Por un designio de los hados que no alcanzo a comprender, algunos hombres se sienten en la obligación de decirte que eres la mujer de su vida… 10 minutos después de conocerte. Claro, y además esperan que una celebre gritando «¡Albricias, albricias!» y, acto seguido, abra las piernas. #PorDios.
Los viernes de cacería viene muy a la mano esta frase del genial Piolo, tomada de su libro #fugando conjuego (Lectorum/ Otras inquisiciones).
Modo de empleo:
Si eres mujer y te encuentras con uno de esos, déjalo que hable, que se exponga, mientras lo haces creer que estás comprando todo. Cuando quiera ponerte la mano en la entrepierna, dile al oído: «Me encanta que seas mi fan. Farrón». Luego, puedes reírte en voz fuerte.
Si eres hombre y te dan las tentaciones de bajarle la luna sin saber su nombre, acuérdate de que no, no solemos ser tan básicas. Buscamos hombres, no fans. Farrones.
PD Ok, asumo mi sesgo de género. El hecho de hablar de los Fan. Farrones no implica que no esté plenamente consciente de que hay igual número de Fan. Farronas. Advertidos quedan.
«La narrativa del cuento es tan antigua como la humanidad. Supongo que en las cavernas, las madres y los padres les contaban cuentos a los niños (cuentos de bisontes, probablemente)». Me encantaría quitar las comillas y jurar que la idea es mía, pero no. Lo dijo Cortázar, lo leo en Clases de literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara).
Igual que todos amo las historias, me enganchan los cuentos, sean de la vida-real o de la vida-de-ficción. Resueno con historias, conecto con ellas porque me disparan emociones, me hacen sentir. En cambio, los datos suelen dejarme fría. «En el terremoto murieron 500 personas de la zona más pobre de la ciudad» no pasa de ser una referencia que olvido en cinco minutos. En cambio, me conmueve leer: «En el terremoto murió Rosario, indigente de 60 años que estaba terminando la secundaria y quedó sepultada entre sus libros». Esa mujer me toca más que las otras 499 víctimas del sismo, que me son una cifra. Y no tiene que haber tragedia para impactar. También me tocan los contenidos de amor, descubrimiento, valentía y humor, detrás de los cuales hay personas. Ya lo dijo Terencio: «Soy humano y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno». Los cuentacuentos lo saben desde siempre.
Recientemente las historias se ponen de moda para la mercadotecnia, en una rama del Content Marketing. Las marcas buscan contarlas porque saben que aumentan su impacto, que una narrativa certera que logre empatía puede conseguir lo que muchos anuncios no. Así se acuña desde el marketing el término Storytelling, así se revaloriza desde una trinchera extraliteraria el Arte de contar historias. Y como amante de los contenidos también me interesa ese ángulo. Todo esto viene a colación porque me encuentro este anuncio de Nike (ver abajo), que en tres minutos «relata» en primera persona lo que es ser jugador profesional de futbol y lo hace a partir de imágenes (hay un espléndido guión detrás), con lo que rompe las barreras del idioma. Me parece interesantísimo que el verdadero protagonista del anuncio sea el narrador y no la marca, que aparece de forma más bien discreta. Y Nike sabe lo que hace, no está tirando su dinero. Si hasta hace poco las marcas se entronizaban en sus anuncios, ahora ponen por delante personas que tienen una historia. Y las historias me apasionan, sean de bisontes o de futbolistas.
Aquí, el anuncio:
(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).
Hoy vienen de visita Tamara de Lempicka, con esta joya de pintura, y un bicho raro dentro del mundillo literario mexicano. Se llama Gabriel Zaid, nació en 1934 y es hombre de libros, poeta, ensayista, crítico y editor, todo de primer nivel. En especial disfruto sus textos sobre el oficio de leer, la situación de las bibliotecas en el país, la lectura en México. Y otra cosa me gusta de él: lejos de los escritores-dados-al-relumbrón, desde hace mucho Zaid evita las entrevistas, las fotos. Es una especie de caballero discreto, más interesado en que lo conozcan por sus letras que por sus declaraciones.
Le pido acompañar este #MiércolesDePoesía con un poema breve cargado de humor y sugerencia, donde el amante reconoce que no le conviene hacerle propaganda a su espléndida amada. Me encanta.
«¡Qué bien se hace contigo, vida mía!
Muchas mujeres lo hacen bien
pero ninguna como tú.
La Sulamita, en la gloria,
se asoma a verte hacerlo.
Y yo le digo que no,
que nos deje, que ya lo escribiré.
Pero si lo escribiese
te volverías legendaria.
Y ni creo en la poesía autobiográfica
ni me conviene hacerte propaganda».
