alguna referencia sobrevive, que llega hasta nosotros.

Aretino y Romano describen posturas amatorias de modo explícito y travieso: se trata de parejas comunes disfrutando el sexo. Con este poema de hace cinco siglos, incluido en una edición contemporánea, a ver si seguimos sintiéndonos tan avanzados:

[Mujer]  —Este pene quiero, no un tesoro,/
éste es quien me puede hacer feliz,/
es éste un pene para emperatriz,/
esta joya vale más que un pozo de oro.//
¡Ay de mí!, pene, ¡ayúdame, que muero,/
y sacia bien tu ardor en mi matriz!/
Porque un pene pequeño no sirve,/
si en el coño quiere el honor mantener.//
[Hombre] —Mi dueña y señora, bien decís verdad,/
que quien en coño con pene chico follara,/
de agua fría un cristel merecerá.//
Quien tenga poco, en culo sólo folle,/
si no, como yo, con bravura y tesón,/
siempre en los coños ahogue su pasión.//
[Mujer] —Es esto cierto, pero a nosotras/
tanto nos gusta el pene, tan grato nos es,/
que llevamos la punta adelante y atrás.//
Lynne Lawner, Los 16 placeres. Las cortesanas del Renacimiento, traducción de los sonetos: María Merlo (Temas de hoy). La traducción es deficiente pero no encontré una que me dejara satisfecha.

Ya hay vida eterna (en Twitter)

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Por fin puedo vivir por siempre. Al menos así parece: una vez muerta puedo tuitear, «favoritear», subir fotos y postear en este diario íntimo público: mi blog. Según el artículo «Nuestros muertos en Facebook», de Gabriela Gutiérrez (revista Gente, marzo), varios servicios en línea ofrecen administrar las redes sociales cuando uno muere. Es decir que si en el mundo virtual no se vive plenamente, sí es posible hacerlo eternamente.

Vamos a ver. Qué bien seguir presente aunque esté ausente, mandarle un beso a mi hija por las noches, darle like a las fotos de mi novio (sólo si sale solo), favoritear los posts de mis amigos, tuitear «saludos del otro lado del espejo» en mi cumpleaños. Pero también qué conflicto. Esto implica encontrar tiempo para dejar una estela de textos que me sobreviva, un cúmulo de instrucciones de qué cosas sí ameritan mi like y de cómo quiero figurar en el mundo de los vivos. ¿A qué hora? De por sí le rasco minutos a la noche para trabajar mi poemario, me desmañano con tal de postear algo aquí o terminar la entrevista a tal escritor. Con mi ritmo de trabajo, necesito morirme para tener tiempo de planearlo. No, creo que la eternidad virtual no es para mí.

Leer, placer multitonal

Cartón: Emilio Agra
Cartón: Emilio Agra

Me encuentro este cartón por azar (¿no lo son todas las cosas?) y me fascina la planta que crece en la cabeza del lector. Aunque soy usuaria y disfrutaria de las redes sociales, no me han deparado el placer que he sentido con uno solo de mis libros porque, como lo señala el escritor Alberto Ruy Sánchez, estos me involucran por completo: «Leer ofrece uno de los mayores placeres que puede tener el ser humano, el de comprender. Pero su poder no está sólo en las ideas: consiste en que nos permite comprender con todos los sentidos, con todo el cuerpo» (en 101 aventuras de la lectura, Artes de México/ IBBY).

Sí, leer implica asomarme a la mente de otro(s) y quemarme con su aliento, compromete mis emociones, sacude mis sentidos, estimula mi imaginación. Muy pocos placeres pueden rivalizar con ese abanico de registros.

«Habítame, penétrame»

Foto: Jerry Avenaim
Foto: Jerry Avenaim

Ya que es domingo, propongo un culto en el que los fieles repitan este poema de Gelman con ojos entrecerrados. Por lo pronto, empiezo yo misma con el ritual.

Oración

«Habítame, penétrame./
Sea tu sangre una como mi sangre./
Tu boca entre a mi boca./
Tu corazón agrande el mío hasta estallar./
Desgárrame./
Caigas entera en mis entrañas./
Anden tus manos en mis manos./
Tus pies caminen en mis pies, tus pies./
Árdeme, árdeme./
Cólmeme tu dulzura./
Báñeme tu saliva el paladar./
Estés en mí como está la madera en el palito./
Que ya no puedo así, con esta sed/
quemándome.//

Con esta sed quemándome//

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos».

