“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
Éstas, las primeras palabras de Cien años de soledad, están entre los inicios más conocidos de la literatura hispanoamericana. La muerte de su autor cala hondo y se suma a las dolorosas también de Juan Gelman y José Emilio Pacheco, este mismo 2014, que parece decidido a subrayarnos la orfandad. Y como Gelman y Pacheco, muere en México, tierra que ya no sabe cómo llorar a sus sombras.
A unas cuatro horas del anuncio de su derrota ante el cáncer, en redes sociales hay varios Trending Topics relacionados con él, entre ellos #GabrielGarciaMarquez, #GraciasGabo, #AdiosGabo, #DescansaEnPazGabo, #CienAñosdeSoledad y #Macondo, que suman al momento más de 400 mil menciones y lamentos. Apenas suficiente para su tamaño y así, sin acentos, como quizá le hubiera gustado.
PD Dicen que sus personajes están inconsolables, como todos.
9 p.m. Hotel Donají. Tehuantepec, Oaxaca. En la laptop, escribo a marchas forzadas en mi cuarto de hotel, terminando un texto que debo mandar a primera hora al D.F., para que entre en la revista de mayo. Mientras, en la plaza junto al hotel, una feria de pueblo atrae a tehuanos grandes y chicos. Música estridente y luces de colores prometen diversión en un pueblo en el que el tiempo es gelatinoso.
En un puesto, como hace un millón de años no oía, un merolico va guiando el juego tradicional de lotería a través de un altavoz. El eco me llega en el aire caliente de la noche: «La sirena… El venado… La dama que espera a su galán… El corazón…». Luego se da licencia e introduce una rima manoseada: «La rosa rumorosa y olorosa».
Imagino a los jugadores que, frijolitos o fichitas en mano, van llenando su cartón con figuras en el orden en el que el merolico «canta» cada una, porque las va sacando de un mazo de cartas. El primero que la complete y grite «lotería» gana la partida.
«El diablito… La luna que entra por tu ventana… La bandera tricolor… Camarón que se duerme se lo lleva la corriente…». Me parece de una ingenuidad hermosa.
Curiosa, no aguanto, de todas formas me cuesta concentrarme con el sonsonete de fondo. Interrumpo la escritura y voy a la plaza. Sobre largas bancas, unos 20 jugadores están atentos. Todos de vestimenta muy sencilla, hay parejas, una abuela con sus nietos, una mujer sola, alguna familia. Las fichas que ponen en cada casillero son granos de maíz, secos. Cuelgan del techo de lámina los premios que los concursantes pueden llevarse a casa: ollas de aluminio, sartenes relucientes, hasta un enorme bote de basura. Nadie se ríe, es un juego serio. Por diez pesos, si la suerte les ayuda, pueden ganar una olla de más de cien.
El cantador sigue sacando cartas y leyendo cada una: «El paraguas… El alacrán… El catrín». En eso, la abuela y sus nietos, concentrados en no perder detalle, ponen un grano de maíz y gritan: «Loteríaaaaa». Viene el cantador a verificar que sea verdad. La pequeña familia se ve contenta, expectante. Sí, ganaron, certifica el juez improvisado. Entonces pueden escoger su premio: eligen una olla, brillante, bonita. Se van felices, pisando la noche y con una felicidad tan redonda entre las manos, que me da cierta envidia. Ahí se queda su cartón y su maíz. «La sirena… El jarrito…».
Este #MiércolesDePoesía me encuentra en Tehuantepec, pueblo oaxaqueño encantador donde hunde sus raíces mi historia, por parte de padre y madre. Lo único que puedo compartir hoy son estos versos de la canción (himno) que aprendí de niña, sobre las rodillas de mi papá, mientras las tehuanas bailaban alrededor con sus vestidos hermosos: «Trópico cálido y bello/ Istmo de Tehuantepec,/ música de una marimba,/ maderas que cantan con voz de mujer».
