La güeva sirve para muchas cosas, se acomoda a múltiples contextos y es la mejor excusa para evitarnos hacer lo indeseado tanto en la oficina (aunque ahí se disfrace de «exceso de trabajo») como con la familia, los amigos o la pareja. Como buena mexicana, eso lo tengo claro desde siempre. Lo que sí me resultó innovador en este texto de Pepe Rojo publicado por NitroPress fue el carácter filosófico profundo de la güeva, ese que nos hace entender que como el destino humano es siempre desear algo más, da lo mismo que liguemos ahora o después, salgamos esta noche o mañana, comamos ahorita o al rato. Aquí va:
Lost in Translation: «Yucatán» en realidad significa «No te entiendo»

Encuentro esta anécdota interesante en ese cofre del tesoro que es el libro de Simon Garfield, En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus). Ya lo he citado en varias ocasiones y ahí voy de nuevo porque cada tanto regreso a él. Y que luego alguien me diga que las etimologías son aburridas:
«En 1519, cuando se disponía a desembarcar en México, [Hernán] Cortés invitó a varios nativos a su barco para conversar a bordo y preguntarles el nombre del lugar cuyo oro se disponía a saquear. Uno respondió: ‘Ma c‘ubah than’, lo que Cortés y sus hombres entendieron como Yucatán, y así lo pusieron en el mapa. Justo cuatrocientos cincuenta años después, expertos en dialectos mayas estudiaron la historia (que, en cualquier caso, puede que sea apócrifa) y descubrieron que ‘Ma c‘ubah than’ en realidad significa ‘No te entiendo'».
No sé si la historia sea cierta. Lo que no dudo es que es hermosa y divertida.
Dedicado con cariño a «la otra»
Ana María Rodas es una poeta guatemalteca contemporánea, que descubrí el año pasado en esa tierra por recomendación de un librero. Su sabroso erotismo ha estado de visita varias veces por el blog y hoy enriquece el #MiércolesDePoesía con este poema breve, que contiene una granada.
Cuando se prende a tu boca/
cuando te lame el sexo/
ella/
encuentra/
mis besos.//
El fin de los mitos y los sueños, en Poemas de la izquierda erótica. Trilogía (Piedra Santa Editorial)
Da click aquí para leer un poema sorprendente de Rodas
Da click aquí para ir a su texto «En vez de semen, palabras»
Da click aquí para leer la entrada sobre Rodas: «Iluminación a dos cuerpos»
Aquí no tenemos estaciones
Encuentro esta reflexión de Javier Martínez Staines, además de creativa, dolorosamente cierta.
A veces quisiera que las estaciones del año se presentaran en estas tierras. Que primavera, verano, otoño e invierno tuviesen algún significado. Pero aquí donde vivo, en el altiplano, entre el Trópico de Cáncer y el Ecuador, sólo hay dos variaciones climáticas en el año: la sequía y las lluvias. Aunque cada vez se extiende más la temporada de aguas, en realidad el clima es más o menos parejo en todas las temporadas: algo de calor en el día, algo de frío en las noches.
Para quienes viven al norte, estas líneas serán una blasfemia, porque dirán que no tengo idea de lo que es transitar por días de nieve que se extienden durante meses, con amaneceres discretos y atardeceder constantes. Que los del norte quieren emigrar a donde el clima no es motivo de conversación, más allá de las lluvias tropicales torrenciales que dominan el escenario supuestamente veraniego.
No…
Ver la entrada original 219 palabras más
Mexicanos, a dar «el grito»
Hoy se celebra en México otro aniversario del inicio de la guerra de independencia. Eso se traduce en la mexicanísima pachanga (fiesta excesiva), con mariachis, comida típica, alcohol, gritos, cohetes y escándalo para «dar el grito» que recuerda el inicio de la lucha. Hasta ahí todo bien, pero rascándole un poco se ve que en realidad es también la manifestación explosiva de qué tristes y cerrados solemos vivir los mexicanos, qué aguantadores (como aplaude el secretario de Hacienda), qué agachados y jodidos.
Octavio Paz lo describió así: «Un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo […] Durante esos días, el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola en el aire. Descarga su alma […] Si en la vida diaria nos ocultamos a nosotros mismos, en el remolino de la Fiesta nos disparamos. Más que abrirnos, nos desgarramos. Todo termina en alarido y desgarradura: el canto, el amor, la amistad. La violencia de nuestros festejos muestra hasta qué punto nuestro hermetismo nos cierra las vías de comunicación con el mundo». (El laberinto de la soledad, FCE)
Esta noche vamos, pues, a desgarrarnos. Luego, daremos «el grito».
La batalla de Benedetti + Viglietti

