
Hay diferentes tipos de «sí», pero sólo uno le da la vuelta al día. Este cartón de Agustina Guerrero viste el #LunesDeMonos para arrancar bien la semana.
Y un poquito más adentro

Se me está convirtiendo en un gusto muy gustoso esto de los #SábadosDeMúsica, de esta Playlist colectiva que entre todos armamos como un rompecabezas de emociones, colores, ambientes.
En esta ocasión, el tema invita a buscar en la memoria la canción que mejor expresa un «te quiero». Una de mis favoritas es My Funny Valentine, cantada por Chet Baker: me gusta por tierna y divertida, porque habla de complicidad, de humor entre dos que van más allá de lo políticamente correcto. Y abajo están las que fueron propuestas por la comunidad de este blog. Gracias a todos. Si aún quieres participar, comenta aquí mismo y sumo tu canción.
PD Vamos empezando a armar la Playlist de la próxima semana, con un tema sugerido por Rafael Carballo: ¿cuál es la mejor canción para enfrentar el tráfico/ tránsito/ embotellamiento?
Da click a cada canción para ver el video correspondiente.
Ayer, los habitantes de la Ciudad de México vimos un cuasi señal del fin del mundo: una especie de arco iris inmenso alrededor del sol (sí, juro que era tal cual la imagen de arriba, aunque sin el personaje). Dicen los que saben que no, que no es una señal apocalíptica sino partículas de hielo que refractan la luz del sol, aunque también se dijo que justo ayer fue Saga Dawa, es decir, la conmemoración del nacimiento, iluminación y muerte del Buda. Luego vinieron otros apocalípticos, los de la Secretaría de Salud, a decir que ver el fenómeno directamente podía afectar irreversiblemente la vista (¿la vida?). Lo cierto es que los usuarios de redes sociales se pusieron creativos y crearon memes como estos. Celebro el humor como recurso ante el Apocalipsis. Qué más nos queda.

Fue hace 18 años. Entonces no tenía idea de lo que venía, de lo que ese bultito blanco y durmiente extraído de mi entraña me iba a significar de cotidiano. Oficialmente graduadas como hija y madre, en aquel 1997 empezamos a andar, a descubrir y descubrirnos en un camino de paisajes hermosísimos, baches que hacen frenar, líneas rectas para recorrer cantando y con el viento en el pelo, curvas inesperadas, algún desperfecto que resolver con las manos manchadas de grasa, puentes por construir. Pero andando, siempre andando.
Y así, la que fue un bebé redondo, luego una niña de risa y una adolescenta de luz, se convierte hoy en adulta por derecho propio. A partir de mañana puede votar si quiere (ojalá quiera), irse a vivir a otra casa (todavía no, plis), casarse (ya se tardó), viajar sin permiso (ups). El camino nos ha transformado a ambas. Por ella y gracias a ella yo soy más amante, egoísta, feliz, torpe, cursi, valiente, angustiada y plena de lo que me pude haber imaginado jamás. Y como Gioconda Belli lo dijo mejor que yo, regreso al fragmento del poema que hace unos años tomé prestado para ella:
«[…] Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre,
voy juntando mis días, mis minutos, mis horas
con tu hilo de letras.
Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.»
Felicidades, hija, y gracias. Todas las del mundo. Y gracias también a tu papá, sin el cual esta historia no existiría.
Un día es apenas poco para leer y compartir versos, pero cómo aligera la semana: a ella, siempre tan compuesta, se le levanta el vestido y le corre viento por entre las piernas del #MiércolesDePoesía. Esta vez la frescura la aporta un texto de Fayad Jamís (1930-1988), nacido en México, de origen libánés pero considerado poeta cubano porque casi toda su vida transcurrió en la isla. Este poema, sobre el proceso creativo, me encanta por visual y certero.
PD Por cierto: hoy, a las 7 de la noche presento de nuevo mi libro de poesía, Rabia de vida / Rabia debida. Será en la librería Rosario Castellanos de la colonia Condesa, en la Ciudad de México, en el marco de la Feria del Libro Independiente. Todos están más que invitados.
Problemas del oficio
sotto il velame degli versi strani!
Dante
«Mientras te quitas los zapatos piensas en la poesía,
sabes que alguna vez escribirás algo parecido a un gran poema,
pero sabes que de nada sirve acumular materias primas
para cuando llegue la ocasión. Puedes ponerte de pie y gritarle
a tu propio fantasma que es hora de poner manos a la obra.
Puedes comerte tu cuchara con lágrimas, escoger un recuerdo,
saltar como un sabio al descubrir las posibilidades de lo imposible.
Pero nada habrás conseguido: el poema te mira con ojos de sapo,
huye como una rata entre desperdicios y papeles, florece
en el patio de tu casa, está en el fondo de una olla y no lo ves,
lo ves y lo conoces y lo tocas, es el pan de tu noche, pero aún
no lo atrapas, y si logras cogerlo por el cuello acaso se te rompe,
se estrella en tus narices, y es lo cierto que no sabes amasar
esa sustancia informe y diferente. […]».