«El pecado de este siglo es la pérdida del sentido del pecado», dijo Pío XII por ahí de 1950. Tengo que congratularme por ello. La mera palabra se liga a conceptos que me inquietan de entrada: el rechazo a la carne, la condena a priori de los deseos, la culpabilización del sexo. Si el erotismo como animalidad elevada de nivel, enriquecida, saboreada, es uno de los rasgos definitorios del ser humano, no puedo celebrar su satanización.
Este pasaje de Michel Onfray me resulta en especial iluminador en estos días: «[En la base de la religión hay] odio a la inteligencia -los monoteístas prefieren la obediencia y la sumisión-; odio a la vida, reforzado por una indefectible pasión tanatofílica; odio a este mundo, desvalorizado sin cesar con respecto de un más allá, único depositario de sentido, verdad, certidumbre y bienaventuranza posibles; odio al cuerpo corruptible, despreciado hasta en sus mínimos detalles, mientras que al alma eterna, inmortal y divina se le adjudican todas las cualidades y virtudes; por último, odio a las mujeres, al sexo libre y liberado en nombre del ángel, ese anticuerpo arquetípico común a las tres religiones [monoteístas]». –Tratado de ateología (Anagrama)
En fin, asumo que voy a contrapelo cuando digo que me parece una virtud borrar del diccionario el concepto «pecado» y sustituirlo por otros, mucho más interesantes: respeto, congruencia, bien común, solidaridad.
Leyendo a José de la Colina y su libro De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE), llego a un breve artículo sobre las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, imágenes de palabras que parecen sencillas pero son endiabladamente geniales, «fusión de metáfora y sonrisa». En otro momento hablaré más de esos chispazos de ingenio y poesía, creación del enorme español. Baste por hoy deslumbrarme con éstas:
«La araña es la zurcidora del aire».
«La memoria es un gusano de seda que sueña, despierta y muere».
«¡No somos los de los espejos, no somos los de los espejos! ¡Nos han engañado!».
«Lloran los gatos en la noche como si quisieran haber nacido niños en vez de gatos».
«¿Y si las hormigas fuesen los marcianos establecidos ya en la tierra?»
«Toda conversación se inicia con una mentira» -Adrienne Rich
Hurgando en una librería de viejo encuentro esta cita. Es epígrafe de un libro polvoriento. Cuántos derroteros abre, cuántos cuentos y novelas pueden basarse en ella: los que conversan saben que todo es mentira; sólo uno lo sabe y lo aprovecha a su favor; ninguno lo sabe, así que todos son víctimas de su ingenuidad; alguno lo sospecha y se dedica a confirmar el engaño del resto; el narrador omnisciente sabe que tarde o temprano se descubrirá la farsa… Increíble que una frase aparentemente inocua llene el día de posibilidades.
Según un artículo publicado hoy en The Guardian, el escritor John Steinbeck no encontraba título para su novela, cuyos 75 años de publicación se celebran estos días. Entonces su esposa, Carol, le propuso llamarla The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira), retomando una línea de la canción de guerra «The Battle Hymn of the Republic«. La novela que luego ganaría el Premio Pulitzer, del autor que años después recibiría el Nobel, tenía nombre. A partir de ese caso John Dugdale, autor de la nota, subraya la importancia de los «esposos literarios», es decir, parejas de creadores que influyeron de una u otra manera en la obra de plumas célebres. Entre los ejemplos que aporta están:
Frankenstein (1818) A principios del siglo XIX, los escritores británicos Percy Shelley y Lord Byron se retaron mutuamente a escribir historias de fantasmas. En el juego participó también Mary Shelley, niña-esposa del primero (se casó con él a los 18). A Percy le pareció tan bueno el personaje monstruoso creado por ella, que la empujó a convertir el cuento en una novela, que se volvió un suceso.
Sonetos del portugués(1850) Las cartas en verso que la poeta Elizabeth Barrett Browning le mandaba a su esposo, Robert Browning, eran eso, cartas privadas. Sin embargo, él la animó a publicarlas: fueron leídas como auténticos poemas de amor que afirmaron su prestigio literario.