-Gabriel Zaid, «Alabando su manera de hacerlo», en Antología general de la poesía mexicana (Océano)
Son tres hermanos, de apellido Posin. Reproducen cuadros icónicos de la historia del arte, desde la Gioconda hasta El nacimiento de Venus de Botticelli y varios de Rembrandt, entre muchos otros. El verbo parece exacto: desde su taller en Berlín no intentan hacerlos pasar por originales, no cometen fraude, no los copian sino los re-producen, desde buscar lienzos envejecidos y crear pigmentos que logren el tono exacto del original, hasta hundirse paso a paso en el proceso psicológico del creador y darle su alma. Y aunque venden sus obras por precios que alcanzan los 10,000 euros, afirman que lo que les interesa es el arte, no el negocio, porque el plagio bien hecho es una obra de arte. Por eso, cuando algún museo despistado ha querido dar por original un cuadro suyo, ellos han afirmado: «es nuestro». Los Posin ya cuentan con un museo en Brandemburgo que expone solamente sus trabajos y recibe unos 5,000 visitantes por año, felices de ver de cerca piezas cuyos originales nunca podrán admirar en Nueva York o París. Pero lo que más me alucina es que dan un paso más: llegan a reproducir obras que no existieron, a partir de imaginar que equis artista hubiera pintado tal escena exactamente así. De algún modo se vuelven la conciencia viva del creador que murió hace siglos (o ayer). ¿Así o más fascinante su historia?
Quienes rondan los pasillos de este blog saben que el tema de la originalidad me interesa mucho, sobre todo por lo que toca a mi propio proceso de escritura. He subido varias entradas sobre el asunto (abajo están los enlaces), porque me apasiona hilar en torno a preguntas como: ¿Puedo ser totalmente original cuando a diario recibo estímulos de todo tipo, la mayor parte de los cuales no escojo ni filtro conscientemente y, por tanto, mañana quizá incorpore en un poema alguno de ellos sin saberlo? ¿Considero un valor sacrosanto la originalidad vista como crear-de-cero o más bien la entiendo como la reformulación de influencias? Me encanta lo que dice Jonathan Lethem en ese texto central que es Contra la originalidad (Tumbona Ediciones): «[…] es evidente que la apropiación, la imitación, la cita, la alusión y la colaboración sublimada forman una especie de sine qua non del acto creativo y atraviesan todas las formas y géneros en el ámbito de la producción cultural». Por supuesto, estoy convencida de que no se crea desde la nada y en cambio prefiero entender la originalidad como la revigorización de influencias y lecturas a partir de nuevas combinatorias.
El tema cobra fuerza especial en estos días, cuando el escritor argentino Pablo Katchadjian fue demandado por María Kodama, voraz viuda de Borges, por la publicación de El Aleph engordado, intervención que dejó intocado el cuento original, pero al cual añadió 5,600 palabras. Me parece que hay mucho que pensar y discutir sobre el asunto, como centrarnos en la calidad literaria de la nueva obra y dejar de rasgarnos las vestiduras por las parodias o revisiones hechas a una obra canónica. Pero, hablando de Borges, los Posin vienen a ser algo así como la encarnación de unos Pierre Menards de la pintura. Tres veces fascinantes.
Por principio, dispensen que use este dibujo rojillo para ilustrar en sentido contrario, porque no, estoy convencida de que no hay mayor encanto que un par de toronjas talla 36Z.
Cada vez más mujeres progres, profesionistas y profesionales independientes, llevan puesta la quincena. Ropa, zapatos y accesorios, maquillaje, joyas, cremas, tratamientos y, claro, las necesarias cirugías estéticas. Me regocija, es el mejor esteitment de que realmente hemos aprendido, de que ya nos liberamos del yugo servil «agradarás a tu prójimo sobre todas las cosas», propio de nuestro sexo durante siglos. ¿Qué es aquella aspiración de la anticuada Sor Juana de «poner bellezas en mi entendimiento/ y no mi entendimiento en las bellezas»? No, señoras mías. Desde la monja jerónima hasta la ilustradora española Sara Herranz (quien perpetró esta ilustración malévola del #LunesDeMonos), esa caterva de machorras, insatisfechas y feministas que quieren ser atractivas por su conversación y sus lecturas, no por sus implantes, ha hecho daño (no mucho, es cierto). Así que, lo dicho: nosotras a seguir con el mandato de los Padres de cerrar la boca y abrir las piernas. Nada más, pero nada menos.
Llegó el día de la originalísima y vitoreadísima Playlist colectiva, que entre todos armamos para los imperdibilísimos #SábadosDeMúsica (notar mi entusiasmo subrayado). El tema de hoy, La canción para cuando estoy triste, se prestó para distintas interpretaciones, desde la de los azotados como yo, que ponemos música para lamernos a gusto las heridas, hasta la de los escapistas, que luego luego quieren huir a parajes más amables. En fin, ahí está la Playlist, ecléctica como debe ser. Mi opción es River, de Angus Stone, con ese «Oh, I wish I had a river/
I could skate away on». Más abajo vienen los temas propuestos por la comunidad. Da click en el título de cada canción para ir al video respectivo y si quieres sumar tu canción ponla en los comentarios.
«Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo. Alguna vez, si me sale, escribiré el elogio del insatisfecho injustamente denostado y su muy justa queja», dice Martín Caparrós en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México.
Recién lo terminé. Ya intentaré escribir algo («si me sale») sobre este necesario libro de viaje, sobre su estructura desestructurante, sobre sus muchos hilos que tejen un mismo tapete con las texturas de crónica, ensayo, diario, cuento, poema, anuncio publicitario, chisme y chiste. De momento dejo esta perlita que me explica porqué me gusta tanto viajar: por puritita insatisfacción. Y añado: supongo que escribo por lo mismo. ¿Alguien no?