-Juan Gelman

Los peligros de perdonar el aborto

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La Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Más-Que-Nunca-Moderna, es amantísima y perdonadorsísima. Sin embargo, ahora sí fue más allá: el varón de Dios, el Cardenal Norberto Rivera, acaba de anunciar que las chilangas culpables del horroroso (el Santo Padre dixit) pecado del aborto podrán ser perdonadas durante la Cuaresma. Es decir que por unos días se revertirá la condena de excomunión que justamente merecen.

Aunque soy mujer, permítaseme una reflexión (perdón). ¿Qué es eso de creer que su cuerpo es «suyo» y pueden decidir sobre él? ¿Acaso las mujeres somos iguales a los hombres? ¿No dice el Génesis que salimos de una costilla? ¿Hay más prueba de nuestra inferioridad? Señor Cardenal: su nobleza es peligrosa. La Santa Iglesia debe seguir controlando, condenando, mandando a la hoguera. Si no, lo siguiente que exigirán esas engreídas, esas hijas de la Gran Pecadora, será tener trabajos similares a los de los hombres (¡¿una Papa?!), ser consideradas sus pares, decidir el número de hijos que engendran y hasta tener sexo (perdón) por mero placer.

Yo que llevo en mi vientre el hijo de un cura, un curito, que me elevo como la Virgen premiada con un Hijo de Dios, digo con celo: el Señor nos guarde.

Amén.

Link a la noticia:

http://www.milenio.com/estados/Arquidiocesis-perdonara-abortistas-Cuaresma-Rivera_0_256774339.html

Fito Páez: para ser músico es buen novelista

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Se lanzó en Argentina en junio del año pasado, pero hasta que la conseguí y la leo puedo decir que sí, es una novela con todas sus letras. Habituado a paladear sabores nuevos, hace tiempo el cantante probó suerte con el cine (Vidas cruzadas, 2001). Ahora dice que trabajó tres años en La puta diabla, esta historia salvaje de un artista ídem, Félix Ure, incómodo en el mundo y que se esfuerza por caer en lo más hondo, para luego levantarse.

Aunque Páez dice que el personaje no es su alter ego, mucho de lo que vive parece contarlo el propio Fito, empezando por el recuerdo de la madre muerta (en ambos casos se llama Margarita) y siguiendo por el recuento de una vida desbordada, en la que el personaje se sobrevive a sí mismo. Pero lo que más me atrapó es el retrato de una pasión en la que al mirar al otro no se ve nada. El protagonista se enamora de una mujer que posee una máquina de dañar extremadamente poderosa: «Félix se sacudía encima de ella sin darse un respiro y le decía que la amaba. Ella gemía casi en silencio hasta que escupió un ‘te amo’ mientras le pegaba en la cara con la mano derecha. A Félix eso lo excitaba de una manera ambigua. Había algo salvaje y enfermizo en ella que él no podía dominar ni comprender, y que le producía un exótico placer al cual se entregaba con curiosidad y vergüenza».

Encarcelada por gusto en el dolor, la mujer se empantana y arrastra al fango a quien da la vida por ella: «La primera noche de Félix sin Casimira fue una larga noche que duró diez años entrando y saliendo de bares, cárceles, hospitales, comisarías, loqueros, juzgados y casas de amigos». Por ella (por su ausencia) se mete todas las sustancias que encuentra. Deja la música, el teatro, el cine. Se vuelve un despojo convencido de que «el fin de una ilusión es un trago amargo que bebemos solos en donde nos encuentre la noche». Ese dolor irracional vale el libro entero.

Sin ser extraordinaria, me parece que la novela funciona (no sé si llegue pronto a México). Además, me parece una inteligente estrategia de marketing venderla para ser leída oyendo la canción homónima de Fito (disco El sacrificio), con su “Ya me comiste el hueso/ Es que el amor es eso./ Ya me mordiste el cuello. / Te tengo que matar”. Es decir, en un Storytelling que apela a los sentidos, la historia de Félix y Casimira llega por los ojos y por el oído. (Aquí el tema: 

PD. La edición de Editorial Mansalva está plagada de errores y erratas. Urge más cuidado en la reimpresión.