Lolita (1955) Vera Nabokov impidió varias veces que Vladimir quemara su obra cumbre, mientras la estaba gestando. Según un biógrafo de Vera, el autor la encontraba demasiado escandalosa. Además, añado yo, la mujer pasaba en limpio las cuartillas del escritor, tanto que él decía: «La máquina de escribir no funciona sin Vera».
Carrie (1974) En su casa rodante, un muy joven Stephen King escribía el primer capítulo de su novela debut. Lo consideró tan malo que arrojó el manuscrito a la basura, de donde lo rescató su esposa, Tabitha. King siguió trabajando en él hasta crear Carrie.
Se me ocurren otros casos de parejas fundamentales, como el de Sonia Tolstoi (que a pesar de que León la maltrataba bestialmente, copiaba en limpio todo lo que él escribía y luego peleó por conservar su obra) y el de Carol Dunlop, pareja de Julio Cortázar y coautora de Los autonautas de la cosmopista. Añado otros dos:
Cien años de soledad (1967)
Durante los largos meses en los que Gabriel García Márquez escribía su ambiciosa primera novela, Mercedes conseguía dinero para comer, para papel y para los cigarros que el autor necesitaba. Se quedaron sin auto y ella incluso vendió los aparatos electrodomésticos… pero nació el portento del Boom latinoamericano.
Todos los nombres (1987) Pilar del Río era una periodista conocida en España. Luego de leer Memorial del convento, quedó tan tocada por la pluma de José Saramago que buscó conocerlo. Platicaron, se entendieron, empezaron a frecuentarse y se enamoraron, a pesar de los 28 años de diferencia entre ellos. No se separaron más, hasta la muerte de él. Ella se convirtió en traductora al español de toda la obra del Nobel portugués.
Que nadie se sorprenda. Ya lo dice la Biblia, esa gran obra literaria: «Mejores son dos que uno». Ante las inseguridades de escribir ayuda contar con la fe ciega de alguien querido.
“Contemplándose en la luna del armario, se apuñaló el pecho y cayó muerto. Pero como el puñal del reflejo no era concreto, el Narciso del espejo permaneció vivo y en pie” (Tren de historias, FCE).
Este cuentínimo de José de la Colina describe de cuerpo entero al ganador del Premio Xavier Villaurrutia 2013, anunciado esta semana y al que él llama “el Nobel de las letras mexicanas”: es un escritor de oficio, narrador que no se toma muy en serio, jugador fino de palabras. El premio le fue otorgado por el lúcido libro de ensayos De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE), donde conversa con algunos de sus autores preferidos y también con personajes literarios. Ahí se confiesa en una autoentrevista como un autor que ejerce su oficio “primero, porque me gusta escribir. Segundo, porque escribiendo me gano la vida. Y escribir me gusta aunque deba hacerlo de encargo, aun cuando se trate de un trabajo ‘alimenticio’, como llamaba don Luis Buñuel a los films que hacía ‘de encargo’”. Pero es modesto. No menciona que es cuentista muy prolífico (es fantástica su antología Traer a cuento), ensayista, traductor y periodista: fue secretario de redacción de la revista Vuelta y por más de 20 años dirigió el Semanario cultural del periódico Novedades. A propósito evita hablar de la importancia de su pluma para la literatura mexicana de las últimas cinco décadas.
El mismo día en que se dio a conocer que ganaba el Xavier Villaurrutia, De la Colina presentó su más reciente libro, Un arte de fantasmas (Textofilia), y tuve oportunidad de entrevistarlo. En sus páginas afirma que convive más con Marilyn Monroe, King Kong, Alfred Hitchcock y Nosferatu que “con la mayoría de mis vecinos y algunos de mis parientes más inmediatos». Es que a sus 80 años recién cumplidos, también es un apasionado total del cine. En Un arte de fantasmas ofrece una sabrosa recopilación de lecturas personales sobre personajes, actores y directores con los que conversa a diario. Justo por eso les llama fantasmas, porque aunque hayan muerto hablan, cantan, bailan en la sala de su departamento: gracias al cine “la muerte dejó de ser total”, dice.