PD Para la Playlist colectiva, la pregunta es: ¿qué canción oyes cuando estás triste? Si quieres participar, sólo añade tu propuesta en los comentarios.
Había una vez un escritor alcohólico, que llevaba escritorzuelas a su casa y las manoseaba en el baño de visitas. Su mujer aguantaba todo y de paso, cuando él se curaba los excesos, corregía vicariamente sus textos y los embellecía. Un día, harta de borracheras e infidelidades, decidió dejarlo e irse de viaje. Cuando estaba en el aeropuerto, él la llamó: «Te necesito, siento que me muero». Y en este cuento mejor-que-la-vida-real, el giro final fue todo lo inesperado que podía ser. En el departamento de al lado, un hombre empezó a robar libros porque un amigo de un amigo suyo quería una edición especial de Lolita. Sin querer (o sí) terminó con una adicción a la lectura mucho más quemante que a cualquier droga, mientras en el piso de abajo, un escritor preocupado por reflejar la cotidianidad se enfrentaba a focos fundidos, un horno de microondas que echaba humo y la sala inundada, al tiempo que se preguntaba: «¿Qué haría Kant en una situación como ésta?».
Es parte de la fauna que habita Oficios ejemplares, primer libro de cuentos de la mexicana Paola Tinoco, publicado en 2010 por Páginas de Espuma. En este edificio, en el que los habitantes buscan cómo ganarse la vida sin perderla, cada cuento comprende dos historias: una está en la superficie, digamos que en la sala, y otra se teje calladamente, así como en el clóset. Hace tiempo, haciendo teoría del cuento, Ricardo Piglia escribió: «¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento». El mismo Piglia se entusiasmó con la narrativa de Tinoco y con su manera de resolver el asunto, tanto como para aparecer en la contraportada diciendo de ella: «Se trata de una joven escritora dedicada a su trabajo y con gran futuro».
Y es que la autora de Oficios ejemplares tiene una pluma ágil. En cada cuento saca los muebles de su sitio, les sacude la comodidad y los coloca en un lugar insospechado, donde muestran la pátina del desconcierto, de la ironía. Y eso no sucede por azar, implica oficio, ese que Paola conoce tan bien porque se mueve entre escritores como en casa. Trabaja en México como promotora cultural y publirrelacionista del grupo editorial Colofón, entre cuyos sellos principales están nada menos que Anagrama y Siruela. Hablando de oficio, en la pasada Feria del Libro de Guadalajara recuerdo oírla decir que el cuento «Cenicienta humillada» era más inteligente que ella misma, de modo que tuvo que esperar cuatro años «para saber cómo terminar» la historia de una chica y un hombre que se excita más al insultarla, que al hacerle el amor.
Vale la pena pasar y pasear por los 14 departamentos de este edificio, donde tras cada puerta espera una historia. No, dos historias. Ambas, espléndidas.
Tenía 63 años, varios poemas y una biblioteca de nueve mil libros, donde por la noche empezó el fuego. Quiso salvarlos armado de su extintor, solo, caballero jurado al pie de los volúmenes. El humo le hizo perder el conocimiento y murió buscándolo entre los libros chamuscados, como imitando el Scriptorium ardiente de El nombre de la rosa. Se llamaba Rafael de Cózar, vivía en Sevilla y recién ahora me entero de su historia, ocurrida hace unos meses. Y me entero también de que éste era el poema del que se sentía más orgulloso:
«Si alguna vez te sobra
algún pequeño hueco
en tu ternura,
ocúpalo conmigo.
Prometo estar en él callado y quieto
como una sombra».
Delicado, creo percibirle algún eco de Ne Me Quitte Pas. Me llevo el poemita entre la ropa y pienso que De Cózar, escritor, profesor y poeta, tuvo la Fortuna de elegir su muerte. Entre amigos.
Cartón: Bonil http://www.humorbonil.blogspot.mxPor siglos existió el sexo carnal, el frontal, el inmoral, el excepcional, oral, irracional, criminal. Incluso el profesional. Lo de moda hoy es el sexo virtual. Si complementara los otros sería genial, pero para muchos este sexo antisocial, virginal, sexo vertical, de postal y ligeramente artificial se ha vuelto el primordial. Ay, para mi gusto demasiado impersonal.
Con este genial cartón de Bonil aspiro a hacer más llevadero el #LunesDeMonos ritual.
Prácticamente se estrenaba la década de 1990 y el grupo REM lanzaba Losing My Religion, canción que me sedujo no sólo por sí misma (letra y música soberbias), sino también porque hablaba de mi propio momento, de mis dudas corrosivas sobre la fe en la que llevaba varios años sumida. Al final, fue himno premonitorio del rompimiento que habría de redefinirme ante mí misma:
That’s me in the corner
That’s me in the spotlight
Losing my religion
Trying to keep up with you
And I don’t know if I can do it.
Oh no, I’ve said too much
I haven’t said enough.