(Entrada publicada en mi blog Deli(b)rios), del sitio http://www.sohomexico.com/vida-soho/articulo/la-puta-diabla-de-fito-paez-por-julia-santibanez-blog-delibrios/1968)

Dolérseme todo, hoy

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Hace exactamente 30 años, la risa de mi papá se hizo rebanada de aire. Injustamente arrebatado, me dejó el mayor hueco entre los brazos, que a pesar de la pátina del tiempo sigue siendo inabarcable. Estas palabras del poeta Joaquín Vásquez las hago mías porque sí, papá: tengo tantas cosas que decirte, no te imaginas. Entre ellas, que no han terminado de dolérseme los ojos en los que haces falta, las manos que ya no acaricias, las mañanas que se hacen costra porque ya no salimos a caminar. No sabes.

«Porque te encuentro a cada paso/

a cada inmensidad del viento//

En cada gente que me mira como quien sabe pájaro,/

porque acudo a mis raíces/

y te descubro formando parte de mi risa, de mis ojos/

porque la tierra y el pueblo/

y porque duele en el costado/

algo que me entristece hasta el amor/

te platico estas cosas/

compañero».

PD Pido perdón al poeta: originalmente le hablaba a una compañera. Me di la licencia de cambiar el género de su verso final.

Aunque sea de oro se rompe

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Recientemente entrevisté a un arqueólogo mexicano y, al acercarme a través suyo a las culturas prehispánicas, recordé estos versos hallados por los conquistadores. Son del poeta náhuatl Netzahualcóyotl (1402-1472), muerto antes de la llegada de Hernán Cortés a suelo azteca. Su hondura llena de perfumes este #MiércolesDePoesía.

«¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?/

No para siempre en la tierra:/

sólo un poco aquí./

Aunque sea de jade se quiebra,/

aunque sea de oro se rompe,/

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra./

No para siempre en la tierra:/

sólo un poco aquí».

Cortázar de 12 años

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Este breve anécdota la contó a sus alumnos de Berkeley. Al transcribirla me da ternura ese Cronopio pequeño, lector entusiasta y «vividor» de la fantasía, que años más tarde daría a luz un Axolótl: «[…] Una vez le presté una novela a un compañero de clase a quien quería mucho. Debíamos tener doce años y la novela que le presté era una que acababa de leer y me había dejado absolutamente fascinado; una de las novelas menos conocidas de Julio Verne, El secreto de Wilhelm Storitz, en la que Verne planteó por primera vez el tema del hombre invisible luego recogido por H. G. Wells […] me la devolvió diciendo: ‘No la puedo leer. Es demasiado fantástica’, me acuerdo como si me lo estuviera diciendo en este momento […] Allí me di cuenta de lo que me sucedía: desde muy niño lo fantástico no era para mí lo que la gente considera fantástico; para mí era una forma de la realidad que en determinadas circunstancias se podía manifestar, a mí o a otros, a través de un libro o un suceso, pero no era un escándalo dentro de una realidad establecida». -Julio Cortázar, Clases de literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara)

Pues sí, el diferente a los demás puede ser un genio o un idiota, pero el niño no sabe si es uno o el otro. Ahora mismo hay algún enorme escritor en ciernes prestando su libro preferido a un imbécil incapaz de leerlo. Ojalá haya cerca alguien que lo reafirme.

Cuarón es más Cuarón en español

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Anoche, en la ceremonia del Oscar, el mexicano Alfonso Cuarón se llevó el premio al Mejor director por su película Gravity. La cinta recibió otros seis premios, entre ellos el de mejor fotografía, a cargo del también mexicano, Emmanuel Lubezki. Me da mucho gusto, cómo no, que dos nacionales reciban reconocimiento en esas ligas, aunque para ello debieran filmar fuera de este suelo y con presupuestos que en nada se parecen a los que recibe el arte por aquí. Sin embargo, destaco un detalle lingüístico: si bien el discurso de agradecimiento fue en inglés, finalizó en español: «Y esto es gracias a ti, mamá, si he logrado esto es gracias a ti. Te amo». Después, entrevistado por la prensa, reafirmó: «I think in Mexican, I think in chilango…».