Fayad Jamís, «Problemas del oficio», en Poesía cubana del siglo XX (Fondo de Cultura Económica)

Con esta vista del mar de Los Cabos, en el estado mexicano de Baja California, me lleno los ojos y me los tallo para dejarla ahí incrustada, para que ya no se salga. Y mientras lo consigo repito el mantra-haikú de José Juan Tablada porque sí, parece que el mar se rompe, pero no:
Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.
Llega otro sábado y, con él, la Playlist colectiva. Gracias a todos los que sugirieron temas que les son queridos y sin falta les recuerdan a alguien que ya no está en su vida, por cualquier razón. Algunos contaron a quién les evoca (en muchos casos son mamás y papás o hasta abuelos que se fueron, pero también hay amigos y exparejas). Otros se guardaron la información. No importa, el asunto es hacer honor a temas que nos ponen a conversar con fantasmas.
En mi caso, la canción con la que no puedo evitar acordarme de mi papá (que ya canta en otra dimensión) es una viejita: Mi viejo, del argentino Piero. Y es que mi papá no sólo era un buen tipo, un tipo adorable, sino también porque cuando él la oía, a su vez se acordaba de su papá y los ojos se le ponían brillosos. Así que desde aquí va esta lista hecha entre todos, para nuestros fantasmas entrañables.
Da click en cada enlace para oír la canción correspondiente
Camilo Blanes, conocido como Camilo Sesto, es el colmo de lo cursi, lo meloso. Y por eso me gusta. Seguro influye que me acompañó en varias tardes de enamoramiento adolescente, con aquello de «Me acostumbré a tus besos y a tu piel color de miel, a la espiga de tu cuerpo, a tu risa y a tu ser». Aunque mis entendederas de los 13 o 15 años no me dieran para mucho.
Pues en esta edición de la revista SoHo, dedicada a la música, Jaime López publica un texto sin desperdicio: «A la salud del amigo Sesto». Jaime me es, a partes iguales y desbordadas, querido como persona y admirado como artista: músico fundamental en la historia del rock nacional, antropólogo urbano audaz e inteligente, loco genial (lo digo para los lectores de otros países, porque los mexicanos que necesiten que se los presente, mejor que saquen pasaporte gringo). En el texto de SoHo una vez más se jala las greñas y rompe el molde: reivindica a Camilo Sesto, dice que le encanta, lo defiende, pues, con esa pluma suya tan sonora, de la que tomo un mínimo fragmento: «Quién no cayó en el profundillo albur secundariano, más bien preparatoriano, de los años 70 del siglo pasado que a quematripa disparaban al cautivo incauto los sacrosantos cábulas bluedemoniacos del callejón sin saliva en el formato de una simple trivia que cuestionaba: «¿Quién es la madre de Camilo Sesto?» «Pos Mama Sesta, güey».» Y luego la frase con la que cierra el artículo: «La poesía no se crea ni se destruye, sólo se trastorna».
De veras, recomiendo mucho el texto. Es una pequeña maravilla textual a la salud de esa amistad que no había imaginado posible.
PD Mañana es sábado de Playlist colectivo. Si quieres participar responde aquí la pregunta: ¿qué canción te recuerda a alguien que ya no está contigo?

El tipo me cae mal. Por misógino y misántropo, por posado, porque cena con buenos vinos pero lleva look de clochard-que-vive-bajo-los-puentes. Hace tiempo escribí, a propósito de la película sesudamente llamada El secuestro de Michel Houellebecq (donde se interpreta a sí mismo), que es tan pesado que si en la vida real lo secuestraran, lo regresarían de inmediato. Sin embargo, me gusta su pluma, creo que toca botones necesarios (La posibilidad de una isla me chocó pero le aplaudí muchas cosas). Ahora mismo tengo en las manos su escandalosa nueva novela, publicada por Anagrama. Es la misma que salió a la venta en Francia el mismo día del atentado a Charlie Hebdo y ahora acaba de ser publicada en español, con meses de adelanto sobre el plan original gracias al buen olfato de sus editores. De por sí la pluma de Houellebecq genera curiosidad. A eso se añade el hecho extraliterario de la coyuntura noticiosa, de que es una novela con regusto a versos del Corán y que su autor ha sido acusado de islamofobia. La expectativa está servida. Ahora falta ver los talentos del libro per se.
Sumisión se ubica en un futuro próximo, 2022, cuando el líder de un partido musulmán moderado se convierte en el nuevo presidente galo. El protagonista, François, es un profesor universitario especialista en Huysmans, autor que se convirtió del ateísmo al catolicismo. Alarmado, el académico ve islamizada su vida, la Sorbona convertida en una universidad confesional y enriquecidos a sus colegas que se convierten al culto a Mahoma, de modo que debe tomar decisiones prácticas. No de balde la novela ha sido acusada de promover el alarmismo, en una Europa que no necesita muchas excusas para ello.
La estoy empezando pero ya me encontré esta joyita, que comparto por invitar a su lectura, porque no contiene ningún spoiler y porque da en el clavo de la distancia entre la literatura y otras artes: «Al igual que la literatura, la música puede determinar un cambio radical, una conmoción emocional, una tristeza o un éxtasis absolutos; al igual que la literatura, la pintura puede generar asombro, una nueva mirada ante el mundo. Pero sólo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integralidad de esa mente, con sus debilidades y sus grandezas, sus limitaciones, sus miserias, sus obsesiones, sus creencias: con todo cuanto la emociona, interesa, excita o repugna. Sólo la literatura permite entrar en contacto con el espíritu de un muerto […]». Si de veras, el tipo sabe escribir.