Además, me encantaba (encanta) el video, con ese baile descuadrado, nervioso, de un muy joven Michael Stipe. De modo que bien puedo nombrarla «Mi canción favorita de los 90». Con ella inauguro la Playlist colectiva y abajo van las sugeridas por la comunidad del blog a través de mi Twitter @danioska. Si quieres participar, escribe tu opción en los comentarios y la añado. Gracias a todos por armar en conjunto este listado.
Da click en el nombre de cada canción para ir al video respectivo.
@galanazodebarrio Unicornio azul, de Silvio Rodríguez (sí, es anterior a los 90, pero si a @galanazodebarrio le recuerda mucho esa década porque la cantaban a voz en cuello en Filosofía y Letras, se vale una licencia poético-musical)
Mi mamá, 84 flagrantes años, se va a vivir a una residencia de personas mayores (eufemismo para asilo de ancianos). Y yo no sé qué se me rompe por dentro.
Tomó la decisión porque las rodillas le tiemblan de más y las escaleras de su casa tienen mirada traidora. Porque recientemente se ha caído varias veces. Porque hace poco, cuando se sintió muy mal y pensó que era un infarto, se sintió más sola que nunca. Y se asustó. Tomó la decisión porque la edad se le vino encima sin carnaval ni comparsa. Así decía aquella canción que estaba de moda cuando ella era fuerte, cuando yo no me imaginaba que la boca se curvaba por la edad. Hoy, guapa y valiente pero cada vez más chiquita, decide que lo mejor es renunciar a vivir sola. Y los hijos y los nietos nos sentimos más tranquilos, pero yo no sé qué se me rompe por dentro.
Hace días fui a visitarla con mi adolescenta-que-se-desborda-de-vida. Al despedirse, se dieron un abrazo muy largo. Me pareció que cambiaban estafeta. Y no sé qué se me rompió por dentro.
En una de sus columnas sabatinas en SinEmbargo.mx, llamada «Manifiesto de la risa», apunta: «Reírse es todo en la vida, carajo […] A enseñar la mazorca, que aquello de calladito me veo más bonito es una tremenda falacia. La cosa, como yo me la sé, es así: a carcajadas se invoca la belleza». Qué chulada. Para qué digo que no: cada semana la leo o, lo que es lo mismo, me declaro devota de su pluma afilada, con la que cotidianamente retrata asombros, disecciona humores y propone nuevos caminos a la emoción. Pues dado que con esa misma pluma Alma Delia Murillo escribió Las noches habitadas, su primera novela, me era obligado leerla.
Recientemente publicada por Editorial Planeta, combina por igual profundidad y frescura para presentar a cuatro mujeres que luchan cada noche para dormir de corridito. Pero eso es lo de menos. Lo de más es que batallan cada día para ser quienes son, quitarse caretas y empezar a vivirse de adentro hacia afuera. Platiqué con Alma Delia sobre el proceso de escritura de la novela, los fragmentos de piel que dejó en ella y lo que les diría a Dalia, Claudia, Magdalena y Carlota, las cuatro protagonistas, si se sentara a platicar con ellas. Aquí, lo que dijo. (Si quieres leer la primera parte de la entrevista, da click aquí).
Moda Estuve 20 años trabajando en la industria de la moda, llevaba el área de mercadotecnia digital de Nine West y Camper. Mis jefes eran extraordinarios, pero ahí viví rodeada de muchas mujeres ambiciosas a morir y con un rollo fuertísimo de competencia por el poder. En ellas me inspiré para moldear a una de las mujeres de la novela, Magdalena, cuyo vicio de carácter se vuelve su tragedia.
El gen de la lujuria Mi abuela, doña Paz, era partera. Conviví mucho con ella. Ella me trajo al mundo y me cortó el ombligo. Era un tremendo personaje. Se escapó del convento como a los 14 años y se casó con mi abuelo. Cuando él murió tuvo otro marido y luego otro más. Era muy burlona, ácida, dura. Si le decías: «Vamos a la calle», te contestaba: «¿A qué van? ¿A que les vean lo pendejo?». Además era lujuriosa. Por un error mío no se incluyó en la novela mi hoja de agradecimientos, que decía: «Gracias a mi abuela, doña Paz, por el gen de la lujuria».
Una historia más honestaPerdí una primera versión de la novela. Fue en 2013, justo el día en que murió doña Paz. Yo estaba en Tepoztlán, así que mi pareja y yo nos regresamos al DF al velorio, pero antes de llegar nos paramos a comer. Le dieron un cristalazo a la camioneta y se robaron mi computadora. Llevaba más de la mitad de la historia y, aunque suene increíble, no la tenía respaldada ni tenía versión impresa. Perdí todo. En el fondo no creía que fuera un buen texto. Esa primera versión tenía los mismos cuatro personajes, pero era más pudorosa. Cuando me senté a escribir por segunda vez decidí que no me iba a poner ningún bozal. Creo que quedó algo más honesto.
Ser escritora Yo moví todas las piezas de mi vida para dedicarme a escribir, incluso terminé una relación maravillosa, de ocho años, porque él se fue a vivir a la selva. Yo no quise irme, quería intentar ser escritora. Esta novela es mi propia migración de identidad.
Lector ideal Con toda la ambición asquerosa digo que me encantaría que Karl Ove Knausgard leyera mi novela. Y también Francisco Goldman.