(Da click arriba para oír la canción)
De no haber fallecido en 2009, el escritor uruguayo Mario Benedetti cumpliría hoy 94 años. Aprovecho la excusa para pedirle que en su propia voz comparta algunos versos que dejó en un disco estremecedor, A dos voces (1985), registro de una serie de conciertos que ofreció en varios países con el también uruguayo Daniel Viglietti, cantautor.
Entre 1978 y 1985, ambos artistas entretejieron música y verso, en un coctel de lo mejor del arte latinoamericano que alza la voz contra la tortura y la infamia. Conocí el disco en 2007, en un concierto de Viglietti en México, donde cantó temas del mismo. Aquí abajo, el poema «Esa batalla», que aparece en la segunda parte de este track. La pregunta final quedó (y sigue hoy) dolorosamente abierta.
¿Cómo compaginar/
la aniquiladora/
idea de la muerte/
con ese incontenible/
afán de vida?//
¿cómo acoplar el horror/
ante la nada que vendrá/
con la invasora alegría/
del amor provisional/
y verdadero?//
¿cómo desactivar la lápida con el sembradío?//
¿la guadaña/
con el clavel?//
¿será que el hombre es eso?/
¿esa batalla?//
Da click aquí para ir al video del concierto completo.
Da click aquí para leer una nota sobre Benedetti y las ausencias.
Da click aquí para enterarte por qué pusieron La tregua entre las novedades de una librería.
Da click aquí para leer las instrucciones de Benedetti para su entierro.
Alberto Chimal, escritor sin complejos
El pueblo de los siddopa (literalmente, «Los Que Recordamos») vive escribiendo lo que sucede a su alrededor, con el fin de que las lecciones de la historia puedan ser realmente aprendidas. Registran «cada palabra pronunciada, cada emoción, cada movimiento de sus cuerpos, cada color de la mañana y cada aroma de la noche». Lo cuenta el escritor mexicano Alberto Chimal en el muy rico Gente del mundo (Ediciones Era), respuesta lúdica a las Ciudades invisibles de Italo Calvino y en la línea de las minificciones de Borges. A través de textos breves, el autor de Toluca hace un catálogo de civilizaciones imaginarias desaparecidas (¿o por venir?), cada una de las cuales se caracteriza por gestos cargados de fuerza simbólica.
Según cuenta el propio autor, una primera versión del libro se publicó en 1996 y ahora presenta ésta, definitiva y embellecida, que también incluye la breve descripción de ilustraciones «perdidas», que el lector debe imaginar. Además del pueblo escribano con el que abre esta entrada, en el libro se mencionan muchos otros: los que buscan hablar la lengua que entiende cada órgano del cuerpo, para sanarlo; los que llenan las ciudades con sus muertos; los que se sientan en un lugar y no vuelven jamás a levantarse, abandonándose a la vida; los que viven siempre en estado de trance.
En este país, donde todo el mundo se siente menos, muchos escritores sólo atinan a plagiar (perdón, admirar pasivamente) a las grandes plumas. Chimal las lee, las procesa y crea una nueva propuesta a partir de sus planteamientos, una que dialoga sin complejos con aquellas. Mientras sigo leyendo sobre los siddopa, me encanta que se tome el riesgo y no se empequeñezca: «Su escritura, increíblemente rica y compleja, tiene signos para todas las cosas imaginables y muchas de las inimaginables […] Los siddopa sólo tienen prohibido consignar el acto mismo de escribir. Se cree que buscan evitar la tentación del infinito».
La maldita Margarita de Bioy Casares
Por su culpa me desperté una madrugada empapada en sudor, con el corazón a tope. No, no había tenido un sueño cachondo, sino uno de terror: imaginaba que era yo quien encontraba a la dulce niña de «Margarita o el poder de la farmacopea», de Adolfo Bioy Casares. Después de leerlo me había quedado dormida y la criatura decidió visitarme en forma de pesadilla. Aunque en general no soy impresionable (Allan Poe adornó muchas noches de mi adolescencia y dormí como si tuviera la conciencia tranquila), el final de este cuento me sacudió.
(Mano a mano, tango)
—A vos todo te sale bien.
El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:
—No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.
—El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho —contestaba.
—Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
(originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios dentro del sitio web de la revista SoHo)
Aquí cabe el mar