(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

«[…] este instante soy yo, salí de pronto de mí mismo, no tengo nombre ni rostro,
yo está aquí, echado a mis pies, mirándome mirándose mirarme mirado.
Fuera, en los jardines que arrasó el verano, una cigarra se ensaña contra la noche.
¿Estoy o estuve aquí?».
-Octavio Paz, «¿No hay salida?», La estación violenta en Obra poética (1935-1988) (Seix Barral)
Así recibo este #MiércolesDePoesía, con la certidumbre de ser muchas Julias y la incertidumbre de cuál de todas nace y muere esta mañana. Qué bien que el poeta mexicano expresó tan bien su ser muchos Octavios. Así puedo usar sus versos como muletas.

Cenote Sacamucuy. Predio de la Hacienda Temozón, Municipio Abalá, Península de Yucatán. 9 am.
Estoy metida en agua, queriendo beberme en silencio la belleza descomunal de este lugar y sintiéndome la más torpe al no poder ponerle palabras. Hace tiempo no estaba en un cenote, estas cuevas subterráneas inundadas que los mayas consideraban entradas al inframundo, el auténtico útero de la Tierra. Agradezco la frescura (a estas horas, afuera el calor ya rebasa los 28º centígrados), pero sobre todo estoy emocionada. El agua es transparente y como recién nacida, raíces y lianas de árboles se estiran para beberla, peces pequeños esquivan hojas para buscar comida, golondrinas revolotean en círculos cuidando sus nidos hechos sobre la pared de piedra. Mientras, el sol se cuela entre la vegetación. Ésta es sin duda casa de los dioses, como creían los mayas.
Vine a Sacamucuy como parte del viaje de prensa al que fui invitada, junto con compañeros de otros medios, por la Hacienda Temozón convertida en hotel boutique. El cenote (palabra que parece provenir del maya dzonot, que significaría ‘cosa honda’) está dentro del predio del hotel y éste es un paseo que se ofrece de cotidiano a los huéspedes. Llegamos aquí luego de 20 minutos de camino en un carro jalado por un burro, tal como se transportaba la gente mientras funcionaba la hacienda henequenera. Al llegar, a orillas del cenote tuvimos una clase de Chi Kung, el arte marcial que más bien parece una danza y que se centra en equilibrar la energía corporal, y luego hicimos una meditación en silencio, rota sólo por el sonido de la caracola de Reto. La experiencia fue guiada por él, un suizo entrañable que llegó a México hace unos 20 años para estudiar chamanismo. Experto en masajes, meditación y terapias alternativas, hoy es el director de spa de las cinco haciendas del grupo. Espiritual, sensible, considera que el cenote es un ser vivo, de modo que al salir del agua le da las gracias por recibirnos.
Además del magnífico paisaje que representan, antiguamente los cenotes eran lugares sagrados también porque en Yucatán no hay agua visible, es decir, no hay ríos ni lagos, sólo estos cuerpos líquidos subterráneos que significan, literalmente, la vida. Será la carga energética del sitio, la meditación que hicimos o el agradecimiento de poder disfrutar un lugar tan bello. No sé, pero siento el corazón a la intemperie.


Da click para ver el video de la vista general del cenote

Da click para ver el video de las golondrinas

Es lunes de nuevo, aunque cueste digerirlo. Antes de entrar en materia pido una disculpa a la comunidad de este blog. La semana pasada estuve de viaje y dos factores se conjugaron para que prácticamente no pudiera postear ni subir fotos ni contestar comentarios ni convocar al #SábadoDeMúsica: uno es la antigüedad de mi teléfono inteligente (en vez de adquirir sabiduría, se ha vuelto irremediablemente idiota conforme pasan los años) y la otra es la mala señal de Internet en el corazón de la Península de Yucatán, donde me encontraba. Entre ayer y hoy, ya de vuelta, he tratado de compensar, poniendo orden en el blog y respondiendo los comentarios atrasados. En estos días subiré entradas adicionales sobre el viaje, que creo resultarán interesantes y apetecibles en más de un sentido, pero mientras va un cartón para animar el inicio de semana.
Es del chileno Alberto Montt, frecuente invitado a este espacio. Claro que me identifico con lo que dice, cómo no. He desarrollado una intensa relación amor-odio con mi teléfono celular. Lo necesito para comunicarme, para postear en el blog y en redes sociales, para tomar fotos, para hablar, pero lo odio porque cuando no me permite hacerlo. Sin querer he mandado todo tipo de errores en mensajes, en tuits, en respuestas a comentarios, un poco por el mínimo espacio para escribir pero sobre todo por el famoso autocorrector que decide por su cuenta. Así, un «como te decía, manda por favor tu respuesta cuanto antes» se convierte gracias a sus artes oscuras en «cómo te decía, mandá por favor tu respuesta cuánto antes». Malditos teclados miniatura y malditos celulares tan necesarios. Como el mío es idiota, seguro no toma represalias por mi exabrupto.
Da click aquí para ir a la entrada La vergüenza de tener un hijo feo, con cartón de Alberto Montt

Hacienda Temozón, Península de Yucatán. 6 p.m.