Fan de poetas Siempre tengo algún libro de poesía junto a mi cama, cada mañana leo algo. Es el género que cura más que ningún otro, exorciza el alma. Soy muy fan de Gonzalo Rojas. También leo a Tomás Segovia, Ginsberg, Lorca, Villaurrutia y Sor Juana.
Conversar con los personajes
Carlota, de 16 años, dice en un momento de la novela: «Sí me gusta la vida. Sólo tengo que entender un poco mejor de qué se trata». ¿Qué le diría si la tuviera enfrente? Algo como: ¡Chiquita! Espérate, sigue, ya te vas a enterar. Lo que es horrible seguirá horrible, pero te falta descubrir lo maravilloso.
En otro fragmento, Carlota se queja: «Mi cuerpo es el peor lugar del universo y no me queda más que habitarlo». Le contestaría: Hay que aprender a convivir con eso. No creo que nadie tenga una maestría en Acepto y amo mi cuerpo, o a lo mejor sí, a lo mejor lo vamos a aprender con lo que nos falta por vivir. Por cierto que hace poco, en una comida, coincidí con varias mujeres de alrededor de 80 años. Les pregunté de qué se arrepentían y una de ellas, italo-mexicana, bellísima, me dijo: ‘Debí de haber comido más, bebido más, angustiarme menos por cómo me veía». A mis 37 años no puedo responderte a ti, de 16, pero una mujer de 60 u 80 quizá sí tiene la respuesta.
Dalia, hundida en un amor transgresor, confiesa en la novela: «El amor y la familia, eso que la gente llama refugio, para mí son cianuro». Lo que le diría es: No eres la única. La familia es el origen de los demonios de todos. Es más, las peores guerras del mundo nacieron en el corazón de un hijo odiando a su padre.
Obsesionada por los celos, Claudia se pregunta: «¿Por qué las familias se relacionan tan por encima y no se cuentan las cosas verdaderamente importantes?» Le contestaría: Porque hablar de lo verdaderamente importante es muy doloroso. Dolería muchisísimo sentarte frente a tu papá o tu mamá o tus hermanos y hablar de eso que todas las familias llevamos toda la vida escondiendo.
Llegó sin advertencia, como caminando de puntillas, otro #MiércolesDePoesía. Para saludarlo ya que está metido aquí en mi casa, hoy acudo a Jaime García Terrés, escritor mexicano nacido en 1924. A partir de un par de imágenes, este texto suyo dice mucho sin decirlo.
Acomodo mis penas como puedo, porque voy de prisa.
Las pongo en mis bolsillos o las escondo tontamente
debajo de la piel y adentro de los huesos;
algunas, unas cuantas
quedan desparramadas en la sangre,
súbitas furias al garete, coloradas.
Todo por no tener un sitio para cada cosa;
todo por azuzar los vagos íjares del tiempo
con espuelas que no saben de calmas ni respiros.
-Jaime García Terrés, «Jarcia», en Gabriel Zaid (comp.), Ómnibus de poesía mexicana (Siglo XXI)
«La sequedad de mis labios, el agrio olor a licor, su rodilla con su hueso demasiado afilado presionando contra mi pierna; todo él tan torpe en el gesto. Me sentía tan cansada que quise apartarme y simular que me encontraba indispuesta. Fue algo espantoso que me besara. Cerré los ojos y pensé en qué decir cuando él hubiese terminado. Debo quedarme mirándole durante un buen rato, maravillada, y decirle finalmente: ‘Hace usted que me sienta rara’. Él no hacía que me sintiera rara, no como lo hizo el italiano cuando me llamó ‘sucio angelito’, pero tendría que decirlo, si no él se sentiría herido».
Habla la narradora adolescente de Lo que dijo Harriet, novela de la inglesa Beryl Bainbridge recién publicada por el sello español Impedimenta y distribuida en México por Sexto Piso. Es de lo mejor que he leído en mucho tiempo, impecablemente bien escrita, perturbadora a morir, con una ironía que alarma y desarma. Cuenta la historia de dos amigas, de 12 y 13 años, quienes durante el verano se reencuentran en una pequeña localidad costera. Juntas son perversas, nocivas. Lideradas por Harriet, se proponen seducir al Zar, un hombre casado que coquetea con ellas sin medir el abismo al que pueden arrastrarlo.
La novela, un portento redondo, está inspirada en un crimen real ocurrido en Inglaterra, sobre el que Peter Jackson se basó para su película Criaturas celestiales. Y la vida de su autora, a quien hasta el momento yo no tenía en el radar, no es menos fascinante: nacida en Liverpool en 1932, trabajó como actriz, empezó a escribir tardíamente y creó Lo que dijo Harriet, su primer libro, a los 35 años, pero varios editores lo rechazaron por «repulsivo». Por fin fue publicado en 1972. Luego Bainbridge publicó varias novelas más y cuando murió en Londres, en 2010, The Guardian la llamó «un tesoro nacional».
