Este blog se ocupa de libros y autores. Sin embargo, de vez en cuando se asoma a esa otra forma de prosa oral que cotidianamente producen algunos políticos, artesanos de la palabra, maestros de la metáfora certera que elevan el humor involuntario a la categoría de literatura.
En México, muchos presidentes, gobers (preciosos y otros) además de candidatos han enriquecido la cantera del léxico nacional con expresiones que primero resultaron un escándalo y luego se fijaron en la memoria colectiva, de modo que se han vuelto patrimonio nacional. Hace unos días, un orondo personaje acuñó otra de esas joyas, lo que da motivo para celebrar el enriquecimiento del refranero y recordar algunas de las mejores muestras de folclor político-cómico-literario de los últimos 20 años.
1. «Ni los veo ni los oigo», Carlos Salinas de Gortari tras ser abucheado en el Congreso durante su informe de gobierno en 1994. Al único que sí parecía ver y oír era al Chupacabras.
2. «Comes y te vas», el entonces presidente Vicente Fox a Fidel Castro cuando, en un dechado de buenos modales, le pidió por teléfono no estropearle la Cumbre Monterrey (2002), a la que también asistía Bush. Es la versión moderna del “nomás la puntita”.
3. «¿Y yo por qué?», Fox cuando un grupo armado, contratado por Televisión Azteca, tomó las instalaciones del Canal 40. Al pedírsele que interviniera tuvo a bien formular esa frase extravagante, que si no nos hubiera dado risa nos habría hecho llorar a mares (2003).
4. «Cállate, chachalaca», Andrés Manuel López Obrador a Fox durante la contienda presidencial de 2006, cuando éste lo criticó por su propuesta de bajar el precio de los combustibles. Desde entonces, las chachalacas padecen un silencio depresivo.
5. “Haiga sido como haiga sido, ganamos”, un doctísimo e intachabilísimo Felipe Calderón en respuesta a las acusaciones de fraude en la elección federal en la que fue proclamado ganador, en 2006.
6. «Copelas o cuello», Zhenli Ye Gon, empresario de origen chino al que se le decomisaron 200 millones de dólares en efectivo y quien dijo que el dinero se lo había dado el PAN, para la campaña presidencial de 2006. Hace tiempo no se sabe de él, así que tal vez ya “cuello”.
7. «Qué pasó, mi gober precioso», el empresario textil Kamel Nacif al entonces gobernador de Puebla, Mario Marín, al felicitarlo por el encarcelamiento de la periodista Lydia Cacho, quien había acusado a ambos de pederastia y prostitución infantil (2009). Como se ve, el adjetivo precioso admite incontables lecturas.
8. «Estoy en la plenitud del pinche poder», Fidel Herrera, gobernador de Veracruz, en una conversación telefónica muy plena en la que hablaba de apoyar a los candidatos del PRI durante las elecciones estatales (2010).
9. «¿Tres libros que han marcado mi vida…?», el entonces candidato Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2011, cuando se enredó y se fue de bruces tratando de contestar la pregunta (dicen que ya se memorizó el título de uno).
10. “Es falso de toda falsedad”, Cuauhtémoc Gutiérrez Nájera, heredero del zar de la basura y hasta ayer líder del PRI en el D.F., a Carmen Aristegui, quien dio a conocer una investigación que lo inculpa de dirigir una red de prostitución desde las oficinas del partido. Es cierto de toda certidumbre que el tipo está hundido entre basura.
(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)
Se resiste, escurridiza. Mientras me siento a escribir la abrazo fuerte, le hablo al oído y cuando creo que ya la seduje a golpe de ternura (o al menos la cansé), alza los hombros, se revuelve, me mira altiva y se zafa. Vuelta a empezar, pero cada vez con mayor desesperanza.
No sé si me dejará terminar el poemario que estoy escribiendo, si lograré amaestrarla, sentirla mansa, convencida. Qué tentación usar un látigo, a ver si así se rinde.
