
Traigo esta historia rondando en la cabeza. Quiero entenderla, absorberla. Me parece poderosa para conectar con otros, para recordar que «soy humana y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno», parafraseando a Terencio:
«En India, un hombre quiere liberarse de las emociones negativas: ira, pereza, orgullo y, sobre todo, miedo. Lucha y lucha pero no lo logra. Su maestro lo envía a meditar a una cabaña apartada, donde comienza su práctica. Al llegar la noche, enciende velas y continúa meditando. Cerca de medianoche oye un ruido. Abre los ojos y ve una gran serpiente suspendida del techo, mirándolo. El resto de la noche la observa, congelado de ansiedad. Sólo están él, la serpiente y su miedo.
Antes del amanecer se apaga la última vela y él empieza a llorar, no de miedo sino de ternura. Siente la fragilidad de todos los seres humanos. Entonces acepta, de corazón, que es iracundo, que se resiste y lucha, que tiene miedo. También reconoce que es un ser precioso más allá de toda medida: sabio y tonto, rico y pobre, insondable. Está tan agradecido que se levanta en la oscuridad, camina hacia la serpiente y le hace una reverencia. Luego se acuesta y se queda dormido. Al despertar, la serpiente ya no está.
Siempre queremos disminuir el miedo, edulcorarlo, distraernos. Nadie nos dice que nos acerquemos, nos familiaricemos con él, porque encierra las verdades más profundas». -Pema Chödrön, Cuando todo se derrumba (Gaia Ediciones)