Lo vas a disfrutar aunque no seas niña

 

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«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio» (sustituye a tu madre por tu jefe).

Por muchos años, los libros para niños incluían aburridísimos consejos sobre cómo ser buenos y dóciles, obedientes, respetuosos con los mayores sólo porque lo son. Así fueron educadas generaciones de mansos y bienpensantes. En cambio, Consejos para niñas pequeñas es un breve volumen políticamente incorrecto que dice lo que todos quieren (queremos) oír: acata los caprichos de tus padres mientras no te harten demasiado, finge que obedeces para tranquilizar a tu mamá y luego haz lo que se te antoje, se vale ponerle mala cara a tu maestra si la ocasión lo amerita. Qué joya.

Divertido e inteligente, fue publicado en 1867 por Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer. No me imagino cómo habrá sido recibido en un contexto de gente decente, pero se antoja hacerlo lectura obligatoria en las escuelas para ir en contra sentido de la buena educación que estandariza e impide pensar (y contra la cual Twain recomendaba «desaprender»). Es más, sus consejos harían mucho bien en oficinas y empresas donde suele enseñarse la mansedumbre, el servilismo. Además esta nueva edición de Sexto Piso, ilustrada por el artista Vladimir Radunsky, es preciosa. A lo mejor se convierte en tu libro de cabecera.

(Entrada originalmente publicada en mi Blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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Cristo y Alá se dan la mano en Santa Sofía (Crónicas desde Turquía 10)

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Foto: Oziel Fontecha

La Divina Sabiduría, Haghia Sofia (en griego), Sancta Sophia (en latín), Aya Sofya (en turco): estoy parada frente a la majestuosa catedral convertida en mezquita, que resume siglo y medio de historia. Mis décadas de querer conocerla terminan hoy.

Fue sitio de fe desde el año 360, pero la catedral actual fue terminada por Justiniano en 537, en la entonces capital del Imperio Romano de Oriente: por casi un milenio habría de ser la mayor iglesia de la cristiandad. Luego, cuando en 1453 el sultán Mehmet conquistó Constantinopla y la rebautizó como Estambul, Santa Sofía fue transformada en mezquita imperial. Los mosaicos de Cristo, la Virgen y los ángeles fueron cubiertos con cal, se añadieron minaretes y se construyó el Mihrab, nicho que indica la dirección a La Meca.

Pasaron casi 500 años antes de que en 1935 Atatürk, fundador de la República de Turquía, decidiera convertirla en museo. Hasta hoy continúan los trabajos de recuperación de los mosaicos cristianos (andamios cubren un muro), mientras se conservan los símbolos musulmanes. Ello hace posible ver lado a lado una imagen de la Virgen y medallones que anuncian los nombres de Alá, ángeles cristianos junto a versos del Corán, todo abrazado por la luz que entra por los altos ventanales. Ese sincretismo resulta esperanzador, así sea artificial. Además, la belleza tanto del arte bizantino como del musulmán hacen que la emoción no quepa en el cuerpo. Es un privilegio este lugar, cargado de energía desde hace siglos, en el centro de una ciudad imantada por todos los dioses.

Con esta entrada me despido de Turquía, de un viaje que me llevó a los rincones de mí misma de la mano de quien más me quiere, que se grabó en mi mente y dejó algo de mí en suelo turco. Teşekkür. Gracias.

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

 

El emperador Constantino ofrece la ciudad de Constantinopla a la Virgen y al Niño, mientras el emperador Justiniano les entrega Santa Sofía. Foto: Julia Santibáñez
El emperador Constantino ofrece la ciudad de Constantinopla a la Virgen y al Niño, mientras el emperador Justiniano les entrega Santa Sofía. Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Macondo y Comala se asoman en Estambul (Crónicas desde Turquía 9)

Foto: Julia Santibáñez
Así esperan lectores El Aleph, Vivir para contarla y Ensayo sobre la ceguera. Foto: Julia Santibáñez

Entro a una librería en la zona de Beyoglu, centro de Estambul. Busco literatura turca en inglés, pero apenas hay unos títulos para turistas. No encuentro ninguna biografía de Atatürk, nada sobre la «Revolución del alfabeto» que impulsó ese visionario. También quisiera algo de poesía y alguna novela. Nada.

El librero me oye decir algo en español y pregunta de dónde soy. Al responder «México» casi grita: «¡Rulfo! ¡Uan Prekiado!». En su pobre inglés pregunta cómo se pronuncia el nombre del protagonista de Pedro Páramo y con cierta pena corrijo: «Juan Preciado». Cuenta que es su novela favorita, que la ha leído varias veces y se las ingenia para comunicar su hipótesis de que Comala influyó en el Macondo de Cien años de soledad, porque se publicó más de 10 años antes. Macondo y Comala se me aparecen a la mitad de Turquía.