La envidiable conversación que tuve con él es motivo de otro texto. Por el momento basta citar a Bárbara Jacobs, Vicente Leñero y Myriam Moscona, jurado del Premio Villaurrutia, quienes dijeron haberle dado el premio por su escritura que es “densa y transparente al mismo tiempo […] tiene la exquisitez de fluir en el goce de su malicia entre sus textos personalísimos de onda melancólica festiva. De la Colina no conversa en tono pedante y, pese a su erudición, jamás se jacta de ella”. Y sí. Tal cual.
(texto originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios dentro del sitio de la revista SoHo)
«Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias», dice la terrible Bernarda en La casa de Bernarda Alba, portento teatral de Federico García Lorca. Pues no, no son distintos. Aunque para los demás no existan, lo cierto es que se alegran, anhelan, abrazan y lloran igual que los demás. El fotógrafo británico Lee Jeffries lleva años captando a estos sin rostro, registrando la intimidad de su vida al borde del precipicio. Jeffries era fotógrafo de deportes hasta que un día vio a una chica que dormía en la calle, junto a un contenedor de comida. Al querer tomarle una foto, se despertó. Él dudó entre huir o pedir disculpas, pero optó por lo segundo. Empezaron a conversar y de esa plática nació la vocación de retratar a los habitantes de la calle.
Cada una de estas imágenes tiene una narrativa propia, detrás de cada mirada hay una historia que estremece. Me parece bellísimo que el artista los capte con respeto, sin dramatismo, como los seres humanos dignos que son. Estos son los invisibles.
De nuevo es #MiércolesDePoesía. Estos versos del español Luis García Montero iluminan la mañana al celebrar la interioridad, el deseo y la audacia que no salen en las noticias ni acaparan los titulares pero son capaces de cambiar la historia (la mía, al menos).
«Tus ojos
que están llenos de selvas y son un manifiesto,
desordenadamente
me hacen aventurero
y revolucionario».
PD Retomo este poema de la página de Facebook de A media voz, extraordinario sitio de poesía que extraño mucho visitar. Ojalá pronto vuelva a estar disponible, porque hace falta.
Voy a evitar el lugar común de llamarlo Gabo, con esa familiaridad que pretende que es mi amigo, aunque sus letras lo sean. De García Márquez, pues, dicen que está enfermo, que lo atienden en un nosocomio mexicano de una infección pulmonar. La noticia me hace pensar cómo vive su encierro hospitalario, qué imágenes le asedian en ese blanco monótono.
En El olor de la guayaba, libro de conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, contaba que las imágenes visuales le disparaba historias. Mencionaba que El coronel no tiene quien le escriba nació de la imagen de un hombre esperanzado que aguardaba un lancha y que «La siesta del martes» («que considero mi mejor cuento») lo disparó la visión de «una mujer y de una niña vestidas todas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto». Así, me intriga qué instantáneas podrían convertirse en novelas o cuentos si el escritor hoy tomara la pluma. ¿La mirada cómplice que intercambian dos médicos al salir de un cuarto? ¿El viejo que parece no esperar nada mientras espera? ¿Una enfermera de blanco que llora en un salón igualmente blanco?
Mientras me imagino cosas le pido quedito a la muerte, que este año ya golpeó mucho las letras hispanoamericanas, que se distraiga y lo deje un rato más por aquí.
Se están cumpliendo 100 años del nacimiento de Marguerite Duras, otra pluma soberbia nacida en 1914, como Cortázar, Paz, Bioy Casares, Thomas, Parra (habría que averiguar qué conjunción de astros se dio ese año, para saborear por anticipado cuando las estrellas se vuelvan a acomodar igual).