«¿Cómo pueden meter todo el mar en una fotografía?», se pregunta el escritor Pablo Raphael (no sé dónde lo dice, porque encuentro la cita en una vieja libreta y fue lo único que anoté).
Yo también me pregunto cómo le hacen. Y cómo puede ser que aprieten el bosque entero en aquella foto, las pirámides en otra y, en última instancia, quepa el planeta entero en una imagen tomada en el espacio. ¿Cómo meten sus millones de personas, casas, ovejas y abejas, lagos y bicicletas? Parece cosa de ciencia ficción.
Él, que no resistió la tentación

Constantino Cavafis, poeta para más señas, es amigo de hace tiempo. Sus versos me acompañaron durante la universidad y ahora regreso a ellos para iluminar este #MiércolesDePoesía con la breve estampa de uno que, como todos y como el propio Cavafis, encontraba difícil vivir peleado con la carne. La traducción no me fascina pero a través de ella el poema se sostiene.
Jura
«Jura a cada poco/
empezar un vida mejor./
Pero cuando llega la noche,/
con sus sugerencias,/
con sus ofrecimientos/
y promesas;/
pero cuando llega la noche/
con su fuerza/
al mismo goce fatal de su cuerpo,/
que ansía y busca, vuelve perdido».
C.P. Cavafis, Poesía completa (Trad. Pedro Bádenas de la Peña), Alianza Tres, 1982
Lo que Graham Greene escribió sobre mí

«En la infancia todos los libros contienen presagios, nos señalan el futuro, y como la adivinadora que en las cartas vislumbra un largo viaje o el peligro de morir ahogados, los libros influyen en nuestro destino».
Hoy, este blog cumple tres años y con esas palabras del escritor Graham Greene reafirma su vocación libresca, porque los libros y las piezas que los forman, las palabras, son el motivo de ser de todo lo que aquí ocurre. Al final, este espacio no es más que el cuaderno de notas de aquella niña muy lectora que se subía a «su» árbol con un libro y bajaba diferente, marcada.
Muchas gracias por tres años de compañía y conversación.
Lo que el artista se imagina en la cama

