
Aquí estoy, de regreso de los confines de la geografía turca, esa tierra cargada de historia, al mismo tiempo europea y asiática, portento de seducción sensorial.
Cuesta explicar lo que me pasa por dentro, lo sensible que traigo la piel después de lo vivido junto a quien más me quiere. Vengo olorosa a especias, a cúrcuma y azafrán, con el regusto del espeso yogurt turco, tratando de no olvidar ese dulcísimo té de manzana y la delicia de su baklava, dulce de nuez y pistache. Tengo los ojos desbordados por esa tierra de cuento, por su cielo «increíblemente delicado» según dijo el preciso Gautier, por las ruidosas calles estambulitas que dan al Bósforo, llenas de vendedores ambulantes de jugo de granada y mujeres vestidas de negro y cubierto el rostro por la violenta burka. Vengo seducida por la imposible Santa Sofía, fusión de iglesia bizantina y mezquita musulmana, resumen visual de esa Constantinopla-Estambul que presume haber sido eje de tres imperios, pero también regreso alucinada por las piedras lunares de Capadocia, por las terrazas de roca blanca de Pamukkale, por las impresionantes ruinas de Éfeso. Aún oigo la voz del muezzin llamando a la oración por los altavoces de cada mezquita, la sonoridad de esa lengua en algo cercana al árabe pero rota por estallidos de «ks» y «ch». Mis dedos guardan la sensación de los muchos kilims, la perfección de la cerámica de Iznik, la aspereza de las murallas derruidas de Bizancio. Y, como el mejor marco de cada instante, el abrazo de quien más me quiere, su mano en mi hombro, la caricia en mi mejilla. No puedo pensar en un privilegio mayor, porque no existe.
Gracias, amigos, por esperarme. Iré desgranando instantáneas de esto para lo que no encuentro nombre.





