Rescato desde el título de esta entrada algunos pasajes de su novela no-tan-famosa Los caballitos de Tarquinia (Tusquets), en la que dos parejas pasan sus vacaciones en una playa italiana. La reflexión sobre el amor total, absoluto, permea los diálogos de los personajes, sumiéndolos en contradicciones e incongruencias, poniendo bajo la lupa su aburrimiento y su común deseo de tomar vacaciones del ser amado. Sobre todo, los lleva a concluir que es imposible que una relación sustituya la expectativa total del amor. Muy pocas plumas son capaces de iluminar así la profundidad del alma humana. Por eso la Duras es la Duras.
«[…] la verdad es que me gusta esa mujer, aun cuando la detesto. […] No deja nunca de gustarme, aun cuando sería capaz de estrangularla».
«El sufrimiento es como la felicidad, de vez en cuando hay que cambiar de sufrimiento, si no se vuelve uno viejo y tonto».
«Ningún amor del mundo puede ocupar el sitio del amor».
«Para el amor no hay vacaciones, no existen. El amor hay que vivirlo totalmente, con su aburrimiento y todo; para eso no hay vacaciones posibles».
Encuentro esto, que me define claramente: «La literatura es un lugar en el que llueve. He dedicado buena parte de mi vida a coleccionar chubascos literarios. No soy un profesor ni una eminencia, pero vivo entre libros y me gusta compartir hallazgos». -Juan Villoro, Conferencia sobre la lluvia (Almadía)
«Compartir hallazgos»: así concibo la parte más rica de la vida. De niña, mi héroe fue Sherlock Holmes, siempre buscando, siempre compartiendo lo encontrado. Al crecer conservé el placer de descubrir joyas literarias e invitar a otros a apropiárselas. Así nació también este blog, recuento de tesoros en libros y autores.
Es interesante leer la propia vida resumida en un par de líneas.
Este blog se ocupa de libros y autores. Sin embargo, de vez en cuando se asoma a esa otra forma de prosa oral que cotidianamente producen algunos políticos, artesanos de la palabra, maestros de la metáfora certera que elevan el humor involuntario a la categoría de literatura.
En México, muchos presidentes, gobers (preciosos y otros) además de candidatos han enriquecido la cantera del léxico nacional con expresiones que primero resultaron un escándalo y luego se fijaron en la memoria colectiva, de modo que se han vuelto patrimonio nacional. Hace unos días, un orondo personaje acuñó otra de esas joyas, lo que da motivo para celebrar el enriquecimiento del refranero y recordar algunas de las mejores muestras de folclor político-cómico-literario de los últimos 20 años.
1. «Ni los veo ni los oigo», Carlos Salinas de Gortari tras ser abucheado en el Congreso durante su informe de gobierno en 1994. Al único que sí parecía ver y oír era al Chupacabras.
2. «Comes y te vas», el entonces presidente Vicente Fox a Fidel Castro cuando, en un dechado de buenos modales, le pidió por teléfono no estropearle la Cumbre Monterrey (2002), a la que también asistía Bush. Es la versión moderna del “nomás la puntita”.
3. «¿Y yo por qué?», Fox cuando un grupo armado, contratado por Televisión Azteca, tomó las instalaciones del Canal 40. Al pedírsele que interviniera tuvo a bien formular esa frase extravagante, que si no nos hubiera dado risa nos habría hecho llorar a mares (2003).
4. «Cállate, chachalaca», Andrés Manuel López Obrador a Fox durante la contienda presidencial de 2006, cuando éste lo criticó por su propuesta de bajar el precio de los combustibles. Desde entonces, las chachalacas padecen un silencio depresivo.
5. “Haiga sido como haiga sido, ganamos”, un doctísimo e intachabilísimo Felipe Calderón en respuesta a las acusaciones de fraude en la elección federal en la que fue proclamado ganador, en 2006.
6. «Copelas o cuello», Zhenli Ye Gon, empresario de origen chino al que se le decomisaron 200 millones de dólares en efectivo y quien dijo que el dinero se lo había dado el PAN, para la campaña presidencial de 2006. Hace tiempo no se sabe de él, así que tal vez ya “cuello”.