Llega otro #MiércolesDePoesía y, con él, la posibilidad de sacar del cajón versos que contengan atmósferas y en los que resuenen ecos, como este suculento poema en prosa del mexicano Vicente Quirarte. Provecho.
«Cuando te tiendes desnuda y bocabajo, tu espalda me mira aunque tú duermas: tranquilo mar con su rebaño de islas que, a pesar de la poesía, bautizamos pecas. Nadie sabe que allí late un sueño no realizado de Dios: el ritmo de tus pechos, la última gota de sudor, el cabello vertido en las almohadas, como si, aun dormida, construyeras un mundo de nombre tan real como tu ropa que levanto en mi camino al baño. Más allá del deseo de besarte y confirmar en la caricia — inútilmente— mi pasión, siento el cansancio de Dios tras concebirte, esa fatiga que sólo es privilegio de quien ha ocupado el día de sur a norte, seguro de que mañana es una hoja en blanco invadida por palabras que, si antiguas, cobran nuevo sentido en cada acto». -Vicente Quirarte, «Cuerpo encarcelado», Bahía Magdalena.
El náufrago por excelencia, el solo entre los solos, un día se plantea preguntas cardinales como éstas en el nuevo poemario de Francisco Hernández, La isla de las breves ausencias (Almadía):
«Anoto en el obelisco con un pedazo de tiza:
‘¿Vale la pena seguir viviendo si no puedo escribir?
¿Vale la pena seguir escribiendo si no puedo vivir?'»
Yo, desde mi soledad acompañada, quisiera saber qué se contestó.
Esta historia enamora. Una abadía benedictina en Ebstorf, la Baja Sajonia, 1832: es descubierto un mapamundi medieval, quizá de 1234, aparente obra de monjas de la abadía o del cartógrafo Gervasio de Tilbury. Representa alegóricamente el cuerpo de Cristo, que abarca el orbe: la cabeza al norte, junto al Paraíso; las manos en los extremos este y oeste; las piernas, abajo y Jerusalén como el ombligo. Una inscripción dice ofrecer «indicaciones a los viajeros sobre las cosas que haya en su camino que causen más deleite a la vista».
Según lo describe Simon Garfield en su delicioso libro En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus), la obra de Ebstorf es una lección bíblica, que no se limita a lo que existe sino incluye lo que «debe» existir. Localiza el Edén, el Arca de Noé, el Vellocino de Oro y, en África, seres fantásticos: una raza sin boca (se comunica por señas), hombres de cuatro ojos y una tribu cuyos miembros tienen el labio superior tan elástico que lo estiran sobre su cabeza para ocultarse del sol, entre otras. La obra se conoce hoy sólo por foto. Fue destruida en 1943, en un bombardeo aliado.
Además de mi pasión por la Edad Media y mi embeleso por la pieza, me fascina la idea que la subyace: un mapa subjetivo, que contenga no sólo lo que hay sino lo que quieroque haya. O, a la inversa, ¿por qué sólo ha de existir lo cartografiado? Los habitantes del siglo XXI nos sentimos objetivos, pero construimos nuestras vidas justo así: a base de fantasía, de símbolos salvadores en los cruces de caminos y monstruos en las zonas peligrosas, mezcla alucinante de hechos e imaginación. Borges, siempre necesario, lo dijo mejor que nadie: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara” (Epílogo de El hacedor). Las monjas de Ebstorf lo intuyeron hace siglos.
Esta foto fantástica recibió el primer lugar en la categoría «Temas contemporáneos», del certamen de fotoperiodismo World Press Photo del año pasado. El fotógrafo es el estadounidense Micah Albert, radicado en California. En el basurero municipal afuera de Nairobi, Kenia, esta mujer que trata de rescatar algo de los restos urbanos se abstrae del mundo viendo libros (no sé si leyendo u hojeando, no lo especifica).