Mis compañeros periodistas y yo tenemos una hora libre. Ellos van a nadar, a dormir, no sé qué más. Yo dejo la hacienda-hotel y salgo al pueblo, calles de tierra. Me acuerdo de mi amigo Borgeano. Disfruto como él caminar sin rumbo fijo, sin buscar nada, cediendo a la inercia. Las casas de Temozón son sencillas, los perros callejeros forman parte integral del paisaje, igual que los guajolotes que salen de un corral para picotear la hierba. Mientras me dejo llevar me agobia la presencia de propaganda política de cara a las elecciones del 7 de junio. Además de anuncios de los partidos hay expresiones espontáneas. Expresan el mismo desencanto de millones de mexicanos, aunque con estilo alternativo: «A la mierda kon la politika. Ni PRI ni PAN ni Verde».
A mitad de una calle veo tres niños jugando arriba de un árbol. Cuando paso me miran, curiosos. Les digo «hola» y de inmediato responden con un «hola» y preguntas: ¿Por qué caminas sola? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? Nos ponemos a platicar. Son Eithel, de 11 años, Brittany, de siete (pregunté la correcta ortografía), y Santiago, de cuatro. Les doy curiosidad y me bombardean: ¿Dónde estás durmiendo? ¿Dónde están tus hijos? ¿Cómo es (la ciudad de) México? ¿Tu casa es grande? ¿Es bonita? Respondo como puedo y luego pregunto. Brita (como le llaman) me dice que es prima de Eithel y hermana de Santiago, y que los tres viven en esa casa. La entreveo por la puerta abierta: piso de cemento, hamacas, pintura viejísima en la fachada.
Brita es simpática, habla fuerte. Dice: «me gusta tu bulto». Le agradezco, prevenida de que aquí «bulto» significa «bolso de mano». Pregunta si se lo puede colgar. Me lo quito y se lo doy. Se lo pone, sonríe grande. Me lo regresa. Luego dice que es bonito mi reloj. Quiere agradarme pero en vez de hablar, quisiera oírlos. Cambio la conversación: les pregunto si hablan lengua maya. Los tres niegan, categóricos. Insisto: seguro saben muchas palabras, les pido que me enseñen un poco, que es un idioma precioso. Dicen que no, no saben nada. Los pongo a prueba: hoy en la mañana me enseñaron que «chel» es «güero» y «bosh» significa «moreno». ¿Es verdad? Se ríen. «Sí, eso sí sé», dice Brita, sonrisa desdentada. ¿Cómo se dice perro?, pregunto, aprovechando los tres que pasan a nuestro lado. «Se dice ‘pec'». «Y gato es ‘mish'», añade Eithel, pero no parecen interesados en seguir con el tema. Prefieren saber porqué ando sola, cuántos días voy a estar en Temozón. Contesto y entonces me presumen que conocen la hacienda: Brita fue con su escuela a nadar para el Día del Niño, Eithel ha ido a ver películas con su escuela y con Julio, su amigo e hijo del chef del hotel. Es la mejor prueba de la verdad del programa social de la Fundación Haciendas del Mundo Maya, del que ayer nos hablaron a los medios invitados a este viaje. La Fundación ha propiciado que la mayor parte del personal que trabaja en el hotel sea de la comunidad, además de que ha mejorado el nivel de vida del pueblo con programas de salud, vivienda y becas educativas, incluso al extranjero. Y las mujeres del pueblo han recibido apoyo para formar cooperativas y talleres de artesanas, comercializar sus productos y tener ingresos propios. Los niños del pueblo también ven la hacienda como parte de su realidad cotidiana. No esperaba una confirmación tan de primera mano.
Les pregunto si puedo tomarles una foto. «Sí, aquí arriba del árbol, como changos». Tomo varias y se arrebatan el teléfono para verlas, para verse. Se ríen mucho. Atraída por el alboroto se acerca Karina, amiga de los tres, callada pero sonriente. Quieren que tome más fotos y que yo salga con ellos. Disparo, vuelven a verse y reírse. Está por anochecer y debo regresar al hotel. Mientras me despido, Brita vuelve a la carga: «Me gusta tu blusa, es bonita». «Muchas gracias, pero ¿sabes qué es lo más bonito de todo todo?». Me mira, inquieta. «Cómo te ríen los ojos». Es lo más cierto que he dicho hoy.

Hacienda Santa Rosa, Península de Yucatán. 11:30 de la noche.
El día estuvo de lo más variado. Lo único constante fue el calor: un promedio de 35 grados centígrados. Empezó con un delicioso huevo en camisa (una gordita de harina rellena de huevo con tomate asado y cebolla morada). Luego hicimos un recorrido por el enorme jardín botánico de la hacienda-hotel con el señor Víctor, un curandero tradicional que nos fue explicando las propiedades curativas de infinidad de plantas y luego nos dio una consulta personal para recetarnos un remedio de herbolaria. A mí me dio una mezcla de tila, mimosa y pata de zopilote para combatir el estrés y el insomnio. Con esos nombres, me encanta la posibilidad de que funcione. Siguió un masaje tradicional tan rico que al terminar le propuse matrimonio a la masajista, una yucateca de nombre Silvia, quien antes de iniciar hizo una oración en lengua maya que se me antojó mágica. No aceptó mi propuesta y tuve que conformarme con imaginarme lo que sería tener a diario sus manos. La comida, explicada por el chef mismo, fue espectacular: crema de queso relleno, pollo relleno de queso crema con hierba chaya, panacotta de leche de coco. Los sabores me sorprenden, no encuentro palabras para describirlos pero me dejan un gusto rico en la boca y la emoción.