Dice llamarse Mahsum y lamenta no tener en ese momento en la librería Hür Basımevi, la edición en turco de Pedro Páramo, pero me presume a Latinoamérica en su tienda: Cien años de soledad y Vivir para contarla de García Márquez, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El Aleph de Borges, más un libro sobre Frida Kahlo. Es un gran lector, lástima que nos comunicamos con dificultad. Le pido me recomiende autores turcos que deba buscar, además de Orhan Pamuk. Me escribe una larga lista con nombres que desconozco, entre ellos Latife Tekin, Ece Ayhan y Nazim Hikmet. Al fin me despido de él como de un amigo con quien tengo amistades en común. Cómo no.

Muero por saber qué tanto le platican Aureliano Buendía y Juan Preciado cuando están solos.

Cien años de soledad. Foto: Julia Santibáñez
Cien años de soledad. Foto: Julia Santibáñez

El Dios en el que puedo creer (Crónicas desde Turquía 8)

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Aquí sentada, viendo a los derviches danzantes, se me mueve la fe como no me imaginé jamás. El suyo es un ritual de la rama sufí, es decir, la corriente mística, filosófica y poética del Islam, en la que los creyentes se acercan a Dios a partir de un baile de vueltas interminables que los lleva a una suerte de éxtasis. Mientras gira al ritmo de la música, cada danzante eleva su mano derecha al cielo para recibir las bendiciones divinas, mientras la izquierda se dirige a la tierra, para compartir las dádivas. Dicho así suena sencillo, pero tiene mucho fondo.

El principio sobre el que se basa esta ceremonia, llamada Mevlevi Sema e inspirada en el poeta Rumí, es que la esencia misma de la vida es girar: los electrones dan vueltas en el átomo, las flores rotan para buscar el sol, el ser humano nace de la tierra y vuelve a ella en un movimiento circular, la sangre hace un periplo en el cuerpo, la Tierra se mueve alrededor del Sol. Es decir, la naturaleza es un círculo perfecto de lo micro a lo macro. Desde hace 800 años, los derviches giróvagos participan de este significado cósmico y representan la ascensión espiritual del alma a través del amor.

En este Dios sí podría creer, éste que alienta el baile y el amor en un ritual de música y poesía. Claro que sí.

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Foto: Julia Santibáñez

Mi viaje en globo con un poco de Borges (Crónicas desde Turquía 7)

Capadocia, Turquía. 4:30 am. Un camioncito nos recoge en el hotel para llevarnos a un viaje en globo, experiencia que no debemos perdernos según todos los indicios. Tengo sueño y las alturas me dan miedo, pero estoy emocionada. Será mi primera experiencia y me tranquiliza la mano de quien más me quiere.

Por fin llegamos al valle de donde despegaremos. Unos chicos habilidosos llenan el globo de aire caliente. Los 15 turistas que somos nos subimos a la canastilla y allá vamos: empezamos a elevarnos suave, muy poco a poco. El piloto alimenta a cada rato el globo con más aire caliente y lo dirige con una facilidad total. Primero siento un poco de miedo, luego el paisaje me absorbe. La belleza de la escena es como de cuento: mientras amanece, al menos un centenar de globos flotan ligeros sobre montañas irreales. Difícil describir un espectáculo tan fantástico.

En algún punto recuerdo lo que Borges dijo cuando viajó en globo: «He pronunciado la palabra felicidad; creo que es la más adecuada». No tengo duda.

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

 

Capadocia, ventana a otro planeta (Crónicas desde Turquía 6)

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Vuelo de una hora hacia el este de Estambul para aterrizar en el aeropuerto de Nevşehir. Luego, media hora en taxi para llegar a Göreme (pronúnciese «Guréme», con «u» breve como a la francesa), donde nos hospedaremos en un hotel entre las cuevas de roca típicas de esta región turca: Capadocia, en Anatolia central. Aquí han dejado su huella innumerables civilizaciones: asirios, hititas, mongoles, persas, sirios, kurdos, armenios, eslavos, griegos, romanos y turcos.