Me encanta. Quiero creer que la lectura le permite construirse un mundo alterno, mucho menos injusto y sórdido que el de su día a día. Si la literatura no sirve para nada más, sólo el hecho de brindarle a ella esa oportunidad da razón de ser a todos los libros que han sido publicados hasta hoy.
“Me voy a los extremos todo el tiempo. A veces te maldigo tanto que hasta rezo para que te vaya mal. Virgen Santísima, que le amputen un brazo a ese Hijo de La Chingada. Y otras estoy rezando para que me llames y me saques de aquí y nos vayamos a cualquier pinche nowhere a volvernos una feliz pareja de nobodies. Pero el resto del tiempo trato de no pensar en nada más que en mí”.
El estruendo de pasajes como éste retumbará el domingo en el festival de rock Vive Latino. Xavier Velasco va a jugar con música y pasajes de su novela Diablo guardián en un escenario armado a propósito dentro del Vive. La iniciativa se llama Rock & Libros y comprende lecturas musicalizadas y una miniferia del libro. Además de él participan Juan Villoro, Armando Vega-Gil, Pako Barrios “El Mastuerzo” y Mardonio Carballo, todos ellos publicados por Rhythm & Books, primera editorial invitada del Vive.
Ojalá Velasco incluya también este fragmento ácido del Diablo: «A mujeres como yo no las conoces; las contraes. Como los matrimonios y las enfermedades y las deudas» o este otro: “Mira, me duele aquí, entre el hígado, el corazón y el amor propio, ¿cómo no voy a pinche guacarear, si tengo putas náuseas en el alma?”. Muchos se los/nos quedaríamos rumiando.
(originalmente publicado en Deli(b)rios, mi blog de literatura dentro del sitio de la revista SoHo).
Llega el viernes pero no cualquiera, sino EL viernes cuando quien más me quiere regresa a vivir a México. Fueron dos años de una relación a distancia, macerada a fuerza de entusiasmo y compromiso, con ganas de cuestionar la lógica porque cuando nos veíamos sabíamos que sí, valía la pena cocinar esta locura.
Encontrando días al mes para coincidir en el D.F. o Buenos Aires pero también en Milán, Bogotá, Chiapas, Guatemala, San Luis Potosí o Cartagena de Indias, nos hundíamos en un adictivo coctel de amores y deseo. Así, en este viernes de fiesta más que ningún otro, termina una etapa e inicia otra, igualmente desafiante y rica. Kevin Johansen y Jorge Drexler me acompañan a celebrar con este tema delicioso que escribieron para mí, una declaración de amor que canto a voz en cuello. Salud…
«El que se quede sin dar el paso, no voy a ser yo./
Quien se canse de tus abrazos, no voy a ser yo./
No voy a ser yo, no voy a ser yo./
Tengo tiempo y tengo paciencia, y sobre todo/
Te quiero dentro de mi existencia de cualquier modo,/
Y aunque falte tal vez bastante, no voy a ser yo/
El que se canse antes, no voy a ser yo […]»
Esta semana, el dibujante Quino, padre de la fascinante Mafalda y compañía, recibió la Legión de Honor entregada por el gobierno francés. A propósito del reconocimiento dijo: “Yo quería ser Picasso, estoy contento del resultado con Mafalda, pero no del todo”. La postura canónica (y pedante) dice que una historieta está lejos un cuadro consagrado, que cómo compararlos. No coincido. Cada uno tiene su lugar y radio de influencia, merece sus aplausos. El arte culto no es más arte que el dibujo. Es decir, no es más destacado un cuadro que una ilustración, una escultura que un graffitti, un poema épico que un corrido. Por igual interpretan el mundo, lo traducen a un idioma personal y así tocan a otros.
Creo que el Picasso creador de Guernica suscribiría lo dicho por Quino. Cuando le preguntaron de qué hablaría hoy su célebre personaje respondió: “De la estupidez humana”. Tanto el pintor español como el dibujante argentino tejieron en torno a ella y qué bueno: necesitamos la voz de Picasso y la de Quino porque la estupidez abunda, a veces gana la partida, y hay que contrarrestarla por todos los frentes.