El fotógrafo brasileño Sebastião Salgado es captado por la cámara del cineasta alemán Wim Wenders y, al mismo tiempo, Salgado fotografía a Wenders. Ese ir y venir de miradas me parece uno de los momentos más simples pero poderosos de La sal de la tierra, documental sobre los 40 años de trabajo de Salgado, realizado por Wenders y por Juliano Ribeiro Salgado, hijo del artista. Premiado en Cannes, abarca desde su temprana juventud como economista y su primer proyecto fotográfico, Otras Américas (1977), hasta el más reciente: Génesis (2004-2014).
De una increíble belleza visual, la película se arma con fotos y más fotos, además de escenas testimoniales del trabajo de campo detrás de muchas, entre ellas las que ilustran esta entrada. El argumento es sencillo: el artista habla a la cámara mientras va narrando los distintos momentos de su obra y las emociones que lo han acompañado a través de años de viajar por todo el mundo. Por un lado revela lo contagioso que es el odio, el animal feroz que es el ser humano y la conclusión inescapable «Nadie merece vivir», mientras por otro es una celebración de la belleza del planeta, en cuyo fondo se oye la voz del artista que dice: «Soy tan parte de la naturaleza como el oso o el árbol caído». Así, en blanco y negro (tanto literal como metafóricamente hablando) La sal de la tierra toca mente y emociones sin dar concesión. Fui con mi adolescenta a ver el documental y me emocionó que saliera tan tocada por el poder de la imagen, tanto, que quiere empezar a tomar fotos «en serio». Y es que el hecho de que alguien sea capaz de escribir el mundo con luces y sombras, como Salgado define el trabajo del fotógrafo, me parece brutalmente hermoso.
Da click aquí para ver dos tráilers del documental:

Día de confesiones: soy profesionista y mamá de una adolescenta, tengo un trabajo de bastante responsabilidad que me permite mantenernos y sí, también cargo una buena dosis de culpa. No sé si sea un chip integrado con el género, pero para este #LunesDeMonos propongo este retrato mío, hecho por la argentina Maitena. Lo traigo a cuento porque saldré de viaje y lo primero que metí a la maleta fue mi ración culpígena. Para leer el cartón como se debe, escoge el renglón que te corresponda:
Si eres mamá que trabaja y te flagelas con frecuencia: Bienvenida al club. Dicen que reírse de una misma hace bien. Todas aquí esperamos que sea cierto, porque de otro modo este echarle sal a la herida sería puritito masoquismo.
Si eres papá y no entiendes de qué trata el cartón: Déjalo pasar. Es una sutileza terrible que nos enseñan a muchas cuando recibimos nuestra primera muñeca: «Para amar a tus hijos debes sacrificarte o pagar con sangre. ¿Qué es eso de querer realizarte profesionalmente si eres mamá que mantiene a sus hijos? Eso se llama e-go-ís-mo».
Si eres el entrevistador: Procura hacer preguntas que nos nos evidencien tanto. Gracias de antemano.

Hoy hay derroche de buenas noticias: es sábado y ayer fue día libre, así que nadie nos quita el fin de semana de tres días. Sin renunciar al tono festivo, la playlist colectiva de hoy gira en torno a la pregunta: ¿qué canción querrías que sonara en tu funeral? Mi opción es That’s Life, del señor Frank Sinatra, con eso de «he sido una marioneta, un mendigo, un pirata, un poeta, un peón y un rey» como resumen de vida y, sobre todo, con la intención de decidir en qué mes de julio me despido del show.
Aquí abajo, las propuestas de los miembros de la comunidad del blog, llegadas a través de Twitter (@danioska). Como es ya costumbre, hay de todo pero impera el buen humor. Qué mejor manera de cerrar el telón. Si no lo has hecho, añade la tuya.
Da click en el enlace para ver el video (subtítulos en español, por si ocupas):
Aquí, un pasaje sustancioso de ese libro que yo quisiera leer en el bendito Día del Trabajo (uno de descanso por un año de productividad) y también en los otros 364. Y es que dice cosas necesarias en estos tiempos de exceso de chamba, de estrés y prisa perpetua, de urgencia de ocio y lectura pausada:
«Hay una angustia de la velocidad que consiste en la renuncia radical a la vida, el olvido del ser. Si bajo la estructura de la jornada de trabajo el tiempo ya no nos pertenece sino que le pertenecemos a él, cuánto peor si esa jornada se prolonga indefinidamente y nos sigue a todas partes con trabajo que se lleva a casa, balances que se resuelven durante el viaje en avión, llamadas que no cesan a la hora de la comida. La angustia de la velocidad es sacrificio del tiempo propio (el tiempo del sueño y la conversación, del amor y el cuerpo, de la contemplación y de todo lo que sirve al placer de la gente libre), por tiempo ganado (el tiempo de los negocios) […] La literatura puede ser ese vehículo silencioso y lento que recorre las avenidas de la noche a contracorriente, un vehículo excéntrico y remiso donde la gente se desplaza en dirección opuesta a los flujos financieros».