Aventamos las maletas para salir a caminar, con un calor de 35 grados. El pueblo no tiene mayor atractivo, lo interesante está en la tierra de geografía inesperada, seca y de formaciones rocosas alucinantes. Por cualquier parte asoman montañas de piedra volcánica que semejan una tela muy arrugada, cuevas naturales en la roca, valles de piedras que uno juraría enormes falos erectos y que los lugareños llaman, con humor, The Valley of Love. Caminando llegamos a Görkündere, valle igualmente hermoso donde nos recibe un hombre de piel seca pero sonrisa inmensa, que nos trata de seducir a comprarle té mientras repite «organic, organic, organic». Nos sentamos en su modestísima tienda. Se llama Fazli, nos comunicamos con camaradería y buena fe. Mientras tomamos té amargo y dátiles, el hombre que es todo sonrisas nos regala una piedra que dice ser ónix y un frasquito que parece de azafrán. Su edad me intriga, así que en una hoja escribimos nuestros nombres junto al número que corresponde a nuestra edad. Luego escribimos «Fazli» y lo señalamos a él. Entiende el juego y escribe «68». El sol agobiante ha cobrado cuota en su piel. Le compramos varias cosas y nos despedimos con abrazos y un beso en cada mejilla. Qué personaje más querible.

Tras una hora caminando y casi deshidratados llegamos al Museo al Aire Libre de Göreme, donde se estableció un monasterio bizantino primitivo. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, desde el siglo IV fue refugio de cristianos perseguidos, que en el siglo XI aprovecharon el descubrimiento de que esta piedra es muy suave cuando se moja: así cavaron una miniciudad subterránea con iglesias, dormitorios, comedor y cementerio. Los frescos se conservan relativamente bien y son espectaculares en la llamada Iglesia Oscura. No es posible tomar fotos de ellos, pero traigo los ojos llenos de sus imágenes y comparto una tomada de fotoaleph.com, para dar una idea.

Regresamos al hotel en taxi, fundidos por el calor. Cenamos en una terraza con vista al pueblo y una botella de vino capadocio nos arropa para dormir en éste, un universo paralelo.

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
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Con el entrañable Fazli. Foto: Oziel Fontecha
Con el entrañable Fazli. Foto: Oziel Fontecha
Foto: fotoaleph.com
Interior de la Iglesia Oscura. Foto: fotoaleph.com
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Fascinación por un grifo (Crónicas desde Turquía 5)

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Leo en Orhan Pamuk, Estambul. Ciudad y recuerdos (DeBolsillo), que a lo largo del siglo XX los periódicos locales solían publicar cartas de la ciudad. Se trataba de consejos, llamadas de atención y comentarios sobre temas urbanos. Como ejemplo va éste, de 1929: «El que los vendedores de garbanzos tostados y turrón acepten de los niños trozos de plomo en lugar de dinero no sólo incita a los niños al hurto, sino que además está dando lugar a que se roben trozos de todas las fuentes de Estambul, a que se arranquen grifos, a que desaparezcan poco a poco las láminas de plomo que recubren las cúpulas de mausoleos y mezquitas».

Me imagino que los grifos a los que se refiere son los de las bellísimas llaves públicas donde, como en todo país musulmán, los creyentes realizan la necesaria ablución o Wudu: se lavan boca, cara, brazos y pies antes de los cinco rezos del día. Se trata de un ritual complejo, que empieza diciendo «Bismilláh» (en el nombre de Alá), sigue con la limpieza del cuerpo mientras se recitan versos coránicos y termina con este rezo: «Atestiguo que no hay Dios más que Allah, único e inasociable. Y atestiguo que Muhammad es su profeta, siervo y mensajero. ¡Oh Dios! Cuéntame entre los arrepentidos y los purificados». 

Estas llaves de agua que hay en cada esquina y a la entrada de las mezquitas obligan a fotografiarlas. Son bellas, muchas veces decoradas con la tradicional cerámica azul de la región de Iznik y siempre recubiertas de caligrafía que imagino versos del Corán. Me fascina la multiplicidad de sentidos que puede tener un grifo: para los niños, manera de obtener turrón gratis; para el fiel, intermediario indispensable para acercarse a Dios; para mí, visión estética que me permite asomarme a otro mundo.

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Soy totalmente analfabeta (Crónicas desde Turquía 4)

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Es muy poco lo que puedo captar del idioma turco, apenas las palabras cuya escritura es similar al español: dijital, veteriner, fabrika, interneti, gargara, lavabo. Luego descubro que incluye muchos términos del francés, aunque escritos como suenan: por ejemplo, el toilette francés aquí es tuvaletcoiffure se convierte en kuäför, chic en Şik y champagne en Şampanya (la Ş se pronuncia sh). Me parece simpática la adaptación de voces relativas a temas glamorosos. Como siempre, la admiración de un pueblo por otro se plasma en su lengua: durante años, los turcos aspiraron asemejarse a la cultura francesa, de manera que tomaron sus términos «elegantes» y los hicieron propios.