A veces ni en la cama es posible dejar la vocación de lado, como apunta este cartón del humorista mexicano Kemchs. Se me ocurre pensar también en las metáforas que el escritor imagina, los acordes que inventa el músico y los colores que crea en su mente el pintor, mientras cada uno se afana con el cuerpo.
Es mi necesaria dosis de humor para arrancar la semana. A darle en este #LunesDeMonos.
Los orificios de los escritores y otras joyas
Leo en un blog: «Me interesa conocer más sobre los orificios de los escritores, lo que nadie sabe de ellos». La aseveración me hace imaginar a un respetado autor en postura incómoda, exponiendo sus partes innobles al enguantado autor del blog. Repaso la frase y me doy cuenta de que en realidad dice: «Me interesa conocer sobre los oficios de los escritores, lo que nadie sabe de ellos». Ambas posibilidades suenan bien, para qué negarlo.
Esta semana, mientras entrevistaba a Martín Caparrós, leo mal una cita de su libro, en voz alta, como parte de una pregunta. En vez de decir «Los obesos son los malnutridos —los más pobres— del mundo más o menos rico» digo «Los obsesos son los malnutridos». Caparrós se ríe y, cuando me hace notar el equívoco, también yo, pero concluimos que aplican las dos lecturas: los obesos como obsesos, los obsesos siendo obesos.
En una junta de trabajo, luego de que una colega atractiva propone una línea de acción, un ejecutivo tieso y engolado responde «te secundo». Yo entiendo, por un instante, «te fecundo» y lo visualizo jadeando encima de ella, preocupado porque alguno de sus millones de muchachos por fin logren el milagro de la concepción («para eso es el sexo, para tener hijitos, ¿qué no?»).
Pienso que lo que llamo comúnmente lapsus es, en realidad, mi mente que me hace el favor de expandir el mundo para mí.
Si secuestran a este autor, lo regresan de inmediato
«La vida sexual del hombre se divide en dos fases: la primera, en la que eyacula demasiado pronto, y la segunda, en la que ya no se le pone dura». Si fuera cierto este fragmento de La posibilidad de una isla (Alfaguara), del francés Michel Houellebecq, bastaría para justificar la desaparición del planeta de esa mitad ya inútil de la especie. Como tengo pruebas de que en algunos casos no es verdad, guardo esperanza, mientras pienso que los personajes de las dos novelas que he leído de Houellebecq me caen mal, tan mal como él mismo, siempre haciendo gala de este tipo de sentencias provocadoras y deprimentes, muchas veces misántropas, siempre misóginas, pero en todos los casos muy bien escritas. Ahora me da gusto enterarme de que el escritor está a punto de ser secuestrado.
Bueno, no él, sino un alter ego tan parecido que tiene su cara, lleva su nombre y también es novelista. Este es el argumento de la nueva película francesa de título pasmosamente imaginativo: El secuestro de Michel Houellebecq. Aún sin fecha de estreno en México, se trata de un falso documental en el que el autor se representa a sí mismo y se ríe de su propio personaje, obsesivo, negrísimo, el mismo que lo ha hecho famoso más allá de su obra y que con talento natural le hace la vida imposible a sus captores. Es decir que el escritor que acaba de declarar que empieza a estar viejo para hacer novelas, ahora será estrella de cine en la versión fílmica de aquel refrán: «Eres tan pesado que si te llegan a secuestrar, te regresan al día siguiente».
Lo peor es que estoy segura de que cuando la estrenen, por puro morbo la voy a ver.
Aquí, el tráiler de la película
(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)
México en una canción
10 p.m. Teatro de la Ciudad, México, D.F. Desde el escenario suena la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. Junto a José Areán, el director, está Jaime López, voz emblemática del rock mexicano. Se trata de una colaboración sui generis para celebrar los 45 años del Metro, que el 3 de septiembre de 1969 empezó a correr por la capital del país.
Vine invitada por el propio Jaime, amigo querido, que ahora mismo canta el tema «Voy en el metro», del genialísimo cronista urbano Chava Flores. En las paredes del hermoso teatro se abrazan las voces de violines, chelos, flautas y el tono rasposo del rockero. Encuentro interesante que una institución gubernamental celebre de este modo arriesgado, con un juego a cuatro bandas, coronado por el humor: el metro, López que interviene la orquesta y se apropia la letra estupenda de Chava Flores. Es la pluralidad de México en una canción. Qué joya.
«Adiós, mi linda Tacuba, bella tierra tan risueña.
Ya me voy de tu Legaria, tu Marina y tu Pensil.
Ya me voy, me lleva el metro por un peso hasta Taxqueña.
Si en dos horas no regreso guárdame una tumba aquí.
Al bajar a los andenes escuché esta cantaleta:
‘Al mirar llegar los trenes no se aviente para entrar.
Si en 17 segundos no ha podido, ni se meta
Ni se baje la banqueta, que se puede rostizar’.
Voy en el metro.
¡Qué grandote, rapidote, qué limpiote!
¡Qué diferencia del camión
De mi compadre Jilemón que va al panteón!
Aquí no admiten guajolotes, tamarindos, zopilotes,
Ni huacales con elotes ni costales con carbón».
Da click aquí para oír la canción, interpretada por Óscar Chávez
Nicanor Parra y sus 100 años de antipoesía
Este viernes (5 de septiembre, para despistados), el poeta chileno Nicanor Parra cumple 100 años.
Creador de la antipoesía, propuesta en reacción a la poesía «de traje y corbata», creó una obra sellada por el humor y la ruptura de paradigmas. Ahí están, por ejemplo, sus Discursos de sobremesa, es decir, poemas convertidos en material de un orador, o discursos políticos construidos a partir de versos o algo por el estilo. Nada me apetece más este #MiércolesDePoesía, pues, que compartir un breve poema suyo, incluido en el libro Obra gruesa (1969) y que espero pique la curiosidad de leer más de él:
Consultorio sentimental
«Caballero de buena voluntad/
Apto para trabajos personales/
Ofrécese para cuidar señorita de noche/
Gratis/
sin compromisos de ninguna especie/
A condición de que sea realmente de noche.//
Seriedad absoluta./
Disposición a contraer matrimonio/
Siempre que la señorita sepa mover las caderas».
De camino a entrevistar a Caparrós
En dos horas voy a estar sentada frente a Martín Caparrós, autor argentino que desde hace tiempo me ha seducido con el ángulo humano y honesto de sus crónicas. Platicaré con él sobre El hambre, su libro más reciente, un demoledor volumen que permite asomarse a las historias y complejidades de ese fenómeno mundial que provoca que cada cinco segundos muera en el planeta un chico… con un hueco literal en el estómago.
Mientras desayuno me resuenan en la cabeza estas palabras de un niño indio, cuando el autor le preguntó qué es lo que más le gusta comer: «A mí no me gusta comer esto o lo otro; a mí lo que me gusta es comer. Yo soy pobre, no puedo pensar en comer algo en particular. Yo como lo que puedo. Lo que me gusta es poder comer, que mi familia pueda». No hay manera de que la fruta me sepa bien. Le preguntaré a Caparrós si es normal.
La vergüenza de tener un hijo feo