-Vivian Abenshusan, Escritos para desocupados (Sur+), pp. 61 y 69.
Ésa es otra de las razones porque las que amo los libros: porque son una manifestación deliciosa de mi tiempo propio, felizmente improductivo.
Esta vez traigo a la mesa un texto mío que parece prosa pero que por mi deformación más bien concibo como un poema. En todo caso es una historia que me divierte y que espero disfrutes tú, lector de este blog. En fin, aquí está:
ven, Ana, ponte así, Ana, abre las piernas, Ana, mira a la cámara, Ana, tienes que verte caliente, Ana, como todas, Ana, déjate hacer, Ana, alza el culo, Ana, voltea para acá, Ana, qué rica, Ana, ponme las tetas, Ana, muy bien, Ana, cuidado con las uñas, Ana, qué puta me saliste, Ana, qué bárbara, Ana, ¿y si me chupas, Ana?, voltea para arriba, Ana, me encanta verte, Ana, haz como que te gusta, Ana, más suave, Ana, suave, ¿Ana?, cuidado, Ana, que me lastimas, Ana, qué haces, Ana, me duele, Ana, no, Ana, no, Ana, Ana, Ana
Juguetón y deseante, el poeta colombiano Darío Jaramillo (1947) se hace preguntas y en tres versos pone el dedo en la llaga o, al menos, deja clara su intención de hacerlo. Por eso es el invitado de honor de este #MiércolesDePoesía. Cómo no.
«¿Por qué no tu boca aquí,
por qué no sobre mi piel tu aliento,
por qué no adentro yo de tus abismos?»
-Darío Jaramillo Agudelo, «Cuatro preguntas», Libros de poemas
Para dominar la esgrima mental y el chingaquedito del doble sentido me inscribí en el Diplomado de Albures Finos con Lourdes Ruiz Baltazar, una tepiteña que asegura que jugar con las palabras afina los reflejos propios para la vida. A ver si es cierto.
1.
Es una cabrona. “Y a mucha honra”, agrega Lourdes. En su puesto del mercado de Tepito, en el que vende ropa de bebé, alburea a los clientes mientras los invita a comprar. “¿Qué talla, mamacita, qué talla?”, grita con voz ronca. La destinataria del mensaje, delgada pero de caderas imposibles, no se da por enterada. “¿Un mameluco para su chiquito?”, pregunta a dos jóvenes espabilados, que se alejan riendo. Es el mediodía de un jueves y los pasillos del mercado son un hervidero. Algunos pasean como por un parque, otros avanzan con prisa eficiente, una pareja se besa sin pudor, tres niños manotean, una anciana arrastra un raquítico carro del mandado.
Los precios son inverosímiles: un trajecito de bebé cuesta 50 pesos, mientras alrededor se ofrecen CD de música a dos pesos y playeras del Barça a 100. Mientras platica conmigo, Lourdes no pierde de vista el negocio. Rápida para contestar, de ojos rasgados, inquietos, se ríe fuerte y fuma dando grandes jaladas al cigarro, como las grandes jaladas que le da al lenguaje. Porque alburear es sexualizar las palabras: estirarlas hasta dejarlas rojas, llevarlas al máximo disfrute, promiscuirlas, embarazarlas de nuevos sentidos. O, como dice ella, ponerles huevos.
2.
Estoy un poco nerviosa. En este salón improvisado de la Galería José María Velasco, en el mero Tepito, está por empezar el Diplomado de Albures Finos del que soy alumna, auspiciado por la Delegación Cuauhtémoc y con el aval del Instituto Nacional de Bellas Artes y Conaculta. No soy precisamente experta en el doble sentido, así que me siento en la tercera fila, para evitar exponerme.
El curso lo imparten Lourdes Ruiz Baltazar, Campeona Nacional de Albures, y Alfonso Hernández Hernández, cronista y director del Centro de Estudios Tepiteños. Son amigos y cómplices de años: en 1997, Alfonso inscribió a Lourdes en el torneo de albures “Trompos contra pirinolas”, en el Museo de la Ciudad de México. “Eran mujeres contra hombres. Se trataba de hablar en doble sentido y te descalificaban si decías groserías, te quedabas callado o te metías autogol”, explica ella.
“Primero, nosotras les ganamos a los hombres. Luego eliminé a las demás competidoras y algunos del público quisieron medirse conmigo. Les gané y competí contra los jueces. Al final quedé como vencedora. De ahí me viene el título de Campeona Nacional”, dice. Pícara, añade: “Yo compito duro. Hoy, si me retan ofrezco tres premios a quien me gane: al tercer lugar le disparo unos ostiones en el centro, al segundo le doy unos raspados de anís y al primero le toca la reata de oro”. Tardo en darme cuenta de que todo lo que me acaba de decir es un albur. No guardo grandes esperanzas sobre mi futuro alburero.