7. «Qué pasó, mi gober precioso», el empresario textil Kamel Nacif al entonces gobernador de Puebla, Mario Marín, al felicitarlo por el encarcelamiento de la periodista Lydia Cacho, quien había acusado a ambos de pederastia y prostitución infantil (2009). Como se ve, el adjetivo precioso admite incontables lecturas.
8. «Estoy en la plenitud del pinche poder», Fidel Herrera, gobernador de Veracruz, en una conversación telefónica muy plena en la que hablaba de apoyar a los candidatos del PRI durante las elecciones estatales (2010).
9. «¿Tres libros que han marcado mi vida…?», el entonces candidato Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2011, cuando se enredó y se fue de bruces tratando de contestar la pregunta (dicen que ya se memorizó el título de uno).
10. “Es falso de toda falsedad”, Cuauhtémoc Gutiérrez Nájera, heredero del zar de la basura y hasta ayer líder del PRI en el D.F., a Carmen Aristegui, quien dio a conocer una investigación que lo inculpa de dirigir una red de prostitución desde las oficinas del partido. Es cierto de toda certidumbre que el tipo está hundido entre basura.
(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)
Se resiste, escurridiza. Mientras me siento a escribir la abrazo fuerte, le hablo al oído y cuando creo que ya la seduje a golpe de ternura (o al menos la cansé), alza los hombros, se revuelve, me mira altiva y se zafa. Vuelta a empezar, pero cada vez con mayor desesperanza.
No sé si me dejará terminar el poemario que estoy escribiendo, si lograré amaestrarla, sentirla mansa, convencida. Qué tentación usar un látigo, a ver si así se rinde.
Llega otro #MiércolesDePoesía y, con él, la posibilidad de sacar del cajón versos que contengan atmósferas y en los que resuenen ecos, como este suculento poema en prosa del mexicano Vicente Quirarte. Provecho.
«Cuando te tiendes desnuda y bocabajo, tu espalda me mira aunque tú duermas: tranquilo mar con su rebaño de islas que, a pesar de la poesía, bautizamos pecas. Nadie sabe que allí late un sueño no realizado de Dios: el ritmo de tus pechos, la última gota de sudor, el cabello vertido en las almohadas, como si, aun dormida, construyeras un mundo de nombre tan real como tu ropa que levanto en mi camino al baño. Más allá del deseo de besarte y confirmar en la caricia — inútilmente— mi pasión, siento el cansancio de Dios tras concebirte, esa fatiga que sólo es privilegio de quien ha ocupado el día de sur a norte, seguro de que mañana es una hoja en blanco invadida por palabras que, si antiguas, cobran nuevo sentido en cada acto». -Vicente Quirarte, «Cuerpo encarcelado», Bahía Magdalena.
El náufrago por excelencia, el solo entre los solos, un día se plantea preguntas cardinales como éstas en el nuevo poemario de Francisco Hernández, La isla de las breves ausencias (Almadía):
«Anoto en el obelisco con un pedazo de tiza:
‘¿Vale la pena seguir viviendo si no puedo escribir?
¿Vale la pena seguir escribiendo si no puedo vivir?'»
Yo, desde mi soledad acompañada, quisiera saber qué se contestó.
Esta historia enamora. Una abadía benedictina en Ebstorf, la Baja Sajonia, 1832: es descubierto un mapamundi medieval, quizá de 1234, aparente obra de monjas de la abadía o del cartógrafo Gervasio de Tilbury. Representa alegóricamente el cuerpo de Cristo, que abarca el orbe: la cabeza al norte, junto al Paraíso; las manos en los extremos este y oeste; las piernas, abajo y Jerusalén como el ombligo. Una inscripción dice ofrecer «indicaciones a los viajeros sobre las cosas que haya en su camino que causen más deleite a la vista».