El turco es una lengua uraloaltaica, lo que la emparenta con el finés, el húngaro y el lapón. Durante el Imperio Otomano se escribió con alfabeto árabe, pero con la fundación de la República de Turquía por Mustafá Kemal (Atatürk), en 1928 vino la llamada Revolución del alfabeto, que adaptó la lengua a los caracteres romanos. No he encontrado un diccionario, así que la barrera del lenguaje no sólo me imposibilita la comprensión de los letreros de una tienda, un periódico, el menú de la comida y hasta los destinos del tren, sino también me impide el placer de conversar con los taxistas, cantera de sabiduría local. Son poquísimos los choferes que hablan inglés pero hoy estoy de suerte: Fatih, nuestro conductor, se expresa con decoro, así que lo bombardeo con preguntas. Quiero saber las horas de los rezos de hoy, cómo comen ellos la especie de chile (ají) que adorna muchos platillos, desde qué edad las mujeres usan burka, cómo se pronuncia la letra ç. Y aquí me desarma con una respuesta: «No se complique, el turco se pronuncia tal como se escribe, sin más». Vaya, haberlo sabido antes…

Cuando por fin compro un diccionario descubro que eso no resuelve el conflicto: ni así entiendo esto escrito en un monumento. Claro, al ser una lengua aglutinante, el turco puede concentrar en una sola palabra prefijos, infijos y sufijos, lo vuelve casi imposible encontrar en el diccionario una palabra según su orden alfabético.

Lo analfabeta no me lo quita nadie. Auch.

Mujer tras una burka (Crónicas desde Turquía 3)

 

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Me impresiona su imagen, tan sombra. La había visto en Londres, pero más bien como excepción. Aquí en Estambul parece la norma con su manto negrísimo que cubre cabello, cabeza y cuerpo, incluido el rostro. Apenas queda una línea libre para los ojos y a veces ni eso: los cubre una especie de malla. Los sentidos, por tanto, se ven sofocados. Oye y huele entre los algodones del velo, el cuerpo está apagado para el aire, el sol o la caricia espontánea, para comer levanta la burka con una mano e introduce el bocado con la otra. Me pregunto qué vida lleva en su uniforme oscuro, cómo es su manera de estar en el mundo.

La misma no-visibilidad se replica en el ámbito religioso. En las mezquitas que visité, al frente cerca del Mihrab (nicho que indica la dirección de La Meca, hacia donde se reza y que en alguna medida correspondería al altar cristiano) está la zona de oración de los hombres. Luego viene un pasillo ancho para el tránsito y los turistas. Al fondo, tras una celosía de madera, el breve espacio para ella. En las calles se la ve siempre con otras mujeres y a veces hombres, nunca sola. Debe estarle prohibido. Además leo en un periódico la declaración reciente del Viceprimer ministro, Bülent Arinç: la mujer no debe reírse en público ni ser «invitadora» en sus actitudes, sino cuidar «la castidad».

No lo entiendo y me esfuerzo por no leerla con lentes occidentales. Quizá lo que para mí es discriminación en su mundo sea superioridad, hecho incuestionable o hasta fuente de poder callado. Puede ser.

Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez

Té sabor melancolía en Estambul (Crónicas desde Turquía 2)

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Foto: Julia Santibáñez

En la tarde holgazana camino las calles adoquinadas del centro de Estambul. A lo lejos se adivina el Bósforo, ese río que parece mar y que de un lado tiene a Europa y del otro, a Asia. Cómo no considerarlo ombligo del mundo. A mi lado, letreros incomprensibles refuerzan la sensación de extranjería, que en el fondo me gusta. La lengua turca es por completo ajena a las que conozco, escrita con símbolos distintos y llena de diéresis, a veces varios como en «Müdürlügü» (que significa «dirección»).

Frente a un puesto de tés a granel, quien más me quiere y yo nos detenemos a tomar una taza de té de frutas. Es una delicia total. Mientras, recuerdo que según Orhan Pamuk en Estambul. Ciudad y recuerdos (DeBolsillo), las calles de la ciudad «[respiran] opresión, pobreza y amargura», fruto del dolor por la caída del imperio otomano, en 1918. No puedo decir que perciba amargura, pero sí melancolía. Todo remite a esa época de esplendor, en especial los principales sitios turísticos, desde Santa Sofía pasando por la Mezquita Azul y el Palacio de Topkapi, ecos de capital imperial. A ratos parece que el cuello se tuerce de tanto mirar ese ayer desmesurado. Sin embargo, este té de melancolía acompañado de dulces típicos me asienta en el hoy de esta ciudad dual.