¿Cómo resumir en un soneto la sorpresa que genera otro cuerpo, el querido, el deseado? De esta deliciosa manera lo hace el poeta mexicañol Federico Patán, de quien se me llena la boca al decir que fue mi maestro en la UNAM. Así firma el #MiércolesDePoesía…
Misterio y asombro
«Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo erguido,
lado a lado enraizados en la vida,
arando el verde campo del sonido
donde en simiente el ansia se suicida.
Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo herido.
Tu cuerpo flecha que en el viento anida
un intento fugaz de ser hendido
por el ardiente vuelo de otra herida.
Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo espiga,
tu cuerpo sublunar, ya enriquecido
por la tierra fugaz que lo fatiga.
Tu cuerpo fruto que en perfil dorado
la tarde llena con olor de nido:
tu cuerpo misterioso y asombrado».
El suicidio de L’Wren Scott, diseñadora de moda y novia del Rolling Stone mayor, llamó la atención internacional en días pasados. Su caso genera morbo, tanto por su relación con Jagger como por sumar otra famosa que se quita la vida. Pero más allá de ello, sin duda interesa por ser una historia humana: hace pensar qué la empujó a matarse, qué pasó por su mente el último día.
En otro orden de ideas, hoy en los portales de diarios mundiales se lee qué pasó con el avión malasio, en qué va el lío de faldas de François Hollande y si Pistorius en efecto mató a su novia por celos. Es decir, historias de personas. En los periódicos de México sucede otro tanto: destaca el aniversario del asesinato del candidato presidencial Colosio (con sus muchas aristas), la familia de Tamaulipas que busca un corazón para salvar la vida de su bebé, la agresión al policía en Jalisco. Son noticias que tienen ángulos políticos, criminales, sociales pero, sobre todo, en las que hay personas detrás. Lo conecto con esta cita: «Para que el suceso más trivial se convierta en aventura es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente: el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que sucede, y trata de vivir su vida como si la contara», dice Diego Erlan que dice Antoine Roquentin (revista Ñ, 8 febrero 2014).
Somos seres de historias, nos caminan bajo la piel, a partir de ellas entendemos el mundo y conectamos con los demás. Por eso la literatura y el periodismo resultan esenciales: permiten atisbar en lo que pasa con otros, similares a nos-otros.
Panteón Jardines del Recuerdo, 9 a.m. Mis hermanos, nuestros hijos adolescentes y yo visitamos el cementerio donde hace 30 años enterramos a mi papá. Quisimos hacerlo en una suerte de ritual, como desde hace siglos las tribus honran a sus muertos. Su nombre en la lápida, callado, es hondo y perturbador, hace trepar emociones desde el estómago, inunda la garganta de arena. Me resuenan los versos de Miguel Hernández, tan repetidos:
«[…] Quiero escarbar la tierra con los dientes,/
quiero apartar la tierra parte a parte/
a dentelladas secas y calientes.//
Quiero minar la tierra hasta encontrarte/
y besarte la noble calavera/
y desamordazarte y regresarte.//»
Qué ganas de tener aquí a mi papá, para llorar en su hombro la ausencia.
Carajo, no lo había pensado: «En nuestras computadoras, teléfonos celulares y coches trazamos una ruta no de A a B sino de nosotros mismos (‘mi ubicación’) al lugar que escojamos; todas las distancias se miden desde el punto en que nos encontramos y, cuando viajamos, nosotros mismos aparecemos en el mapa, querámoslo o no», dice Simon Garfield en su libro En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus).
Es cierto, cuando tomo mi celular y le «pregunto» a Google Maps cómo llegar a tal lugar, la aplicación parte del principio de que yo estoy en el centro, que soy punto de partidaabsoluto y el mundo gira en torno a mí. Es decir, corrobora que los demás son menos importantes que yo, apenas un incidente molesto en mi camino. Luego por qué ando (y andamos) con el ego tan desbordado.