Me atrevo a adaptar a mis fines literarios este cartón del notable Alberto Montt porque no traiciono el sentido último del mismo: él, humorista gráfico, se enfrenta diario al papel en blanco que espera un cartón, una viñeta. Yo, que escribo por vocación y porque no puedo evitarlo, tengo el reto cotidiano de vaciar en palabras lo que me sorprende, me duele, me emociona.
Con las distancias que confiere el genio que mueve sus manos, cada uno conoce desde su trinchera la frustración que genera la obra fallida, el hijo feo ya presentado en sociedad, el vástago tonto que uno no sabe cómo defender. Avergüenza porque uno siempre cree que podía haber tenido descendientes más guapos y capaces, si sólo…
Ante la desgracia ocurrida, sólo cabe esperar que el tiempo diluya el mal recuerdo. En eso estoy. #LunesDeMonos.
Un beso de esos de darse las gracias

(da click en el enlace para oír la canción)
Llega el fin de semana y, con él, las ganas de relajarse, soltar el cuerpo. Esta canción del español Toni Zenet (sólo sé su nombre, no aparece información en Internet) es perfecta para ese propósito. Celebra los besos que hacen salir el sol. Salud.
Los dos se encontraron en el mismo cuento,/
los dos se encontraron justo en el momento,/
fue un beso de esos que bajan la guardia,/
fue un beso de esos de darse las gracias,/
un beso de esos, de esos que valen/
por toda la química de la farmacia.//
Los dos intuyeron, sus ojos cerrados,/
sus bocas pegadas, cercaron su aliento,/
fue un beso de esos que cumplen un sueño,/
un beso de esos que son el primero.
Me desordeno, amor, me desordeno

Ayer quise retomar la sanísima costumbre de los #MiércolesDePoesía, pero me fue imposible. Tuve que hablar del libro de Martín Caparros, El hambre, porque su crudeza no me dejó opción, de modo que por esta vez celebraré el #JuevesDePoesía. Para ello invito a la poeta cubana Carilda Oliver Labra, nacida en 1924 y que con este poema resume la exquisita confusión del deseo.
Me desordeno, amor, me desordeno/
cuando voy en tu boca, demorada;/
y casi sin por qué, casi por nada,/
te toco con la punta de mi seno.//
Te toco con la punta de mi seno/
y con mi soledad desamparada;/
y acaso sin estar enamorada;/
me desordeno, amor, me desordeno.//
Y mi suerte de fruta respetada/
arde en tu mano lúbrica y turbada/
como una mal promesa de veneno;//
y aunque quiero besarte arrodillada,/
cuando voy en tu boca, demorada,/
me desordeno, amor, me desordeno.
«Iba a ser mi hija por mucho tiempo»