Como digo, la novela es de verdad notable. Y luego está la traducción. En general, si me es posible, evito leer traducciones de inglés y francés; prefiero acudir a las obras en su lengua original. Cuando Llüisa Matarrodona, eficaz publirrelacionista de Sexto Piso, me hizo llegar esta edición del libro, le quise echar ojo, pero en ese echar ojo me devoró la prosa de Bainbridge. Terminé leyendo la novela completa, tirando baba por la pluma de Bainbridge y disfrutando muchísimo la traducción de Frieyro. Cómo da gusto que existan mancuernas así.
De verdad, háganse un favor leyendo esta cátedra de escritura poderosa y soberbia traducción sobre los peligros de rondar a un «sucio angelito». Es de los libros que uno no puede vivir sin haber leído.
El argentino Tute se me ha convertido en una especie de vicio. Disfruto una enormidad su humor brillante, de líneas limpias e ideas sin paja, como este cartón que recibe el #LunesDeMonos. Porque sí, que alguien diga que no existe el hipo existencial, igual de testarudo que el hipo diafragmático y en particular recurrente el primer día de la semana.
La música aceita los peores momentos, les da una banda sonora, los viste de palabras y acordes que ayudan en el intento de entenderlos. En este #SábadoDeMúsica, mi canción favorita para terminar una relación amorosa es el tango Los mareados, interpretado por Roberto Goyeneche (da click en el enlace para ver el video). Nunca lo he usado para menesteres del desamor, pero me gustaría un día ser capaz de despedirme con la civilidad de una última borrachera compartida y palabras como éstas para atesorar: «Esta noche con alcohol nos embriagamos. Qué me importa que se rían y nos llamen los mareados. Cada cual tiene sus penas y nosotros las tenemos. Esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más. Hoy vas a entrar en mi pasado».
Y, como siempre, más abajo vienen las canciones propuestas por los entusiastas miembros de la comunidad del blog, a través del twitter @danioska o del Facebook/julia.santibanez. Gracias por enriquecer el panorama de cómo decir «adiós» desde el dolor, la ironía, el humor, el azote. Si no lo has hecho y quieres participar, añade tu canción en los comentarios de esta entrada. Ahora sí, a mover el pañuelo blanco.
Da click en el nombre de cada canción para ir al video respectivo.
Tiene ojos que brillan y manos que hablan, una inteligencia desbordante, muchas lecturas y la intensidad de un explorador (¿un kamikaze?) bajo la piel de periodista. Cada sábado publica una leidísima columna en el periódico digital SinEmbargo.mx. Además, Editorial Planeta acaba de lanzar Las noches habitadas, su primera novela, que escribió como quien se lanza al vacío antes de revisar si lleva puesto el arnés. Lo hizo tan bien, que en el intento también creó cuatro personajes que respiran, cuatro mujeres creíblemente humanas. Y es que Magdalena, Carlota, Dalia y Claudia transitan la vida como si fuera la primera vez. Las cuatro padecen insomnio y las cuatro, en su relación consigo mismas y con los hombres, en el sexo, en el amor y el desamor, están aprendiendo a desvestirse de culpas, miedos y disimulos, para luego encontrarse en el espejo. Sus historias son honestas, miran de frente.
Aquí, la primera parte de la plática que tuve con Alma Delia para SoHo.
Algo vivo Soy una atascada de la condición humana. En la novela quise hablar del alma, explorar las contradicciones que todos tenemos. A ratos las cuatro protagonistas son encantadoras pero luego las odias, son solidarias y son unas cabronas, se divierten aunque también se azotan. Ésa era mi meta, crear algo vivo.
Somos este animal Las noches habitadas toca temas universales como la soledad, el deseo, la orfandad, pero también aborda temas específicos de la realidad mexicana de clase media y media alta, donde se vive un juego esquizoide. Hacia afuera todos aparentan estar bien, simulan todo el tiempo, pero en realidad están muy trastornados. Estas mujeres son la voz de ese segmento, se atreven a decir: por dentro somos este animal.
Renunciar al godinismo El libro surgió por idea de Gabriel Sandoval, director literario de Planeta. Él había leído mi columna en SinEmbargo y le gustaba. La primera vez que me reuní con él, yo llevaba unos cuentos como idea de lo que se me antojaba hacer. Le gustaron, pero dijo: «No, haz una novela». Firmamos el contrato sin tener libro. Yo trabajaba todo el día en la industria de la moda, así que me lo aventé de noche, a ratos. Como tenía poco tiempo para escribir sentía mucha ansiedad. Pensaba: «Hay un contrato firmado, una fecha de entrega y no he escrito nada». Casi me cuesta la cordura. Por fin en octubre pasado renuncié a mi trabajo, al godinismo, y me pude dedicar sólo a escribir. Entonces lo disfruté de verdad. Aunque la inseguridad siguió ahí.
Demasiado denso Si me pidieran hacer la crítica más dura de mi novela diría que es demasiado azotada, demasiado intensa, espesa. Que todo sea tan denso puede ser hartante.
Sexo sin «deber ser» En Las noches habitadas quise contar historias reales y no ideales. Quise quitarle al sexo el deber ser, creo que es necesario hacerlo. Por ejemplo, hay una historia de amor incestuoso (ojo, es de amor, no de abuso) y una relación lésbica que se disfruta mucho.