Este día toca liberar un libro, dejarlo «olvidado» en algún lugar público para que un lector lo encuentre y lo haga suyo. La iniciativa, originalmente argentina y cada vez más extendida, funciona cuando sea pero el 21 de marzo los olvidadores se ponen de acuerdo en una especie de guerrilla lectora. En Twitter, este año se promueve con el hashtag #SiembraUnLibro, detrás del cual está el entusiasmo de @El_Esagui y cómplices. Qué rico pensar que un día, en no mucho tiempo, ciudades y pueblos de Hispanoamérica amanezcan sembrados de ejemplares en parques, paradas de autobús, cines, iglesias, como si los libros brotaran por sí mismos, se nacieran fruto de sus ganas de ser leídos.
Aquí mi aportación variadita, comprada ex profeso para el disfrute de otros:
1. Los rituales del caos, de Carlos Monsiváis (Era), un clásico de crónica urbana que atisba con humor en las muchas expresiones del folclor nacional;
2. El alma del hombre bajo el socialismo y notas periodísticas, de Oscar Wilde (Biblioteca Nueva), vistazo a la opinión del irlandés sobre temas varios aunque destacan las páginas autocríticas, en las que Wilde comenta su propia obra;
3. Álbum Iscariote, de Julián Herbert (Era/Conaculta), lo más reciente y arriesgado del poeta de Acapulco, que a veces también escribe novelas como Canción de tumba.
Los dejaré en donde alguien pueda encontrarlos, con una nota que diga: «Este libro es parte de la Liberación Mundial de Libros. #Siembra un libro». Que vuelen y aterricen en manos que los acaricien, los hagan suyos. Amén.
Para Andrés Grillo, por nuestras muchas rondas de amistad
De la pluma de Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets) es una novela colombiana hecha de emociones universales, en toda una gama de temperaturas: crueldad, ternura, soledad, deseo, culpa, esperanza. A veces, el libro deja un calor agradable en el regazo, otras quema las manos y obliga a interrumpir la lectura.
Un viejo pedagogo, actual recogedor de naranjas de los árboles, aprovecha las alturas para espiar mujeres, ver «las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos y, si había suerte, más allá, a lo profundo». A pesar del regaño de su esposa, Otilia, la vida de Ismael pende de imaginar a una vecina «más desnuda que nunca», a una chica cuyo «tierno calzón blanco [se escabulle] entre las nalgas generosas». En contraste con su lujuria como derroche de vida, Ismael vive los años de la guerra en Colombia, la agonía de un país que se desangra en el dolor causado por el narcotráfico y el ejército, la guerrilla y los paramilitares, que se turnan para pisotear a los locales.
Veinte años atrás, el día en que Ismael conoció Otilia, en la estación de autobuses un muchachito mató a un hombre gordo, a la vista de ellos y de todos. Fue un presagio de lo que vendría sobre Santa Cruz, pueblo que con los años ve aumentar las balas perdidas, los desaparecidos, los torturados por colaborar con la guerrilla (o por no colaborar, da lo mismo), hasta que la violencia estalla al máximo y los habitantes se ven cercados por la violencia, «más indefensos que una cucaracha». Como nada tiene sentido, incluso ante la crueldad amorfa Ismael decide quedarse en el pueblo: «Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana».
Es mi primer acercamiento a la escritura vigorosa de Rosero quien, por cierto, cumple años hoy. Sus páginas atravesadas de balas retratan el camino a través del infierno, el que miles de colombianos cruzaron (¿aún cruzan?) a consecuencia de la guerra entre grupos armados. Es el mismo que hoy recorren miles de mexicanos, atrapados por el fuego cruzado entre militares, narcos y autodefensas, donde el mayor favor es que los maten de una vez. México y Colombia, tan cercanos en tantas cosas, también en ésta mezclan sus sangres. La novela de Rosero hace palidecer, deja un sabor amargo en la boca. Pero se agradece mucho.