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Foto: Julia Santibáñez

 

Seducción sensorial en lengua turca (Crónicas desde Turquía 1)

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Foto: Julia Santibáñez

Aquí estoy, de regreso de los confines de la geografía turca, esa tierra cargada de historia, al mismo tiempo europea y asiática, portento de seducción sensorial.

Cuesta explicar lo que me pasa por dentro, lo sensible que traigo la piel después de lo vivido junto a quien más me quiere. Vengo olorosa a especias, a cúrcuma y azafrán, con el regusto del espeso yogurt turco, tratando de no olvidar ese dulcísimo té de manzana y la delicia de su baklava, dulce de nuez y pistache. Tengo los ojos desbordados por esa tierra de cuento, por su cielo «increíblemente delicado» según dijo el preciso Gautier, por las ruidosas calles estambulitas que dan al Bósforo, llenas de vendedores ambulantes de jugo de granada y mujeres vestidas de negro y cubierto el rostro por la violenta burka. Vengo seducida por la imposible Santa Sofía, fusión de iglesia bizantina y mezquita musulmana, resumen visual de esa Constantinopla-Estambul que presume haber sido eje de tres imperios, pero también regreso alucinada por las piedras lunares de Capadocia, por las terrazas de roca blanca de Pamukkale, por las impresionantes ruinas de Éfeso. Aún oigo la voz del muezzin llamando a la oración por los altavoces de cada mezquita, la sonoridad de esa lengua en algo cercana al árabe pero rota por estallidos de «ks» y «ch». Mis dedos guardan la sensación de los muchos kilims, la perfección de la cerámica de Iznik, la aspereza de las murallas derruidas de Bizancio. Y, como el mejor marco de cada instante, el abrazo de quien más me quiere, su mano en mi hombro, la caricia en mi mejilla. No puedo pensar en un privilegio mayor, porque no existe.

Gracias, amigos, por esperarme. Iré desgranando instantáneas de esto para lo que no encuentro nombre.

«El escritor no puede ir por el carril central de la carretera»: Fabio Morábito

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Fabio Morábito es autor de cuatro libros de poesía, tres de cuento, dos de prosa, uno de ensayo y dos novelas. Doce en total. Con ese bagaje, algo sabe sobre el oficio de escribir. Su pluma, rica en matices, ha creado un grupo fiel de seguidores en México y el extranjero (yo, entre ellos). Esta vez conversamos sobre su nuevo título, El idioma materno, publicado por Sexto Piso, compilación de textos breves sobre libros y el vicio de tomar la pluma. Estos cinco extractos son continuación de la plática que inició aquí.

1. Empezar imitando. Si alguien quiere escribir de forma más o menos seria sólo necesita papel y lápiz. Ésa es una ventaja, a diferencia de quien busca pintar o hacer cine. Además, claro, debe tener una mínima costumbre de lector, no concibo autores que no lean. Uno siempre empieza imitando las plumas que lo impresionan.

2. Transgresión. Hoy se abusa de esa palabra para definir el supuesto aporte de un artista: si transgrede, vale; si no, es un pobre idiota. El concepto se ha banalizado. Creo en apostar por la normalidad: si lo eres de verdad, ahí está tu transgresión. Paz decía que no hay autores más importantes que otros. Claro, Shakespeare es mejor que Vargas Llosa, pero Vargas Llosa subraya aspectos de la vida que nadie más ha destacado. Las plumas extraordinarias rozan muchas fibras, pero el resto toca alguna que los demás ignoran. Esa particularidad es la que te hace escritor. Y te vuelve imprescindible.

3. El lector. No creo en esos autores que dicen escribir sólo para sí o para dialogar con la posteridad. Quien se sienta a hacer un texto siempre está preguntándose para quién lo hace, aunque cuando lo tiene demasiado claro puede resultar dañino. Funciona mejor cuando el lector es una especie de entelequia brumosa.

4. Ignorar gozosamente. Desconozco algunos aspectos de mi historia familiar donde sospecho turbiedades, pero sin una cierta ignorancia feliz, uno no escribiría. En El idioma materno hay un texto que me gusta en especial, porque fue un descubrimiento. Se llama “Carril de acotamiento” y plantea que si quieres escribir no puedes ir por el centro de la carretera, tienes que deslizarte al borde. Es decir, el autor que busca expresarse genuinamente se equivoca: al tomar la pluma uno se pone una máscara y asume que los textos no lo reflejan, acepta ese personaje creado. Y si uno quiere conocerse, vale más dedicarse a otra cosa. El escritor es el ser que menos se conoce, con tantas palabras es imposible encontrarse el alma.