Con la lucidez que da el dolor, una madre india narra así la muerte de Jaya, su pequeña que no cumplía dos años: «Era mi hija, iba a ser mi hija por mucho tiempo y de pronto no estaba más». Lo cuenta Martín Caparrós en ese terrible dolor que es su libro El hambre (Planeta), terrible pero necesario para asomarnos a la punzante realidad diaria de 800 millones de niños y adultos: irse a dormir sin apenas haber probado alimento en el día. Ni el día anterior. Ni el anterior. Y así por toda la vida.
La mujer, de nombre Sadadi, habla con el escritor en la clínica móvil de un pueblo remoto de India, adonde ahora trajo a su otra hija, Amida, muy flaca y que empezó «a lloriquear como sin ganas». Dice que a Jaya le pasó lo mismo, «que un día empezó a adelgazar, pero que ella no se preocupó. Que habían pasado unos días difíciles, en que casi no conseguían comida, y todos en la familia estaban igual, pensó Sadadi. Solo que Jaya lloriqueaba bajito, se movía cada vez menos, se apagaba; aquella noche, Sadadi se pasó horas acunándola, humedeciéndole los labios, calmándola. La nena se murió cuando empezaba a amanecer».
Cuando uno tiene hijos, se imagina que van a ser suyos por mucho tiempo, por siempre. Nunca le pasa por la cabeza que un día ya no estén. Y menos por no tener algo para darles de comer. Pregunta Caparrós y me pregunto: «¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?»
Julio Cortázar meets Humphrey Bogart

1967. Jardines de la UNESCO, París. La joven fotógrafa Sara Facio dispara su cámara sobre Cortázar. Entre las imágenes que capta se incluye ésta, de la que el escritor señala: «Quiero que sea mi foto oficial. Me gustaría que esa foto algún día estuviera en la tapa de un libro mío». Su deseo se cumple tiempo después.
«¿No tengo algo de Humphrey Bogart?». Es el siguiente año, otra vez París. Las calles están llovidas y el autor lleva la gabardina anudada en la cintura. Facio de nuevo saca su cámara, pero antes de la primera toma él se levanta el cuello del impermeable y deja que el cigarro le cuelgue de la boca, como muerto. Sí, tanto como la del año previo, la pose tiene sello bogartiano. Más que bogartiano habría que decir sello blaineano, de Rick Blaine, el personaje que el actor interpretó en Casablanca, cinta de 1943 considerada entre las mejores de la historia del cine y que volvió icónica su imagen. Poner a Cortázar junto a Bogart/Blaine vuelve inequívoca la referencia. Los pone a dialogar.


Me da por pensar que quizá sí, que tal vez compartieron pedacitos de alma además del cigarro, la gabardina y la época (el norteamericano nació en 1899; el argentino, en 1914). A partir de la pregunta «¿No tengo algo de Humphrey Bogart?» me entretengo buscando coincidencias entre ambos. Resulta este pequeño ejercicio paralelo en homenaje.
Hedonistas
Tanto Rick como Julio viven envueltos en una nube de tabaco. El dueño del bar más famoso de Casablanca fuma en la mayor parte de la cinta, mientras existen infinidad de fotos del escritor argentino aspirando un cigarro, un habano o una pipa. Además, los cigarros Gauloises perfuman su literatura, como el capítulo 93 de Rayuela, donde los personajes encienden uno nuevo con la colilla («el pucho») del anterior.
Como complemento feliz del tabaco, Blaine y Cortázar son profanos amantes del alcohol, alejados de todo puritanismo. Me recuerdan aquello de Oscar Wilde: «Un cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Resulta exquisito y te deja siempre insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir?”. Creo que Blaine y Cortázar responderían a coro: «Nada más. O sí. Una copa».
Jazzeros
«As Time Goes By» es, por supuesto, EL tema musical de Casablanca, el que da cadencia a la historia de los protagonistas, Rick e Ilsa: fija su último día juntos en París, los vuelve a acercar en Marruecos y sella su romance imposible cuando un avión los separa para siempre. El mismo «As Time Goes By» que suena en el bar de Blaine es un tema original de 1931 y que «nadie en el mundo puede tocar igual que Sam», según afirma Ilsa. Ese clásico del jazz americano es uno de los soundtracks más poderosos del cine universal y, evidentemente, la melodía más entrañable para Rick.
Por su parte, la pasión vibrante de Cortázar por la música lo llevó a confesar temerariamente a su editor, Paco Porrúa: «A medida que perfecciono mi técnica de la trompeta, más me gusta la música y menos la literatura» (citado en Cortázar de la A a la Z, Alfaguara). De chico aprendió piano y, más tarde, trompeta, instrumento que disfrutó hasta su muerte. Era además un gran melómano y en especial amaba el jazz, ritmo que incorporó en su obra: no sólo Rayuela está empapada de improvisaciones y alusiones jazzísticas, sino que El perseguidor se teje en torno a la figura del eterno Charlie Parker.
Lúdicos
En Casablanca, Rick Blaine se esconde entre palabras no tanto para comunicar y sí para jugar con su interlocutor, como en este diálogo con el capitán Renault (traducciones mías):
Renault: —¿Qué carambas te trajo a Casablanca?
Blaine: —Mi salud. Vine a Casablanca por las aguas.
Renault: —¿Aguas? ¿Qué aguas? Estamos en el desierto.
Blaine: —Estaba mal informado.
O cuando una deseante Yvonne le pregunta: «¿Dónde estabas anoche?» y él responde: «Hace tanto, que no me acuerdo». «¿Te veré esta noche?». «Nunca hago planes con tanta anticipación». Malabarista consumado de palabras, Rick juega todo el tiempo.
De Cortázar es conocida su actitud lúdica, la del «niño para tantas cosas» que privilegió el juego en el título y la estructura de su Rayuela, que evitó ser un escritor grave y a cambio estiró el lenguaje como chicle divertido. En La vuelta al día en ochenta mundos asegura con palabras de Man Ray: «Si pudiéramos desterrar la palabra serio de nuestro vocabulario, muchas cosas se arreglarían» y más adelante se apasiona: «Creen que la seriedad tiene que ser solemne o no ser; como si Cervantes hubiera sido solemne, carajo».
Existen más puntos de contacto entre Rick Blaine y Julio Cortázar. Por ejemplo, el primero es un personaje de ficción pero más verosímil que muchos que respiran, mientras el segundo es personaje de la vida real aunque empapada de ficción y fantasía. Además, cada uno en su trinchera combatió el totalitarismo: Rick, el fascismo en Etiopía y en la Guerra Civil Española, el nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial; Cortázar, la dictadura argentina, además de apoyar tanto la Revolución cubana como la Revolución sandinista, utopías creíbles en su momento.
Ahora mismo me los imagino en el Rick’s Café Américain de Casablanca, ambos de gabardina con el cuello alzado, el cigarro entre los labios, tomando una copa y hablando de jazz. Quizá alguno de los dos hubiera dicho: «Este puede ser el inicio de una gran amistad».
El escritor que leía cinco libros por semana

