
El autor argentino-español presentó en México su antología de cuentos El fin de la lectura y en entrevista habló sobre las nefastas consecuencias de la eternidad, sobre lo que le haría a Juliette Binoche y sobre su pasatiempo favorito: la autoironía.
Por Julia Santibáñez
Martes, 7:30 p.m. Librería El Péndulo. Colonia Roma. Juan Villoro, David Miklos y Neuman hablan sobre éste, el libro número 17 del ganador del Premio Alfaguara de Novela 2009. Cuentista, novelista y poeta nacido en Argentina y radicado en España, Neuman ahora presenta 25 cuentos bien logrados. Ante unos 100 asistentes oye hablar a sus colegas, se divierte con la lucidez de Villoro, toma notas. Tiene la mirada no perdida, sino encontrada. Luego contesta preguntas del público. Hijo de su siglo, se especializa en cuento breve y en microformas minuciosas como el aforismo y el haikú, pero también se explaya al hablar: ágil, se mueve bien entre palabras. Ante no-sé-qué-pregunta alaba la masturbación. Tiene al público en la bolsa.
Día siguiente, 5:00 p.m. Librería Rosario Castellanos. Colonia Condesa. Ariana, eficaz publirrelacionista de Editorial Almadía, comenta que Neuman lleva desde temprano dando entrevistas. Estará cansado. Le propongo un juego: le leo frases dichas por escritores aquí y allá, luego él reacciona ante ellas. Acepta.
Efraín Huerta: «Soy indisciplinado. Casi nunca corrijo, así que seré siempre un incompleto. Además, me falta Sofía Loren».
Comparto la utopía de tener entre mis manos a Sofía Loren. Quién fuera Marcelo Mastroianni. Marcelo, ¡te odio! ¡Estás muerto y te lo mereces!… Sin embargo, no puedo estar de acuerdo en no corregir. Para mí, escribir es reescribir, mi tercera idea es más compleja que la inicial. Y en cuanto a qué famosa me hace falta, digo que Juliette Binoche. Me suicidaría delante de ella para que dijera: «este idiota se está matando por mí” y reparara fugazmente en mi persona. Es perfecta, un poco oblicua. Cuanto más la miras más te gusta. No es la top model impresionante que has visto antes. Nadie se parece a Juliette, tiene los párpados medio caídos. No sé si está a punto de parpadear, de quedarse dormida o de tener un orgasmo, pero algo interesante le está pasando. Debe ser muy mala persona, porque de lo contrario no debería existir.
Juan Villoro: «La gente se divide entre los que se secan con el lado áspero de la toalla (los hombres de acción, los triunfadores) y los que lo hacen con el lado suave (situados en la imaginación más que en la realidad)».
Por supuesto que me seco con el lado suave, ¡qué necesidad de rasparse! Y si la toalla es gruesa, mejor todavía. No soy nada Clint Eastwood, el macho. No, por favor, a mí denme una toalla suave, no tengo complejo al respecto.
Fabio Morábito: «Algunas personas que me quieren mucho me ubican en una prisión cariñosa. Me dan unas ganas locas de rebelarme, liberarme de esa adoración carcelaria».
Yo adoro a Morábito, es de mis escritores favoritos. Como cuentista y como poeta es grande, así que nunca me decepciona. Y, hablando de mí, mi pasatiempo favorito es la autoironía: jamás he podido tomarme en serio actitudes de idolatría. Me producen una risa genuina, me hacen pensar: «si supieras cómo soy, no habría admiración posible». Tengo tan presentes mis torpezas que no me genera conflicto la adoración por alguien como yo.
Juan Forn: “El escritor es un tipo que se divierte tanto en una fiesta que se va de la fiesta para escribir sobre ella”.
Es una gran verdad, muestra en qué consiste el placer para quien ama leer y escribir. Creo que hacemos ambas por iguales razones, es decir, en el fondo son lo mismo: quien padece el virus de la literatura no disfruta sin narración. Al escribir o leer te plantas dos veces en la realidad: estás en la fiesta y además lees o cuentas sobre ella, pero el resto del mundo cree que te la pierdes. Los asistentes a esa fiesta imaginaria pensarán: «qué aburrido, se ha ido temprano en vez de tomarse el enésimo mezcal» y no saben que el tipo se ha ido eufórico a contar que bebió mezcal. Es otra forma de ebriedad.