De rasgos fuertes, vestida con delantal con cuadros rosas, el pelo sujeto con ‘bolitas’, Lourdes arranca el diplomado como corresponde: en doble sentido. “Aquí les vamos a dar la introducción del encabezado. Van a salir sobresaltados, pero no sobrecogidos”, dice riendo. Vaya, por fin entiendo algo. Alfonso complementa: “El albur va contra el lenguaje político que no dice nada, contra la mojigatería. No solapa pendejos ni engrandece cabrones”. Lourdes dice tener el vicio de la lectura y luego abunda: “La tecnología nos ha atrasado. Si hace poco los niños debían leer para hacer su tarea, ahora se meten a Internet, copian un resumen y se acabó. Los adultos antes nos aprendíamos los teléfonos de los amigos, pero hoy todo está en el celular. Hemos dejado de usar la cabeza. En cambio, el albur hace trabajar los dos hemisferios del cerebro”. Luego recomiendan material de consulta: el libro Picardía mexicana, de Armando Jiménez, y la canción “La tienda de mi pueblo”, de Chava Flores, con líneas como: “Tuve una tienda en mi pueblo, precioso lugar./ Te vendía de un camote de Puebla a un milagro a San Buto,/ pitos, pistolas pa niños te hacía yo comprar”.
Entre los asistentes al curso, más mujeres que hombres, hay un estudiante de Sociología, gente del barrio, una señora mayor con su hija, una historiadora del arte y una chica harta de no entender el doble sentido de sus colegas: “Me trago todo”, se queja, y Lourdes revira “¡Qué rico!”. También está un chicano que aspira a no quedarse callado cuando sus hermanos, mecánicos, lo agarran de bajada, además de un ama de casa que admite: “Cuando me enfermo, mi marido dice que me va a dar mi té de ramo blanco. Hasta hace poco entendí: ‘Te_derramo_blanco’. ¡Qué cabrón!”. Alguien le pregunta a Lourdes cómo aprendió a alburear. Mientras cruza las manos, largas y delgadas, responde: “Sobre todo escuchando. En mi casa me enseñaron. Por ejemplo, mi abuela nunca se imaginó ver hijas tan grandes, y aunque mi papá ya es grande, todavía me da para el gasto”. En su español de acento gringo, el chicano brinca: “No entendí nada”. Lourdes explica que al cambiar los cortes de las palabras aparece el sentido oculto: “verijas grandes” (verija es el espacio entre los genitales y el muslo) y “mi papaya es grande” (papaya, alusión a la vagina). Es que el albur alude al sexo y a los órganos sexuales con la mayor variedad posible de metáforas y similitudes de sonido. Se trata de buscar semejanzas en todo. Así, el pene es reata, plátano, chile, salchicha, camote, chorizo, el sin–hueso o ‘lo que me sobra’, mientras la vagina es raya, papaya, mamey, sartén (donde se estrellan los huevos) y el ano se convierte en anillo, anís, coliseo, sacapuntas, el quinto o el chico. “Y al que no me crea le juego un volado de su raya contra lo que me sobra”, apunta Alfonso. Nadie se le pone al brinco.
Claro, el albur requiere imaginación y repertorio verbal. Al acabar la clase y mientras camino por Tepito pasa junto a mí un camión destartalado, desde el cual una voz monótona anuncia: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores…”. Trato de imaginarme algún albur sobre ese pregón, pero nada se me ocurre.
No tengo remedio.
3.
Al terminar otra sesión del Diplomado entrevisto a Lourdes. Con uñas postizas y precisa al hablar, la Reina del doble y triple sentido de las palabras está acostumbrada a las entrevistas. Precavida, me preparo para lo que venga.
—¿Cómo estás?
—En lo que cabe estoy bien… y en lo que no cabe, cómo duele.
—¿Qué es el albur?
—Es un ajedrez mental donde hombres y mujeres nos ponemos al mismo nivel. Alburear no es de machos ni de nacos, sino el ejercicio de aprender a reutilizar las palabras, a sacarles el jugo, a ponerles genitales. Cualquiera puede decir una grosería, pero no cualquiera es capaz de hacer un albur.
—¿Qué te gusta de alburear?
—Es divertido, un juego. Además involucra agilidad mental, porque apenas terminas de decir algo y ya tienes que ver cómo contestar. Eso sí, entre más complejos tienes, menos reflejos para la vida.
—¿Te los aprendes de memoria o los improvisas?
—No me gustan los ya hechos, prefiero los que inventas en el momento. Por ejemplo, si me preguntas sobre mis lugares preferidos de la República, te digo que mi estado favorito es Puebla, famoso por su mole, su camote y sus mascadas. Ahora te venden el dulce en barras y hasta en cajones. De Zacatecas me gusta su leche, es riquísima. ¿Y de Oaxaca? Sus memelas.
—Según Sergio Corona, las tres reglas del oficio son no explicar nada, no decir groserías y no “cometer suicidio”. ¿Falta alguna?
—Corona es un maestro del albur fino. Estoy de acuerdo en evitar las groserías y el autogol, y también es básico no quedarte callado. En lo que no estoy de acuerdo es que no se expliquen los albures. Yo lo hago, porque sólo así se aprende.
—¿Qué puede uno hacer cuando no entendió?
—Reírse y disfrutarlo. Luego, preguntar: “¿qué me dijiste?”.