Los pasatiempos de un autor que respeto me generan una enorme curiosidad, porque más allá de ser una forma de «entretenimiento», resultan claves cifradas a lo que distingue su pluma. El narrador Truman Capote, muerto hace exactamente 30 años el día de hoy, dijo en entrevista a The Paris Review (1957) que lo que prefería hacer en su tiempo libre era: conversar, leer, viajar y escribir, en ese orden.
No me sorprende que fuera obsesivo, que en sus propias palabras creía leer «demasiado» y tenía una pasión especial por los periódicos (afirmaba devorar cada día «todos» los diarios de Nueva York, más las ediciones dominicales y algunas revistas), además de «unos cinco libros a la semana». No sé si lo de los cinco libros sea literal, me quedo con el mensaje de fondo: leer sin tregua.
Él, como tantos otros autores, leía mucho más de lo que escribía. Es una ecuación que intento no olvidar si quiero lograr algo digno con mi escritura.
Lo que los periódicos dicen de mí
http://manuel-monroy.com/portfolio/el-horoscopo-secular/
¿Y si las noticias que publicaron los periódicos el día en que yo nací fueran una profecía de mi vida? ¿Sería posible que revelaran aspectos de mi destino? Arthur Koestler, escritor de origen húngaro, se lo preguntó. Hizo el ejercicio de cotejo y lo encontró certero, con lo que planteó su idea del Horóscopo Secular. «Tal vez el astrólogo de la Edad Media, con su sombrero negro y su manto dorado de seda, leía el futuro mucho mejor que los políticos y psiquiatras de hoy», dijo. Me dispara la imaginación saber qué revelan sobre mi futuro los diarios que guarda la hemeroteca.
Aquella hipótesis es recuperada en este hermoso video de minuto y medio. Lo ilustró el muy notable diseñador mexicano Manuel Monroy y la idea es del escritor José Gordon, como parte de la Serie Imaginantes. Mi sugerente regalo de domingo.
El no-sexo y su círculo vicioso

Con este cartón que las mujeres entendemos bien, la humorista argentina Maitena Burundarena da en el clavo. Creo que si viviéramos más desde y para nosotras mismas, no tan pendientes del espejo, empezaríamos a resolver de fondo estas contradicciones (y resultaríamos más atractivas para ellos). #Monos.