Reírse a solas De los siete a los 14 años viví en un internado de niñas. A los 19 me independicé y hasta ahora he postergado la maternidad, no sé si voy a ser madre. Es decir que llevo muchos años viviendo sola. Si bien la soledad tiene su lado cool y bohemio, también tiene un lado terrible. Para no enloquecer, el remedio ha sido reírme siempre. Me río mucho, de tonterías, cosas que pienso. Me gusta mucho correr y a veces de la nada me tengo que detener por un ataque de risa.
Me asumo animal de costumbres y animal de cursilerías. Por tanto, es natural que me gusten los rituales cursis. La fecha me da excusa para practicar uno, por cierto, de mis favoritos: rendir mínimo homenaje a un autor releyéndolo en el aniversario de su muerte. Voy a mi biblioteca, tomo uno de los libros del escritor portugués y busco alguna esquina que doblé con intención. Esa página rendida sobre sí misma dice que ahí encontré un diamante. Leo el subrayado: «Al contrario de lo que se cree, sentido y significado nunca han sido lo mismo, el significado se queda aquí, es directo, literal, explícito, cerrado en sí mismo, unívoco, podríamos decir, mientras que el sentido no es capaz de permanecer quieto, hierve de segundos sentidos, terceros y cuartos, de direcciones radiales que se van dividiendo y subdividiendo en ramas y ramajes hasta que se pierden de vista […]». -José Saramago, Todos los nombres (Punto de lectura).
Hoy hace cinco años moría José Saramago.
PD Viramo comparte este enlace a la voz de Misia cantando un texto de Saramago escrito para ella. Salud. https://youtu.be/p0eGKGoY_hw
Amanezco machacando una línea de Martín Caparrós en El interior (Malpaso): «La vida se hace todos los días». Y sí, no es tan complicado. Las plantas lo saben, lo practican. Esta mañana que no termina de ser me abrazo a este poema del mexicano Alejandro Aura que corre en la misma línea y dice lo que quiero sea un mantra en este #MiércolesDePoesía:
«Lo que tengo pensado hace ya tiempo
es que la vida es demasiado simple,
que no vale la pena hacer tanta alharaca;
te pones a pasar los años,
haces lo que querías hacer,
cuando te den ganas de llorar, pues lloras;
si puedes te enamoras y si no, pues no:
y te vas así esperando,
sin demasiada vanidad,
a que te toque».
-Alejandro Aura, «Un muchacho que puede amar», Antología general de la poesía mexicana, Volumen 1 (Océano)
Para mi entrañable Javier, desde la certeza renovada
de que «la eternidad por fin comienza un lunes»
En este México tan sufrido y sufridor siguen flotando en el ambiente lamentables lugares comunes. Uno dice que las mujeres no sabemos estar juntas, que el jugo de hormonas hace imposible la convivencia, cuantimás la colaboración. Soberana estupidez. Tengo una madre admirada, hermanas generosísimas y amigas entrañables que son mi familia por elección, soy mamá de una adolescenta de luz con quien tejo a diario una amistad irrompible, he trabajado hombro con hombro con mujeres excepcionales. Creo que no es un tema de género ni de tetas, sino de fuerza e inteligencia conscientes, de mirar hacia el mismo lado, dejar de creer que estamos programadas para darnos pellizcos y convencernos de que lo mejor que podemos hacer es levantarnos las manos (con o sin barniz de uñas). Sí, tengo la esperanza de que a fuerza de miradas limpias y trabajo conjunto desterremos esa idea fósil que algunas siguen repitiendo como si fuera chiste, cuando el verdadero chiste es reunirnos nosotras y nosotros para hacer algo con este país querido que se nos cae a pedazos.
Lo cuento porque en estos días tuve la emoción de celebrar desde las entretelas una sociedad de mujeres provocadoras, brillantes. Son Chulas y se hacen llamar Reinas. Son las que desde hace 10 años crearon El Vicio, cabaret y teatro, antro y espacio creativo, epicentro de desobediencia, desacato y arrebato, lugar que sostiene la bandera necesaria de la diversidad, foro de inteligencia y buenas borracheras, casi todo y sin medida. Son Marisol Gasé, Ana Francis Mor, Cecilia Sotres y Nora Huerta. Están celebrando el décimo aniversario de ese Vicio mío y de muchos, en el cual se han presentado más de 15 mil artistas y donde varias noches por semana se construye un México más igualitario y justo. La semana pasada, por invitación de la abrazable Marisol, me desbordé de puritito gusto de brindar con las Viciosas por los logros de ese espacio imprudente e indispensable para el país, donde lo mismo se presentan obras de teatro infantil inteligente (lo subrayo por romper el oxímoron), funciones de cabaret político y culebrones espléndidos de nombres como Directo al despeñanieto, Rivotrip, Las reformas torcidas de Dios, Fraudestein y Gregoria, la cucaracha.