Hace muchos años, Nicanor Parra escribió este poema claro. Originalmente chileno y reciente ciudadano de la República Glaciar creada por Greenpeace, el creador de la antipoesía garabateó estas líneas en algún cuaderno. No sabía que yo iba a citarlo hoy porque lo de «dejar constancia de todo» me iba a resultar iluminador sobre por qué escribo. Algo así.
Cartagena de Indias, Colombia. Saboreo el tiempo que pasa aquí, sin prisa ni desgaste, que se desliza como la luz sobre el agua. Ayer un cartagenero jugaba diciendo que ellos trabajan «los miércoles»: de jueves a domingo están de rumba, los lunes sufren los estragos de la fiesta y los martes se preparan para ganar el pan al día siguiente. Más allá de la broma me fascina su concepción relajada de la vida. Aquí no habita el estrés, los días pasan sonrientes como su clima y la luna que se queda en mi pelo se deleita en el baile perpetuo de este pueblo costeño.
Esa morosidad lo vuelve el sitio perfecto para el amor, porque las caricias son incompatibles con la prisa. Suave, trémula, mi alma lo confirma: la entregué en besos sin cuento, que humedecieron el aire.
De raza negra y dientes impecables, John nos transporta en su taxi por Cartagena de Indias. Dice haber sido suertudo con pasajeros mexicanos y tener en casa una pared cubierta por más de 40 banderas de países de donde ha tenido clientes. «Claro, ahí está Mexico, no con una sino con varias banderas». No sé si repita el discurso con cada nacionalidad pero me hace gracia. Luego la conversación deriva a los insultos locales: «El más fuerte en Barranquilla y Medellín es ‘hijo de la puta de tu madre’. En cambio a los cartageneros se nos resbala porque tenemos tres madres: una de caucho, una de madera y la verdadera. Para llegar a ésa, el insulto tiene que pasar primero por las otras dos». Admirable, la practicidad costeña.
Se llama Martín Murillo. Lo conozco a mitad de Cartagena de Indias, en plena Plaza Bolívar. Mientras a mi novio le bolean los zapatos, yo deambulo y me topo con su Carreta Literaria, isla de libros a medio parque. Fascinada, me acerco a conversar. De barba cana y playera con logotipos de sus sponsors (sic), desde hace siete años se dedica a promover la lectura: hace dramatizaciones en escuelas, invita a gente famosa a leerle a los chicos y en su carreta presta títulos por las plazas y pueblos de Colombia. Se autollama leedor, lleva el entusiasmo en los ojos. «Es mi trabajo pero sobre todo es lo que más me gusta en el mundo. Esto no se sostiene si no es por pasión, la que tengo por los libros». Entre sus patrocinadores está la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, de García Márquez, un canal de televisión, una editorial. Entre todos lo sostienen y él se dedica a acercar gratuitamente volúmenes a la gente. Así de fácil. O de difícil.
Mi asombro va en aumento. No es un improvisado, tiene bien armado su proyecto. Tuitea sus actividades (@LaCarretaesLeer), tiene un libro publicado. Orgulloso, me regala un volante en el que aparece retratado con Mario Vargas Llosa, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, García Márquez, hasta la reina Sofía. Luego me muestra en su celular fotos de la lectura que hizo ayer, en la escuela de un pueblo cercano, y me invita a acompañarlo el lunes, pero no puedo: ya no estaré en Colombia. Parece un personaje de novela, tan mágico resulta. Cuenta que estudió hasta quinto de primaria y de joven quería ser analista de la NBA, pero luego se dio cuenta que no tenía nada qué aportar. «Yo trabajaba vendiendo aguas en Cartagena y a partir de que la Fundación de Gabo me empezó a prestar libros, me di cuenta que eso sí podía hacer: hablarle a la gente de Por quien doblan las campanas, de La muerte de Artemio Cruz, de El amor en los tiempos del cólera, novelas que cambian la vida. Eso sí estaba en mis manos», subraya. Pero tengo una duda: qué pasa si la gente no regresa los libros. «Esto es como el amor, hay que perderle el miedo y dejar de pensar qué pasa si…».