Según lo describe Simon Garfield en su delicioso libro En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus), la obra de Ebstorf es una lección bíblica, que no se limita a lo que existe sino incluye lo que «debe» existir. Localiza el Edén, el Arca de Noé, el Vellocino de Oro y, en África, seres fantásticos: una raza sin boca (se comunica por señas), hombres de cuatro ojos y una tribu cuyos miembros tienen el labio superior tan elástico que lo estiran sobre su cabeza para ocultarse del sol, entre otras. La obra se conoce hoy sólo por foto. Fue destruida en 1943, en un bombardeo aliado.
Además de mi pasión por la Edad Media y mi embeleso por la pieza, me fascina la idea que la subyace: un mapa subjetivo, que contenga no sólo lo que hay sino lo que quieroque haya. O, a la inversa, ¿por qué sólo ha de existir lo cartografiado? Los habitantes del siglo XXI nos sentimos objetivos, pero construimos nuestras vidas justo así: a base de fantasía, de símbolos salvadores en los cruces de caminos y monstruos en las zonas peligrosas, mezcla alucinante de hechos e imaginación. Borges, siempre necesario, lo dijo mejor que nadie: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara” (Epílogo de El hacedor). Las monjas de Ebstorf lo intuyeron hace siglos.
Esta foto fantástica recibió el primer lugar en la categoría «Temas contemporáneos», del certamen de fotoperiodismo World Press Photo del año pasado. El fotógrafo es el estadounidense Micah Albert, radicado en California. En el basurero municipal afuera de Nairobi, Kenia, esta mujer que trata de rescatar algo de los restos urbanos se abstrae del mundo viendo libros (no sé si leyendo u hojeando, no lo especifica).
Me encanta. Quiero creer que la lectura le permite construirse un mundo alterno, mucho menos injusto y sórdido que el de su día a día. Si la literatura no sirve para nada más, sólo el hecho de brindarle a ella esa oportunidad da razón de ser a todos los libros que han sido publicados hasta hoy.
“Me voy a los extremos todo el tiempo. A veces te maldigo tanto que hasta rezo para que te vaya mal. Virgen Santísima, que le amputen un brazo a ese Hijo de La Chingada. Y otras estoy rezando para que me llames y me saques de aquí y nos vayamos a cualquier pinche nowhere a volvernos una feliz pareja de nobodies. Pero el resto del tiempo trato de no pensar en nada más que en mí”.
El estruendo de pasajes como éste retumbará el domingo en el festival de rock Vive Latino. Xavier Velasco va a jugar con música y pasajes de su novela Diablo guardián en un escenario armado a propósito dentro del Vive. La iniciativa se llama Rock & Libros y comprende lecturas musicalizadas y una miniferia del libro. Además de él participan Juan Villoro, Armando Vega-Gil, Pako Barrios “El Mastuerzo” y Mardonio Carballo, todos ellos publicados por Rhythm & Books, primera editorial invitada del Vive.
Ojalá Velasco incluya también este fragmento ácido del Diablo: «A mujeres como yo no las conoces; las contraes. Como los matrimonios y las enfermedades y las deudas» o este otro: “Mira, me duele aquí, entre el hígado, el corazón y el amor propio, ¿cómo no voy a pinche guacarear, si tengo putas náuseas en el alma?”. Muchos se los/nos quedaríamos rumiando.
(originalmente publicado en Deli(b)rios, mi blog de literatura dentro del sitio de la revista SoHo).
Llega el viernes pero no cualquiera, sino EL viernes cuando quien más me quiere regresa a vivir a México. Fueron dos años de una relación a distancia, macerada a fuerza de entusiasmo y compromiso, con ganas de cuestionar la lógica porque cuando nos veíamos sabíamos que sí, valía la pena cocinar esta locura.