En el festejo etílico se dio cita todo el mundo, porque vaya que las Reinas Chulas son queridas. En escena estuvieron artistas de primer nivel como Fernando Rivera Calderón, Regina Orozco, Horacio Franco, Pedro Kóminik y Astrid Hadad. Desde la cuatitud del Weso llegó el lúcido Enrique Hernández Alcázar, acompañaron también los moneros Trino y Helguera, los periodistas Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra y Verónica Maza, gente de la cultura como Sandra Lorenzano, Eduardo Limón y Alejandro Rosas, más el fantasma de Salvador Novo, dueño en otro tiempo de ese enclave coyoacanense y comprometido padrino del Arte, de la irreverencia. Y hasta el espíritu de Buda rondó el lugar, como atinadamente hizo notar Fer Rivera en un fragmento de su intervención:
«En este sexenio me siento en el precipicio
y tengo un severo desorden alimenticio.
Sólo una cosa me salva de perder el juicio:
que gracias a Buda tenemos un Vicio».
Pues sí, gracias a Buda y a los dioses inspirados y transpirados tenemos la realidad incuestionable de El Vicio, espacio de arte creado por Viciosas, mujeres fuertes y amigas solidarias que en vez de lamentarse se la mientan a quien hay que mentársela, que desde el cariño inteligente nacido de los ovarios destierran prejuicios, que rearman la fe de quienes sabemos que este país será un poco mejor por estas Chulas. Por estas Reinas.
Los lunes, el ánimo amanece al ras del suelo. Y algunos todavía más, de modo que hacer lo mínimo constituye un logro descomunal. Por eso, este #LunesDeMonos dejo aquí un cartón de HyperPost, que espero saque una mínima sonrisa. Y será mucho.
El sexo es una isla de vida, un plantarse de cara a la muerte, tomarla por los pelos, besarla suave, obligarla, verla al fondo de los ojos. De modo que este #SábadoDeMúsica tiene como tema «La canción que me evoca un encuentro sexual intenso», es decir, que remite a lo exaltado, el sudor, lo que vibra, la locura, lo peligroso, el éxtasis que se convierte en la parcela más individual de todas. Mi selección es «No habrá nadie en el mundo», de Buika, con su cadencia casi desgarrada que anunciaba el fin y, por tanto, permitía empezar siempre de nuevo. Y luego vienen las canciones propuestas por la comunidad del blog. Si quieres añadir tu tema, ponlo abajo, en los comentarios. Si ya participaste y lo deseas, comenta por qué la elegiste.
Da click aquí para ir al video de Buika:
Da click en el nombre de cada canción para ver el video respectivo:
Hoy es un día raro. Recibo malas noticias, sin embargo, no estoy mal. Digamos que por hoy me paro con ambos pies en las palabras de Matthieu Ricard, mi gurú de vida: «La raíz básica de la felicidad está en la mente. Las circunstancias exteriores no la determinan, son sólo favorables o adversas». Sí, no quiero que lo que pasa afuera determine cómo me siento por dentro. O, lo que es lo mismo, no quiero que la tormenta alrededor altere mi paisaje interno. Espero mantenerlo intocado, en el entendido de que depende de mí hacerlo.
A veces un libro se convierte en mapa de ruta vital, en plano que muestra de golpe la navegación realizada y la por venir, señala regiones inhóspitas y advierte dónde esperan los peligros: «Hic Sunt Dracones». Sobre todo, recuerda el puerto de salida y la tierra incógnita que espera más allá. Los Diarios amorosos de Anaïs Nin, recientemente publicados por Siruela, son ya parte de mi cartografía personal, de mi historia puesta en papel. En muchas ocasiones, Anaïs pone en palabras mi recorrido y mi ubicación actual, me dice mejor de lo que puedo decirme a mí misma. Este pasaje, sobre su relación de amante con el también escritor Henry Miller, es uno de esos en los que estoy de cuerpo entero, con todas sus implicaciones. Habla de la necesaria libertad en una pareja, que se resume en la frase insuperable: «Si hoy pudiera casarme con Henry, no lo haría». Me parece la manera más hermosa de decir (o que me digan) te quiero. En mi atlas personal es la tierra por conquistar:
«[…] Hablamos de lo maravilloso de nuestra intimidad, de lo valioso de cuanto nos sucede cuando estamos juntos, y de que queremos eso. Queremos eso y nuestra libertad. Si hoy pudiera casarme con Henry, no lo haría. Lo quiero libre; lo necesita, y también necesita intimidad. Nací para entender las necesidades del artista, ¡probablemente porque también las tengo! […] Henry y yo hablamos de los celos y de lo agradecido que está porque no acudo a los celos para tiranizarlo. Hago tanto para preservar su seguridad porque en esta seguridad trabaja, se expande, encuentra el equilibro y se encuentra a sí mismo. Eso es importante. Se ha encontrado a sí mismo porque no lo he esclavizado. He respetado su entidad, cree que nunca he traspasado los límites de su libertad. Y de esto nace su fuerza. Y con esta fuerza me ama, totalmente, sin guerras ni odios ni reservas. Es curioso cómo he podido hacer a Henry el mayor de los regalos: el de no apresarlo, el de mantener nuestras almas independientes […]».
PD Ya viene el #SábadoDeMúsica con Playlist Colectiva. Esta vez responderá a la pregunta: ¿cuál es la canción que te remite a un encuentro sexual intenso? Para participar, anota tu canción en los comentarios de esta entrada y la añadiré a la entrada del sábado.