En efecto, nació y creció en México, es decir que en realidad él «es» en idioma español, aunque domine el inglés. La lengua materna, en la que uno aprende a reír, a llorar, a nombrar el mundo, se entreteje con la piel y no la abandona. «Un idioma es el universo traducido a ese idioma», dijo el poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre. Nada más cierto. Uno traduce el mundo a su propia lengua y ella suele aflorar en momentos emotivos, como éste. Por eso vale decir: Cuarón es más que nunca Cuarón cuando habla español, lengua de este país y otros, en el que muchos lo celebramos.

Gracias al aire

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Terminan los días regalados por Fortuna, en los brazos de quien más me quiere, con el cerro del Tepozteco como fondo y a cada paso la certidumbre de que si me muero ahora mismo habrá valido la pena. Agradecida hasta con el aire, la plenitud me basta para esta vida y otras dos. Es tanta que a ratos duele.

Fabio Morábito y su pluma (otra vez) nueva

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«[…] Se sacó ella misma los senos, que quedaron fuera del sostén, pesados como dos animales marinos varados en una playa». En línea y media, Fabio Morábito detiene el tiempo de nuevo. Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama) es la primera novela del autor nacido en Alejandría y avecindado en México, poseedor de mis afectos desde sus poemas en De lunes todo el año y Caja de herramientas, sus cuentos en La lenta furia y sus ensayos en Los pastores sin ovejas. Lo conocí cuando estudié en la Facultad de Filosofía y Letras, lo he leído mucho pero su pluma me parece nuevecita. Más aún cuando aborda una novela de crecimiento y me parece que es la primera que leo.

El tema es: Emilio, de 12 años, se relaciona con Eurídice, mujer de 40 que acaba de perder a su hijo. Además de la prosa cuidada y sugerente de Morábito, disfruté la novela por su paciencia para desgranar una historia de deseo, de despertar sexual, de adolescencia y adultez, de la dificultad de tocar al otro. Me quedo con esto: «¿Qué importa la edad que se tiene? Todos respiramos el mismo oxígeno y la vida es corta […]». Sí, qué importa.

No estamos lokos (ok, sí)

Para celebrar todo lo celebrable (en especial el viernes) va esta rolita riquísima en música y letra. Es de los españoles de Ketama, grupo responsable de reinventar el flamenco en los años 80 y 90. Me pone de buenas y en tono de fiesta pa’l cuerpo…

«[…] No estamos lokos

que sabemos lo que queremos./

Vive la vida/

igual que si fuera un sueño/

pero que nunca termina/

que se pierde con el tiempo. […]

La noche a mí me seduce/

y embruja mi fantasía./

Y es que la noche me inspira/

y es mi adorada enemiga».

15 segundos para contestar

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Las adivinanzas son de mis juegos de lenguaje favoritos. Pequeñeces de bodegón, se presumen cuando vienen visitas: rompen la respuesta en fragmentos, algunas son ingenuas y otras juegan con el doble sentido (sexual pero no sólo), unas son auténticos haikús. Tienen larga historia en este suelo: en su Historia general de las cosas de la Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún cita adivinanzas de los primeros mexicanos, todas precedidas de la frase «qué cosa y cosa», como: «¿Qué cosa y cosa que tiene los cabellos canos hasta el rabo y cría plumas verdes?»: la cebolla.

Aquí van algunas encantadoras. El reto es adivinarlas, pero abajo vienen las respuestas. Éstas son mexicanas, agradecería mucho si alguien añadiera ejemplos de otros países…

1. «Si el enamorado es entendido, aquí va el nombre de la dama y el color de su vestido».

2. «Agua pasa por mi casa/ cate de mi corazón/ el que no me lo adivine/ es un burro cabezón».

3. «Lo duro mete en lo blando/ y lo demás queda colgando».

4. «Tienen picos y no comen/ tienen ojos y no ven/ tienen hojas sin ser plantas/ y cortan, sin ser desdén».

5. «Una señorita muy enseñorada/ pasa por el agua/ y nunca está mojada».

Citadas por Carmen Galindo en El lenguaje se divierte (ISSSTE).

Respuestas: 1. Nombre: Elena, color: morado. 2. Aguacate (fruto llamada «palta» o «avocado» en otros países americanos). 3. Aunque despierte el morbo, la respuesta es blanca: el arete. 4. Las tijeras. 5. La Luna.