—Esto es como el lenguaje de los políticos porque ambos requieren explicación, como cuando el vocero de Vicente Fox traducía: “Lo que el presidente quiso decir es…”.
—Ninguna de las dos jergas se entiende fácil, pero el albur es divertido y el habla de los políticos no, y menos cuando pagas impuestos. Los políticos te cogen de verdad y ni un besito te dan.
—Dices que el albur es el sismógrafo de la experiencia sexual. ¿La tuya es amplia?
—Claro, ¿la tuya no? Aquí te la ampliamos…
Me acaba de coger y apenas me doy cuenta.
4.
Aunque nació y creció en Tepito, el barrio macabrón, siendo niña ya tenía ganas de mundo: de grande quería ir a Europa, tener un hijo y una casa con jardín. Actualmente, conoce Europa y tiene una casa sin jardín, “pero tengo un chingo de pasto allá afuera”. Además hace las veces de mamá de Valentina, una adolescente que en realidad es su sobrina, hija de su hermana que murió en un accidente. “En Tepito, las mujeres nos chingamos para sacar adelante a nuestros hijos. Si te va bien el papá da dinero, pero la que educa y forma a los hijos es la mamá. Se dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer y es verdad: atrás, adelante, arriba, donde se acomoden”.
Con su boca grande se ríe de todo y parece comerse el mundo, pero las cicatrices que carga no son poca cosa. De chica era traviesa: se resbalaba por el barandal de la escalera de la vecindad y una vez se golpeó muy fuerte en la ingle. Para evitar el regaño no dijo nada, sin saber que a lo largo de dos años se le desarrollaría un tumor canceroso. Al detectarlo la operaron y recibió radiaciones, pero los médicos dijeron que máximo viviría hasta los 15 años. Tratando de salvarle la vida, su mamá firmó una autorización médica para que le quitaran los ovarios y la matriz. Cuando Lourdes lo supo se llenó de coraje hacia ella, por cancelarle la posibilidad de tener hijos. “Sentí odio gacho, feo”.
Enojada y sin saber cuánto tiempo de vida le quedaba, se dedicó a emborracharse y a vivir de fiesta, hasta que su mamá la corrió de la casa. Vinieron años negros, de calle, de alcohol y drogas. “Vivía con doña Chole, doña Soledad. Muy de la chingada”. Por fin, una amiga la retó a ir a Alcohólicos Anónimos. Fue y aunque le parecía una pendejada, se quedó. Poco a poco entendió que estaba viviendo para el cáncer, alrededor de él. Quiso aprender a vivir con él.“Un día dije: ‘ya estuvo, pare de sufrir, cabrón’. Hoy veo las cosas distinto, disfruto la vida y si mi cuerpo necesita quimioterapia no hay pedo, la tomo, ya no la sufro. Chaplin decía que un día sin reír es perdido. Es cierto, hoy no dejo de reírme, incluso de mí misma. Por eso digo que soy cabrona, porque serlo no quiere decir pegar, robar o matar. Eso lo hace cualquier pendejo. Ser cabrona es caerte, levantarte y decir ‘no pasa nada’, porque la vida siempre tiene que seguir y hay que chingarle”, dice.
Sus ojos negros miran de frente.
5.
Estamos en su puesto en el mercado. Mientras veo pasar un travesti que cojea desde tacones altísimos, Lourdes me cuenta que desde la infancia empezó a atender este negocio de sus papás. “Y hace años pude comprar otro puesto, mío. Ahí empecé a vender piratería, hice lana y con eso viajé. Conozco el mundo completo. Es para lo único que trabajo. He estado en el Vaticano, en Austria, Francia, Italia. Lo que más me ha impactado es Egipto. La primera vez que estuve ahí, uta, fue increíble”. Además, dedica parte de su tiempo a difundir la riqueza cultural de Tepito, que más que su casa es “un orgasmo, porque todo el mundo quiere llegar a él y, cuando llega, no quiere irse”. Y, claro, también enseña sobre el albur, esa esgrima en la que “entre la guasa y la risa te clavan la longaniza”.
Siempre jugando, dice que se encomienda a San Alejo para que le ponga uno más pendejo y que su película favorita es Por tus pugidos nos cacharon.
Entonces, le pregunto: Dicen que en Tepito hay que jugarse el pellejo. ¿Tú te lo juegas? “Sí, hay que chambearle duro, echarle ganas”.
Estoy orgullosa: me la acabo de alburear y no se dio cuenta. No importa que estuviera distraída.
(Originalmente publicado en la revista SoHo de marzo 2015)
Da click en el enlace para ver el video
En México, el Día del Niño se celebra el próximo jueves, 30 de abril. Así que para este #SábadoDeMúsica propongo armar un playlist colectivo con las canciones que a cada uno nos remiten de inmediato a la infancia. La mía es «El ratón vaquero», de ese genio mexicano de la imaginación que se hizo llamar Cri-Cri. Y aquí están también las añadidas por la comunidad desde Twitter y desde el blog. La propuesta es heterogénea y variadita, hay balada, rock, pop y hasta villancicos. Los temas llegan desde México, Colombia, Argentina y España y aunque muchas son canciones netamente infantiles, también están las que oíamos de abuelos, padres o hermanos. Porque así, cantando, nos hicimos niños.