Encontrando días al mes para coincidir en el D.F. o Buenos Aires pero también en Milán, Bogotá, Chiapas, Guatemala, San Luis Potosí o Cartagena de Indias, nos hundíamos en un adictivo coctel de amores y deseo. Así, en este viernes de fiesta más que ningún otro, termina una etapa e inicia otra, igualmente desafiante y rica. Kevin Johansen y Jorge Drexler me acompañan a celebrar con este tema delicioso que escribieron para mí, una declaración de amor que canto a voz en cuello. Salud…
«El que se quede sin dar el paso, no voy a ser yo./
Quien se canse de tus abrazos, no voy a ser yo./
No voy a ser yo, no voy a ser yo./
Tengo tiempo y tengo paciencia, y sobre todo/
Te quiero dentro de mi existencia de cualquier modo,/
Y aunque falte tal vez bastante, no voy a ser yo/
El que se canse antes, no voy a ser yo […]»
Esta semana, el dibujante Quino, padre de la fascinante Mafalda y compañía, recibió la Legión de Honor entregada por el gobierno francés. A propósito del reconocimiento dijo: “Yo quería ser Picasso, estoy contento del resultado con Mafalda, pero no del todo”. La postura canónica (y pedante) dice que una historieta está lejos un cuadro consagrado, que cómo compararlos. No coincido. Cada uno tiene su lugar y radio de influencia, merece sus aplausos. El arte culto no es más arte que el dibujo. Es decir, no es más destacado un cuadro que una ilustración, una escultura que un graffitti, un poema épico que un corrido. Por igual interpretan el mundo, lo traducen a un idioma personal y así tocan a otros.
Creo que el Picasso creador de Guernica suscribiría lo dicho por Quino. Cuando le preguntaron de qué hablaría hoy su célebre personaje respondió: “De la estupidez humana”. Tanto el pintor español como el dibujante argentino tejieron en torno a ella y qué bueno: necesitamos la voz de Picasso y la de Quino porque la estupidez abunda, a veces gana la partida, y hay que contrarrestarla por todos los frentes.
¿Cómo resumir en un soneto la sorpresa que genera otro cuerpo, el querido, el deseado? De esta deliciosa manera lo hace el poeta mexicañol Federico Patán, de quien se me llena la boca al decir que fue mi maestro en la UNAM. Así firma el #MiércolesDePoesía…
Misterio y asombro
«Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo erguido,
lado a lado enraizados en la vida,
arando el verde campo del sonido
donde en simiente el ansia se suicida.
Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo herido.
Tu cuerpo flecha que en el viento anida
un intento fugaz de ser hendido
por el ardiente vuelo de otra herida.
Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo espiga,
tu cuerpo sublunar, ya enriquecido
por la tierra fugaz que lo fatiga.
Tu cuerpo fruto que en perfil dorado
la tarde llena con olor de nido:
tu cuerpo misterioso y asombrado».
El suicidio de L’Wren Scott, diseñadora de moda y novia del Rolling Stone mayor, llamó la atención internacional en días pasados. Su caso genera morbo, tanto por su relación con Jagger como por sumar otra famosa que se quita la vida. Pero más allá de ello, sin duda interesa por ser una historia humana: hace pensar qué la empujó a matarse, qué pasó por su mente el último día.
En otro orden de ideas, hoy en los portales de diarios mundiales se lee qué pasó con el avión malasio, en qué va el lío de faldas de François Hollande y si Pistorius en efecto mató a su novia por celos. Es decir, historias de personas. En los periódicos de México sucede otro tanto: destaca el aniversario del asesinato del candidato presidencial Colosio (con sus muchas aristas), la familia de Tamaulipas que busca un corazón para salvar la vida de su bebé, la agresión al policía en Jalisco. Son noticias que tienen ángulos políticos, criminales, sociales pero, sobre todo, en las que hay personas detrás. Lo conecto con esta cita: «Para que el suceso más trivial se convierta en aventura es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente: el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que sucede, y trata de vivir su vida como si la contara», dice Diego Erlan que dice Antoine Roquentin (revista Ñ, 8 febrero 2014).
Somos seres de historias, nos caminan bajo la piel, a partir de ellas entendemos el mundo y conectamos con los demás. Por eso la literatura y el periodismo resultan esenciales: permiten atisbar en lo que pasa con otros, similares a nos-otros.