5. Palabras y chistes. Todo el tiempo usamos las de otros y eso es lo padre del lenguaje, nadie tiene propiedad privada sobre él. Los chistes, por ejemplo, ¿quién los inventa? No vienen con crédito y, sin embargo, a alguien se le ocurrió cada uno. Son como cuentos o incluso poemas, similares en la emoción que producen, en esa vuelta de tuerca que muchas veces descansa en un juego de lenguaje.

Así piensa este autor que escribe de madrugada y se concibe al mismo tiempo como un centinela y un ladrón. El idioma materno ya se consigue en todas las librerías.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

El consuelo de quien escribe

De camino a Estambul, quien más me quiere y yo pasamos por Nueva York, ciudad a la que me unen muchos afectos. En el día escaso que tenemos entre conexión de vuelos logramos ir al necesario Museo Metropolitano, el MET. Vemos una exposición hermosa sobre caligrafía china y otra sobre el diseñador de moda Charles James, donde encuentro esta frase que aplica perfectamente a la escritura: «There are not many original shapes or silhouettes— only a million variations» («No hay muchas formas o siluetas originales, sólo un millón de variantes»).
Así es: todo ya se escribió, lo plasmaron las mejores plumas, pero quedan las miles de opciones de decirlo de otra manera. Ahí radica la posibilidad de quienes escribimos.

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Despedida

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Me voy de viaje. De hecho, ya estoy volando con destino a Turquía, esa tierra cargada de historia que «tiene una belleza tan insólita que parece irreal», según Théophile Gautier. Es un viaje largamente esperado, a un suelo codiciado desde el fondo del alma y al lado de quien más me quiere.

Si puedo subir alguna entrada a este blog lo haré, pero veo difícil poder postear regularmente, de modo que declaro inaugurada una quincena de vacaciones en este espacio. Voilá.

La masturbación y la literatura se parecen, dice Fabio Morábito

Foto: Pradip J. Phanse
Foto: Pradip J. Phanse

Estamos en su sala. Nos acompaña una planta enorme, que estira el cuello para atrapar el sol. Conversamos sobre El idioma materno, publicado por Sexto Piso: comprende textos breves sobre la lectura, la escritura, el lenguaje. Siendo adicta a las tres actividades, lo disfruté como enana (dicen que son voraces). Mientras Fabio habla con las manos lo siento relajado. No se apura a contestar mis preguntas y a veces me formula alguna, pero retoma el hilo, conversador delicioso. Aquí, cinco momentos de la plática que también disfruté como enana. 

1. Autodefinición. Cada vez es más común encontrar gente que se presenta como «poeta», pero ésa no es una profesión. Uno sólo hace poemas. Aunque cuando digo «soy escritor» ya me parece exagerado, no he encontrado otra palabra, una que englobe lo que hago. Quizá podría ser una frase, algo como «operador verbal».

2. Escritor y traidor. La oralidad es colectiva pero la escritura es solitaria, pone una barrera. Los niños no entienden por qué no deben interrumpir a quien está reclinado sobre un papel. Y luego están esos signos que parecen sustituir la vida, que de hecho la sustituyen. Por eso, la vergüenza del escritor descansa en que traiciona, sacrifica la comunicación. Además, su trabajo tiene prestigio, como si fuera una especie de sacerdote que sabe cosas ocultas. Este oficio también se vive con culpa por cargar esa mentira.

3. Hábitos de lectura. En general señalo lo que me llama la atención en un libro, una frase que yo tenía a medias pero que ese autor cuajó como había que hacerlo. Es como apropiarme sus palabras, porque el subrayador se vuelve un segundo autor del texto. En El idioma materno narro que, estando en una biblioteca, tomé un libro mío para verificar un dato. Estaba todo rayado, pero no estuve de acuerdo con quien lo hizo. Pensé: ¿por qué destacó eso sin importancia y dejó de lado esto otro, que funciona bien? Éste es un tema sobre el que todo el mundo tiene una opinión, porque todos subrayamos. O queremos ser subrayados.

4. Imaginación. La literatura y la masturbación tienen un punto en común: ambas implican fantasear. Han sufrido épocas de gran condena pero su peligro no radica en el desahogo orgásmico ni en la obra literaria, sino en el hecho de que abren la puerta a la imaginación. Y, según algunos, quien la practica puede enloquecer cualquier día.

5. Libro deseado. En general, cuando leo un libro que me apasiona pienso «pude haberlo escrito yo», siento como si alguien se me hubiera adelantado. Por ejemplo: De ratas y hombres, de John Steinbeck, me ha marcado mucho y me gusta decirme que si él no lo hubiera creado, tarde o temprano lo hubiera hecho yo, aunque por supuesto sé que no es verdad.