Álvaro Enrigue: “Creo que la ginebra da clarividencia”.
El hígado de mi amigo Álvaro tiene más experiencia que yo en estas lides, lo digo con todo cariño. Me he empezado a aficionar a la ginebra, pero ahora en México le estoy entrando al mezcal. Hay tantas variedades que me pierdo, no termino de cursar el doctorado que demanda. He probado cuatro o cinco tipos y me quedan como 700. Prometo aplicarme y regresar cada seis meses a México, para en cinco años opinar sobre el mezcal.
Gabriel García Márquez: “Lo único malo de la muerte es que es para siempre. Lo demás, todo es manejable”.
Claro, no puedo verla de otra manera. Sin embargo, qué deprimente sería la eternidad: si fuéramos eternos no cogeríamos, no beberíamos mezcal ni escribiríamos. Alguien eterno tiene todo el tiempo para aburrirse, porque el placer viene de la conciencia mortal: tratamos de gozar lo que quizá sea la última vez. Sin esa claridad no habría amor ni arte ni nada. En cambio, la resurrección es un negocio bueno. Sabes que vas a morir pero vuelves a empezar: «recuerdo que antes de ser panadero fui samurai» o algo redundante como: «antes de ser narco y, ahora, diputado…».
Adolfo Bioy Casares: “Cuando era muy joven pensaba en suicidarme porque me parecía elegante. Además, tres tíos míos se suicidaron”.
Este tema me repercute de forma familiar porque mi abuelo se suicidó como el personaje del cuento «La bañera», incluido en El fin de la lectura. Aunque lo respeto y me parece un acto libre sobre la propia vida, nunca he tenido esa tentación. Me parece que no es un tipo de libertad que quiera ejercer pero, claro, basta que lo señale para que la vida me dé una razón para contemplarla pasado mañana…
Ernesto Sabato: “No me gusta ser escritor. Preferiría tener un pequeño taller mecánico en un barrio desconocido”.
¿Y por qué no lo hizo? ¿Por qué no fue mecánico, en vez de quejarse durante 50 años? Sabato es un escritor pesadísimo, el arquetipo del intelectual malhumorado. El «Informe sobre ciegos» de Sobre héroes y tumbas es extraordinario, un pasaje de prosa altísima. Mis respetos para quien fue capaz de escribir eso. Por lo demás, sus ensayos me parecen poco interesantes y, a él como autor, lo veo en una perpetua pose atormentada. Sabato tuvo una postura bastante confusa durante la dictadura argentina y luego se dio el lujo de ser la voz de la conciencia nacional. Me parece una figura oscura.
¿Qué te hubiera gustado hacer de no dedicarte a escribir?
Futbolista, lo digo con impotencia. De niño deseaba ser poeta y goleador de Boca Juniors, me parecía lo que una persona decente debía ser, pero una lesión me apartó de jugar: caí mal y me dañé ambas rótulas. Ningún futbolista ha conseguido semejante estupidez, así que estoy muy orgulloso de eso, es lo más original que aporté al futbol. En realidad, las rodillas me hicieron un favor, porque así me dediqué a la literatura: a esta edad sería un mal futbolista jubilado, mientras que ahora puedo ser un mal escritor en activo.
Andrés Neuman: «La masturbación activa la circulación y alimenta la imaginación».
Bueno, dicen que implica un gran riego sanguíneo… y trae a colación algo que me interesa: el duelo. El sociólogo Geoffrey Gorer dice que la represión ejercida antes contra el deseo sexual pasó a ejercerse contra el duelo. La mojigatería sólo cambió de objeto a someter: se enfocaba en el deseo sexual y hoy, que es imposible no visibilizarlo, se concentra en el miedo a la muerte. Ambas cosas, masturbarse y llorar por el ausente, se realizan a solas y con más o menos culpa. Conozco escritores que cuando tienen un bloqueo creativo se masturban. Así que no sólo estimula la circulación y la imaginación, además es una fantástica convocatoria de las musas, aunque éstas sean las manos…
6 p.m. Neuman se despide afectuoso y se va a dar más entrevistas. Mañana toma un vuelo a Brasil. Desbordado en entusiasmos y palabras, me recuerda una frase de su cuento “Principio y fin del léxico”: “Era desmesuradamente feliz sintiendo que tenía todo el lenguaje por delante”. A nadie le queda mejor que a él mismo.
(Publicado en revista SoHo México, enero 2014)