Mi bendita suerte me llevó al que probablemente sea el personaje más fascinante de ésta, la ciudad más bella del mundo.
Hoy vuelo a Bogotá y de ahí a Cartagena de Indias, «la más bella del mundo» según El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, para unos días fuera del mundo. Desde mis tiempos de universidad tengo ganas de ir. Su historia colonial, la muralla que guarda ecos de esclavos y españoles, sus colores y sincretismo me llamaban, pero a pesar de intentarlo varias veces, no se dio. Ahora quien más me quiere me regala este viaje a su lado, para celebrar su cumpleaños y nuestros amores. Desde antes de pisarla me parece hermosa, el mejor regalo. Y yo, la más afortunada.
Siglo XVI, Italia. El poeta Pietro Aretino hace versos en torno a dibujos eróticos de Giulio Romano, pintor y alumno de Rafael, o a la inversa: Romano ilustra versos de Aretino. El tema es que sacan una edición ilustrada, I Modi, y aunque el tiro se destruye por orden papal, alguna referencia sobrevive, que llega hasta nosotros.
Aretino y Romano describen posturas amatorias de modo explícito y travieso: se trata de parejas comunes disfrutando el sexo. Con este poema de hace cinco siglos, incluido en una edición contemporánea, a ver si seguimos sintiéndonos tan avanzados:
[Mujer] —Este pene quiero, no un tesoro,/
éste es quien me puede hacer feliz,/
es éste un pene para emperatriz,/
esta joya vale más que un pozo de oro.//
¡Ay de mí!, pene, ¡ayúdame, que muero,/
y sacia bien tu ardor en mi matriz!/
Porque un pene pequeño no sirve,/
si en el coño quiere el honor mantener.//
[Hombre] —Mi dueña y señora, bien decís verdad,/
que quien en coño con pene chico follara,/
de agua fría un cristel merecerá.//
Quien tenga poco, en culo sólo folle,/
si no, como yo, con bravura y tesón,/
siempre en los coños ahogue su pasión.//
[Mujer] —Es esto cierto, pero a nosotras/
tanto nos gusta el pene, tan grato nos es,/
que llevamos la punta adelante y atrás.//
Lynne Lawner, Los 16 placeres. Las cortesanas del Renacimiento, traducción de los sonetos: María Merlo (Temas de hoy). La traducción es deficiente pero no encontré una que me dejara satisfecha.
Por fin puedo vivir por siempre. Al menos así parece: una vez muerta puedo tuitear, «favoritear», subir fotos y postear en este diario íntimo público: mi blog. Según el artículo «Nuestros muertos en Facebook», de Gabriela Gutiérrez (revista Gente, marzo), varios servicios en línea ofrecen administrar las redes sociales cuando uno muere. Es decir que si en el mundo virtual no se vive plenamente, sí es posible hacerlo eternamente.
Vamos a ver. Qué bien seguir presente aunque esté ausente, mandarle un beso a mi hija por las noches, darle like a las fotos de mi novio (sólo si sale solo), favoritear los posts de mis amigos, tuitear «saludos del otro lado del espejo» en mi cumpleaños. Pero también qué conflicto. Esto implica encontrar tiempo para dejar una estela de textos que me sobreviva, un cúmulo de instrucciones de qué cosas sí ameritan mi like y de cómo quiero figurar en el mundo de los vivos. ¿A qué hora? De por sí le rasco minutos a la noche para trabajar mi poemario, me desmañano con tal de postear algo aquí o terminar la entrevista a tal escritor. Con mi ritmo de trabajo, necesito morirme para tener tiempo de planearlo. No, creo que la eternidad virtual no es para mí.