Aquí puedes leer un adelanto de El idioma materno

(originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Mínima tarjeta de presentación

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Me piden que redacte un texto sobre mí, sobre lo que hago. Esto es lo que mandé: «Lectora obsesiva, me gusta opinar de lo que leo y también de otros viajes que me pierden de cotidiano, como el sexo y el amor. De día soy editora de revistas, pareja de quien más me quiere y mamá de una adolescenta que me desborda los ojos, pero cuando cae la noche borroneo poemas. Escribo lo mejor que puedo. Y puedo poco (pero igual lo disfruto)».

Esto pasa cuando uno choca con la luna

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Ayer platiqué con Fabio Morábito, poeta, narrador y traductor a quien admiro desde hace años. De hecho, en Caja de herramientas, primer libro suyo que leí, escribí la fecha: «1996».

En la sala de su casa, amable desde las entrañas y con una sonrisa que sabe auténtica, me ofreció el regalo de una charla afable sobre libros y el vicio de escribir. En la plática mencionó un poemita del mexicano Carlos Pellicer, cuya luz no puedo dejar de compartir en este #MiércolesDePoesía:

El buque ha chocado con la luna./
Nuestros equipajes, de pronto se iluminaron./
Todos hablábamos en verso/
y nos referíamos los hechos más ocultados./
Pero la luna se fue a pique/
a pesar de nuestros esfuerzos.//

(De Exágonos)

 

Lo que viene siendo un poema de madera

Barco

«En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche», escribió Pablo Neruda en Confieso que he vivido.

Lo cita Ricardo Miranda en una conmovedora crónica en la revista SoHo de este mes. En ella habla de Rodrigo Parra, chileno de Isla Negra, hogar de Neruda por años. En «Historia de un capitán y su barco en tierra», el autor narra cómo este expublicista convirtió su casa en un navío, lo llamó La Nave Imaginaria y consiguió que la Armada chilena le diera certificado de navegabilidad y permiso de zarpe… aunque esté en tierra. Es decir, este niño de 43 años se niega a dejar de lado los juegos de piratas y construye un buque para habitar su aventura. Su envidiable Nave Imaginaria es algo así como un poema de madera, que a Neruda le hubiera hecho sentido.

Hoy mi casa me parece menos juguetona que nunca.

Actualización 23 de julio de 2014: El propio Rodrigo Parra, protagonista de esta historia, pasó por este espacio y dejó un comentario que puedes ver abajo y que agradezco en el alma. Da click aquí para ir al sitio web de la Nave Imaginaria. Salve, capitán.

La humedad desprende sabor a miel

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(da click en el enlace para oír la canción)

Para reunir ánimos en este lunes, va este tema movedor de la española Bebe. Se titula «Como los olivos» y destila una sensualidad que remite a bendito fin de semana y se queda pegada a la piel.

«[…] Te robaré algún cabello/
Para amarrarlo a las trenzas de mi pelo./
Y si te vas me iré contigo/
Sin movimiento nos perderá el tiempo.//

Sobre las caderas se mueve mi falda/
Con el tintineo de tu risa y tu jaleo./
Y al volver la noche me tendrás mimada/
Bajo una luna de cenizas plateadas//.

[…]  Yo soy del sur, tú eres del norte/
No hablamos el mismo idioma/
Pero haremos que no importe […]».

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La contradicción como forma del conocimiento: Auster

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Fue una noche de alcoholes, baile y disfrutes varios con quien más me quiere y con amigas que son mi familia elegida. Hoy, en la cama de domingo me visita Paul Auster. Entre cobijas, con un leve dolor de cabeza pero contenta, escucho con ojos bien abiertos su Invención de la soledad. Auster y yo nos reencontramos motivados por Borgeano y Javier, amigos mutuos. Nuestra relación va por buen camino, sobre todo gracias a pasajes que me regala, como éste sobre su padre:

«The rampant, totally mystifying force of contradiciton. I understand now that each fact is nullified by the next fact, that each thought engenders an equal and opposite thought. Impossible to say anything without reservation: he was good, or he was bad; he was this, or he was that. All of them are true. At times I have the feeling that I am writing about three or four different men, each one distinct, each one a contradiction of all the others. Fragments. Or the anecdote as a form of knowledge. Yes.»

raducción mía: «La fuerza desenfrenada y desconcertante de la contradicción. Ahora entiendo que cada hecho es anulado por el que sigue, que cada idea engendra una opuesta y equivalente. Es imposible opinar sin reservas: era bueno o era malo; era esto o era aquello. Todas ellas son verdad. A veces tengo la sensación de estar escribiendo sobre tres o cuatro hombres diferentes, cada uno distinto, cada uno en contradicción con los demás. Fragmentos. O la anécdota como una forma del conocimiento. Sí».]

Ahora mismo lo vivo: la luz me lastima los ojos y mi cuerpo resiente el ron, pero nadie me quita la sonrisa. La vida es una paradoja absoluta.

El libro del dibujante que es un nerdstar

Cartón: Liniers
Cartón: Liniers
El creador de Macanudo, Liniers, es un argentino curioso, alguien a quien no le gusta quedarse con la duda de: «¿y si…?». Por eso, además de publicar diariamente su tira en La Nación de Argentina, prueba otras áreas expresivas. Un día se preguntó: «¿Qué se sentirá tener una empresa editorial?». Fue y la creó, bajo el nombre de La Editorial Común. Otro día quiso saber cómo es subirse al escenario. Se puso de acuerdo con su amigo, el músico Kevin Johansen, y se inventó el happening: mientras Johansen toca una canción, Liniers la «dibuja». Han dado ya muchos conciertos, algunos en México, y a veces cambian de gorra: Liniers toca y Johansen dibuja. «En vez de ser un rockstar, soy un nerdstar», dice de sí mismo. «Son cosas que hago para no aburrirme. Pero muchas veces ni siquiera sé si las voy a hacer bien o mal. Los recitales de Kevin podrían haber terminado en un fracaso. Sin embargo eso no me detiene. La falta de autocrítica es muy importante», dijo en una entrevista en 2012, de paso por este país.
Ahora, la editorial mexicana Sexto Piso publica el cuarto volumen de Macanudo, compuesto por tiras incisivas, divertidas, a veces delirantes, siempre acertadas. El maestro del humor gráfico, heredero de Quino, hace reír a partir de reflexiones sobre la vida cotidiana, aparentemente sencillas pero con hondura. Una de sus tiras parece resumir su postura de vida: caminar es aburrido si se puede volar.
Publicar su libro es una de esas felices ocurrencias de Sexto Piso, que celebro.
(Entrada originalmente publicada en mi blog Deli(b)rios dentro del sitio web de la revista SoHo)
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El epitafio de Eva

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En la tumba de la primera mujer se leía una inscripción hecha en piedra por mano de Adán: «Dondequiera que ella estuviese, allí estaba el Edén». Mark Twain recoge esta honda manifestación de amor en Los diarios de Adán y Eva (Libros del Zorro Rojo). Me enternece hasta el tuétano.

El amor era una lenta furia

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En esta semana, el poeta mexicano Eduardo Lizalde cumplió 85 años. Para muchos se trata del mejor poeta vivo en lengua hispana. No sé, no soy amiga de esas clasificaciones. Conocí su poesía en mis años universitarios, oyéndolo recitar textos en la colección Voz Viva de México, de la UNAM y es de mis plumas favoritas, autor de textos imperdibles como éste que comparto en el #MiércolesDePoesía (está incluido en el libro El tigre en la casa).

Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.

Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.

Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aurora, oler el brillo de mi amor
—como si lo estuviera viendo.

Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.

 

Los «ricos» y sus tuits inconscientes

http://www.youtube.com/watch?v=dRogDLfmFXg (da click en el enlace para ver el video)

El afán de descontextualizar ha sido pilar del arte contemporáneo desde que en 1917 Marcel Duchamp expuso un urinario sobre un pedestal. Es fascinante la idea de poner otra mirada en momentos y objetos de la vida cotidiana, de dar otra lectura al mundo.

Es el caso de este video de un minuto, alejado del arte pero sobre las mismas bases. En él, tuits generados en países del primer mundo son sacados de contexto al ubicarlos en la realidad de personas en pobreza. Con ese solo hecho se convierten en brutal denuncia. Así, lo que escribió irreflexivamente gente de dinero sobre sus molestias relativas al celular, el internet o los empleados de casa se vuelve chocante en la boca de quien se acuesta pensando qué comerá mañana. El video fue producido por waterislife.com, organismo que busca proveer de agua limpia a comunidades precarias. Lo mejor que nos puede pasar es que el afán de descontextualizar la inconsciencia nos abra los ojos a realidades dolorosas.

Por dentro no me parezco

Cartón: Tute
Cartón: Tute

Este extraordinario cartón de Tute me parece ciertísimo y me deja pensando mucho, tanto que estoy a punto de llegar a conclusiones interesantes y profundas, pero ellas corren más rápido que yo. Lo siento.